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16/10/20

El arduo reconocimiento de la diversidad

 



En el reconocimiento consentido, hay que ser capaz de mantener cara a cara dos libertades que parecen excluirse: la del otro y la mía.
Simone de Beauvoir


Paul Ricoeur pertenece a ese grupo de pensadores cuyas ideas estuvieron marcadas por el encierro. En 1939, este filósofo fue hecho prisionero. Estuvo en varios campos de concentración. No es casual que, habiendo tenido esas agudas experiencias, se haya ocupado de reflexionar acerca del mal o el sufrimiento. Sin embargo, sintió igualmente predilección por otros temas. Así, en distintas páginas, se decantó por escribir sobre la relación con los demás. No cabe, pues, imaginar a quien trabaja en un despacho sin tener presente al prójimo, evitando razonar acerca de cuál es su importancia para nuestra propia existencia. Es cierto, la filosofía tiene que ver con el conocer, mas interesa también reconocernos en ese otro. Nadie niega que sea difícil, por lo cual su esfuerzo se destaca. Esto se nota cuando leemos el último de sus libros, Caminos del reconocimiento, aparecido en 2005.
        Nada tan sencillo como convivir con los que piensan de modo similar. Es verdad que, salvo desde una perspectiva jurídico-política, entre otras pocas excepciones, no somos iguales. Cada uno cuenta con manías, prejuicios, pero asimismo creencias e ideales, que pueden servir para distinguirnos del resto de quienes conforman una sociedad en particular. No obstante, en muchos casos, si consideramos temas de mayor trascendencia, como la condena del asesinato, las diferencias pierden fuerza. Teniendo valores y principios compartidos, como el respeto a la dignidad, los vínculos con otras personas son favorecidos. El problema es que esta suerte de común denominador no resulta siempre tan evidente. Es más, en ocasiones, para lograr este acuerdo mínimo, debemos realizar concesiones que nunca hubiésemos concebido. En cualquier caso, tendremos un bien mayor por el que valga la pena luchar. La política hace posible que lo comprendamos así.
        En democracia, cabe la preocupación por evitar dos errores. Por un lado, no tenemos que confundir minoría con mayoría. Sucede que, cuando se obtiene un porcentaje importante de votos, pero inferior al 50% más uno, alguien podría sentirse tentado a creerse la voz del poder supremo. Hay que considerar la presencia de otros grupos, sectores, individuos con igual o similar representatividad. Todos tendrían el deber de buscar las mejores soluciones a los problemas sociales. Por otro lado, está el peligro de suponer que una mayoría equivale a totalidad. No, ni siquiera con el 99% de apoyo del electorado se aceptaría esto como válido. Aun cuando se trate de un disidente, éste tiene derecho a manifestar su disconformidad, ejercer facultades, formular reclamos y, desde luego, exigir un trabajo gracias al cual nuestra realidad mejore.
        Si es imposible contar con una realidad uniforme, en donde todos sean reflejos de un mismo sujeto, debemos optar por la convivencia plural. Es lo que la sensatez indica. Creo que hasta la fuerza lo sustenta, es decir, nuestra incapacidad de acabar con el otro. Así como la tolerancia puede surgir por tomar consciencia de la imposibilidad de vencer al contrario, corresponde esforzarnos para tener una convivencia diversa, plural, tal vez incómoda. Negarse a reconocer que los demás, quienes no coinciden con nuestras posturas, aunque sea parcialmente, forman parte del mismo escenario social, político, cultural o aun económico, es una posición incompatible con la realidad. No sólo esto. Suponer que no se justifica ningún esfuerzo para ese tipo de convivencia implica renunciar a la democracia, al civilizado modo de lidiar con el poder.

Nota pictórica. La danza es una obra que pertenece a Wilhelm Kotarbiński (1849–1921).

2/10/20

90 años de una obra profética

 

 

Una de las consecuencias de la primacía del hombre-masa en la vida de las naciones es, dice, el desinterés de la sociedad aquejada de primitivismo y de vulgaridad por los principios generales de la cultura, es decir, por las bases mismas de la civilización.

Mario Vargas Llosa


En 1951, Ortega y Gasset visitó Inglaterra. Había sido invitado para recibir una de las numerosas distinciones académicas que, a nivel internacional, lo consagrarían como el más ilustre filósofo del siglo XX en español. Su fama tenía varias causas; sin embargo, había una que, nuevamente, lo haría entonces tomar la palabra. Pasa que, aun cuando el tema fuese otro, estando fuera de su país, no faltaba quien le pidiese hablar sobre una obra con la cual concitó las atenciones del mundo. Así, otra vez, reflexionó en torno a La rebelión de las masas, libro que ya había merecido incontables comentarios, alabanzas y críticas, volviendo imposible dejarlo de lado cuando procuramos entender las sociedades contemporáneas. No es casual que, todavía hoy, se continúe con la multiplicación de sus ediciones.

