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8/2/19

Morales Ayma o la traición soberana




Declarar, cual pasa entre nosotros, que el pueblo es inapto para practicar su propia soberanía, y recurrir, no obstante, al simulacro de su ejercicio, es hipocresía indigna de hombres de bien.
Bautista Saavedra

Según Raymond Aron, los méritos de la democracia se notan sólo cuando recordamos que, tal como pasa con nosotros, no es un régimen perfecto. Porque, aunque haya personas que se presenten como una encarnación de lo sublime, debemos reconocer nuestras limitaciones. Poco importa que, al irrumpir el humanismo, nos encontráramos con pensadores para quienes las falencias de la especie eran males transitorios. Lo positivo es que, gracias a reflexiones propias, pero también confrontaciones, hemos advertido muchos problemas, esforzándonos por establecer condiciones capaces de favorecernos. Así, el régimen democrático ha resultado ser compatible con este vacilante, paulatino e inseguro caminar del hombre que vive en sociedad.
No existe idea seria del progreso que pueda prescindir de la democracia. Su vigencia nos ha servido para garantizar la sustitución pacífica del gobernante y, con esto, que no es irrelevante, el mantenimiento de un orden más o menos sensato. Pienso en un sistema que tenga como base fundamental la voluntad del mayor número de ciudadanos, quienes apreciarían su libertad y, por tanto, condenarían el servilismo. Ellos son los que han dado el mejor sustento a la “soberanía popular”, un concepto tan importante cuanto, por desgracia, utilizado con fines demagógicos. No pasa por sostener que manda la mayoría; lo central es entender cualquier función gubernamental como una derivación del mandato dado para beneficiarnos. No se busca la satisfacción del capricho monárquico ni los antojos de una cúpula.
Por supuesto, los discursos de un burócrata pueden ser inconciliables con la realidad que muestran sus propias acciones. En el caso de Juan Evo Morales Ayma, la distancia entre palabras y hechos es descomunal. No me refiero a su pose de abanderado del medio ambiente, que contradice autorizaciones dictadas para construir carreteras en medio de reservas forestales. Tampoco pienso en sus reiteradas invocaciones a los derechos humanos, pese a que, entre muertos por represiones violentas y exiliados, ya supera a considerables dictaduras del pasado. Ni siquiera intento la exposición de cómo los ataques a Estados Unidos por fomentar el narcotráfico no concuerdan con el tratamiento privilegiado que concede a cocaleros en Bolivia. Prefiero relegar todas estas incoherencias. En esta oportunidad, me decanto por cuestionar su apego a la democracia. Es que, aunque Samuel Arriarán lo presente como “filósofo del poder obedencial”, pues, según él, gobernaría obedeciendo al pueblo, pocas cosas superan esta patraña.
La democracia es para hombres que se reconozcan como falibles y, además, mortales, no gobernantes eternos. Para quien, como Morales Ayma, se cree con naturaleza sobrehumana, volviendo el culto a personalidad una cuestión de Estado, darle a conocer nuestra disconformidad no tiene sentido. Si alguien le recuerda que debe cumplir las reglas establecidas para la sucesión del mando, someterse al imperio de la Ley, entre otras bondades del mundo civilizado, se topará con su negativa suprema. Él nos obedecerá entretanto lo reconozcamos como el único sujeto capaz de regirnos. Puede simular ser nuestro mandatario, extenuar su garganta con discursos que aluden al deber de acatar toda decisión del soberano; empero, tarde o temprano, su impostura será revelada. Lo terribe, con certeza, es que, por ignorancia, candidez, fanatismo u otra funesta cualidad, haya todavía personas a quienes sus gestiones les parezcan meritorias. El reto es no sumarnos a esa manada.

24/1/19

Olvido y supervivencia social





El pensamiento rebelde no puede, por lo tanto, prescindir de la memoria: es una tensión perpetua. Al seguirlo en sus obras y sus actos tendremos que decir siempre si permanece fiel a su nobleza primera o si, por cansancio y locura, la olvida contrariamente, en una embriaguez de tiranía o de servidumbre.
Albert Camus


