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28/12/18

El discreto valor del testimonio de las víctimas




Un mundo en el que no cupieran el dolor y el sufrimiento también sería un mundo en el que no cabría la elección moral, y por tanto no habría posibilidad de crecimiento y desarrollo moral.
John Hick


En 1949, un grupo de hombres camina por una zona fría, del todo adversa. Contra su voluntad, realizan excavaciones en un río que, desde luego, no invita a ningún chapuzón. En ese cometido, se topan con un gran bloque de hielo. Si bien el tamaño era llamativo, les sorprendió más su contenido. Encapsuladas, había criaturas nada comunes, seguramente parientes milenarios de nuestros peces. Sin duda, para cualquier ictiólogo, el hallazgo hubiera originado grandes festejos. Empero, aunque sus descubridores no eran ignorantes, no cabía tal exquisitez. Casi al borde la inanición, rompieron el hielo y devoraron a esos tritones. Acoto que había sólo algo capaz de superar el ya indoblegable apetito: la recuperación de su libertad. Eran presos políticos, gente que había sido sancionada por pensar sin respetar los dictados del estalinismo.
Un protagonista del acontecimiento antes descrito fue Aleksandr Solzhenitsyn, escritor que vivió entre 1918 y 2008. Nobel de Literatura en 1970, soportó el rigor del cautiverio. Fue víctima del gulag, sistema que comprendía los campos de concentración en donde padecían quienes fastidiaban al régimen soviético. Hombre de letras, el sufrimiento y la indignación lo llevaron al puerto que resultaba más previsible. Así, con pluma en mano, escribió sobre la persecución, las condenas infundadas, los castigos que se imponían por no manifestarse a favor del supuesto paraíso en el cual estaban. Habiendo sufrido por esa infamia, nada parecía tan razonable como denunciarla con los medios a su disposición. Se abrigaba la ilusión del servicio al prójimo, creyendo que sus semejantes podían evitar caer en las mismas equivocaciones.
 Lo lamentable es que, tal como ha señalado Aldous Huxley, “la gran lección de la historia es que nadie ha aprendido las lecciones de la historia”. De manera que, aunque se tengan testimonios tan sobrecogedores cuanto explícitos, reveladores para conocer los peligros del poder, nada garantiza su eficacia pedagógica. No niego que, como en el caso de Solzhenitsyn, algunos libros hayan tenido una gran recepción cuando sus autores se decantaron por divulgar esas barbaridades. El punto es que no se trata de un atractivo perenne. Caído el comunismo ruso, vale decir, la mayor tentativa de concreción del socialismo marxista, esas denuncias perdieron fuerza, estimándose inactuales, hasta irrepetibles. Se llegó a creer que tales abominaciones eran parte de un pasado que había quedado enterrado para siempre. No se las relacionaba con ideas que, pese a su fracaso, continuaban teniendo vida.
A veces, la propaganda del régimen es tan descomunal que, con el paso del tiempo, se sobrepone al valioso testimonio de sus víctimas. Esto hace que, en lugar de recordar las vilezas, nos quedemos con su mejor versión. Fue lo que ocurrió en Bolivia con la Revolución del MNR. ¿Alguien se acuerda de sus presos políticos, personas que fueron maltratadas, torturadas por cuestionar las decisiones del régimen? Porque, digámoslo una vez más, hubo entonces campos de concentración, detenciones arbitrarias, bestialidades a granel. Lo peor es que se escribieron muchos libros al respecto, exponiendo claramente la situación, buscando el aprendizaje colectivo del asunto. Mas el prestigio que tiene todavía esa revuelta de 1952 refleja la insuficiencia del pronunciamiento de las víctimas. En este sentido, nada me asegura que, algunas décadas más adelante, un palmario oprobio como el del proceso de cambio sea glorificado por las nuevas generaciones.

Nota pictórica. Los horrores de la guerra es una obra que pertenece a Bernard Buffet (1928-1999).

14/12/18

¿Por qué cabe apreciar los derechos humanos?