Al explicar el éxito del libro –que, hasta 1930, había aparecido paulatinamente, por partes, en artículos de periódico–, Ortega destacaba su carácter profético. En otras palabras, algunas de las predicciones que fueron hechas por sus páginas se habían cumplido a cabalidad, lo cual fascina siempre al público. Anunció un fenómeno que no hizo sino propagarse: el advenimiento de las masas al poderío social. Se terminaba con la dirección ejercida por las minorías, lo que traería consigo cambios de suma importancia. No se debe pensar en la política como si fuese lo único que resultaría afectado por este acontecimiento. Se trataba de un suceso más amplio, abarcando diferentes aspectos que conforman nuestra realidad, desde las disputas del poder hasta los temas culturales. Tal era la fuerza que tenía el movimiento del hombre-masa.

Sin duda, uno de los capítulos más interesantes del volumen es el que se titula con una pregunta provocadora: ¿quién manda en el mundo? A comienzos del siglo XX, nuestra respuesta será la mayoría. El cambio es relevante porque, históricamente, mandaban las élites. Cabe aclarar que no hablamos de minorías con privilegios y sin ninguna carga sobre sus espaldas; por lo contrario, tenían un deber mayor: la creación. Debían colocarse a la vanguardia, enfrentando problemas e intentando su solución. Protagonizaron revoluciones, por ejemplo, consiguiendo el reconocimiento de libertades que favorecerían a los individuos, incluyendo las mayorías. En resumen, pese a no estar mandando, sino obedeciendo, las masas serían beneficiadas con esas luchas que fueron libradas por la otra parte de su sociedad. Sus derechos serían ampliados, pero no así, los deberes.

Ese cambio del mando, la sucesión de minorías por masas, puede parecer positivo. Uno lo asocia con la mejora del régimen democrático. Que el supremo poder lo tengan las mayorías no se considera cuestionable. No obstante, esa nueva realidad cuenta con la posibilidad de generar objeciones. El hombre-masa, aquel que vive con mayores comodidades y tiene derechos inimaginables para generaciones del pasado, no aprecia todo ese gran esfuerzo hecho a fin de favorecerlo. Por ejemplo, se le confiere la posibilidad de votar, pero no valora vivir en democracia; peor todavía, relega sus reglas, limitaciones, prefiriendo tiranos y no, gobernantes civilizados. Tampoco reivindica el valor de la cultura en sentido tradicional, aquella que nos servía para el refinamiento del espíritu y la crítica, privilegiándose lo vulgar, así como también los dogmas. Porque, conviene acentuarlo, su hegemonía lleva la marca de las pasiones, lo emotivo, vale decir, del desprecio a esa razón creadora que permitió nuestro progreso.

18/9/20

La hegemonía del elector irracional

 

 

La razón tiene por delante una maravillosa tarea que acaso recuperará su eficacia para dar metas al cambio histórico.