En «Funes el memorioso», Borges sospecha que su protagonista, quien podía recordarlo todo, era incapaz de pensar. Le faltaba generalizar, abstraer, ir más allá de un panorama evocado sin falta. En efecto, podemos contar con una buena memoria, pero eso no garantiza que otras facultades mentales –imaginación, voluntad, al igual que, desde luego, la inteligencia– formen parte de nuestra realidad. Cabe resaltar que, en ocasiones, una consecuencia de reflexionar sería olvidar. Ciertamente, para evitar mayores inconvenientes, suprimir algún recuerdo puede resultar necesario. Es que, cuando alguna desventura nos acompaña de manera permanente, intoxicando el presente y tornando sombrío cualquier futuro, existir ya no parecería tan deseable. Así, nada impide que se reivindique al olvido, pues, mientras, por causas patológicas, no afecte nuestra esencia, se constituye en un elemento primordial para todo individuo.
Así como sucede con los hombres, las sociedades pueden necesitar que algunos o varios aspectos del pasado sean olvidados. Perseverar en el recuerdo de causas que nos distancian podría ser una invitación al conflicto. Aun cuando las pasiones parezcan inertes, distantes ya de toda peligrosidad, jamás sería sensato descartar su resurrección. En este sentido, convendría que fueran absorbidas por el olvido. Con todo, esta idea puede ser muy difícil de aplicar. Ocurre que hay situaciones en las cuales el recuerdo nos alerta del peligro de repetir infamias. Si, por ejemplo, determinadas posturas generaron actos de violencia, llegando a segar la vida del semejante, nada más razonable, desde una perspectiva social, que insistir en su evocación. Uno cree que, mientras se preserve tal información en lo que sería nuestra memoria colectiva, nos libraríamos de las nocivas reincidencias.
No todos están de acuerdo con esas bondades que la memoria colectiva traería consigo. Uno de sus críticos es David Rieff, quien escribió un provechoso ensayo al respecto, Elogio del olvido. Para este autor, nadie nos asegura que las conmemoraciones tengan el mismo designio de cuando algunas personas se decantaron por establecerlas. Nada nos libra de que, en lo venidero, nuevos regímenes amplíen, restrinjan o, simplemente, supriman esa celebración.  Por otro lado, podríamos recordar la fecha, pero debido a sus secuelas laborales, como feriados o asuetos, dejando de lado cualquier reflexión pretendida por sus forjadores. Siguiendo esta línea, la gente puede tener presente el Primero de Mayo, mas no pensar siquiera un segundo en sus antecedentes históricos ni, peor aún, sobre cómo los trabajadores son hoy perjudicados con tantas regulaciones.
El asunto se vuelve más complejo cuando hablamos del recuerdo de regímenes autoritarios, totalitarismos y genocidios, entre otras ruindades que nos ha obsequiado la especie cuando llegó al poder. Acontece que podemos levantar museos de la memoria, tal como ha pasado en diversos países, publicar informes voluminosos, aun preparar documentales a todo color y sin restricciones presupuestarias; empero, los oprobios no cesan. Reconozco que muchas de las monstruosidades del pasado ya no se repitieron. El punto es si esto se dio por la rememoración de una vileza que nos afecta todavía como seres humanos o, caso contrario, debido a una evolución de la inteligencia moral. Porque, más allá de tener una prodigiosa memoria, individual o colectiva, lo fundamental es que sepamos cómo identificar al mal y, por supuesto, a sus ejecutores en política.

Nota pictórica. Los jugadores de cartas es una obra que pertenece a Vera Rockline (1896-1934).

28/12/18

El discreto valor del testimonio de las víctimas




Un mundo en el que no cupieran el dolor y el sufrimiento también sería un mundo en el que no cabría la elección moral, y por tanto no habría posibilidad de crecimiento y desarrollo moral.
John Hick


