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20/1/22

Tiempo y política

 



De ahí que debamos edificar una Ética y una Política sobre la Poética del ahora. La Política cesa de ser la construcción del futuro: su misión es hacer habitable el presente.

Octavio Paz

 

No es casual que incontables filósofos, desde la Edad Antigua hasta nuestros días, se hayan ocupado del tiempo. Aristóteles, Agustín de Hipona, Heidegger, Bergson y Castoriadis, para no alargar la lista, optaron por pensar al respecto. Lo que hacemos, sea en términos individuales o colectivos, nos relaciona necesariamente con ese concepto. Si, por ejemplo, alguien se preocupa por su existencia, nada más razonable como que considere, entre otros aspectos, la duración de la misma. Pero no sólo importa su prolongación, sino también, sin duda, la proyección de nuestra vida. Cualquier plan concebido por el hombre parte de una premisa fundamental: hay días que vendrán. El futuro es, pues, indispensable para que los proyectos puedan concebirse, además de realizarse. Tiene asimismo valor el pasado, porque, sin lo ya vivido, es decir, experimentado, razonado, conocido, nuestra propia identidad se desvanece.

Mientras convivamos con los demás, el tiempo es tan inevitable como la política. La sociedad cuenta, sin excepción, con problemas que deben resolverse. Por otro lado, tener a gente con diferentes creencias, criterios y simpatías nos ofrece un escenario de pluralidad que, a menudo, causa conflictos. Aunque no siempre suceda, el trabajo esencial de los políticos sería lidiar con esas cuestiones. Ellos tienen que proporcionarnos las respuestas correspondientes. Para ello, cabe tomar consciencia del tiempo, pero en sus distintas dimensiones: pasado, presente y futuro. Se lo debe hacer, conviene resaltarlo, de forma dinámica. Quedarnos en uno solo de los tiempos puede traer consecuencias negativas, incluso trágicas. Al revisar la historia, con cierto rigor, los riesgos que conllevan tales encerramientos se tornan evidentes.

No hay pasado que pueda considerarse insuperable, menos aún perfecto, salvo desde un punto de vista gramatical. Pese a ello, tenemos personas que glorifican ese tiempo, convirtiéndolo en el principal criterio para regir nuestras relaciones. En política, esto se pone de manifiesto gracias a partidarios del tradicionalismo. Aludo a quienes, de modo forzoso e indiscutible, defienden un orden antiguo, censurando que instituciones, costumbres y otras prácticas sociales sean cambiadas. Todo esto debería conservarse, rechazándose cualesquier innovaciones, aun cuando permitan un mejor trato conforme a la dignidad humana. Huelga decir que, si esta línea hubiese gobernado el mundo, ningún progreso significativo se habría dado. Una política que se ancla en lo pasado, por tanto, es un camino seguro a la parálisis, cuando no al retroceso, de una sociedad. Vale para los adoradores de tiempos precolombinos, coloniales o republicanos.

No se trata, sin embargo, de mirar únicamente lo venidero. Desde jacobinos hasta bolcheviques, pretextando el uso de la razón, se anunció un paraíso futuro. Los problemas desaparecerían, ofreciéndonos un panorama en el cual las disputas entre sujetos y grupos habrían acabado. El único punto adverso era que, para lograrlo, debíamos sacrificar nuestro presente y abolir el pasado. Nada de lo consumado hasta entonces servía; todo aquello que resultaba contrario al proyecto del mañana debía ser desechado. Un absurdo, por supuesto. Si bien necesitamos pensar en los siguientes meses o años, precisamos también conocer de lo hecho, del error y el acierto, al igual que reivindicar nuestro presente. Los políticos deben saber que el modesto bienestar de hoy, siempre mejorable, no se cambia por la supuesta perfección del futuro.

 

Nota pictórica. Utopía es una obra que pertenece a William Samuel Schwartz (1896-1977).

8/1/22

Vida y obra de Manfredo Kempff Mercado

 

  

Fue un caso extraordinario de entusiasmo y amor hacia la filosofía.

Augusto Pescador

 

1. Aspectos biográficos

 

Manfredo Kempff Mercado nació el 8 de enero del año 1922 en Santa Cruz de la Sierra. Fue hijo de un médico alemán, Francisco Kempff, y una dama cruceña, Luisa Mercado, quienes tuvieron cinco hijos, los que realizaron aportes de importancia a la sociedad. A propósito, se destaca lo hecho por Enrique, hermano mayor de Manfredo, pues debe ser considerado como uno de los principales escritores del siglo XX en Bolivia. Asimismo, se resalta la figura de Noel, importante biólogo que, trágicamente, fue fatal víctima del narcotráfico, desencadenando una indignación ciudadana que sirvió para repudiar a los que incurrían en esos hechos ilícitos.

