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10/6/21

De cuando elegí la coherencia

 


Creen todo cuanto pueden probar y pueden probar cuanto creen.

Arthur Koestler

 

Hace prácticamente diez años, una universidad privada hizo entrega de un doctorado honorífico a Juan Evo Morales Ayma. No había razones de relevancia, algún aporte al mundo intelectual o, por lo menos, contribuciones a la mejora del sector educativo; su reconocimiento tuvo móviles distintos. El acto servía con fines políticos. En la pugna del momento, el régimen necesitaba de convalidaciones institucionales, más aún si se hacía donde esto fue consumado: Santa Cruz. Así, en medio de aduladores y oportunistas varios, la ceremonia se llevó adelante. Fue entonces el momento de resaltar virtudes inexistentes. No interesaba que, poco tiempo atrás, el dueño de tal corporación académica cuestionara la índole antidemocrática del Gobierno. De manera mágica, el caudillo se había convertido en un ejemplo a seguir.

Cuando se perpetró esa especie de lambisconería, ejercía el profesorado en la mencionada universidad. Tenía diferentes asignaturas a mi cargo. Entendiendo la docencia como provocación, disfrutaba mucho del trato con estudiantes de dos carreras. Nunca antes hubiese pensado en dedicarme a la cátedra; empero, había llegado ahí, con entusiasmo, procurando que los conocimientos y las experiencias pudieran ser de algún provecho. A las letras y la abogacía, entre otras facetas, se sumaba el oficio de educar. Resumiéndolo, mi estilo puede ser presentado como una clara muestra de la influencia del método socrático, aunque cabe citar también a José Luis López Aranguren, pues su compromiso ideológico lo distinguía en clases. Por lo tanto, habiendo intentado que los universitarios se animaran a pensar y defender posturas justas, desde su óptica, correspondía evidenciar lo mismo.

Un día después, gracias al testimonio de alumnos que habían sido engañados para participar, me enteré del acontecimiento. Me molestó la utilización del estudiantado. Además, de inmediato, pensé en lo que había hecho durante los últimos años. En 2009, por ejemplo, lancé un libro con título bastante claro: Escritos anti-Morales. Reflexiones de un opositor liberal. Por otro lado, mi columna de opinión había servido para criticar abusos, vilezas, irracionalidades e insensateces del Movimiento Al Socialismo. Como entonces, creo que ese partido, así como también su máximo líder, es lo peor que ha registrado la historia de Bolivia. Pese a ello, oficialmente, prestaba mis servicios en una universidad que resolvió condecorarlo. A él, un símbolo de la barbarie en política, enemigo del pensamiento crítico, las libertades civiles, entre otros vicios.

Terminadas mis clases, tras conversar brevemente al respecto con algunos colegas, llegué a una conclusión. Me sirvió una frase de Foscolo que fue recogida por Oriana Fallaci: “De una cosa estoy seguro: nunca traicionaré mi propósito ni por rechazos, ni por favores, ni por alabanzas, ni por críticas”. Es que había pensado ya en quedarme largo tiempo como profesor. Estimo que no es sino una consecuencia ineludible de mi naturaleza. El problema era la imposibilidad de continuar como si nada hubiera pasado. No, esa universidad había premiado a la impostura, los atropellos, el grosero ataque al librepensamiento. No tuve, por ende, alternativa. Como si se tratara de una enseñanza final, renuncié. Lo hice de forma pública. Aunque hubiese sido algo puntual, incluso insignificante, pues soy apenas un individuo, quería dejar constancia del valor de la coherencia. Fue una última lección de insubordinación ante un régimen infame. Sospecho que valió la pena.

 

26/5/21

El murillismo como desgracia nacional




 

El arte y las letras, y la ciencia y la filosofía, la moral y la política, deben todos sus progresos al espíritu de rebeldía.

