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23/8/19

Animales culturales




Los hombres son básicamente complicados. Cuán buenos son depende de si ciertas concepciones y maneras de pensar han conseguido prevalecer; una prevalencia que es, en cualquier caso, precaria.
Thomas Nagel

¿Qué es el hombre? Sin lugar a dudas, se trata de una inquietud que nos acompaña desde tiempos antiguos. En efecto, desde Platón, con su propuesta de “bídepo implume”, que, recurriendo a una gallina desplumada, fuera ridiculizada por Diógenes, hasta, actualmente, por los avances neurocientíficos, Dick Swaab, quien nos reduce al cerebro, la pregunta sigue siendo provocadora. Así, el catálogo de respuestas que se han aventurado al respecto es tan generoso cuanto variado. Por citar otro caso, pienso en Steven Pinker, puesto que, al reflexionar sobre la naturaleza humana, él destaca nuestra condición de moralistas. Conforme a su perspectiva, esta sería una de las características que resultarían significativas para distanciarnos del resto. Porque, aunque haya algunos aspectos de cierta moralidad en primates, por ejemplo, queda claro que, cuando existe complejidad, esta valoración del obrar nos reconoce como incomparables practicantes. En este sentido, la ética serviría con el fin de conocer qué somos.
En 1994, explotando una postura que tiene diversos seguidores, Carlos París publicó su libro El animal cultural. Con seguridad, la calificación que atribuye al ser humano es un acierto. Es que somos hacedores de cultura. No hay otros responsables de haber llevado a cabo esa obra, una que complementa, rectifica o incluso anula lo recibido por la naturaleza. No se discute la importancia de nuestra constitución innata, en donde hallamos el legado del homo sapiens, los factores genéticos, entre otros elementos. Empero, además de tal herencia biológica, así como del medio en el cual nos desenvolvemos, que, aunque lo pretendamos rechazar, deja sentir su injerencia, contamos con nuestra propia producción.
Aludo a todo aquello que se ha inventado para vivir y, por otro lado, convivir. Reconozco que la supervivencia puede ser facilitada por los instintos, es decir, gracias a lo natural. Sin embargo, con las creaciones y prácticas culturales, lo que se procura es mejorar ese estadio primigenio. En otras palabras, no se trata de tener cualquier vida. Por este motivo, históricamente, una persona culta es concebida como alguien ilustrado, pero también, debido a esos conocimientos, capaz de tomar las mejores decisiones, sea a nivel privado o público. Desde esta perspectiva, ser culto debe entenderse como algo meritorio, ya que quien lo fuera desarrollaría sus potencialidades, tanto intelectuales como artísticas, por citar algunas, del modo más óptimo posible.
Asimismo, la cultura podría favorecer a nuestra convivencia. No propongo que, si dos individuos escucharan a Mozart, se dejaran deslumbrar por Miguel Ángel o leyeran al enorme Goethe, los problemas sociales desaparecerían de forma definitiva. Ninguna exquisitez del espíritu garantiza que nuestras actuaciones queden libres de todo error, el cual, en determinadas circunstancias, podría importunar al semejante. Porque el conflicto, desde lo más íntimo de cada uno, con las contradicciones ordinarias que nos acechan, se reproduce a escala grupal. No obstante, uno cree que, aproximándonos y, peor aún, regodeándonos en su opuesto, la incultura, resulta muy poco probable la llegada de tiempos agradables. Pasa que, pese a las críticas despertadas por su concepción clásica, aquella donde no existe pluralidad ni tampoco relativismos, considerarla para guiar nuestras vidas merecería ser calificado de positivo. Nos ayudaría, pues, a establecer un vínculo en virtud del cual la condición humana sea mirada de otra manera.

Nota pictórica. Lo imprevisible es una obra que pertenece a Eduardo Arranz Bravo (1941).