Nuestro pensador obtuvo su bachillerato en el Colegio Nacional Florida. Luego, contando veintidós años, se tituló de abogado gracias a la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno. Su tesis, defendida el 30 de diciembre de 1942, se tituló «El fenómeno económico en la evolución nacional». Si bien el Derecho fue objeto de estudio, no hubo sino muy poca práctica profesional al respecto. Lo que sí ejerció, incluso siendo todavía universitario, fue el profesorado. En efecto, a nivel de la educación secundaria, fue docente de Filosofía. Sin duda, se ponía así en evidencia una vocación que lo acompañaría durante toda su vida.

Casado con Justita Suárez Montero, tuvo tres hijos: Manfredo, Julio y Mario. La familia procuró acompañarlo en sus distintos destinos. En 1951, formando parte de las candidaturas del Partido de la Unión Republicana Socialista, obtuvo el suficiente respaldo electoral para ser diputado; empero, debido a la cesión del poder a los militares que hizo Mamerto Urriolagoitia, no pudo asumir como legislador. En 1952, Kempff Mercado fue designado como representante de Bolivia ante la UNESCO. Por causas políticas, vale decir, la Revolución del MNR, régimen que forzó luego su exilio, no pudo cumplir con esas funciones diplomáticas. Más adelante, en 1966, por el Frente de la Revolución Boliviana, fue electo como senador por Santa Cruz, llegando a ejercer la presidencia de la Cámara Alta. Sus labores como parlamentario fueron interrumpidas por el derrocamiento del presidente Luis Adolfo Siles Salinas, en 1969, quien había asumido la primera magistratura del país por el accidente aéreo que acabó con la vida de René Barrientos Ortuño. De vuelta a Santa Cruz, fue profesor en la Gabriel René Moreno, brindando conferencias varias. Falleció el 12 de noviembre de 1974.

 

2. Cátedra y obra

 

Apostolado y producción intelectual

 

Manfredo Kempff Mercado deja su lugar natal y, en 1946, se traslada a La Paz. Comenzó entonces su vida como profesor de la Universidad Mayor de San Andrés. Dos años antes, Augusto Pescador Sarget y Roberto Prudencio Romecín habían fundado la Facultad de Filosofía y Letras en esa institución académica. Don Manfredo llegó a ser allí profesor (1946-1953) y, además, titular de la vicedecanatura, un hecho significativo en vista de su edad y origen. Con todo, su labor docente fue tan relevante que rebasó las fronteras nacionales. Así, entre 1955 y 1964, estuvo en Chile, impartiendo clases de distintas ramas filosóficas. Durante los dos años siguientes, profesó en la Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela, siendo responsable de diversas asignaturas y seminarios. Es útil añadir que, entre 1953 y 1954, estuvo en Brasil, donde tuvo la meritoria experiencia de dar un curso sobre la historia de las ideas en Latinoamérica; de este modo, trabajó en la prestigiosa Universidad de Sao Paulo. Se recalca que, durante los últimos años de vida, prestó servicios docentes en su Alma Máter.

En una separata de la revista Kollasuyo, edición aparecida el año 1952, se publicó Vida y obra de Mamerto Oyola. Se trata de un estudio biográfico e intelectual que firmó nuestro filósofo. Tiempo después, en 1958, se lanza la que será su obra más relevante, Historia de la filosofía en Latinoamérica. Efectivamente, editada por Zig-Zag, empresa chilena, será el primer libro con ese título, constituyéndose, como se demostrará más abajo, en una referencia forzosa sobre la materia. Posteriormente, 1965, publica dos volúmenes, Introducción a la antropología filosófica (Chile) y ¿Cuándo valen los valores? Ensayos de axiología (Venezuela). Por último, en 1973, su Filosofía del amor aparecerá gracias a la Editorial Universitaria (Chile).

Al margen de los títulos antes señalados, Kempff Mercado escribió numerosos textos que fueron publicados en periódicos nacionales y extranjeros. En efecto, fue columnista de Presencia (Bolivia), El Comercio (Perú) y El Mercurio (Chile), entre otros diarios, contribuyendo a la reflexión pública sobre temas relevantes. Se precisa que esas colaboraciones a la prensa, así como también todos los libros, fueron recogidos y publicados en 2004, contándose, por tanto, con sus Obras completas. Este volumen antológico, en cuya elaboración intervino un gran especialista suyo, Marcelino Pérez Fernández, sirve para evidenciar, en toda su magnitud, la potencia reflexiva y clara erudición de don Manfredo.