Todos los productos del arte y de la industria, y todos los experimentos políticos y morales corren un albur, como el más humilde de los hongos, en la lotería de la vida.
George Santayana


En una conferencia de 2004, Alain Badiou explicó que, mientras la injusticia es clara, la justicia resulta oscura. Lo menos arduo sería identificar hechos injustos. Tenemos aquí la ventaja de contar con personas que sufren, diciendo cómo su vida, libertad o propiedad es perjudicada. En la justicia, por el contrario, no hay víctimas. Por consiguiente, al procurar su definición, nos topamos con distintos enfoques, teniendo diferentes vías para concebirla de manera satisfactoria. Sin embargo, cometeríamos un error si creyéramos que la calificación de injusto está exenta de controversias. Porque no todos quienes se proclamen damnificados u ofendidos merecerán ese reconocimiento. De modo que, para manifestarnos sobre cualquiera de tales situaciones, sería necesario usar algún criterio gracias al cual nuestros debates tuvieran un marco en común. En este afán, se podría proponer la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada hace ya 70 años.
Si la filosofía política comprende el cuestionamiento del poder, los derechos humanos son un medio efectivo para consumarlo. En su nombre, criticaremos al Estado, el Gobierno y las leyes, partiendo de los postulados consagrados por Naciones Unidas. En otras palabras, siguiendo esta línea, los hombres se sienten impelidos a buscar la justicia política, un tema que ha sido considerado por varios pensadores, desde Aristóteles, pasando por Rawls, hasta, contemporáneamente, Höffe. Se trata de una reflexión que permite fijar límites a las autoridades, exigir determinadas actuaciones o requerir condenas contundentes contra quienes han despreciado nuestra humanidad. Por cierto, se hable de naturaleza o, como sostenía Hannah Arendt, condición humana, lo fundamental es que reconozcamos un elemento sin el cual muchos oprobios serían imperceptibles: la dignidad.
Consiguientemente, los derechos humanos posibilitan que rechacemos aquellos actos que son injustos e indignantes. Con todo, no es un propósito que se podría realizar sólo en el lugar donde uno ha nacido o, si fuera el caso, reside. No existe ninguna frontera que sirva para liberar a un régimen cualquiera, presente o futuro, de las críticas lanzadas al respecto. Es una consecuencia de su carácter universal, un atributo que ha sido siempre aborrecido por quienes invocan la soberanía, el amor al suelo patrio, pero para evitar una condena del partido reinante. Así, las tiranías niegan que algún otro Estado, coalición o entidad supranacional pueda entrometerse en sus asuntos internos, aunque éstos conlleven procesamientos sin garantías mínimas y ejecuciones extrajudiciales. Si dependiera de esos nocivos gobernantes, no habría Declaración alguna que respetar, sea en su territorio o afuera.
Salvo excepciones, todos somos capaces de conocer y valorar positivamente las facultades indicadas en ese valioso documento del año 1948. Esto sería posible porque, en teoría, nos corresponde la condición de seres racionales. En efecto, merced a esta cualidad, uno se daría cuenta de su importancia para nuestra convivencia. Nada más razonable que establecer un conjunto de condiciones básicas, inherentes a todo individuo, por las cuales el poder quede limitado. Es una situación por la que uno debe sentirse llamado a obrar, pues pasar de la moderación del mando, un avance positivo, al sometimiento irrestricto resulta indeseable y, además, retrógrado. Aun cuando los gobernantes anuncien el agotamiento de su vida entera para favorecernos, no conviene dejarlos sin restricciones.

Nota pictórica. Nuestra imagen es una obra que pertenece a David Alfaro Siqueiros (1896-1974).

30/11/18

Defensas impopulares





¡Cuántas veces las mejores cualidades encuentran menos admiradores y cuántas veces la mayoría de los hombres toma lo malo por lo bueno! Ése es un mal que se observa todos los días.
Christian Fürchtegott Gellert