Víctor Massuh

 
Cuando se procura marcar una diferencia fundamental con las otras especies, el ser humano puede recurrir a su racionalidad. En este sentido, siguiendo la tradición que cuenta con Aristóteles y Tomás de Aquino, entre otros autores, subrayaremos esa cualidad. Nadie más podría pensar, elaborando conceptos, teorías, así como tampoco, en cualquier campo, formular críticas. Por supuesto, no todos están de acuerdo con esa distinción. Russell, por ejemplo, explotando un peculiar sentido del humor, decía que, a lo largo de su extensa vida, había fracasado en hallar pruebas al respecto. En cualquier caso, hablamos de la principal respuesta que se ofrece para sustentar nuestra exclusividad. Así, esperaríamos que se ponga de manifiesto en distintos ámbitos, públicos o privados. El problema es que toparnos con ese fenómeno no es frecuente; peor todavía, aun en situaciones muy relevantes, hallamos todo lo contrario.
    Por desgracia, el uso de la razón para votar no es una práctica que pueda considerarse mayoritaria, popular. Suponer que todo ciudadano piensa rigurosamente, analizando programas, comparando propuestas, profundizando en orientaciones ideológicas, es un error. Las elecciones nos muestran un panorama en el cual la lógica se suele despreciar. En lugar de, ejercitando el cerebro, afinar nuestros juicios sobre lo que nos ofrecen, se prefiere seguir los dictados emotivos. Por consiguiente, se convertirán los sentimientos, las pasiones, incluso desmedidas, en un factor decisivo para elegir a un candidato. Conforme a este tipo de mentalidad, los debates son superfluos, pues ya se tiene lo necesario para respaldar a un individuo en particular, al que cabe venerar, jamás cuestionar. Los únicos que motivan el ataque son sus rivales.
     Abandonada la razón, queda el romanticismo. En este marco, encontramos a postulantes que plantean las medidas más fantásticas, irrealizables, utópicas, sin contar con seguidores capaces de observarlas. Mas lo peor no es esto. Sucede que, a veces, su falta de crítica puede ser acompañada por un fanatismo violento. Los simpatizantes se transformarán, por tanto, en una especie de milicia del candidato. Apelarán a la fuerza para rechazar las refutaciones lanzadas en su contra. No se preguntarán cuál es la mejor manera de resolver los problemas sociales; procurarán imponer su criterio, encumbrar al sujeto con el que se identifican. Los del bando contrario harán lo mismo, desencadenando disputas sin mayor provecho para la convivencia. Al final, a nadie le interesará interactuar con el prójimo para buscar juntos, sin importar la militancia, cuáles son los mejores caminos del progreso.
    Pese a lo decepcionante que pueda resultar la contienda electoral, no cabe nuestra resignación. Apostemos por la elevación del nivel cultural y reflexivo de votantes. Es cierto que, aunque sean eruditos y cerebrales, los electores pueden cometer colosales tonterías. El siglo XX regala ejemplos de cómo sociedades ilustradas consagraron a patanes. Sin embargo, estimo que, si nos preocupáramos en torno a este asunto, habría mayores probabilidades de avanzar, evitando peligrosos absurdos. Es una tarea larga, difícil, de frutos tardíos, pero imperativa mientras aspiremos a tener otra realidad. Entretanto nuestras posturas sean emotivas, nada serio podrá esperarse de políticos que tampoco sobresalen por el esfuerzo intelectual. Es un círculo vicioso que sirve para entender parte de los males nacionales. Cuando la sinrazón abunda, nada grato puede ocurrir.
 
Nota pictórica. Tres modos de ser es una obra que pertenece a María Lassnig (1919-2014).

3/9/20

La revolución que nadie desea

 


El Poder Judicial representa lo más conservador y convencional de la nación boliviana. Aquí se concentran casi todas las cualidades negativas del autoritarismo y del irracionalismo.
H. C. F. Mansilla

 
Si, según el profesor y jurista Rafael Bielsa, un abogado debe caracterizarse por tener coraje cívico, cabe dejar de lado las sutilezas. Pasa que, siendo un problema tan evidente, corresponde su señalamiento con toda claridad: el Órgano Judicial es uno de los poderes más corruptos del país. No exagero en absoluto. Cualquier persona que haya tenido experiencias con jueces, fiscales, incluso policías de investigación, así como también funcionarios administrativos, auxiliares, diligencieros, entre otra gente ligada a ese mundillo, no podría sino darme la razón. Se trata, pues, de un escenario en que, mayoritariamente, los actores están marcados por la inmoralidad. Peor todavía, desde las aulas universitarias, en muchos casos, se fomenta la multiplicación de prácticas que vuelven eternos esos males institucionales. Todos nos percatamos de la desgracia; empero, nadie parece buscar un cambio genuino.
  Naturalmente, hay quienes deberían preocuparse más al respecto. Me refiero a las personas que aspiran a conquistar el poder. Los candidatos, esos mortales que serían movidos por el afán de servir a la sociedad, deberían tener como misión fundamental terminar con esa corrupta e inepta maquinaria. Sin embargo, al margen de sus discursos románticos, no encontramos nada meritorio. Se habla de modificar normas, capacitar a funcionarios para elevar su moralidad, procurar que se elijan a los mejores, entre otras respuestas cándidas; mientras tanto, una rápida revisión del pasado evidencia lo inconducente de cada medida. Digámoslo de mejor forma: todo lo prometido se ha intentado ya llevar adelante, pero con el fracaso más contundente posible. La prueba está en que los actos de corrupción jamás cesaron.
    Ya no creo que les falte imaginación para concebir planes a fin de contrarrestar ese flagelo. Estoy convencido de que, en realidad, nadie quiere una revolución en la justicia. Ninguno levanta la mirada para informarse sobre cómo se avanza en otros Estados. No se pronuncian acerca de la tecnología y sus beneficios para terminar con las clásicas demoras en juzgados, donde litigantes deben aguardar semanas, hasta meses, para recibir una breve respuesta del magistrado. En Argentina, por ejemplo, un sistema de inteligencia artificial, Prometea, consiguió disminuir esos tiempos de manera significativa. No, acá, en un territorio donde los progresos no llegan pronto por necedad burocrática, ni siquiera se pueden realizar bien audiencias vía Internet. En resumen, entretanto los conocimientos científicos, informáticos, cambian al mundo del derecho, estamos condenados a una administración arcaica de la justicia.
   Desde luego, se habla del respeto a la independencia de poderes. Así, atendiendo a sus declaraciones, entenderíamos que los aspirantes al mando gubernamental anhelan tener jueces imparciales, sometidos al ordenamiento jurídico, rechazando cualquier otra sujeción. No obstante, la historia nos enseña que nunca hubo Ejecutivo respetuoso de dicho principio. Es obvio que, durante los años del tirano de Morales Ayma, la situación fue particularmente intensa, rebasando todo lo hecho en el pasado. Mas el reconocer esta infamia no debería conducir a caer en la equivocación de divinizar a los anteriores regímenes. Lo cierto es que las alianzas entre políticos con poder y jueces sin ética podrían servir para escribir numerosas páginas de la historia nacional. De modo que, para abreviarlo, nos queda sólo esperar a ver quién se ocupa de continuar con esta maldita tradición.
 