9/8/19

Sobre la crítica de comprar candidatos




Tan pronto como el servicio público deja de ser el principal asunto de los ciudadanos y estos prefieren servir con su bolsillo a hacerlo con su persona, el Estado se halla próximo a su ruina.
Jean-Jacques Rousseau

Conforme a lo expuesto por John Stuart Mill, mientras no provoquemos ningún daño, nuestra libertad se puede ejercer sin limitaciones. El fundamento de cualquier restricción se relacionaría, pues, con efectos negativos que nos tendrían como responsables. Solamente cuando se presentara un escenario como éste, una sociedad, por medio de sus autoridades, podría imponerse a la voluntad individual. Siguiendo esta línea, si no causáramos mal alguno, las acciones u omisiones que lleváramos a cabo deberían aceptarse como inadecuadas para ser restringidas. Es lo que, por ejemplo, se entendería cuando dos sujetos, mayores de edad y con uso de la razón, celebran un contrato cualquiera. Uno de ellos puede comprometerse a vender su trabajo; el otro, como contraprestación, le realizaría un determinado pago. Entretanto no implicare afectar la vida de un tercero, el asunto parecería inobjetable.
La situación cambia de tono cuando, por una suma cualquiera, el vendedor se ofrece a sí mismo como candidato. En este caso, la transacción puede admitir algunos reparos. En primer lugar, si se tratase de una compra efectuada por el oficialismo, presumiríamos que los recursos públicos son usados con dicho fin, por lo cual la operación merecería nuestra condena. No es raro que, para lograr el beneplácito de una persona, se utilicen fondos del Estado, alterando presupuestos e incurriendo en despropósitos administrativos. Resalto que, si el comprador no fuese aún Gobierno, podría exigir después, cuando su postulante accediese al poder, la devolución del pago entregado. Esto se traduciría en la facilitación de licitaciones con final tan favorable cuanto seguro. En rigor, más que venta, hablaríamos aquí de financiamiento del aspirante a funcionario gubernamental. El problema radica en la obligación de saldar deudas.
Por otro lado, sea oficialista u opositor, el candidato que se vende pierde su derecho a la disidencia. Puede dar discursos sobre su independencia que sean del todo contundentes, claros, compatibles con la figura de alguien indoblegable. La cuestión es que, debido al negocio en el cual participó, su margen de actuación se halla limitado. Esto significa que los cuestionamientos, si hubiera, en torno al proceder de su partido estarían condicionados por ese asunto del pasado. Hasta por temor a que se revele su comercialización, evitaría llegar al fondo de temas en donde peligraría la reputación, respaldo electoral o patrimonio del comprador suyo. No niego que pueda ser tan desvergonzado cuanto desleal, al punto de irrespetar lo acordado con su mercader político, presentándose como gran librepensador. Con todo, si hubiese un mínimo de seriedad –aunque sea de familia mafiosa–, guardaría un silencio cómplice que afectaría a sus electores.
La pretensión de alcanzar el poder no es inmaculada, ni mucho menos. Nadie cree que, sin excepción, los candidatos están en esas pugnas por amor al prójimo ni, menos aún, para salvar al país. Existen otros móviles que se consideran para la participación en comicios de diferente naturaleza. No lo ignoro en absoluto, por cierto; es una realidad que nos acompaña desde hace mucho. Además, salvo cándidos empedernidos, no se vislumbra ningún cambio importante al respecto. Sin embargo, nada tendría que servir para condenarnos a tomar conocimiento de tales negocios como si fueran hechos insignificantes. Si la política se concibe hoy como una verdadera desgracia, ello es debido, entre otros factores, a esta mercantilización del ciudadano.

Nota pictórica. El vendedor de flores es una obra que pertenece a Rudolph Ernst (1854-1932).

25/7/19

Reivindicación del asombro en política




Lo peor que le puede pasar a la democracia es la indiferencia política, la apatía política, porque democracia es autogobierno.
Mario Bunge