José Ingenieros

 

Arturo Carlos Murillo Prijic no es un accidente; desde su creación, la historia de Bolivia cuenta con numerosas versiones suyas. Su caso se ha repetido hasta la extenuación. Basta con elegir, al azar, cualquier régimen que se haya ocupado de dirigir los destinos del país para notar cómo, en mayor o menor grado, contribuyó a su desprestigio. Lejos de resolver sus problemas fundamentales, muchos gobernantes, incluyendo peleles con cargos que los transforman en titanes, sobresalieron por atropellos, malversaciones e ineptitudes. No niego que haya excepciones; sin embargo, la cantidad no ensombrece, por lo cual cabe dar sitio a una crítica mayor. No se puede obrar de otro modo. No importa que, en poco tiempo, su figura, con otro nombre, vuelva a tener presencia. Nunca será inútil tomar la palabra para señalar un mal que no parece tener fin.

      El murillismo, esta suerte de enfermedad que suelen padecer los políticos bolivianos, nos provoca distintos problemas. En primer lugar, lo relaciono con un mal que perturba la convivencia civilizada. Me refiero al gusto que los gobernantes sienten por el autoritarismo. Una vez en el poder, se cree que los ciudadanos deben limitarse a obedecer. No ven a los demás como iguales, con derechos y deberes, lo cual sería necesario en democracia. Desde su perspectiva, el ejercicio de una elevada función pública trae consigo, además, la impunidad. Poco interesa que, desde la Edad Antigua hasta este accidentado siglo XXI, ningún poderoso haya sido eterno. Creen que, con ellos, el destino será indulgente; así, en lugar de moderar sus abusos, apuestan por la radicalidad. Acentúo que algunos hacen hasta lo imposible por convertirse en figuras heroicas. Lo cierto es que, para su desventura, terminan ejerciendo como payasos.

       Más allá de las arbitrariedades, esta patología tiene que ver con una práctica nacional: la corrupción. Pasa que, si dejamos la hipocresía de lado, este país se halla profundamente marcado por esa inmoralidad. Las irregularidades se presentan a todo nivel, sea éste privado o público. No obstante, conviene volver al punto inicial. Porque no estamos, como Alcides Arguedas, en Pueblo enfermo, o H. C. F. Mansilla, al escribir El carácter conservador de la nación boliviana, para lanzar críticas generales; nos atañe hoy la política. Esa dimensión humana que, por regla, tiene a gente corrupta entre sus practicantes. Todo permite sostener que Murillo fue un ladrón de cuatro esquinas, mas no ha sido el único. Sin duda, si se permitiese a Estados Unidos investigar otros casos acaecidos en Bolivia, la lista de procesados sería kilométrica.

       Hay todavía un aspecto que resta considerar. Aludo a la ineptitud, cuando no imbecilidad, que abunda en política. Ocurre que Arturo Murillo pudo ser abusivo y corrupto, pero fue también un hombre de pocas luces. En ninguna de sus intervenciones públicas, bien vistas, se puede apreciar listeza o mediana inteligencia alguna. Por otro lado, aunque no fuese obligatorio para ser autoridad, tampoco se advertía una cultura respetable, decente, mínima. Resalto esto último porque, como es sabido, se suele cuestionar a los militantes del MAS por su incultura; ahora bien, él no era una muestra de lo contrario, ni mucho menos. Con todo, insisto en que no es una rareza. La norma es toparse con mortales que tengan esas mismas características. No es, por tanto, extraño que Bolivia se mantenga entre las naciones más pobres de la región. La culpa no es solo suya. Quizá sea de todos nosotros.

4/2/21

El problema de la resignación ciudadana

 


 

Es cruel descubrir la mediocridad de uno sólo cuando ya es demasiado tarde.