Nietzsche tenía el convencimiento de que su grandeza sería reconocida únicamente después de la muerte. No lo dijo sólo en su ya casi demencial Ecce homo; era una certeza que lo acompañó varias veces. Sus contemporáneos no tendrían, pues, la lucidez necesaria para valorar el pensamiento que forjó en vida. Incomprendido entonces, encontraría la gloria en lo venidero, tal vez cuando haya más hombres dispuestos a cuestionar las tradiciones. No es casual que se haga mención a la cantidad. Pasa que, mientras la mayoría opte por consagrar determinados principios, valores, ideales, pero también prejuicios e insensateces, las voces disidentes serán aborrecidas o, con regularidad, desdeñadas. Sin embargo, por más impopular que resulte, no se descarta que un argumento así, tan despreciado cuanto marginal, sirva para mejorar nuestra realidad, incluso la política.
Si bien, por sus antecedentes, no espero que varios políticos realicen declaraciones en las cuales sobresalgan su erudición y elevada inteligencia, suelen frustrar hasta mis expectativas más bajas, fomentando el apego a creencias masivas e incorrectas. Se suman a esta suerte de marea perniciosa, que crece cual ninguna, analistas e intelectuales, es decir, gente supuestamente llamada a iluminar al prójimo, sacándolo de las confusiones y los disparates. De manera que, aunque haya la posibilidad de notar errores e intentar su enmienda, la regla es contribuir al absurdo. Lo peor es que, como la democracia se mueve conforme al impulso mayoritario, muchos prefieren alimentar esa tendencia. Lo normal es toparse con mortales que, siendo francos o embusteros, ahonden la estima por mitos, perjudicando nuestro avance.
Una causa que, por ejemplo, parecería hoy perdida es el patrocinio de la ideología. Ocurre que, para mucha gente, incluyendo postulantes a cargos públicos, ya todo esto sería un asunto del pasado. En su criterio, estaríamos más allá de categorías como izquierda y derecha, pero también lejos del socialismo, liberalismo o anarquismo. Sin embargo, esa clase de afirmaciones desnuda ignorancia. Las ideologías permiten que uno reflexione acerca de cuál sería el mejor Estado, la sociedad más justa, por citar dos cuestiones nada menores. Es lo que marca el rumbo a seguir, ofreciéndonos un panorama por el cual valdría la pena luchar. Es cierto que no basta. Sería, verbigracia, insuficiente para construir un puente. No obstante, asociar esta obra pública con un propósito mayor, contribuir a la libertad de locomoción, así como al comercio, nos sitúa frente a fines que no son necesariamente contestados por la tecnocracia.
Asimismo, me rehúso a sumarme al enorme número de sujetos que desprecian los partidos políticos. Son personas que, fascinadas por las redes sociales y movilizaciones de ciudadanos sin militancia, proclaman el fin del sistema partidario. Estos mismos profetas son quienes censuran la democracia representativa, suponiendo que ya no sería necesario tener parlamentarios, debiendo definirse todo en las calles o Internet. Olvidan que, pese a cuán mediocres hubiesen sido numerosos diputados y senadores, la idea del Parlamento es todavía un gran invento, uno defendible a rajatabla. Se trata de un espacio en el cual cabe la deliberación sobre decisiones que son fundamentales para nuestra convivencia. No discuto que considerables organizaciones políticas hayan despuntado en materia de corrupción, dogmatismo u oportunismo ideológico; empero, sus falencias no invalidan la relevancia del concepto.

Nota pictórica. En el jardín es una obra que pertenece a Albano Vitturi (1888-1968).

16/11/18

La liberación como estafa plurinacional




Las esperanzas defraudadas de los progresistas políticos, por un lado, parecían meramente confirmar el sombrío pesimismo de los pensadores de la decadencia y la crisis, por el otro.
Karl Dietrich Bracher