Para Platón, la filosofía se origina en el asombro. Es el principio del saber, uno gracias al que los conocimientos pueden ampliarse, pero también, salvo excepciones, afinar la mente. Porque buscar la explicación de aquello que nos dejó perplejos, atónitos o, en casos extremos, sin aliento favorece nuestro progreso intelectual. Pasar del desconocimiento a la comprensión de un fenómeno cualquiera no puede sino resultar beneficioso. Contando con este provecho, lo ideal sería que, durante toda la vida, nos asombráramos o, caso contrario, fomentáramos un espíritu siempre proclive a ser curioso. Únicamente cuando se presentan estos elementos, lo cual no es tan común como uno quisiera, tenemos la fortuna de toparnos con gente que opta por poner en práctica su racionalidad.
Hay problemas que no deberían dejar de asombrarnos o, al menos, provocar alguna reflexión crítica. Ocuparse de su consideración, aun cuando no los resolvamos, es, para Leopoldo Zea, otra fuente del filosofar. No importa que, durante largo tiempo, estos inconvenientes, dificultades o, en suma, bretes hayan permanecido invariables; cabe pensar en su enfrentamiento y, además, alguna solución al respecto. Mirarlos con indiferencia sirve solamente para consentir su vigencia, lo que puede resultar negativo desde la perspectiva individual y colectiva. Destaco esto último porque, cuando son de naturaleza social, en mayor o menor grado, pueden afectar las condiciones básicas que permiten la convivencia. De manera que, aunque optemos por desdeñarlos, continuarán generando sus nocivas consecuencias en nuestra vida. La política es un escenario en que se presenta dicha situación.
No cabe sentir indiferencia frente al espectáculo que protagonizan quienes cambian de partido, ideología, posición o discurso cuando llegan tiempos electorales. No habiendo ningún tipo de argumentación sobre su nueva postura, algo medianamente coherente, se debe impulsar nuestro cuestionamiento. Acostumbrarse a conversiones sin motivación ni vergüenza implica que ya renunciamos al deseo de ver cómo quienes representan nuestros derechos se apegan al principio de integridad. El oportunismo ha sido la causa del desencanto de mucha gente por los asuntos políticos. Corresponde que su puesta en práctica siga llamando nuestras atenciones. Por supuesto, no basta con advertirlo e irritarnos; es necesario que haya una condena, lo cual, a la postre, nos conduce al sufragio. Votar a favor de quienes proceden así, dejándose llevar por antojos y ambiciones circunstanciales, contribuye al mantenimiento del problema.
Otro gran problema, fácilmente perceptible si escuchamos al prójimo por un par de minutos, es la impreparación. Amparados en que los requisitos para cumplir una función parlamentaria, por ejemplo, son mínimos, cualquiera se cree capaz de legislar. No exijo la ostentación de grados académicos o varias publicaciones, tanto dentro como fuera del país; como es sabido, a veces, tal parafernalia resulta engañosa. El tema pasa por la ausencia de capacidad reflexiva, indagadora, herramientas sin las cuales sus labores serán deficientes. Si a estas limitaciones, presentes en demasiados casos, le sumáramos la falta de escrúpulos, vale decir, su nula consciencia moral, nos situaríamos ante un panorama que, sin duda, debería merecer nuestro asombro. El suponer que esto forma parte de la normalidad es condenarnos a convalidar sus despropósitos. Tal vez no sirva de mucho, mas conviene dejar constancia del rechazo a estas miserias.

Nota pictórica. Intriga es un cuadro que pertenece a James Ensor (1860-1949).

11/7/19

Por un debate entre opositores





La búsqueda de la verdad concreta constituye el rasgo diferencial del pensamiento dialéctico.
Plejánov


Salvo su tipo marxista –si creemos en García Linera, lo cual es harto difícil–, la dialéctica no despierta interés entre partidarios del oficialismo. Me refiero a su significado clásico: arte de dialogar, argumentar y discutir. Para el Movimiento Al Socialismo, todo esto es una pérdida de tiempo. En un criterio como el suyo, resulta irrelevante que, gracias a su puesta en práctica, hombres como Cicerón hubiesen servido para esclarecer problemas sociales. Porque, al usar la palabra con esos fines, no se persiguen alabanzas del prójimo por nuestra elocuencia, sino tan sólo ahondar en un asunto determinado, facilitando la dilucidación de dudas e inquietudes varias. Se parte del anhelo de hacer un aporte que refleje esa buena fe. Así, encarnando lo contrario a esto, nada tan obvio como que la gente del Gobierno no debata.
Aun cuando el oficialismo eluda esos encuentros, no existe razón válida para secundarlo. Los ciudadanos tienen derecho a conocer las ideas que defiende cada candidato. Esto no significa que nos limitemos a oír sus diferentes discursos en un clima relajado, como si fueran conferenciantes, casi subidos en un púlpito. Lo que hace falta, además, es la confrontación de programas y críticas. Quizá, merced a estos enfrentamientos públicos, aunque no se quiera reconocerlo, hallemos otras respuestas a problemas que creíamos haber liquidado de la mejor forma posible. Es lo que, por ejemplo, pasa en la ciencia, conforme a Popper: el desarrollo del conocimiento se da debido a cuestionamientos que hacen quienes componen la comunidad científica. Si cada uno se dedicase a buscar de modo aislado la verdad, su avance sería insignificante, demasiado arduo o, más seguro, nulo.
Pero, al margen de favorecer a los candidatos por evidenciar cuán imbatible, si cabe, resulta su propuesta, la ciudadanía sería también beneficiada. Todos ofrecen la mayor transparencia, así como una genial relación con los administrados. Se alega que habrá respuestas oportunas a las quejas, evitando demoras, descartando arbitrariedades. Sin embargo, no desean exponerse de tal manera que sus fragilidades sean señaladas por el antagonista. Mas conviene correr este riesgo. Si, a fin de cuentas, somos ineptos, se debe agradecer al que lo hizo notar y, tras ello, brindarle el apoyo respectivo. Esto porque, de acuerdo con aquello que se pregona, quieren lo mejor para el país. En este sentido, para quienes exigen un solo candidato antigubernamental, el debate es vital. Por supuesto, presumo que los participantes tendrán un nivel civilizado.
No es suficiente que, abandonando su histórica solemnidad, Carlos Mesa se tire al piso y hable a jóvenes sobre cómo adecentará la Bolivia dejada por Morales Ayma, pues, según su campaña, le molestan sólo las exageraciones plurinacionales. Tampoco bastan las poses liberales de Oscar Ortiz, sus fotos con líderes del extranjero en lo referente a derechos humanos, ya que uno recuerda todavía cuánto apoyó a la infame Asamblea Constituyente. Por último, entre otros casos, son altamente insatisfactorias las intervenciones teológico-políticas que, cada cierto tiempo, sin temor a la incoherencia ni, menos aún, al ridículo, realiza Víctor Hugo Cárdenas. Tiene que haber aquí un combate abierto, sincero y, ante todo, propio de la democracia, régimen tan agraviado por el MAS. Resistámonos a que la inconducta del ilegítimo candidato nos condene a no contemplar algo muy provechoso como un buen debate entre quienes buscan recuperar la cordura gubernamental.