W. Somerset Maugham

 

Conforme a lo explicado por Bertrand Russell, somos los únicos animales que nos sentimos infelices. En efecto, salvo el ser humano, ninguna otra especie puede contar con esa experiencia. Porque no me refiero al dolor, que toda criatura puede conocer, sino a un estado en donde nuestro proyecto de vida resulta frustrado. Estando así, por la causa que sea, el malestar nos acompañará entretanto hallemos razones para sobreponernos al problema, lo cual puede ser difícil. A veces, en casos extremos, la situación se vuelve tan grave que conduce al suicidio. Sin embargo, es también posible que abandonemos cualquier lucha y optemos por un camino menos complejo: la resignación. De este modo, aquello que molestaba será cada vez menos punzante, llegando incluso a considerarse parte de la normalidad. En este sentido, ya no habrá sitio para la queja, sea ésta por asuntos privados o de carácter público.

Sin romantizar el pasado, cualquier mirada de los procesos electorales del presente arroja una verdad que no parece tener contrargumento válido: las candidaturas están marcadas por la inflación de mediocridad. Por lo visto, la regla es que nadie se prepare para ocupar un puesto de administración del Estado. Ni siquiera se considera necesario saber cuáles son las competencias que, de ganar los comicios, una persona tendría a su disposición. No demando, por supuesto, que alguien haya leído las obras completas de Winston Churchill, entre otros autores, para ser un buen estadista. Tampoco exijo que, forzosamente, un candidato tenga títulos de todo pelaje para sustentar su postulación. El punto es que no se advierte, ni de lejos, el interés por informarse del complejo panorama frente al cual se colocarán. Lo peor es que, según muchos ciudadanos, basta con hablar más o menos bien (en ocasiones, por desgracia, ni eso) para justificar su voto.

Si dejamos de lado la preparación, surge otra cuestión que motiva el reproche. Yo aludo al peligroso acostumbramiento a la indecencia. Es innegable que no estamos consagrando a un santo. La elección de un postulante a cargo público no se debe convertir en una rigurosa evaluación del patrimonio ético que tenga. No obstante, un tema es evitar elevadas exigencias moralistas del votante; otro, harto significativo, mirar con indiferencia cualquier antecedente negativo de los candidatos. En este segundo escenario, no pesará que un sujeto haya mentido de forma grosera, hubiese protagonizado escándalos tan públicos cuanto ruidosos o, por dar otro ejemplo, se hubiera inclinado a favor del insulto al prójimo. En un peligroso porcentaje, la ciudadanía obviará sus faltas bajo el pretexto de que nadie es inocente. En cualquier caso, la observación se lanza porque, según parece, ya encontramos normal escoger a un pecador empedernido.   

Con seguridad, pese a su relevancia, lo anterior es ensombrecido cuando nos concentramos en un fenómeno más amplio, uno que supera las fronteras de la política. Estoy pensando en la corrupción, un problema que afecta todos los niveles y sectores sociales. Siendo ese tipo de inmoralidad tan descomunal, las expectativas se habrían reducido al mínimo. No se sueña con una gestión sin malversaciones; los ciudadanos esperan el robo, pero uno con obras. No interesa que haya juicios por contratos irregulares, hasta condenas en contra del aspirante de su preferencia; todo puede perdonarse. Al final, aun pudiendo mejorar, cabe resignarse a lo que tenemos. Ésta es la lógica que impera en una gran parte del electorado. 

Nota pictórica. Ciencia y caridad es una obra que pertenece a Pablo Picasso (1881-1973).

21/1/21

¿Qué debemos recordar de los infames?

 


 

La sinceridad nunca ha figurado entre las virtudes políticas y las mentiras han sido siempre consideradas en los tratos políticos como medios justificables.

Hannah Arendt

 

En 1935, Borges publicó Historia universal de la infamia, un volumen que combina ficción con interés por lo pasado. Sus páginas permiten que tomemos conocimiento de individuos cuyas vidas, en mayor o menor grado, estuvieron signadas por la vileza. Sujetos como Billy the Kid, célebre bandolero, o John Morell, comerciante de esclavos, entre otros casos, son expuestos en dicha obra. Obviamente, los años que pasaron en este mundo no se limitaron sólo a la delincuencia. Es más, si se optara por profundizar en la existencia de cualquier criminal, encontraríamos otras facetas interesantes –su niñez, por ejemplo–, incluso dignas del rescate. Sin embargo, cuando llega el momento del veredicto final, aquél que sirve para determinar si contribuimos o no a mejorar nuestra convivencia, debemos evitar esas ilusiones y quedarnos con lo medular.