Desde hace medio siglo, Dussel y otros filósofos latinoamericanos han explotado el concepto de liberación. En su criterio, deberíamos percatarnos de las injusticias cometidas contra estas sociedades que se hallarían marcadas por la opresión. Las grandes potencias, contemporáneamente a la cabeza de Estados Unidos, se desvivirían por marginarnos, excluirnos, conspirando para eternizar una situación inmoral. Es la explicación de las miserias económicas que se perciben por estos lares. Además, sin falta, surge como contestación cuando nos preguntamos por qué no hay una cultura democrática, más o menos racional, tolerante, eficaz para encontrar las mejores soluciones. La culpa sería de agentes externos e imperialistas. El problema es que no tendríamos consciencia de aquello, prevaleciendo una mentalidad ensombrecida por los engaños.
Sin embargo, los sectores populares, excluidos por círculos de poder, podrían contar con quien procurase su liberación. Se trataría de personas que ya no vivirían en las mentiras del opresor. Ellos se habrían dado cuenta de los abusos que son cometidos en su contra. Lógicamente, no se quedarían en silencio ni pasivos; por lo contrario, estarían a la vanguardia, librando batallas con heroísmo, intentando que ese vil sistema caiga de una vez por todas. Con este fin, criticarían a quienes prefieren la indiferencia o el silencio, pues su actitud facilita el sometimiento de todos. En suma, el objetivo que buscan es liberarnos del engaño, pero también alentar la rebelión frente a las órdenes de los dominadores. Merced a su hazaña, se perdería la condición de parias.
Los partidarios del Movimiento Al Socialismo se han presentado, en más de una ocasión, como quienes conseguirían una liberación tan auténtica cuanto irreversible. Todos los desposeídos, relegados debido a su condición étnica, socioeconómica o ideológica, serían favorecidos con su gesta. Las clases populares, en teoría, asumirían tal protagonismo que nunca más se osaría ejercer funciones gubernamentales para reprimirlos, encarcelarlos, hasta eliminarlos. Una vez alcanzada la cumbre del mando, el panorama cambiaría solamente para bien, originándose un vínculo con las autoridades que nadie debería censurar. Desde el primer momento, sus flamantes funcionarios se ocuparían de respaldar a ciudadanos que quieren terminar con una mentalidad servil. En este sentido, sus libertadores tendrían que fomentar la toma de una posición crítica. Si se ha cuestionado la pasividad del pasado, nada menos deseable que desalentar la interpelación de todos, incluyendo a los gobernantes.
Lo cierto es que Morales Ayma y su partido jamás quisieron consumar ninguna liberación mental. Para ellos, durante todo su régimen, ha sido suficiente con que las personas marchen, cerquen y amenacen a legisladores del bloque opositor. Las taras que impiden un mejoramiento de la sociedad permanecen invariables; peor aún, debido a conocidas prácticas del oficialismo, su gravedad ya es superior. Cuando los indígenas se animaron a pasar del adulo a la exigencia, el Gobierno respondió con brutalidad. Pasó también cuando cayó en desgracia una parte de la Central Obrera Boliviana, pues no todos son alabadores del caudillo. Por último, sucedió cuando un albañil, vale decir, representante de los sectores que se prometió liberar y favorecer, quiso actuar como verdadero ciudadano, interpelando a su gobernante porque lo había traicionado. La respuesta fue un juicio. No entendió que el plan era imponerle otro amo.

Nota pictórica. El mito de Prometeo es una obra que pertenece a Piero di Cosimo (1462-1522).

2/11/18

La imaginación en nuestra convivencia





Lo significado con dicho precepto es, evidentemente, que no has de hacer a otro lo que no quieres que se te haga a ti. Es una apelación a la imaginación: antes de infligir algo a otro, imagínate que otro te inflige eso mismo a ti. Es decir: objetívate, míralo desde fuera como referido a ti mismo.
Hannah Arendt


Alain, filósofo a quien, por desgracia, ya no se lee como antes, explicó que nuestras ideas nos sirven de anteojos. Efectivamente, las reflexiones que llevamos a cabo, engendrando distintos conceptos y teorías, son fundamentales para entender el mundo, la sociedad, los hombres. Contamos, pues, con una mirada en la que, a pesar de numerosas excepciones, el componente racional tiene relevancia. Porque hay también otros factores que influyen cuando procuramos tener una comprensión satisfactoria de la realidad. En ese afán, además de lo racional, encontramos a los prejuicios. Así, la visión individual de lo que sucede a nuestro alrededor se halla perturbada por opiniones prefabricadas, volviendo inviable cualquier seriedad al respecto. En este caso, no habría sólo problemas personales, sino asimismo de carácter social. Es que la convivencia suele ser perjudicada cuando sentimos predilección por el acto de prejuzgar.
Por supuesto, no podemos emplear la razón y someter al conjunto del género humano a una observación rigurosa, esperando que, obrando únicamente de esta manera, tengamos juicios definitivos sobre su situación. Es importante que consideremos sus acciones; empero, tiene también valor nuestra capacidad de imaginarlas. No es un asunto insignificante. De hecho, sin tener esa posibilidad, el establecimiento de varias relaciones sería ilusorio. Tenemos que imaginarnos cómo se comportarán en determinados contextos, sean circunstancias de naturaleza religiosa, económica o política, por citar algunos escenarios. No pasa por figurarnos cualquier clase de reacción, sino la que sea más cercana a nuestra realidad. El problema es que no se trata de una labor sencilla; en muchas ocasiones, nos dejamos llevar por mezquindades, exageraciones u otras descontextualizaciones.
Tal como Elaine Scarry lo resalta, tenemos la dificultad de imaginar a otra gente. Es un significativo reto cuando hablamos de todos los que conforman nuestra sociedad, con certeza. Incapaces de conocer a cuanto mortal reside o habita en un país donde nos hallamos, queda ese recurso imaginativo. No obstante, ni siquiera la comunidad más cerrada que los hombres constituyan nos garantizaría plena uniformidad. Podemos identificar algunos patrones de conducta, tener presente lo concerniente a principios, valores, ideales; con todo, habrá siempre margen para el libre albedrío. Ninguna generalización es infalible, pudiendo darse paso a injusticias de diversa índole. Pasa que nuestras normas, tanto formales como de hecho, pueden implicar medidas basadas en esas presunciones. Siguiendo tal línea, podríamos concluir que a ciertos grupos o sectores correspondería recibir un trato diferenciado, soportando mayores cargas u otras iniquidades.
            El tema se vuelve más complejo cuando nos referimos a quienes provienen de otras sociedades. Ciertamente, salvo cuando se busca información tan profunda cuanto detallada, nuestros juicios sobre los inmigrantes obedecen a estereotipos que sobresalen por su simplicidad. En el mejor de los casos, es decir, cuando nos alienta el optimismo, podemos tener una versión idealizada o romántica del extranjero. Todos serían buenos, dignos del mayor elogio, incapaces de producir daño alguno. Lo contrario sería defender una postura pesimista, suponiendo que ninguno merecería nuestra confianza, justificando la construcción de grandes vallas, muros y aun campos minados. De modo que, sin mesura, la imaginación puede convertirse en obstáculo para una razonable coexistencia.

