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26/6/20

Pandemia de irracionalismo





La oposición a la razón es, por definición, poco razonable. Pero eso no ha impedido que un montón de irracionalistas prefieran el corazón a la cabeza, el sistema límbico a la corteza cerebral, el parpadeo al pensamiento…
Steven Pinker

Para ese gran filósofo que fue Giambattista Vico, las naciones pueden avanzar o retroceder. No habría ninguna ley gracias a la cual nuestro progreso fuese tan seguro cuanto irreversible. Así, revisando el pasado, se puede llevar a cabo una serie de comparaciones, concluyendo que estamos mejor o, caso contrario, peor. Naturalmente, para realizar un ejercicio como éste, resulta necesario quedarnos con un criterio que sirva a fin de consumar esa valoración. Conforme a esta línea, uno puede pensar en la razón, ya que su empleo, cuando es más o menos correcto, contribuye al mejoramiento del presente. Volvernos racionales, reflexionar con cierto rigor, por ende, se transforma en evidencia de un adelanto que no cabe desdeñar. Es un tránsito decisivo para el abandono de la barbarie.
El paso del mito, de las explicaciones fantásticas, entre otras ocurrencias, al pensamiento que demanda concentración para su elaboración, considerando hechos y buscando verdades, no es irrelevante. Hablo de un proceso que, iniciado en el mundo antiguo, encuentra su esplendor merced a la modernidad. Al respecto, conviene recordar a individuos como Voltaire y Diderot, pensadores que embistieron contra supersticiones, dogmatismos, absolutismos. La razón fue una guía que orientó sus críticas, ayudando al semejante a pensar por su propia cuenta. Además, esa clase de actitud posibilitó que nuestro conocimiento del mundo fuese distinto, resultando favorecido con la ciencia. En este sentido, si ha habido evolución, ello puede ser advertido por el razonamiento y conocimiento científico. Ciertamente, más allá de lo deparado por otros ámbitos, como la moral, en donde también corresponde reconocer avances, debe haber gratitud hacia los científicos.
Lo sensato sería que nos topáramos con muchas personas, incluso auténticas multitudes, dispuestas a reconocer cuán necesario es distanciarnos del irracionalismo. Por supuesto, un fenómeno como éste implicaría que, de manera significativa, se elevara el nivel cultural de la gente; en pocas palabras, me refiero a una utopía. Sin embargo, aun cuando no fuesen todos, podríamos imaginarnos una sociedad en la que un número relevante de sus integrantes se decantara por apoyar esa causa. De modo que, convencidos del valor de la ciencia y el pensamiento filosófico, crítico e independiente, esos mortales se enfrentarían a magos, brujos, charlatanes. La desgracia es que, durante los últimos tiempos, existe un escenario crecientemente adverso. Las voces en defensa de la razón suelen ser menospreciadas por quienes prefieren soluciones inmediatas a problemas harto complejos.
 Es innegable que la pandemia del presente ha estado marcada por el irracionalismo. Desde el inicio de la crisis hasta hoy, con seguridad, hallamos a personas que desconfían del conocimiento científico, rindiéndose ante curas milagrosas, teorías conspirativas, etcétera. Mas esto no es lo peor, pues, a fin de cuentas, hay varios sujetos incultos e incorregibles. El principal problema es la pretensión de hacer pasar por ciencia lo que no es tal. Es lo que ha ocurrido con quienes, sin ninguna rigurosidad, apelan a testimonios y supuestas evidencias menores para demostrar cuán infalible resulta su receta. Desde luego, si se les pide aclaraciones metodológicas, sostienen que no hay tiempo para estas exquisiteces, pues cabe actuar sin demora. Pasan, por tanto, a promover un tratamiento que, sin exámenes previos, puede conducir a la muerte. La sinrazón está de fiesta en medio del pesar.

Nota pictórica. Ven a las arenas amarillas es una obra que pertenece a Richard Dadd (1817-1886).