En 1949, un grupo de hombres camina por una zona fría, del todo adversa. Contra su voluntad, realizan excavaciones en un río que, desde luego, no invita a ningún chapuzón. En ese cometido, se topan con un gran bloque de hielo. Si bien el tamaño era llamativo, les sorprendió más su contenido. Encapsuladas, había criaturas nada comunes, seguramente parientes milenarios de nuestros peces. Sin duda, para cualquier ictiólogo, el hallazgo hubiera originado grandes festejos. Empero, aunque sus descubridores no eran ignorantes, no cabía tal exquisitez. Casi al borde la inanición, rompieron el hielo y devoraron a esos tritones. Acoto que había sólo algo capaz de superar el ya indoblegable apetito: la recuperación de su libertad. Eran presos políticos, gente que había sido sancionada por pensar sin respetar los dictados del estalinismo.
Un protagonista del acontecimiento antes descrito fue Aleksandr Solzhenitsyn, escritor que vivió entre 1918 y 2008. Nobel de Literatura en 1970, soportó el rigor del cautiverio. Fue víctima del gulag, sistema que comprendía los campos de concentración en donde padecían quienes fastidiaban al régimen soviético. Hombre de letras, el sufrimiento y la indignación lo llevaron al puerto que resultaba más previsible. Así, con pluma en mano, escribió sobre la persecución, las condenas infundadas, los castigos que se imponían por no manifestarse a favor del supuesto paraíso en el cual estaban. Habiendo sufrido por esa infamia, nada parecía tan razonable como denunciarla con los medios a su disposición. Se abrigaba la ilusión del servicio al prójimo, creyendo que sus semejantes podían evitar caer en las mismas equivocaciones.
 Lo lamentable es que, tal como ha señalado Aldous Huxley, “la gran lección de la historia es que nadie ha aprendido las lecciones de la historia”. De manera que, aunque se tengan testimonios tan sobrecogedores cuanto explícitos, reveladores para conocer los peligros del poder, nada garantiza su eficacia pedagógica. No niego que, como en el caso de Solzhenitsyn, algunos libros hayan tenido una gran recepción cuando sus autores se decantaron por divulgar esas barbaridades. El punto es que no se trata de un atractivo perenne. Caído el comunismo ruso, vale decir, la mayor tentativa de concreción del socialismo marxista, esas denuncias perdieron fuerza, estimándose inactuales, hasta irrepetibles. Se llegó a creer que tales abominaciones eran parte de un pasado que había quedado enterrado para siempre. No se las relacionaba con ideas que, pese a su fracaso, continuaban teniendo vida.
A veces, la propaganda del régimen es tan descomunal que, con el paso del tiempo, se sobrepone al valioso testimonio de sus víctimas. Esto hace que, en lugar de recordar las vilezas, nos quedemos con su mejor versión. Fue lo que ocurrió en Bolivia con la Revolución del MNR. ¿Alguien se acuerda de sus presos políticos, personas que fueron maltratadas, torturadas por cuestionar las decisiones del régimen? Porque, digámoslo una vez más, hubo entonces campos de concentración, detenciones arbitrarias, bestialidades a granel. Lo peor es que se escribieron muchos libros al respecto, exponiendo claramente la situación, buscando el aprendizaje colectivo del asunto. Mas el prestigio que tiene todavía esa revuelta de 1952 refleja la insuficiencia del pronunciamiento de las víctimas. En este sentido, nada me asegura que, algunas décadas más adelante, un palmario oprobio como el del proceso de cambio sea glorificado por las nuevas generaciones.

Nota pictórica. Los horrores de la guerra es una obra que pertenece a Bernard Buffet (1928-1999).

14/12/18

¿Por qué cabe apreciar los derechos humanos?





Todos los productos del arte y de la industria, y todos los experimentos políticos y morales corren un albur, como el más humilde de los hongos, en la lotería de la vida.
George Santayana