28/6/19

La universidad como celestina del poder




Ningún saber, por fundamental y extendido que sea, ninguna agudeza o ironía, ni ninguna astucia dialéctica nos ponen a salvo de la vulgaridad del pensar y del querer.
Max Stirner

El papel del profesor no debe limitarse al ámbito educativo. Cuando las circunstancias lo demandan, tiene que tomar la palabra y trascender aulas, planteando cuestionamientos a quienes ejercen funciones gubernamentales. Fue lo que hizo Kant, ejemplar docente del siglo XVIII, cuando publicó El conflicto de las facultades, última obra con su firma. En efecto, afectado por la censura que merecieron sus reflexiones sobre asuntos religiosos, habló entonces como académico frente al poder. Destacó el valor del espíritu crítico, que servía para distinguir a filósofos de médicos, juristas y teólogos; sin embargo, quienes mandaban no pensaban lo mismo. Así, se exponía una misión que, aun cuando provocara molestias entre las autoridades, debía consumarse. Porque su rol no se agotaba en la enseñanza de problemas, teorías e indagaciones varias; implicaba también esas observaciones.
Aunque, para obtener triunfos electorales, un político amigo de la demagogia no sienta mayor interés por los círculos académicos, su situación puede cambiar. En busca de legitimidad con barniz intelectual, se podría suscitar ese fenómeno, persiguiendo la conquista del mundillo universitario. Esto conllevaría la multiplicación de reuniones y mítines con estudiantes, en primer lugar. Por supuesto, aludo a encuentros en los cuales el razonamiento, las miradas reflexivas, incluso cualquier debate serio, resultan escasos o, peor todavía, nulos. No niego que haya universitarios a quienes les importe recibir propuestas razonables; empero, la gran mayoría sigue otro camino. Es lo que suele ocurrir en procesos electorales de las universidades públicas; por tanto, no asombra la reiteración del problema cuando llegan los comicios generales.
Pero, como se hallan aún en formación, los estudiantes podrían merecer un juicio indulgente. No sucede lo mismo con los profesores. Ellos deberían ser los primeros en exigir mayor apego al conocimiento a candidatos y funcionarios ya electos. Tendrían que servir para orientar al resto de la sociedad con sus precisiones, tanto científicas cuanto éticas. Porque la entidad en donde trabajan cuenta con una tarea tan relevante como ésa. Lamentablemente, muchos docentes ponen su saber al servicio del que les ofrezca mayores retribuciones. Descartemos cualquier requerimiento de planes para mejorar el sistema educativo. La compra del catedrático es barata o, en todo caso, ajena al pensamiento. Lo mismo podría decirse cuando se habla del mantenimiento de su apoyo. Es que, salvo excepciones, el tono crítico surge sólo al frustrarse la continuidad de los privilegios.
La falta de crítica del poder se vuelve más aborrecible cuando sus protagonistas son autoridades universitarias, sean privadas o estatales. Sin importarles cuánto daño haya hecho a la libertad de pensamiento, vital en cualquier facultad, encumbran al tirano. No interesa que se trate de alguien sin pasión alguna por el conocimiento; lo fundamental es facilitar su elevación académica para disfrutar luego del favor. Esto es lo que origina la entrega de cuantiosos doctorados honoríficos a quienes simbolizan el oscurantismo. Con certeza, mientras tengan vigencia estos tiempos marcados por el oportunismo, existirán pocos rectores que, como Unamuno en Salamanca, exijan a bárbaros, autócratas y demagogos respetar esos centros de estudio. Esta penosa realidad no debería sorprendernos, pues, si la educación es un vulgar negocio para demasiadas autoridades, ¿por qué no venderse al político más audaz de turno?