12/6/20

Subsistir, vivir y convivir





Cultura: el ámbito en el que se desarrolla 
la actividad espiritual y creadora del hombre.
Alain Finkielkraut


A lo largo de su historia, la filosofía ha sido cuestionada desde distintos frentes. Es más, tal como lo subraya Ignacio Izuzquiza, se llegó a pregonar su muerte, anunciando una inminente y definitiva desaparición. Pensando en la metafísica, por ejemplo, partidarios del Círculo de Viena optaban por presentarla prácticamente como fantasía. Se trataría, pues, de un camino que no puede aproximarnos a la verdad. Siendo así, un obstáculo para nuestro conocimiento de la realidad, justificaría los embates lanzados en su contra. En general, se alegaría su inutilidad; no serviría de nada, excepto para mostrar una retórica vanidosa. Es un ataque similar al que se acomete para despreciar la cultura, o sea, su falta de provecho, el hecho de no generar consecuencias prácticas. Lo cierto es que, si somos serios, tales observaciones resultan infundadas.
Si nos imaginamos nuestra llegada al mundo, desnudos e inermes, queda claro que hallamos entonces un escenario de innegable peligro para la vida. Arrojados allí, como lo teorizaron Ortega, Heidegger y Sartre, por mencionar algunos autores, sentimos la urgencia de ver cómo sobrevivir. Es una obligación del cuerpo que no admite grandes aplazamientos. En este contexto, la cultura se presenta para colaborarnos de manera significativa. Una cuestión tan fundamental como el comer, verbigracia, se puede afrontar mejor merced a sus medios. Lo mismo pasa con el vestir, puesto que, bajo condiciones extremas, imperando el frío, podríamos experimentar padecimientos mayores, incluyendo los de carácter letal. Por último, este beneficio cultural se advierte asimismo cuando buscamos cobijo en cavernas, casas o apartamentos. Sin esa clase de resguardos, la vulnerabilidad del ser humano alcanzaría proporciones mayúsculas.
De modo que, en su sentido amplio, nuestra sobrevivencia precisa de la cultura; empero, no es lo único relevante. Además de subsistir, los hombres tienen que vivir. No me refiero a cualquier forma de hacerlo; atendiendo a lo expuesto ya por los antiguos, debería procurarse una vida bien lograda. En esta lógica, cada quien puede aspirar a realizarse plenamente. Esto se traduce en conquistas profesionales, académicas, aunque también otras que repercutan en nuestra felicidad. El punto es que, para conseguir ese noble objetivo, se cuenta con recursos de índole cultural. Desde las humanidades hasta el arte, por tanto, nos ofrecen lo necesario para tener vivencias placenteras, edificantes, valiosas. Aun el cometido de acceder a una vida virtuosa, propugnada por los estoicos, la reconoce como un elemento fundamental para su materialización.
Pero este fenómeno de lo cultural no tiene que ver sólo con la formación del espíritu, su refinamiento. Dado que, salvo excepciones muy raras, requerimos de los vínculos con otras personas para satisfacer nuestras diversas necesidades, puede servirnos igualmente al convivir. Sería posible, sin duda, que interactuásemos con los demás de manera espontánea, instintiva, dejándonos conducir por nuestros impulsos del momento. Sin embargo, esto no puede ser considerado óptimo ni, aunque sea, aceptable si anhelamos una coexistencia más o menos sensata. La cultura, gracias a lo que nos transmite, valores y principios, reglas e ideales, contribuye al establecimiento de las condiciones que permiten aquello. Un concepto que tanto se reivindica como el de la democracia sería irrealizable sin ningún respaldo cultural. Conviene recordarlo cuando, desde la política, se denuncia su inutilidad.

Nota pictórica. Reconstruir un barco es una obra que pertenece a Henry Koerner (1915-1991).

28/5/20

El MAS o cuando la infamia no cambia




El examen de los hechos y de las ideas sólo es temible a la impostura y a la mala fe; la discusión suministra nuevas luces al sabio, en tanto que enfada y molesta al obstinado, al impostor, o al que vive apegado a sus errores, y teme que llegue el momento del desengaño.
Barón de Holbach