De primar lo accidental, aquello que caracterizó a una persona en ciertos instantes, podríamos cometer barbaridades. Pienso en un aspirante a pintor, amante del arte, quien disfrutaba de proyectos arquitectónicos y aun contaba con una extensa biblioteca. Hasta aquí, dado el aprecio sentido por las humanidades, uno podría considerarlo merecedor del aplauso. No obstante, esta biografía debe atender otros aspectos: racismo, intolerancia violenta, campos de concentración y genocidio. Aludo, como ya se habrá sospechado, al monstruo de Adolf Hitler. Se lo podría evocar al lado de Eva Braun, jugando con su pastor alemán, sonriendo a niños arios; empero, el deber ético no es sino recordarlo como lo que fue en esencia, un sujeto tan cruel cuanto repugnante. Sin sus acciones, estoy seguro de que nuestra realidad habría sido mejor o, siendo modestos, menos sangrienta.

Si se trata de hallar ejemplos en los cuales confluyan el perfeccionamiento del espíritu, mediante las expresiones culturales, y la locura del poder político, Rusia nos ofrece un panorama generoso al respecto. Así, en primer lugar, tenemos a Lenin, quien se conmovía con la música clásica, mas no dudaba cuando llegaba el momento de liquidar adversarios para concretar su delirio bolchevique. Por otro lado, contamos con Trotski, que, según Robert Service, superaba a casi todos los políticos contemporáneos en habilidades literarias. Además de escribir en abundancia, tenía una marcada preocupación por la forma. Esteta de las letras y todo lo que quieran, se caracterizó asimismo por lo sanguinario. Agrego a Iósif Stalin, responsable de millonarias muertes y condenas, pero, por otra parte, dueño de una biblioteca con unos 20.000 libros, aproximadamente.

Por último, cabe abordar el caso de los románticos que han empuñado las armas. Es que, por lo visto, los guerrilleros de cualquier calaña, indigenista u occidental, Quispe o Guevara, desencadenan una peligrosa falacia. Se dice que, por ser coherentes, al punto de ofrendar su vida para defender ideas, justificarían el respeto del semejante. Frente a esto, pueden concebirse dos reparos, uno epistemológico y otro ético. Sucede que lo más razonable sería siempre desconfiar de verdades definitivas, dogmas por los cuales, conforme a ellos, valdría la pena su sacrificio. Podrían, pues, estar en un error que su radicalismo impide notar. Al margen de lo anterior, hay un problema moral porque su congruencia no únicamente les ordena inmolarse, sino también matar. Esto es parte de su aporte a la humanidad: asesinatos, bombas, secuestros, robos, calumnias, ataques a la democracia, etcétera. Es lo que debe preservar nuestra memoria.

7/1/21

Sobre Kronstadt y otras epifanías

 

 

¿Se teme al cambio? ¿Y qué puede producirse sin cambio? ¿Existe algo más querido y familiar a la naturaleza del conjunto universal? ¿Podrías tú mismo lavarte con agua caliente, si la leña no se transformara? ¿Podrías nutrirte, si no se transformaran los alimentos?