Respecto a sus intervenciones en el periodismo de ideas, cabe resaltar que no fueron artículos sólo expositivos. Sí, desde luego, escribió en torno a filósofos, libros y corrientes; no obstante, se decantó igualmente por las reflexiones acerca de problemas que ofrecía la realidad política del país. En estos casos, sin dejar de ser cerebral, el tono de sus intervenciones era distinto. Su mirada crítica era, pues, clara y firme, aunque no incurría en exageraciones u ofensas cuando no estaba de acuerdo con alguien. Así, no es un accidente que Edgar Oblitas Fernández hubiese recogido su famosa contienda por escrito con José Antonio Arze sobre marxismo (1951-1952) en el segundo tomo de La polémica en Bolivia (1997). Aclarando el contexto, pongo de relieve que era entonces Kempff un joven catedrático mientras que Arze, dieciocho años mayor, una de las principales mentes de la izquierda en Bolivia. Para Oblitas, en ese debate, nuestro pensador demostró “una vasta cultura filosófica, una vocación seria para transitar por el áspero camino de las especulaciones filosóficas, vocación que pronto dio sus frutos en importantes estudios filosóficos”.

 

Reconocimiento de su valiosa labor

 

Además de ser un diestro profesor y fértil pensador, Manfredo Kempff sobresalió como escritor. Lejos de componer textos oscuros, como pasa con Hegel o Heidegger, su estilo es tan agradable cuanto intelectualmente provechoso. Se nota su gusto por José Ortega y Gasset, quien consideraba que la cortesía del filósofo radicaba en su claridad. No es casual que, desde 1969, haya sido parte de la Academia Boliviana de la Lengua, siendo también miembro correspondiente de la Real Academia Española. El título de su tema de ingreso a la Corporación fue «Del problema de las palabras y del lenguaje filosófico»; a propósito, en Bolivia, ocupó el asiento que tuvo antes don Alcides Arguedas. Cabe decir que su relación con la literatura se refleja asimismo en las funciones desempeñadas como autor de adaptaciones de obras clásicas. Ocurre que, por encargo de la precitada editorial Zig-Zag, se ocupó de componer versiones especiales de Robinson Crusoe, Los tres mosqueteros y Ben-Hur, para no dar más títulos, las cuales siguen siendo comercializadas.

Desde la veintena, participó en encuentros relacionados con el mundo de la filosofía. Al respecto, debe destacarse que, a nombre de las delegaciones latinoamericanas, dio el discurso inaugural del III Congreso Interamericano de Filosofía, el cual fue celebrado en México el año 1950. Viajó también, acompañado de Augusto Pescador, en 1951, al Congreso Internacional de Filosofía, que sirvió para conmemorar el cuarto centenario de la Universidad de San Marcos (Perú). Hará lo mismo en Chile (1956) y Argentina (1959). Es importante resaltar que, a diferencia de otros intelectuales bolivianos por ejemplo, Franz Tamayo, Kempff Mercado tuvo y alimentó lazos con pensadores del extranjero. Entre otros, tuvo trato con Francisco Romero (el año 1964, don Manfredo colaboró en el Homenaje a Francisco Romero que publicó la Universidad de Buenos Aires) y Risieri Frondizi, en Argentina, relacionándose también con Francisco Miró Quesada, del Perú, al igual que mereció las atenciones del destacado Leopoldo Zea, una de las grandes figuras de la intelectualidad mexicana. En cuanto a los vínculos con sus connacionales, pueden resaltarse algunos casos. Está su importante relación, de respeto académico y amistad cercana, con Roberto Prudencio. Menciono asimismo su trato con Guillermo Francovich, quien lo citó y comentó en más de una oportunidad (verbigracia, en su libro El pensamiento boliviano en el siglo XX, de 1956).