Mientras escribía sobre su curiosa manera de concebir el socialismo, combinando individualismo con altruismo, Wilde sostuvo que el cambio era indispensable para entender nuestra naturaleza humana. De hecho, según el autor de Salomé, se trataba del atributo más importante, por lo cual no cabría desdeñarlo. Antes, procurando la identificación del principio fundamental de todo, Heráclito lo había destacado. Es más, aunque llegando al extremo, se ha sostenido que, por sí mismo, cambiar ya nos colocaría en una mejor situación. Por fortuna, no todos han compartido esa concepción romántica, digamos también ingenua, pues se sabe que las modificaciones, alteraciones o conversiones experimentadas en esta vida son, en ocasiones, para peor. Sin embargo, en un arranque de optimismo, se puede esperar que, habiendo sido canalla a carta cabal, una persona cambie, volviéndose digna del aprecio. Huelga decir que no pasa con frecuencia.
En el mundo de la política, lamentablemente, los cambios suelen tener al oportunismo como fundamento. En incontables casos, las nuevas actitudes que muestra un integrante de tal casta no son sino cálculos, poses llevadas a cabo para persuadir al prójimo. Se pretende, pues, engañarlo, generar la falsa creencia de que su comportamiento ya no debería suscitar ninguna desconfianza. Aludo a quienes han dejado una huella nada memorable cuando se ocuparon de dirigir el Estado. Se trata de sujetos con una moralidad harto cuestionable, cuyo pasado es una invitación al insulto. Si hubiera una memoria más o menos rescatable, la ciudadanía los recordaría del peor modo posible, tornando inviable cualquier retorno al poder. Empero, la inclinación a olvidar ofensas, crímenes y demás vilezas que son cometidos al gobernar está presente en demasiadas personas.
Los políticos pueden cambiar, sin duda, pero cabe también la simulación al decir que lo hacen. Las sospechas en torno a su fingimiento se presentan cuando, aunque nos esforcemos, no encontramos ningún antecedente que sustente su conversión. Así, cuando, como en el caso del Movimiento Al Socialismo, se han ocupado de hablar bien de una tiranía durante largo tiempo, su reciente cruzada por la democracia resulta inverosímil. Lo mismo pasa en materia de lucha contra la corrupción. Uno podría conjeturar que su auténtico problema, la verdadera indignación, es el hecho de no ser quienes aumentan el patrimonio gracias a esos estraperlos. Sus reclamaciones por una justicia independiente tienen la misma explicación. Son imposturas que, por desgracia, pueden servir para embaucar a ciudadanos con amnesia, hastío, desesperación o un grado relevante de incultura.
No existe militante del MAS que haya optado por el reconocimiento de su culpa. La razón es simple: desde su óptica, todo lo que su régimen hizo es un monumento a la perfección. Si perdieron el poder, esto se habría dado por conspiraciones del extranjero, envidia de la derecha, racismo regionalista, entre otras causas. No toman consciencia del daño que hicieron a lo largo de sus presidencias. Se resisten a reconocer que, si hubiera justicia, deberían figurar en la historia como una de las peores desgracias del país. No interesa que declaren hoy sus buenas intenciones, procurando atacar las tonterías del presente como si ninguna mancha fuera suya. Lo cierto es que, aun cuando las otras fuerzas sean defectuosas, nada serviría para borrarles el signo de la infamia. Es una marca distintiva, su esencia invariable. Olvidarlo sería nuestra perdición.

15/5/20

Del desprecio a las ilusiones de la ciencia




Nuestra ignorancia es limitada y abrumadora. Todo nuevo fragmento de conocimiento que adquirimos sirve para abrirnos más los ojos a la vastedad de nuestra ignorancia.
Karl R. Popper