Marco Aurelio

 

Al recordar cuando, a los trece años, leyó el diario anarquista de Alexander Berkman, Daniel Bell reflexionó sobre cómo un suceso determinado, uno tan violento cuanto revelador, podía cambiar nuestras convicciones. Para él, ese acontecimiento fue la masacre que ordenó Trotsky en la base naval de Kronstadt, donde un motín de marineros resultó brutalmente reprimido. Toda ilusión en torno al experimento igualitario de los rusos era ya insostenible. Fue también la posición de Bertrand Russell, quien, como muchos otros mortales, tenía buena opinión acerca del régimen soviético, cuyo país había visitado y hasta elogiado en 1920, un año antes de dicha barbarie. Es que, cuando hay, ante todo, un espíritu abierto, en el cual la inteligencia se combina con los escrúpulos, la posibilidad del cambio está siempre vigente. Se precisa sólo de un hecho, una situación injusta, incompatible con nuestros valores y principios, para desencadenar esa transformación.

En Latinoamérica, la conversión más conocida tiene a Mario Vargas Llosa como protagonista. En sus años universitarios, formó parte de círculos comunistas. Tuvo, no obstante, un primer distanciamiento dentro del mundillo de la izquierda. En efecto, por cómo terminó con la Rebelión húngara de 1956, se alejó del socialismo ruso. Posteriormente, fue admirador del castrismo, apoyando asimismo a gobiernos de la región que contaban con retórica antiimperialista. La realidad cambió cuando, en 1971, los cubanos obligaron al poeta Heberto Padilla a retractarse públicamente de cuestionamientos que, según sus acusadores, había realizado al régimen. Esta reproducción de los juicios del estalinismo dejó a nuestro novelista sin alternativas: se desmarcó de la utopía caribeña, tal como abandonaría luego las ilusiones del colectivismo.

Esa Cuba revolucionaria que había fascinado a Vargas Llosa, sin embargo, contaría aún con protectores en el campo de la cultura. Uno de los intelectuales que, desde 1965, le había sido más cercano fue Régis Debray. Estuvo hasta preso en Bolivia por formar parte del grupo de guerrilleros que acompañaron a Guevara. Nada parecía incomodar su militancia en favor de Fidel; por el contrario, lo tenía como un modelo a seguir, cuestionando otras vías para llegar al anhelado socialismo, como sucedió cuando conversó con el presidente Allende. Con todo, la ruptura se consumó en 1989. Ocurrió que el régimen optó entonces por enjuiciar y ejecutar al general Arnaldo Ochoa, entre otros militares. No había razones válidas; Castro quiso acabar con una figura peligrosa para su autocracia. El pensador francés dio por terminado su romance.

Sería un error creer que todas estas transformaciones de intelectuales han sido un avance. En ocasiones, por desgracia, el cambio se produce para mal. Pienso en Jean-Paul Sartre, filósofo que, inicialmente, podía ser presentado como abanderado de la libertad individual. En sus primeras décadas, tiene páginas que invitan a respaldar un anarquismo para nada despreciable. Su mayor obra, El ser y la nada, por ejemplo, evidencia lo anterior sin enormes complicaciones. Pero su vida fue alterada cuando, durante varios meses del año 1940, estuvo preso en los campos de Tréveris. En este cautiverio impuesto por los nazis, él descubrió la solidaridad, al otro, que no había tenido relevancia para su pensamiento. Desde ese momento, el escenario fue diferente, intentándose la conciliación del existencialismo, su filosofía, con el marxismo. Huelga decir que fracasó en este cometido.

 

Nota fotográfica. La imagen que ilustra el texto es una fotografía de quienes se rebelaron en Kronstadt.

24/12/20

Del libro de un pensador agradecido

 

 


El arte sigue siendo uno de los raros dominios en los que el individuo puede teóricamente dar testimonio de su plena dimensión, con independencia de la época, la historia y la geografía.