En 1961, un resumen de su Historia de la filosofía en Latinoamérica, como apéndice, fue publicado en la traducción al español de la célebre Kleine Weltgeschichte der Philosophie (Historia universal de la filosofía), de Hans Joachim Störig, mereciendo varias ediciones y en seis idiomas. Hasta el día de hoy, cualquier revisión seria del pensamiento latinoamericano la cuenta en su bibliografía. Fue el primer libro con ese título; empero, más allá de tal originalidad, sus reflexiones y mirada general tuvieron una calidad que aseguró su trascendencia. Así, sea Carlos Fortín Gajardo (Introducción a la filosofía y vocabulario filosófico, de 1960), Harold Eugene Davis (Latin American Revolutionary Thought, 1962), Luís Washington Vita (Momentos decisivos do pensamento filosófico, 1964), Alberto E. Buela (Hispanoamérica contra Occidente: ensayos iberoamericanos, 1966), Francisco Larroyo (Historia de las doctrinas filosóficas en Latinoamérica, 1968, en coautoría con Edmundo Escobar), Augusto Salazar Bondy (¿Existe una filosofía en nuestra América?, 1968), Leopoldo Zea (América Latina en sus ideas, 1986), Hugo Edgardo Biagini (Filosofía americana e identidad: el conflictivo caso argentino, 1989), Christian Hermann  (Les Révolutions dans le monde ibérique, 1766-1834: L'Amérique, 1989), Gonzalo Díaz Díaz (Hombres y documentos de la filosofía española, 1995), Enrique Dussel (El pensamiento filosófico latinoamericano, del Caribe y "latino" [1300-2000]: historia, corrientes, temas y filósofos, 2001, en coautoría con Eduardo Mendieta y Carmen Bohórquez), Jorge J. E. Gracia (Latinos in America: Philosophy and Social Identity, 2008), Arleen Salles (The Role of History in Latin American Philosophy: Contemporary Perspectives, 2012, en coautoría con Elizabeth Millán), Raúl Fornet Betancourt (Guía Comares de filosofía latinoamericana, 2014, en coautoría con Carlos Beorlegui), Santiago Castro-Gómez (Crítica de la razón latinoamericana, 2015), Margarita M. Valdés (Cien años de filosofía en Hispanoamérica, 2016), Luis Corvalán Marquez (Para una historia de las ideas en nuestra América, 2016) o Kevin White (Hispanic Philosophy in the Age of Discovery, 2018), para no alargar una, con certeza, dilatada reminiscencia, todos ellos en español, inglés, francés o portugués han abrevado del trabajo de Manfredo Kempff Mercado. Añado que su nombre aparece en el segundo tomo (entrada filosofía americana) del celebérrimo Diccionario de filosofía de José Ferrater Mora, al igual que se lo menciona en el Diccionario de filosofía que, en Bolivia, elaboró Roberto Ágreda Maldonado (2018).

Finalmente, respecto a su valía, es menester apuntar que, en Bolivia, ilustres intelectuales se ocuparon de reflexionar sobre sus ideas y libros. En este sentido, tenemos a Marcelino Pérez Fernández, pues publicó Manfredo Kempff Mercado: filósofo de los valores y de la cultura (1990), mientras que, por su parte, Renato Díaz Matta escribió El pensamiento vivo de Manfredo Kempff Mercado, un filósofo del Oriente boliviano (2001). También, el año 2001, tenemos El pensamiento filosófico en Bolivia, donde Jesús Taborga lo analiza, como hace con otros filósofos. Acoto que, ya en 1959, su nombre aparece citado por Fernando Díez de Medina en su importante Literatura boliviana, obra que Aguilar editó en España; asimismo, en la muy conocida Historia de la literatura boliviana (edición de 1975) de don Enrique Finot, Luis Felipe Vilela lo menciona como un ensayista “de primera fila”. Destaco, por otra parte, que es uno de los Cruceños notables (1998) que fueron considerados por Hernando Sanabria Fernández; asimismo, integra el elenco de Personajes notables de Santa Cruz (2003), de Angel Sandoval Ribera; además, aparece entre las Figuras bolivianas en las ciencias sociales (1984), de José Roberto Arze, y en el Diccionario histórico de Bolivia (2002), dirigido por Josep Barnadas; también, es uno de los Pensadores del Oriente boliviano (2019) seleccionados por Daniel A. Pasquier Rivero y Enrique Fernández García. Para concluir, respecto a los estudios que se le han dedicado, apunto que, en 2005, Eugenio Vasquez Torrez defendió una tesis de grado para la Licenciatura en Filosofía, en la carrera de Filosofía de la UMSA, con el trabajo intitulado Formas dialécticas en el pensamiento historiográfico de Manfredo Kempff Mercado. Tal ha sido el impacto de su ideario.

 

5/1/22

100 años de un filósofo cruceño

 


                                                                                                             
Hoy, aquí, tan sólo hemos querido rendir sencillo tributo al hombre que quisimos y admiramos. Hace falta ahora, el tributo mayor —y público— al intelectual y pensador.
Agustín Saavedra Weise
 