Una de las peores desgracias es que mucha gente jamás tome consciencia del esfuerzo hecho hasta ahora para brindarle una vida con ciertas comodidades. Si nos encontramos en mejor situación que hace dos o tres siglos, es porque se trabajó bastante para conseguirlo. Se ha tenido que usar espadas, armas de fuego, bombas, pero también, por supuesto, ideas, teorías, con lo cual nuestro avance ha sido concretado. El problema es que incontables mortales lo ignoran y, por tanto, no aprecian las labores llevadas a cabo para librarnos de grandes males. Básicamente, ellos creen que todo les ha sido dado sin ningún tormento de por medio. Se trata de la crítica que, hace ya 90 años, Ortega y Gasset lanzaba contra el hombre-masa. Este tipo de sujeto era una combinación de ignorancia con ingratitud, añadiéndose actitudes caprichosas, por lo que su poderío en la sociedad no podía sino resultar peligroso.
No pasa por pedir que todos sean eruditos. Contar con vastos y variados conocimientos no garantiza infalibilidad ni tampoco tener una existencia impecable. Nunca dejaremos de equivocarnos, con limitaciones al buscar la verdad, entre otras insuficiencias que sirven para distinguirnos. El punto es que no resulta imprescindible convertirnos en una fuente de sabiduría; sin embargo, sí parece necesario tener algunas ideas claras sobre la realidad. No sería por vanidad, obviamente. Si se cree forzoso, esto es así porque, sin esos saberes básicos, tanto vivir como convivir pueden llegar a ser harto complicados. Por consiguiente, alejarnos de la ignorancia puede sernos útil para desarrollar distintos proyectos, incluyendo aquel que comprende nuestra autorrealización. Es lo que cabe admitir cuando nos percatamos del valor de conocer y, en especial, del aproximarnos a la ciencia. Sin duda, no existe nada negativo en acometer un acercamiento de esta naturaleza.
Desde hace algunos siglos, el valorar los quehaceres del científico parece válido. Ponernos en contacto con sus conceptos, hipótesis, leyes, al igual que estudiar los debates protagonizados por quienes la explotan, trae como grata consecuencia su estima. Naturalmente, no aludo a un placer que sólo podrían sentir quienes disfrutan del debate conceptual, los experimentos, las contrastaciones: la inteligencia en busca de lo cierto. En mayor o menor grado, todos podríamos acceder a esa experiencia tan nutritiva cuanto dichosa. No obstante, conviene tener en cuenta el riesgo del extremismo. Ocurre que, como sucede con la religión, cuando no se tiene espíritu crítico, el conocimiento científico puede conducirnos al fanatismo. En síntesis, lo que corresponde es una valoración mesurada, no acrítica, menos fundamentalista, de la ciencia.
Curiosamente, un entusiasmo desproporcionado por la ciencia puede llevar al despeñadero. Me refiero a las ilusiones que son despertadas por su avance. Lo digo porque hay personas que, en resumen, no ven científicos, sino magos, cuando no, desde luego, dioses. Frente a cualquier necesidad, desde afrontar pandemias hasta posibles choques del planeta con meteoritos, supondrán que los investigadores deben brindarnos una solución rápida y definitiva del problema. Peor todavía, exigen que esos mismos profesionales, académicos e indagadores, dejen de lado su normal proceder. En otras palabras, exigen a los científicos respuestas contundentes, mas sin atender la necesidad de respetar aquellos pasos que permitieron sus adelantos. Al obrar de esta forma, se desnuda una mentalidad anticientífica.

Nota pictórica. El sueño de la reina Catalina es una obra que pertenece a Johann Heinrich Füssli (1741-1825).

30/4/20

Crisis y crítica del educador




La sabiduría no consiste en sólo conocer verdades fundamentales, si éstas no están conectadas con guiar la vida o con una perspectiva de su significación.
Robert Nozick


Según lo expuesto por el filósofo Luis Carranza Siles, la educación debe conducir al hombre a situaciones de superioridad. En otras palabras, gracias a la formación que reciba, los conocimientos adquiridos, las destrezas afinadas con el paso del tiempo, se lograría un progreso individual. Se trata, pues, de vencer obstáculos cada vez mayores, los cuales dejan notar lo complejo del mundo que nos rodea. Es un propósito que puede ser llevado a cabo, o, al menos, intentado, cuando existe buena voluntad, entusiasmo y, desde luego, disciplina, tres virtudes estudiantiles. Pero también, como es sabido, podríamos permanecer en la más radical ignorancia, desdeñando cualquier relación con el universo del saber. En este último caso, el precio a pagar es nuestro estancamiento. Siendo dinámica la vida, una paralización de esta índole se constituye en un hecho tan antinatural cuanto repudiable.
Todo profesor debe tener como punto de orientación ese fin educativo. Sus enseñanzas, provocaciones e impulsos al prójimo tendrían que servir para respaldar tal avance de orden individual. No me refiero, sin embargo, en esta oportunidad, a los problemas de cada sector del conocimiento que conciernan al educador correspondiente. Pienso en desafíos que van más allá de los manuales académicos. Está claro que preocuparse para entender estos recursos didácticos resulta importante; plantear su inutilidad es absurdo. Mi punto es que, además de facilitar el contacto con doctrinas, deberíamos igualmente prepararnos para enfrentar los retos ligados a nuestra propia existencia. No sólo esto, puesto que cabe asimismo advertir sus efectos en cuanto a los temas de convivencia. Así, cuando un docente procura sentirse complacido por el trabajo que ha efectuado, debe preguntarse si sus estudiantes están listos para lidiar con esos retos.
Toda crisis puede ser entendida como la ocasión adecuada para poner en práctica el principio de autocrítica. Si pensamos en los educadores, este cuestionamiento interno pasa por reflexionar sobre ciertas capacidades del alumnado en el arte de vivir y convivir. Conforme a esta línea, si, por ejemplo, el universitario ha pasado su tiempo de ocio, los descansos forzados debido a las circunstancias del presente, sin pensar para nada en sí mismo, sus proyectos e inquietudes, no podría concluirse que resultó favorecido con el sistema educativo. Yo sé que no toda la carga debe ser asumida por los profesores; al final, el apego a esos ejercicios reflexivos puede llegar junto con el trato familiar o, en varios casos, una inclinación independiente. Con todo, no es exagerado exigir que, dentro del conjunto de móviles pedagógicos, haya sitio para ese cometido.
Si hay franqueza, lo más seguro es que se reconozcan considerables falencias cuando nos interrogamos en torno a la educación impartida actualmente. Subrayo que, al margen de los campos específicos de asignaturas, módulos, carreras, hago mención a esa formación que permite algo tan básico, pero fundamental, como vivir mejor, es decir, usando la razón, apostando por el cuestionamiento, las dudas. Cuando un régimen educativo no ha sido capaz de contribuir a despertar el interés por pensar y conocer, su fracaso es evidente. No será útil al estudiante en momentos ordinarios, cotidianos, ni, peor aún, cuando enfrente crisis de gran envergadura. No es casual que noticias falsas, sofismas, falacias e incontables absurdos inunden redes sociales con generosa impunidad. Es hora de que cada uno cargue con su culpa.