Nota pictórica. Dos chicas es una obra que pertenece a Franco Gentilini (1909-1981).

18/10/18

Montaner y el arte de aconsejar en política




A raíz de nuestro conocimiento de los resultados de experimentos anteriores, podemos dar uno u otro consejo respecto a lo que pasará si se intenta vincular o separar determinadas ideas. Esto nos pone tal vez en condiciones de ayudar a otros a captar con el pensamiento la propia época.
Richard Rorty

Las reflexiones en torno al ejercicio del poder nos acompañan desde tiempos antiguos. Efectivamente, en las distintas épocas, desde Grecia hasta el presente, hallamos personas que se han ocupado de meditar al respecto. Hay quienes, como Hegel, Marx o, hace algunas décadas, Fukuyama, concentraron sus esfuerzos en descubrir leyes históricas que marcasen allí el rumbo a seguir. Asimismo, encontramos a ciertos autores que se afanaron en señalar cuál es el régimen justo. Es más, conforme a Leo Strauss, ésta sería una cuestión central cuando pensamos en términos filosófico-políticos. Por último, entre otros casos, se nos presenta la figura del consejero. Aludo a individuos que, por sus conocimientos y experiencias, tienen el predicamento suficiente como para sugerir acciones en ese campo.
Aun cuando no fue el primero que lo hizo, Maquiavelo alcanzó la inmortalidad gracias a los consejos contenidos en El príncipe. Se ha dicho bastante acerca de sus páginas, explotándolas con una meticulosidad que puede llamar todavía nuestra atención. Pese a las críticas que fueron lanzadas por Diego Saavedra Fajardo, un esclarecido detractor, se debe reconocer la índole realista de sus recomendaciones. Como es sabido, se partía de lo que había ocurrido en el mundo, desestimando ambientes imaginarios, escenarios donde primaban la inocencia y los anhelos cívicos. Su obra es una invitación a toparnos con la crudeza del poder. Se trata de una línea que, básicamente, ha sido transitada por Carlos Alberto Montaner en su libro El presidente. Manual para electores y elegidos. Pudiéndose advertir su orientación liberal, no se puede sino agradecer por la publicación del volumen.
Montaner no se ha limitado a escribir sobre cuestiones tácticas y estratégicas que sirvan para la consumación del triunfo electoral. Existen acápites destinados a esos temas, pero, en esta oportunidad, yo me inclino por destacar otras consideraciones que hace. Me refiero al análisis que realiza de las virtudes del gobernante. No son, pues, consejos que sean dirigidos a políticos inescrupulosos; se anota la importancia de cualidades como la prudencia, firmeza, dignidad y hasta el buen humor, por citar algunas. A estas apreciaciones de orden axiológico debemos sumar un asunto para nada menor: la ideología. Porque, para tomar el poder, es relevante que uno sepa cómo distinguir las diferentes corrientes, tendencias o doctrinas. Es falso que esto no interese; sin un panorama teórico, nuestro manejo del Estado puede resultar una confusa calamidad.
El libro aquí comentado es igualmente útil para identificar a los verdaderos enemigos en política. Montaner nos habla de una familia conformada por todos los que respaldan la democracia liberal, es decir: liberales, libertarios, socialdemócratas, democristianos, conservadores, neoconservadores y aun socialistas. Es cierto que tenemos notables diferencias con varios de estos grupos; sin embargo, nuestro principal combate tiene a otros como contraparte: comunistas, neocomunistas, fascistas, militaristas, teócratas y socialistas del siglo XXI. Son las fuerzas que cualquier aspirante al primer cargo público debería contribuir a contrarrestar. Es una tarea que concierne asimismo al ciudadano, quien, así sea como votante, no debería desligarse del destino de su sociedad. Tal es su trascendencia que el manual de nuestro autor se dirige también a los electores. Uno se ilusiona con los provechos que su lectura traiga consigo en las frágiles democracias de Latinoamérica.