Aunque resulten molestos, los cuestionamientos internos de la cultura sirven para un saludable debate social. No niego las dificultades que se presentan; con regularidad, los ejercicios de autocrítica pueden ser indeseables. En muchos casos, las personas con quienes convivimos prefieren el silencio o, peor todavía, la ceguera voluntaria frente a las propias imperfecciones. Con todo, no faltan quienes transitan ese camino de provocación, uno que nos permite reflexionar sobre ciertos males colectivos. Fue lo que, por ejemplo, hizo Herman Fernández cuando, hace casi ya 40 años, publicó el artículo «La frivolidad en el cruceño». Observó entonces que, en su tierra, se priorizaban asuntos baladíes, el más trivial consumismo, la predilección por modas foráneas, todo en desmedro del pensamiento. Se había progresado en otros campos; empero, la meditación profunda y seria era una labor pendiente de cumplimiento.
    A pesar de lo anterior, que puede ser discutido, existe una magnífica excepción asociada con esa regla. Me refiero a Manfredo Kempff Mercado, abogado, profesor, académico, político y, lo acentúo, filósofo, que nació en Santa Cruz el 8 de enero de 1922. Relacionado con el mundo de las ideas desde la primera juventud, su vida fue todo menos frívola. En efecto, sea como catedrático que fue contratado por universidades de Chile, Brasil, Venezuela y Uruguay, siendo siempre solvente, o dedicándose a la producción intelectual, su figura merece nuestras mayores atenciones. Es verdad que, habiendo sido senador durante las presidencias de Barrientos y Luis Adolfo Siles Salinas (1966-1969), podríamos quedarnos con esta faceta para destacarlo. No obstante, su vocación mayor, el llamado que cumplió a cabalidad, era el culto del razonamiento filosófico.
    En 1952, apareció su estudio sobre Mamerto Oyola, principal filósofo boliviano del siglo XIX. Don Manfredo escribió también Introducción a la antropología filosófica (Chile, 1965), ¿Cuándo valen los valores? (Venezuela, 1965), Filosofía del amor (Chile, 1973), además de su obra capital: Historia de la filosofía en Latinoamérica (Chile, de nuevo, 1958). Este último libro ha sido referenciado, según pude indagar, hasta el momento, por una veintena de obras del extranjero, volúmenes compuestos por autores de idioma español, inglés, portugués y francés. Más aún, en 1961, una versión resumida fue insertada como apéndice de la reconocida Historia universal de la filosofía, del alemán Hans Joachim Störig. A esta producción, comentada en diferentes naciones, añado su práctica del periodismo filosófico, de ideas, crítico. Colaboró en Presencia (Bolivia), El Comercio (Perú) y El Mercurio (Chile), entre otros medios.
    Conforme a lo dicho por Marcelino Pérez Fernández, Kempff fue un filósofo de los valores y la cultura. En sus reflexiones, anoto la influencia de distintos pensadores, tales como Max Scheler y Ortega, especialmente. Se alimentó también de autores a quienes conoció, llegando a ser amigo de Francisco Romero, Risieri Frondizi, Francisco Miró Quesada, Leopoldo Zea, Roberto Prudencio, Guillermo Francovich y Augusto Pescador, entre otros. Por cierto, fue tan buen cultor de la amistad que filosofó en torno a este sentimiento. Además, como ya evoqué, dedicó un libro al amor. No sorprende, pues era un amante de la sabiduría. Amó asimismo, y mucho, a su esposa, Justita, al igual que a sus tres hijos, Manfredo, Julio y Mario, todos hombres de bien. Murió en 1974 con apenas 52 años. Su obra le confiere inmortalidad.

16/11/21

La tradición antiliberal en Bolivia

 



No es necesario ser hegeliano para afirmar que las sociedades humanas se transforman porque los hombres se niegan a aceptar su situación, sea ella la que fuere.

Raymond Aron


En 2025, Bolivia cumplirá dos siglos de vida independiente. Tras revisar cualquier indicador más o menos serio, advertimos su mala situación. Pese a los discursos del oficialismo, su economía es insignificante en el concierto internacional. No importa la irritación que produzca; este país no ha dejado de ser pobre, aun miserable. Si cambiamos el enfoque, pasando a la política, las críticas son históricas. La falta de una cultura democrática, en donde coincidan gobernantes y administrados, ciudadanos todos, continúa siendo una tarea pendiente. Finalmente, para no seguir con una interminable numeración, tenemos el problema de la educación. Porque no es parte de una conspiración mundial que, sin importar su grado, los estudiantes no sobresalgan como norma general. Sí, hay excepciones; empero, preocupa la regla.

En 2019, Oscar Olmedo Llanos publicó una obra que explica un problema histórico. A lo largo de sus páginas, el lector se percata del mal que, desde sus inicios, afecta al país, usándolo como título: El estatismo. En efecto, diferentes generaciones de bolivianos optaron por esa creencia. Según ellos, el Estado debe intervenir para resolver problemas varios, no sólo sociales o públicos, sino también privados. Desde el siglo XIX hasta ahora, los estatistas dejaron su huella en partidos, regímenes, movimientos sociales y hasta grupos cívicos. Sea como burócratas, rentistas o empresarios amigos de las licitaciones anómalas, el común denominador es apostar por ese monstruo administrativo para lidiar con distintos inconvenientes.