Nota pictórica. Un profesor visitando la aldea es una obra que pertenece a Vladimir Makovsky (1846-1920).

16/4/20

¿Cuánto apreciamos, con franqueza, la libertad?




Y hasta aquí lo que se refiere a la penosa condición en la que el hombre se encuentra de hecho por pura naturaleza; aunque con una posibilidad de salir de ella, consistente en parte en las pasiones, en parte en su razón.
Thomas Hobbes

Nos hemos acostumbrado a escuchar sentidos discursos en favor de la libertad. Las páginas escritas al respecto se cuentan por montones, aunque no siempre nos obsequien una buena calidad. Para Cervantes, por ejemplo, es uno de los dones más preciosos que recibió el hombre, debiendo ofrecer hasta la propia vida en su defensa. Según esta lógica, pasar al cautiverio sería el equivalente a morir. A lo largo de la historia, rebeldes y revolucionarios procuraron ser sus portaestandartes. Sin embargo, el comportamiento de varios sujetos, demasiados individuos, hace dudar del valor que, en realidad, le concederíamos. Porque puede haber gran distancia entre teoría y práctica, pues, en muchos casos, las palabras no concuerdan con los hechos. Peor todavía, podríamos estar ante un panorama en el cual, buscando bienestar, lo primero que se sacrifique sea dicha facultad.
Es innegable que, cuando nos encontramos en condiciones extremas, como prisioneros de guerra o detenidos políticos, el aprecio por la libertad puede resultar tan profundo cuanto auténtico. No tenemos por qué dudar de lo que una persona como Solzhenitsyn, célebre víctima del gulag, haya manifestado sobre tal cuestión. Su testimonio es el de alguien que, por mandato del régimen comunista, fue reducido prácticamente a cosa, sufriendo debido al pensar distinto. En estos casos, al cautiverio, ya de por sí negativo, se suma la injusticia. No es lo mismo ser enviado a la cárcel por una estafa, entre otros crímenes, que tener ese mismo destino como consecuencia de adoptar posturas disidentes. En cualquier caso, quien castiga lo hace bajo el convencimiento de que, cuando impone esas restricciones, condenándonos al encierro, nos coloca en una situación indeseable. Sabe que, si se pidiera nuestra opinión, estaríamos en desacuerdo. Por desventura, creo que no todos expresarían su disconformidad.
Sucede que, cuando ya no estamos con las comodidades de siempre, disfrutando del contexto en donde no es difícil cantar a la libertad, gritar cuánto nos importa, el escenario puede cambiar. Frente al peligro de perder la vida, pongamos por caso, muchos preferirían una celda. Se trata del clásico dilema, no exento de controversia, entre ser libres o estar seguros. Porque, en el primer supuesto, podríamos contar con el riesgo de resultar afectados. El afán de ser protegidos llevaría a relativizar esa inclinación al espíritu soberano. No es que tengamos un problema abstracto con el hecho de ser libres; la cuestión pasa por nuestros semejantes. Es su libre albedrío el que puede causar zozobra. En el fondo, nos movería la creencia de que los demás pueden causarnos daño. Lo del amor al prójimo se queda en la retórica.
Quizá debamos desconfiar de nosotros mismos. No basta con decir que nacemos libres por naturaleza. El reto es apreciar la libertad y obrar de acuerdo con tal convicción. No descarto que algo tan humano como el miedo nos afecte al punto de perturbar nuestras valoraciones. Si se habla de prioridades, una jaula podría ser preferible a un ataúd. Empero, el problema radica en que, partiendo de una emergencia, nos decantemos por normalizar esa situación, abandonando las conquistas del pasado. Desde la Edad Antigua hasta el presente, contemplamos aquel enfrentamiento entre autonomía, que favorece nuestra libertad, y autoridad, cuyo crecimiento conlleva su negación. Las luchas libertarias son cuantiosas; con todo, nada garantiza que nuevas generaciones opten por dejarlas de lado. Ninguna estima es inevitable.