Nota pictórica. Marco Aurelio distribuyendo pan es una obra que pertenece a Joseph-Marie Vien (1716-1809).

13/6/19

El afán de disgustar




El examen de los hechos y de las ideas sólo es temible a la impostura y a la mala fe; la discusión suministra nuevas luces al sabio, en tanto que enfada y molesta al obstinado, al impostor, o al que vive apegado a sus errores, y teme que llegue el momento del desengaño.
Barón de Holbach

Iniciando sus Pensamientos filosóficos, obra de 1746, Diderot revela cómo valorará el éxito del libro. Así, con claridad, este pensador de la Ilustración, fundamental para su Enciclopedia, reconoce que quiere una recepción parcialmente negativa. Pasa que, si sus páginas gustaban a todo el mundo, debían considerarse detestables. No se deseaba que nadie disfrutara del contenido, desde luego. Como cualquier otro autor, él tenía la intención de ser leído. Confiaba en que, gracias al contacto con sus textos, los hombres hallarían una fuente de ideas provechosas, facilitando la comprensión sobre diversos temas. En este sentido, si sus apuntes no agradaban a ninguna persona, correspondía admitir el fracaso. Sin embargo, tal como se precisó, deberíamos concluir lo mismo en caso de que todos estuvieran conformes con su contenido. Causar esta suerte de complacencia generalizada no tenía, pues, que convertirse en una cruzada digna del respaldo.
Mas Diderot no es el primero que, recurriendo al pensamiento, busca contrariar al prójimo, incomodarlo para provocar su reflexión. En la Edad Antigua, Sócrates lo hizo de tal modo que sus conciudadanos lo asociaban con un tábano. Sucede que, con sus preguntas, aparentemente muy elementales, pero capaces de revelar nuestra ignorancia, puso en aprietos a numerosos individuos. Sus razonamientos eran como aguijones que incomodaban a quienes, antes del contacto con el maestro de Platón, se creían diestros para enfrentar desafíos intelectuales. Cada contestación era observada por un hombre que, sin arrogancia, despertaba el interés requerido para reconocer las insuficiencias propias. No cabe sino destacar lo extraordinario del acontecimiento, puesto que admitir los errores cometidos por uno mismo suele ser una rareza. Más aún, en varios casos, conseguirlo es una notable hazaña. 
Conviene aclarar que, idealmente, no se debe perseguir la incomodidad del semejante como fin en sí misma. El tema no es adoptar, de manera forzosa, una posición que sea rechazada por los otros individuos. La molestia tiene que surgir como consecuencia de un legítimo impulso en favor del conocimiento verdadero. Si se opta por cuestionar los fundamentos de las creencias ajenas, la meta nunca debe ser que nuestro interlocutor, cuando hay diálogo, pase del asombro a un enojo tan creciente cuanto violento. La pretensión es, en resumen, invitarlo a revisar los argumentos que sustentan su postura. Además, cuando hay buena fe, estas inquietudes son expuestas sin tono profesoral ni paternalismo alguno. Se constituye una relación horizontal, un vínculo donde los sujetos plantean sus dudas sin mirar por encima del hombro al interpelado.
No obstante, a veces, aquella puesta en práctica del pensamiento crítico es solamente una impostura. En efecto, podemos toparnos con mortales que, por afán de figuración, griten su disconformidad a los cuatro vientos. Aludo a quienes consideran meritorio el hecho de colocarse frente a las mayorías y, desde allí, se proclaman superiores. Cuando éstos se decantan por formular preguntas, persiguen, en rigor, la ocasión para exhibirse, haciendo gala de sus saberes, experiencias, destrezas e inagotable brillantez. No tienen humildad ni, por otro lado, tampoco desean el progreso del que los escucha. Su fin se agota en la multiplicación del número de gente que los debe apreciar, cuando no venerar. Fingen que no pueden doblegar a su naturaleza siempre indócil. De forma patética, es el incómodo papel que han escogido desempeñar.