El nacionalismo es otro elemento que cabe tener presente. Se ha colocado a la nación, vale decir, una ficción, por encima del individuo. El Estado no se habría creado para velar por los derechos individuales, sino con el propósito de favorecer a esa entidad, justificándose incluso el sacrificio humano. Las derivaciones que ha tenido son tan funestas cuanto recurrentes: nacionalizaciones, proteccionismos, regionalismos y tribalismos étnicos. En lugar de tener una sociedad abierta, donde haya bases racionales e indiferencia frente a los accidentes relacionados con la piel y el folklore, se nos muestra un escenario antitético. No es casual que los partidos políticos hayan observado esta línea, llegando a plantearse una revolución en nombre de la nación; no a favor de los hombres ni, menos aún, para la libertad.

Los liberales gobernaron este país desde 1899 hasta 1920; su programa, de 1883, tenía una clara e irrepetible, por desgracia, orientación ideológica. Un veranillo en 200 años. Destaco que, desde Falange Socialista Boliviana (Únzaga reivindicaba el totalitarismo), pasando por el MNR (con su sombría revolución), siguiendo con ADN (fuerza de índole conservadora), MIR (corrupción en socialdemocracia), arribando al MAS (mayor absurdo socialista), entre otros, se ofrecieron proyectos contrarios a la libertad, exceptuando pocas medidas. Si alguien leyera Documentos políticos de Bolivia, buen trabajo compilatorio del trotskista Lora, notaría cuán potente resulta esta tradición. Es una patología que, aunque fueron anticomunistas, incluye a Barrientos y Banzer. Por cierto, hablando de militares al poder, como era previsible, ninguno contribuyó a cambiar profundamente esta situación. Además de dictadores (Busch), fueron demagogos (Torres), populistas (Belzu), iliberales. Coinciden con políticos de nuestros días, gente que, aunque parezca increíble, es reacia a patrocinar los exitosos postulados del liberalismo. Urge cambiar.

Nota pictórica. Bailarinas derviches es una obra que pertenece a Bill Jacklin (1943).

29/10/21

Ciudadanía y mentalidad premoderna

 




Todos nosotros estamos embarcados en la modernidad; la cuestión está en saber si lo estamos como remeros de galeras o como viajeros con sus equipajes, impulsados por una esperanza y conscientes también de las inevitables rupturas.

Alain Touraine

 

Si revisáramos el pasado que tenemos en común, advertiríamos algunos cambios de relevancia. Pienso en las formas de relacionarnos con los demás, fundamentalmente cuando media el ejercicio del poder. Porque no ha existido una fórmula que, como dictado de la naturaleza, nos haya acompañado sin excepción alguna. La realidad humana es, pues, dinámica, resistiéndose al estancamiento que, a lo mejor, anhelan ciertos partidarios del orden extremo. Así, examinando lo sucedido en las diversas épocas, notamos que, en resumen, hemos sido esclavos, siervos y ciudadanos. En otras palabras, no hemos tenido ningún derecho, siendo tratados como cosas; después, merecimos la gracia del señor feudal, quien nos protegía a cambio de trabajar sus tierras; por último, tras profundos conflictos, como las revoluciones modernas, conquistamos un estadio superior. Tenemos ahora libertades, tanto civiles como políticas, ligadas a la condición de ciudadanos.

Logro de la especie y todo lo que quieran, nada garantiza su aprovechamiento satisfactorio. Ser ciudadano puede convertirse, por desgracia, en una quimera. Nadie nos libra del retroceso. Sucede que, según su concepción antigua, la ciudadanía implicaba ser obediente ante los mandatos del legislador. Con el advenimiento de la modernidad, se presenta algo novedoso. El individuo se vuelve protagonista; la propia existencia del Estado depende de su voluntad. De acuerdo con esa lógica, su calidad no se agota en la mera obediencia. Es más, lo distintivo sería la crítica del mandato, incluso su desacato. Esta posibilidad de cuestionar, sin embargo, no contemplaría sólo asuntos legales, sino igualmente políticos, económicos, culturales: todo lo que atañe a la problemática social.