En una conferencia de 2004, Alain Badiou explicó que, mientras la injusticia es clara, la justicia resulta oscura. Lo menos arduo sería identificar hechos injustos. Tenemos aquí la ventaja de contar con personas que sufren, diciendo cómo su vida, libertad o propiedad es perjudicada. En la justicia, por el contrario, no hay víctimas. Por consiguiente, al procurar su definición, nos topamos con distintos enfoques, teniendo diferentes vías para concebirla de manera satisfactoria. Sin embargo, cometeríamos un error si creyéramos que la calificación de injusto está exenta de controversias. Porque no todos quienes se proclamen damnificados u ofendidos merecerán ese reconocimiento. De modo que, para manifestarnos sobre cualquiera de tales situaciones, sería necesario usar algún criterio gracias al cual nuestros debates tuvieran un marco en común. En este afán, se podría proponer la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada hace ya 70 años.
Si la filosofía política comprende el cuestionamiento del poder, los derechos humanos son un medio efectivo para consumarlo. En su nombre, criticaremos al Estado, el Gobierno y las leyes, partiendo de los postulados consagrados por Naciones Unidas. En otras palabras, siguiendo esta línea, los hombres se sienten impelidos a buscar la justicia política, un tema que ha sido considerado por varios pensadores, desde Aristóteles, pasando por Rawls, hasta, contemporáneamente, Höffe. Se trata de una reflexión que permite fijar límites a las autoridades, exigir determinadas actuaciones o requerir condenas contundentes contra quienes han despreciado nuestra humanidad. Por cierto, se hable de naturaleza o, como sostenía Hannah Arendt, condición humana, lo fundamental es que reconozcamos un elemento sin el cual muchos oprobios serían imperceptibles: la dignidad.
Consiguientemente, los derechos humanos posibilitan que rechacemos aquellos actos que son injustos e indignantes. Con todo, no es un propósito que se podría realizar sólo en el lugar donde uno ha nacido o, si fuera el caso, reside. No existe ninguna frontera que sirva para liberar a un régimen cualquiera, presente o futuro, de las críticas lanzadas al respecto. Es una consecuencia de su carácter universal, un atributo que ha sido siempre aborrecido por quienes invocan la soberanía, el amor al suelo patrio, pero para evitar una condena del partido reinante. Así, las tiranías niegan que algún otro Estado, coalición o entidad supranacional pueda entrometerse en sus asuntos internos, aunque éstos conlleven procesamientos sin garantías mínimas y ejecuciones extrajudiciales. Si dependiera de esos nocivos gobernantes, no habría Declaración alguna que respetar, sea en su territorio o afuera.
Salvo excepciones, todos somos capaces de conocer y valorar positivamente las facultades indicadas en ese valioso documento del año 1948. Esto sería posible porque, en teoría, nos corresponde la condición de seres racionales. En efecto, merced a esta cualidad, uno se daría cuenta de su importancia para nuestra convivencia. Nada más razonable que establecer un conjunto de condiciones básicas, inherentes a todo individuo, por las cuales el poder quede limitado. Es una situación por la que uno debe sentirse llamado a obrar, pues pasar de la moderación del mando, un avance positivo, al sometimiento irrestricto resulta indeseable y, además, retrógrado. Aun cuando los gobernantes anuncien el agotamiento de su vida entera para favorecernos, no conviene dejarlos sin restricciones.

Nota pictórica. Nuestra imagen es una obra que pertenece a David Alfaro Siqueiros (1896-1974).

30/11/18

Defensas impopulares





¡Cuántas veces las mejores cualidades encuentran menos admiradores y cuántas veces la mayoría de los hombres toma lo malo por lo bueno! Ése es un mal que se observa todos los días.
Christian Fürchtegott Gellert


Nietzsche tenía el convencimiento de que su grandeza sería reconocida únicamente después de la muerte. No lo dijo sólo en su ya casi demencial Ecce homo; era una certeza que lo acompañó varias veces. Sus contemporáneos no tendrían, pues, la lucidez necesaria para valorar el pensamiento que forjó en vida. Incomprendido entonces, encontraría la gloria en lo venidero, tal vez cuando haya más hombres dispuestos a cuestionar las tradiciones. No es casual que se haga mención a la cantidad. Pasa que, mientras la mayoría opte por consagrar determinados principios, valores, ideales, pero también prejuicios e insensateces, las voces disidentes serán aborrecidas o, con regularidad, desdeñadas. Sin embargo, por más impopular que resulte, no se descarta que un argumento así, tan despreciado cuanto marginal, sirva para mejorar nuestra realidad, incluso la política.
Si bien, por sus antecedentes, no espero que varios políticos realicen declaraciones en las cuales sobresalgan su erudición y elevada inteligencia, suelen frustrar hasta mis expectativas más bajas, fomentando el apego a creencias masivas e incorrectas. Se suman a esta suerte de marea perniciosa, que crece cual ninguna, analistas e intelectuales, es decir, gente supuestamente llamada a iluminar al prójimo, sacándolo de las confusiones y los disparates. De manera que, aunque haya la posibilidad de notar errores e intentar su enmienda, la regla es contribuir al absurdo. Lo peor es que, como la democracia se mueve conforme al impulso mayoritario, muchos prefieren alimentar esa tendencia. Lo normal es toparse con mortales que, siendo francos o embusteros, ahonden la estima por mitos, perjudicando nuestro avance.
Una causa que, por ejemplo, parecería hoy perdida es el patrocinio de la ideología. Ocurre que, para mucha gente, incluyendo postulantes a cargos públicos, ya todo esto sería un asunto del pasado. En su criterio, estaríamos más allá de categorías como izquierda y derecha, pero también lejos del socialismo, liberalismo o anarquismo. Sin embargo, esa clase de afirmaciones desnuda ignorancia. Las ideologías permiten que uno reflexione acerca de cuál sería el mejor Estado, la sociedad más justa, por citar dos cuestiones nada menores. Es lo que marca el rumbo a seguir, ofreciéndonos un panorama por el cual valdría la pena luchar. Es cierto que no basta. Sería, verbigracia, insuficiente para construir un puente. No obstante, asociar esta obra pública con un propósito mayor, contribuir a la libertad de locomoción, así como al comercio, nos sitúa frente a fines que no son necesariamente contestados por la tecnocracia.
Asimismo, me rehúso a sumarme al enorme número de sujetos que desprecian los partidos políticos. Son personas que, fascinadas por las redes sociales y movilizaciones de ciudadanos sin militancia, proclaman el fin del sistema partidario. Estos mismos profetas son quienes censuran la democracia representativa, suponiendo que ya no sería necesario tener parlamentarios, debiendo definirse todo en las calles o Internet. Olvidan que, pese a cuán mediocres hubiesen sido numerosos diputados y senadores, la idea del Parlamento es todavía un gran invento, uno defendible a rajatabla. Se trata de un espacio en el cual cabe la deliberación sobre decisiones que son fundamentales para nuestra convivencia. No discuto que considerables organizaciones políticas hayan despuntado en materia de corrupción, dogmatismo u oportunismo ideológico; empero, sus falencias no invalidan la relevancia del concepto.