Michel Onfray

 

Mientras filosofaba desde el punto de vista existencial, Karl Jaspers sostuvo que no hay libertad aislada. Explicaba entonces que precisábamos de los demás, comunicarnos con ellos, para nuestra propia realización. Una vida plena, en resumen, no podía concebirse sin esa clase de relaciones. Naturalmente, al reconocer esta necesidad, no se pretende la liquidación del individuo, suponiendo, de modo erróneo, que éste resulta insignificante. Lo único que procuro es resaltar la importancia del otro en el desenvolvimiento de cada uno. No pienso en las conexiones económicas con otras personas; tampoco me inclino por subrayar su valor para organizar la convivencia, aunque sea relevante. Lo que me mueve ahora es destacar a quienes, con sus ideas y obras, contribuyeron al enriquecimiento de nuestros días. Por fortuna, tenemos a hombres que, cada cierto tiempo, les rinden singular tributo.

Veinticinco años después de su primer libro, Un extranjero en el mundo, Roberto Barbery Anaya publica Desertores. Una vez más, vuelve a poner en práctica un estilo que domina con maestría: el pensamiento fragmentario. Al respecto, anoto que, en La palabra quebrada, ensayo de 1982, Martín Cerda enseñaba cómo los aforismos, sentencias, máximas, cualquier escrito tan breve cuanto reflexivo, implican una fractura, quiebre, incluso crisis social. En este sentido, quienes recorren esos caminos se caracterizan por ofrecernos una experiencia provocadora. Leerlos es una invitación al detenimiento, a tener esas pausas que pueden poner en peligro hasta las convicciones más profundas. El provecho es mayor cuando, como sucede con nuestro autor, no son razonamientos aislados, sino que responden a un proyecto mayor, una obra en la cual los fragmentos sean enlazados con acierto.

El nuevo libro de Roberto refleja su gratitud intelectual. Gran lector, nos obsequia páginas que permiten la evocación de Nietzsche, Borges, Cioran, Camus, Wilde, Pessoa, Kafka, Onetti, Hemingway, Sabato y Vargas Vila. Se ocupa de pensar sobre sus libros, agradeciendo haberlos leído, desde luego; sin embargo, hay también interés por las vidas. Porque ninguno tuvo una existencia que fuese digna del bostezo. Su paso por este mundo puede ser asimismo resaltado gracias a la conducta que los diferenció del resto. Es que la lista considerada en el volumen ha sido confeccionada, por lo visto, atendiendo a ese otro común denominador. Son autores que, en mayor o menor grado, se rehusaron a robustecer las filas de causas convencionales, mayoritarias, demagógicas. Desertaron, pues, de lo que a muchos les parecería deseable.

No es casual que Barbery Anaya se hubiese decantado por catalogar su libro como pensamiento singular. Continuando con la línea crítica que han seguido sus otras obras, el gregarismo le resulta deplorable. No se debe creer, empero, que tal rechazo esté basado en un mero elitismo, ya sea estético, libresco o de otra índole. Al margen de los problemas racionales que pudiéramos encontrar en las posturas masivas, debería acentuarse su peligrosidad. Que legiones renuncien a pensar por su cuenta, siguiendo modas frívolas, descerebradas y decadentes, es un tema; otro, el mismo fenómeno, pero teniéndolos con poder. Desde Wilde, con la cárcel por homosexualidad, hasta Borges, degradado a inspector de aves, entre otros ejemplos, no es inútil señalar ese riesgo. Es un problema que puede afectar a los desertores; no obstante, si aprendimos alguna lección del magnífico libro, bien vale la pena esa insurrección.


11/12/20

Crisis de maestros, un problema despreciado

 


 

Pero les sucedió algo en la frecuentación de las aulas; algo esencial para ser hombre se les enseñó en ellas: a oír, a escuchar, a atender, a dejar que el tiempo pase sin darse cuenta queriendo entender algo, abrirse al pensamiento que busca la verdad.