Conforme a Octavio Paz, la modernidad se asocia con dos conceptos: crítica y autocrítica. Atendiendo a esta reflexión, además de cuestionar asuntos que incumben a nuestra convivencia, concentrándose en el actuar del prójimo, la ciudadanía conlleva juzgar el comportamiento propio. Sin esas dos capacidades, siendo serios, no podríamos hablar de ciudadanos que sean ejemplares, o algo similar. Ocurre que, en ocasiones, cuando percibimos problemas de carácter social, nos inquietamos, buscando a los responsables, pero sobre una premisa falsa: ellos son siempre los culpables. De esta manera, políticos, del oficialismo u oposición, empresarios, cívicos, militares, periodistas, entre otros mortales, serían quienes causan todos los males. Nosotros, a lo sumo, resultaríamos víctimas de engaños electorales o conspiraciones que rebasan las fronteras nacionales. Nada justificaría el examen crítico de miserias que son propias.

Lo cierto es que la responsabilidad de los ciudadanos nunca resulta menor. Diariamente, tomamos decisiones que pueden afectar la vida en común. Si hay un orden civilizado, es el producto de la racionalidad y sensatez que distinguen a cada uno. En caso de pasar lo contrario, seguramente, habrá sitio para nuestra condena. Las evidencias se hallan en distintos ámbitos. Somos electores, pero también veneradores de caudillos; exigimos que se haga justicia, mas corrompemos a jueces, fiscales y policías; cuestionamos el amarillismo, en prensa o redes sociales, aunque disfrutamos del circo mediático. Acoto que hay quienes critican la inmoralidad del resto; no obstante, cualquier análisis objetivo de su presente revelaría una indecencia mayor. Tal vez la modernización del ciudadano sea uno de los enormes retos que corresponde asumir en estos tiempos. 


Nota pictórica. Después de la lucha es una obra que pertenece a Eugeniusz Zak (1884-1926).

30/9/21

¿Por qué no debatir sobre la viabilidad del Estado?

 



En síntesis, la adopción de la reflexión política consiste en aceptar que el mundo no está determinado en exclusiva por la necesidad natural, sino que es susceptible de elección humana.

Michael Oakeshott

 

No es una creación divina ni tampoco un engendro de la naturaleza. Desde hace siglos, con la llegada del mundo moderno, gracias a Hobbes y otros pensadores, el Estado debe ser considerado como una invención del hombre. Dado que no somos perfectos, ni mucho menos, lo mismo podría ocurrir con nuestros productos. Se trata de una creación falible, mejorable, aunque también susceptible de ser destruida. Como sucede con una herramienta, puede pasar que ya no resulte útil; en consecuencia, preservarla sería un despropósito. Nadie quiere un martillo, por ejemplo, que no sirva para golpear nada. Parte de su esencia tiene que ver con esa función. Por supuesto, un asunto capital radica en saber para qué sirve. Porque tiene que haber alguna explicación al respecto.

El Estado debería servir a los individuos que componen su sociedad. Sin éstos, obviamente, no tendría sentido hablar de autoridades públicas, instituciones, leyes o, en general, burocracia. Es la piedra de toque, un elemento que no cabe despreciar cuando nos decantamos por emitir juicios sobre tal cuestión. Entretanto establezca y asegure condiciones que favorezcan nuestra relación con los demás, un marco que aporte al hecho de tener una convivencia razonable, correspondería reconocer su necesidad. Lo estatal, en sus diferentes manifestaciones, resulta defendible si, verbigracia, nos garantiza un escenario donde las agresiones a la vida y propiedad sean castigadas. Esta concepción antropocéntrica, más aún individualista, puede ser matizada con otras preocupaciones adicionales. Así, lo central pasará por la salvaguarda de los derechos que tiene cada uno; sin embargo, pueden considerarse aspectos relacionados con el resto.

Siendo protagonista de su creación o mantenimiento, el individuo tiene derecho a criticar al Estado. Es una facultad que no se pierde ni tampoco precisa de reconocimiento oficial. Si está para implementar reglas que prevengan o resuelvan problemas de convivencia, esa organización puede ser observada. Cualquiera está en condiciones de cuestionar aspectos que juzgue negativos, promoviendo cambios, incluso radicales. Esto hacen los revolucionarios, desde luego, impulsando una transformación total de la sociedad, lo cual implica liquidar esa estructura estatal. Igualmente, sus reformas parten de observaciones críticas que son efectuadas por gente disconforme con la realidad, quienes aspiran a tener un mejor presente. Por cierto, las posibilidades no se agotan sólo en plantear modificaciones que deba sufrir un Estado para seguir vigente; es asimismo posible deliberar sobre su división o extinción.