Nota pictórica. En el jardín es una obra que pertenece a Albano Vitturi (1888-1968).

16/11/18

La liberación como estafa plurinacional




Las esperanzas defraudadas de los progresistas políticos, por un lado, parecían meramente confirmar el sombrío pesimismo de los pensadores de la decadencia y la crisis, por el otro.
Karl Dietrich Bracher


Desde hace medio siglo, Dussel y otros filósofos latinoamericanos han explotado el concepto de liberación. En su criterio, deberíamos percatarnos de las injusticias cometidas contra estas sociedades que se hallarían marcadas por la opresión. Las grandes potencias, contemporáneamente a la cabeza de Estados Unidos, se desvivirían por marginarnos, excluirnos, conspirando para eternizar una situación inmoral. Es la explicación de las miserias económicas que se perciben por estos lares. Además, sin falta, surge como contestación cuando nos preguntamos por qué no hay una cultura democrática, más o menos racional, tolerante, eficaz para encontrar las mejores soluciones. La culpa sería de agentes externos e imperialistas. El problema es que no tendríamos consciencia de aquello, prevaleciendo una mentalidad ensombrecida por los engaños.
Sin embargo, los sectores populares, excluidos por círculos de poder, podrían contar con quien procurase su liberación. Se trataría de personas que ya no vivirían en las mentiras del opresor. Ellos se habrían dado cuenta de los abusos que son cometidos en su contra. Lógicamente, no se quedarían en silencio ni pasivos; por lo contrario, estarían a la vanguardia, librando batallas con heroísmo, intentando que ese vil sistema caiga de una vez por todas. Con este fin, criticarían a quienes prefieren la indiferencia o el silencio, pues su actitud facilita el sometimiento de todos. En suma, el objetivo que buscan es liberarnos del engaño, pero también alentar la rebelión frente a las órdenes de los dominadores. Merced a su hazaña, se perdería la condición de parias.
Los partidarios del Movimiento Al Socialismo se han presentado, en más de una ocasión, como quienes conseguirían una liberación tan auténtica cuanto irreversible. Todos los desposeídos, relegados debido a su condición étnica, socioeconómica o ideológica, serían favorecidos con su gesta. Las clases populares, en teoría, asumirían tal protagonismo que nunca más se osaría ejercer funciones gubernamentales para reprimirlos, encarcelarlos, hasta eliminarlos. Una vez alcanzada la cumbre del mando, el panorama cambiaría solamente para bien, originándose un vínculo con las autoridades que nadie debería censurar. Desde el primer momento, sus flamantes funcionarios se ocuparían de respaldar a ciudadanos que quieren terminar con una mentalidad servil. En este sentido, sus libertadores tendrían que fomentar la toma de una posición crítica. Si se ha cuestionado la pasividad del pasado, nada menos deseable que desalentar la interpelación de todos, incluyendo a los gobernantes.
Lo cierto es que Morales Ayma y su partido jamás quisieron consumar ninguna liberación mental. Para ellos, durante todo su régimen, ha sido suficiente con que las personas marchen, cerquen y amenacen a legisladores del bloque opositor. Las taras que impiden un mejoramiento de la sociedad permanecen invariables; peor aún, debido a conocidas prácticas del oficialismo, su gravedad ya es superior. Cuando los indígenas se animaron a pasar del adulo a la exigencia, el Gobierno respondió con brutalidad. Pasó también cuando cayó en desgracia una parte de la Central Obrera Boliviana, pues no todos son alabadores del caudillo. Por último, sucedió cuando un albañil, vale decir, representante de los sectores que se prometió liberar y favorecer, quiso actuar como verdadero ciudadano, interpelando a su gobernante porque lo había traicionado. La respuesta fue un juicio. No entendió que el plan era imponerle otro amo.