Nota pictórica. Interior junto a la chimenea es una obra que pertenece a Joseph-Noël Sylvestre (1847–1926).

3/4/20

Incertidumbre y humanidad




Los hechos de la vida a este respecto son en un sentido superficial evidentes y constituyen un problema de observación corriente. El mundo en que vivimos es un mundo variable y de incertidumbre.
Frank H. Knight


En 1944, Karl R. Popper publicó La miseria del historicismo. Se trata de una obra cuyo provecho es aún elevado. Pese a su brevedad, el contenido sirve para subrayar nuestras limitaciones, atacando la soberbia que puede caracterizar al semejante. Sucede que, conforme al criterio de dicho pensador, ninguna predicción realizada por gente como Marx, quien aseguraba el advenimiento del comunismo, resultaba aceptable, pues se topaba con un problema significativo: la incertidumbre frente al futuro. En concreto, como no podíamos saber cuánto cambiarían nuestros conocimientos, cómo sería su desarrollo, refutaciones o complementaciones, cualquier anuncio al respecto era insostenible, nada científico. La desgracia es que muchos sujetos se orientan según esas profecías.
Es cierto, no podemos saber cómo cambiará el conocimiento; con todo, eso no impide que pensemos en lo venidero. Más aún, tal como lo ha destacado Norberto Bobbio, entre otros filósofos, proyectamos inquietudes, aspiraciones, temores, esperanzas: quedarnos con lo actual se torna imposible. No basta con vivir el presente, ocuparse de los menesteres que son rutinarios o, a veces, excepcionales; la posteridad se impone, consumiendo tiempo personal, afectando aun las dichas del instante. Creemos que viviremos otro día, semana, mes, año, por lo cual nos volcamos a su planificación. Pero nada garantiza que seremos testigos de un nuevo amanecer. Tampoco sabemos lo que ocurrirá con esta realidad, hoy conocida, mas tal vez luego profundamente alterada. No sostengo que sea imposible vislumbrar los días venideros; resalto apenas la falta de plena certeza.
De acuerdo con Schopenhauer, los únicos males que deberían alarmarnos son aquéllos cuya llegada es segura. Empero, no existe nada que tenga esa contundencia, salvo, claro está, la muerte. Porque, allende las promesas ofrecidas por la religión, cualquiera que sea ésta, contamos con tal certidumbre. La duda gira en torno a cómo se producirá el fin, nuestra inevitable expiración. Por supuesto, en circunstancias críticas, como la que una creciente enfermedad trae consigo, podemos angustiarnos porque lo lejano, remoto, ya se vuelve cercano y concreto. Así, ese impulso de proyectarnos hacia el futuro se topa con la imposibilidad. Aunque ningún futuro sería ineludible, caemos en el pesimismo, figurándonos que serán jornadas cada vez más graves. Quizá la razón, cuando es ejercida con cierto rigor, sin ser perturbada por sentimientos o pasiones, sirva para evitar ese desenlace.
La regla es que, en mayor o menor medida, nos encontramos marcados por esa falta de certezas. Forma parte de nuestra condición humana. Sin embargo, esto no debe llevarnos a una suerte de angustia, peor todavía la desesperación. Cada margen de incertidumbre puede ser entendido como un espacio favorable a la libertad. A partir de allí, desde luego, podemos apostar por proyectos que, aunque parezcan ahora poco viables, se materialicen. Si esto es válido a nivel individual, resultaría igualmente factible desde una perspectiva social. Desconocer, en suma, qué nos traerá lo venidero, cuán difícil será la satisfacción de necesidades materiales, las crisis económicas, ecológicas, biológicas, entre otros factores, puede ser una invitación al optimismo. No estamos condenados a ninguna tragedia. No digo que nunca podría ser peor; dependerá de nosotros, nuestra voluntad e inteligencia, así como también cooperación y entusiasmo, el lograr un mañana en donde haya sitio para una mejor convivencia.

Nota pictórica. Futuro es una obra que pertenece a Nikolay Petrovich Bogdanov-Belsk (1868-1945).