Hay que dejar de lado sentimientos, emociones, pasiones varias. Es verdad que no somos únicamente animales racionales, como se desearía para evitar distintos problemas. No desconozco que haya quienes se conmuevan por ver una bandera, escuchar un himno nacional o, entre otras experiencias, apreciar exóticas artesanías. Ese romance debe ser un tema secundario cuando nos preguntamos acerca de la viabilidad del Estado. Ser patriota no es una condición de cumplimiento forzoso para poner en cuestión la existencia del país. Lo fundamental es pensar en la mejor manera de convivir. Si el proyecto de vida en común no concuerda con esas regulaciones, un grupo puede seguir su propio camino. Discutir acerca de esta posibilidad no debería ser censurado ni, peor aún, penalizado. Vetar estos debates puede ser una invitación a usar otros medios, corriéndose el riesgo de combinar discursos con violencia.

Nota pictórica. El último día de Pompeya es una obra que pertenece a Karl Pávlovich Briulov (1799–1852).

16/9/21

Escohotado, el reflexivo goce de vivir

 



Es preciso descubrir tanto al héroe como al payaso que se ocultan en nuestra pasión por el conocimiento, para seguir gozando de nuestra sabiduría.

Friedrich Nietzsche


Hay temas sobre los que Borges no deja gran margen para la discusión. Por ejemplo, si tuviésemos que asociarlo con algo, pensaríamos en los libros. Como se sabe, para él, la biblioteca era una especie de paraíso. Lo fue desde sus primeros años, aquella infancia que ya lo tuvo como traductor de Wilde. Pocas veces se halla tan bien encarnada la idea de una existencia dedicada a las letras. Sin embargo, ese distinguido bibliófilo, en momentos de conmovedora franqueza, sostuvo también que le había faltado vivir. Porque, aun cuando resulte grato, el contacto con la literatura no basta. Un intelectualismo radical puede traer consigo el aumento de nuestros conocimientos, la fascinación ante dudas, entre otros aspectos, mas eso no es suficiente. Por suerte, la mezcla con otras dimensiones humanas es posible.

Antonio Escohotado Espinosa, filósofo y jurista, profesor e infatigable autor, puede servir como símbolo de la combinación del pensar con el vivir. Nacido en 1941, tiene una producción bibliográfica que puede calificarse de formidable. Su Historia general de las drogas, verbigracia, contiene páginas tan numerosas cuanto eruditas, así como reflexivas. Su lanzamiento fue la consecuencia de un significativo esfuerzo personal. A propósito, no tenemos aquí descripción pesarosa; desde su perspectiva, ser laborioso es una virtud, por lo cual dedicarse, con rigurosidad, a un tema en concreto debe juzgarse positivo. Ese mismo tipo de trabajo, ejemplar como pocos, se puede notar en sus tres volúmenes que conforman Los enemigos del comercio. Con seguridad, esta historia moral de la propiedad es una obra maestra, debiendo ser apreciada, en especial, por todo partidario del liberalismo. Empero, sus libros no han anulado el resto de la vida.

Además de pensar, desde lo dicho por los griegos hasta las extravagancias irracionales del posmodernismo, Escohotado ha sido enfático en vivir. En la década del 70, siglo XX, se fue a Ibiza. Estados Unidos, con Nixon de presidente, había convencido a los más desiguales países, desde Cuba hasta España, para penalizar sustancias sicotrópicas. De este modo, la famosa guerra contra las drogas accedía a un nivel sin precedentes. Frente a esto, nuestro filósofo se sumó a una cruzada contracultural. Se reivindicaba una forma de vida distinta. Esas prohibiciones equivalían, entre otras cosas, a infundadas intromisiones. Cabía, pues, el patrocinio de la soberanía individual, uno que se cristalizaría asimismo en Amnesia, discoteca fundada por don Antonio el año 1976. Desde su aparición hasta el presente, se ha consolidado al punto de que llegó a ser considerada como la mejor.

Su salvaguarda del libre comercio de los estupefacientes trajo consecuencias negativas. En 1983, nuestro filósofo fue detenido por un supuesto tráfico de drogas. La condena se fijó, pasando varios meses en un recinto penitenciario. Nada más lejano al destino de Borges o, en el ámbito filosófico, Kant, cuya vida se limitó a ser académica. Antonio Escohotado aprovechó esa pérdida de libertad para escribir, valiéndose del material acumulado hasta entonces. Aquí, por tanto, la vida se combina nuevamente con el pensamiento riguroso. En realidad, al margen de reflexionar, lo que resulta útil para distinguirlo es la pasión por estudiar. Él mismo lo ha señalado de forma bella: el destino del hombre es saber. No aludo a ninguna sabihondez; conocer, investigar, discutir, en suma, sirve para tener una vida más placentera. Tal vez una tan fascinante como la del maestro.


Nota fotográfica. La imagen que ilustra el texto fue tomada por Elvira Megías.