Nota pictórica. Muchacho cantando es una obra que pertenece a Hendrick ter Brugghen (1588-1629).

30/5/19

La gloria de lo efímero




Las riquezas, los honores, los mandos y todas las demás cosas que por opinión de los hombres son estimadas abstraen de lo justo. No sabemos estimar las cosas, de cuyo valor no hemos de hacer aprecio por la fama, sino por la naturaleza de ellas.
Séneca

José María Vargas Vila no quería fama, sino inmortalidad. Ese insigne insultador, escritor en abundancia, pero también valiente, no buscaba la ovación del estadio. Sabía que, a veces, la enorme reputación se puede considerar un demérito. No es un misterio que, en las distintas épocas, la nombradía de alguien haya crecido significativamente gracias a prácticas demagógicas, evitando fastidiar al prójimo con cualquier impertinencia más o menos reflexiva. Ésta es una vía segura para el robustecimiento del renombre, sin duda. Empero, ello nunca se constituirá en el camino para conquistar la trascendencia que motivó al autor de Prosas laudes. Él no se conformaba con esas naderías. Sospecho que no se podría decir lo mismo de muchos contemporáneos. Los grandes anhelos han cambiado la cualidad perenne por un resplandor, algunos destellos.
No solamente buscar la gloria imperecedera, el anhelo de que nuestras ideas o acciones sean valoradas después del deceso, ha sido tratado con escepticismo. Es que, además de no confiar en su obtención, puede invitarnos al bostezo. Porque lo único que interesa es el presente. La huella que serviría para evidenciar nuestra existencia no tiene razón de ser conservada. Según parece, si el impacto no es actual, carece completamente de sentido. Así, los méritos del pasado, al igual que las ilusiones en torno al futuro, son barridos por lo vigente. Con todo, se debe advertir que no hay el deseo del ahora en su plenitud. En general, las personas preocupadas por su representación persiguen asociarse con días, minutos y hasta segundos. Éste es el logro que suele fascinar a quienes habitan el mundillo de las redes sociales.
En el mejor caso, estos individuos aspiran a relacionar su nombre con ideas muy puntuales, opiniones brevísimas, palabras que merecerían la celebración del internauta. Con este fugaz ejercicio del cerebro, regularmente, ya se consigue su cometido. El consuelo es que, por lo menos, existe un impulso a favor del intelecto. Sí, es cierto, usted quiere ser ilustre por un lapso bastante corto; no obstante, intenta pensar. Lo peor se presenta cuando, para despertar esas endebles atenciones del semejante, apelamos sólo a la imagen. En esta línea, incluso las muecas tienen mayor peso que cualquier razonamiento. En los escenarios, el bufón ha desplazado a quienes apuestan por meditar y debatir. El desarrollo de argumentos no aparece porque requiere un ánimo que no abunda. Se trata, pues, de una complicación innecesaria, al margen del carácter poco remunerativo, en términos sociales, que la distingue.
Esta pretensión de alcanzar la fama, por más evanescente y rápida que resulte, aun cuando sea únicamente virtual, no se circunscribe al terreno privado. Para nuestra convivencia, lo más funesto es que quienes aspiran a dirigir el Estado cuenten con esa misma particularidad. En efecto, los políticos de la época ansían que su nombre tenga cabida entre los comentarios masivos del día. Con este propósito, no hay nada que pueda ser calificado de absurdo, terrible, imprudente o ridículo. Es indiscutible que, en primer lugar, todos deberían reconocer la existencia de límites, tanto lógicos como éticos. Sin embargo, la crítica no se ciñe a las ofensas que son lanzadas al otro, sino, en esta oportunidad, a la pérdida del amor propio. Por lo visto, la conquista del poder ya no considera en absoluto conceptos como vergüenza, honor, dignidad. Todo puede ser entregado en aras de una gloria efímera que nos habilite como gobernantes.

Nota pictórica. En el estudio es una obra que pertenece a María Bashkirtseff (1858-1884).