Nota pictórica. El mito de Prometeo es una obra que pertenece a Piero di Cosimo (1462-1522).

2/11/18

La imaginación en nuestra convivencia





Lo significado con dicho precepto es, evidentemente, que no has de hacer a otro lo que no quieres que se te haga a ti. Es una apelación a la imaginación: antes de infligir algo a otro, imagínate que otro te inflige eso mismo a ti. Es decir: objetívate, míralo desde fuera como referido a ti mismo.
Hannah Arendt


Alain, filósofo a quien, por desgracia, ya no se lee como antes, explicó que nuestras ideas nos sirven de anteojos. Efectivamente, las reflexiones que llevamos a cabo, engendrando distintos conceptos y teorías, son fundamentales para entender el mundo, la sociedad, los hombres. Contamos, pues, con una mirada en la que, a pesar de numerosas excepciones, el componente racional tiene relevancia. Porque hay también otros factores que influyen cuando procuramos tener una comprensión satisfactoria de la realidad. En ese afán, además de lo racional, encontramos a los prejuicios. Así, la visión individual de lo que sucede a nuestro alrededor se halla perturbada por opiniones prefabricadas, volviendo inviable cualquier seriedad al respecto. En este caso, no habría sólo problemas personales, sino asimismo de carácter social. Es que la convivencia suele ser perjudicada cuando sentimos predilección por el acto de prejuzgar.
Por supuesto, no podemos emplear la razón y someter al conjunto del género humano a una observación rigurosa, esperando que, obrando únicamente de esta manera, tengamos juicios definitivos sobre su situación. Es importante que consideremos sus acciones; empero, tiene también valor nuestra capacidad de imaginarlas. No es un asunto insignificante. De hecho, sin tener esa posibilidad, el establecimiento de varias relaciones sería ilusorio. Tenemos que imaginarnos cómo se comportarán en determinados contextos, sean circunstancias de naturaleza religiosa, económica o política, por citar algunos escenarios. No pasa por figurarnos cualquier clase de reacción, sino la que sea más cercana a nuestra realidad. El problema es que no se trata de una labor sencilla; en muchas ocasiones, nos dejamos llevar por mezquindades, exageraciones u otras descontextualizaciones.
Tal como Elaine Scarry lo resalta, tenemos la dificultad de imaginar a otra gente. Es un significativo reto cuando hablamos de todos los que conforman nuestra sociedad, con certeza. Incapaces de conocer a cuanto mortal reside o habita en un país donde nos hallamos, queda ese recurso imaginativo. No obstante, ni siquiera la comunidad más cerrada que los hombres constituyan nos garantizaría plena uniformidad. Podemos identificar algunos patrones de conducta, tener presente lo concerniente a principios, valores, ideales; con todo, habrá siempre margen para el libre albedrío. Ninguna generalización es infalible, pudiendo darse paso a injusticias de diversa índole. Pasa que nuestras normas, tanto formales como de hecho, pueden implicar medidas basadas en esas presunciones. Siguiendo tal línea, podríamos concluir que a ciertos grupos o sectores correspondería recibir un trato diferenciado, soportando mayores cargas u otras iniquidades.
            El tema se vuelve más complejo cuando nos referimos a quienes provienen de otras sociedades. Ciertamente, salvo cuando se busca información tan profunda cuanto detallada, nuestros juicios sobre los inmigrantes obedecen a estereotipos que sobresalen por su simplicidad. En el mejor de los casos, es decir, cuando nos alienta el optimismo, podemos tener una versión idealizada o romántica del extranjero. Todos serían buenos, dignos del mayor elogio, incapaces de producir daño alguno. Lo contrario sería defender una postura pesimista, suponiendo que ninguno merecería nuestra confianza, justificando la construcción de grandes vallas, muros y aun campos minados. De modo que, sin mesura, la imaginación puede convertirse en obstáculo para una razonable coexistencia.

Nota pictórica. Dos chicas es una obra que pertenece a Franco Gentilini (1909-1981).