María Zambrano

 

En 1928, ese combativo intelectual que fue José Carlos Mariátegui, muerto con pocas décadas encima, pero ya teniendo una obra respetable, posaba su mirada sobre un gran problema: la crisis de maestros. Desde su perspectiva, la regla era toparse con profesores que contagiaran mediocridad, en términos intelectuales, al estudiantado. No pasaba únicamente por un cuestionamiento a su falta de preparación, al archiconocido caso, aún frecuente, del docente sin dominio ni aprecio por la materia. Esto era un mal que le molestaba; sin embargo, no era lo único relevante. Había también la necesidad de censurar su nulo aporte al espíritu crítico del alumno, condenándolo a ser un sujeto sin madurez ni razón independiente. Como si esto fuera poco, esos educadores no estaban en condiciones de ser considerados ejemplares desde un punto de vista moral. Así, a sus escasos conocimientos e inexistente invitación al pensamiento, se sumaba la indecencia. Por mucho que hubiera brillantes salvedades, éstas no servían para suavizar lo funesto del panorama.

No es lo mismo ser maestro que guía, facilitador o auxiliar de conocimientos. Yo aludo a una relación de carácter vertical, basada en el respeto intelectual y que cuenta con la vida como asociación ineludible. Porque, en estas circunstancias, no tengo interés de razonar sobre aquellos mortales que nos enseñan tan bien a sumar o, por ejemplo, recitar, si alguien hace todavía esto, sin ninguna conexión con la existencia. Un educador como el que procuro describir no se queda en ese plano. La huella que nos deja rebasa lo académico, superando los dominios en donde, inicialmente, no se hallaba sino llamado a ceñirse. Por consiguiente, tomo la palabra para referirme a los docentes que, con sus clases, actitudes e intervenciones públicas, nos incitan al perfeccionamiento. No descarto que, al comienzo, hasta cierto punto, busquemos su imitación; empero, la meta es mayor. Esa deuda de gratitud que se tiene con ellos puede pagarse sólo con la superación.

Infortunadamente, hay poca gente que mueve a esa clase de progreso personal. Tenemos docentes que despiertan enorme interés por una profesión, confirmando la vocación de varios sujetos, lo cual no es algo menor. El punto es que nuestra vida no se reduce a esa dimensión. Sentir apego a una carrera, sin duda, sirve de mucho; no obstante, cabe asimismo mirar para otro lado. Pues bien, al hacerlo, cuando la realidad nos interpela con preguntas que no pueden ser contestadas según el programa o plan de estudios, podríamos precisar entonces del maestro. No será necesario que nos haya brindado alguna recomendación específica del tema en cuestión. Es incluso posible que nunca se hubiese pronunciado sobre nada similar. Pese a ello, su recuerdo viene acompañado de principios, reflexiones amplias e ideas generales, que pueden orientarnos para tomar una decisión. Le deberemos esa deliberación previa, ese mandato que nos imponemos a nosotros mismos para pensar antes de hablar, elegir, obedecer o desacatar. Una influencia de tal naturaleza merece el mayor agradecimiento.

En una bella reflexión que se publicó el año 2000, Hans-Georg Gadamer escribió sobre un magnífico par de palabras: agradecer y pensar. Ambos verbos tenían que ver con un fenómeno excedente. Había otra persona que recibía nuestra gratitud o pensamiento; no se trata de ejercicios encadenados a la soledad. Para ese connotado filósofo, su razón de ser estribaba en la comunicación. Pero no, como alguien podría suponer, para recibir alguna gentileza de vuelta. Dar las gracias, tal como decir lo que pensamos, jamás debería originar ningún tipo de forzosa reciprocidad. En épocas adversas para proceder de este modo, hacerlo se puede presentar como una insuperable evidencia del buen trabajo que hizo un profesor. Eso es lo que conseguiría un maestro y, además, deberíamos agradecer: enseñarnos a pensar de tal modo que nos ayude a tener una vida agradable, enriquecida por el conocimiento e iluminada por la ética. Lo requiere todo alumno; debería ser anhelado por cualquier sociedad. Lo lamentable es que las quejas por su ausencia no resultan ensordecedoras, ni mucho menos. Es una perjudicial falta que casi nadie siente.


Nota pictórica. Autorretrato con parche negro es una obra que pertenece a Bernard Meninsky (1891-1950).