5/10/18

El arduo camino de la convivencia




La capacidad de convivir con las diferencias, por no hablar de disfrutar de ellas y aprovecharlas, no se adquiere fácilmente, y por cierto no viene sola. Esa capacidad es un arte que, como todas las artes, requiere estudio y ejercicio.
Zygmunt Bauman


Según Ortega y Gasset, todo ser es feliz cuando cumple su destino, al seguir la pendiente de su inclinación, transitando un camino a través del cual se realizaría plenamente. Desde luego, se trata de un propósito que podría ser pretendido por cualquiera. Responde a la clásica preocupación por el sentido de nuestra vida. En efecto, cuando coincide la tendencia natural de cada uno, sus predilecciones e intereses más significativos, con las actividades que lleva adelante, su vida podría considerarse íntegra. Poco importaría la valoración que otros sujetos hicieran al respecto. Porque, al final, sus juicios no serán determinantes para concluir si agotamos los días en el mundo de modo satisfactorio. Sin embargo, suponer que no necesitamos en absoluto de los demás sería un error indiscutible. Su presencia se torna relevante desde un punto de vista lógico, para sobrevivir, pero también conforme a criterios éticos.
El vínculo con las demás personas puede servir para evaluar nuestro adelanto como miembros de una especie, la más lúcida, problemática, sorprendente, aunque asimismo torpe, simplista y hasta tediosa. Es lo que, con su clara sensatez, Todorov defiende cuando escribe acerca del progreso. Para este autor, la medida de nuestro avance es el trato que dispensamos al otro. No se refiere a un semejante en sentido estricto, es decir, alguien con quien tengamos similitudes de diversa naturaleza, aun físicas. Relacionarse con los individuos que, en suma, se nos parecen no es un desafío desde ninguna perspectiva. El reto se presenta cuando debemos tratar con gente que tiene principios, valores, hábitos y tradiciones distintas, peor todavía, para ambas partes, antagónicas. Sobreponernos a esa dificultad, vencerla sin pensar en la imposición o todo tipo de violencia, es un logro nada menor.
Pese a ello, cometeríamos una equivocación si nos limitásemos a dar un reconocimiento colectivo. Se puede tener el objetivo de salvar una cultura, pongamos por caso, estableciendo prohibiciones y órdenes para lograr la protección del legado histórico. Se puede sentir la tentación de que lo mejor es permanecer inactivos frente al proceder del grupo ajeno, confiriendo el mayor margen para regirse a sí mismo. La cuestión es que, por ocuparnos de aspectos comunitarios, podríamos olvidarnos del amparo al individuo. Así, lo dejaríamos a merced de las determinaciones que no fomentan la disidencia; por el contrario, persiguen el sometimiento. Todo estará perdido si la cultura de un grupo con el cual convivimos nos exige derechos colectivos, mas ninguna garantía para quienes protestan en su interior. A fin de cuentas, las relaciones son establecidas entre hombres singulares.
Con todo, no se habla de pasar forzosamente del desconocimiento a la más acrítica aceptación, sea colectiva o individual. Nadie discute que las marginaciones y, peor aún, opresiones son negativas. Concebir al otro como alguien que, por diferentes causas, se halle condenado a tener una condición inferior es un despropósito tan falso cuanto pernicioso. El punto es que nuestro abandono de la ignorancia del prójimo no debe implicar ningún silencio moral. Es importante que nos esforcemos por entender sus razones para obrar en distintos ámbitos, sin lugar a dudas. Pero lo fundamental es que, para convivir, precisamos de un común denominador, al cual lleguemos mediante reflexiones compartidas, dialogando, discutiendo. Es evidente que alcanzar esta meta resulta complicado; no obstante, vale la pena intentarlo.

Nota pictórica. Mirando la tempestad es una obra que pertenece a John William Waterhouse (1847-1917).