Nota pictórica. El martirio de los diez mil cristianos es una obra que pertenece a Albrecht Dürer (1471-1528).

21/8/20

Apología y censura de la prensa

 


 

Cuando la prensa tiene derecho para decirlo todo, es necesario que los hombres a quienes instruye tengan talento para discernirlo todo.

Michel Chasles

 

Hay autores que, pese a tener varias obras, son asociados con un solo libro. Es tal la importancia de sus páginas que todo lo demás termina ensombrecido. Podríamos pensar en Cervantes, por supuesto, ya que, para muchos, leerlo implica únicamente haber accedido al Quijote. Otro ejemplo que me interesa se presenta con John Milton. Sucede que este poeta, cuyo nombre no resulta sino ineludible al hablar de literatura universal, se encuentra marcado por Paraíso perdido. Es el libro que le confirió inmortalidad en la compleja república de las letras. Sin embargo, si relegáramos sus otras composiciones, nos perderíamos de una que tiene un provecho mayúsculo: Areopagítica. Escritos en 1644, sus párrafos defienden la libertad de prensa, reivindicándola frente a los ataques del poder. Así, aunque no cuente con la belleza de sus poemas, formula ideas que son todavía dignas del respaldo.

Milton no ha sido la única persona que reflexionó al respecto. Tenemos a filósofos que llevaron adelante una labor similar, amparando la libertad y, por ende, rechazando vetos, persecuciones, encarcelamientos para guardar silencio. John Stuart Mill es uno de los nombres que se pueden citar para evidenciar ese compromiso. Pero no pensemos en cruzadas que se alimentaron por conceptos y teorizaciones significativas. En muchos casos, la propia vida ha exigido ese posicionamiento. Pasa que, cuando un censor tenía la posibilidad de recurrir al castigo para ejercer su oficio, cualquier intelectual disconforme podía resultar damnificado. Son varios los filósofos que, como Camus u Ortega y Gasset, ocuparon columnas de diarios para expresar sus juicios. De modo que, si perturbaban la circulación del medio, terminaban afectando su ejercicio del razonamiento.

Pero, como suele ocurrir, las opiniones sobre la prensa y el oficio periodístico, entre otros aspectos, no han tenido sólo apologistas. En el terreno del pensamiento, nos topamos con voces que, lejos de alabar, optan por la crítica. En efecto, filósofos como Sartori se han ocupado de cuestionar las frivolidades ofrecidas por esas vías. Porque, paulatinamente, con el avance de los medios masivos, la profundidad ha perdido margen frente a lo trivial, las banalidades. Peor todavía, la preferencia por espacios que nos liberan del mayor esfuerzo intelectual ya es la regla. A lo liviano, con seguridad, para fines críticos, debe sumarse un fenómeno tan repudiable como el del sensacionalismo. Se nos ofrece un espectáculo de la peor calaña en distintos formatos, desde la televisión hasta Internet. Si nos limitamos a considerar la información, cabe anotar que ésta no se libra del error, los engaños, las manipulaciones.

 Nunca será inútil que patrocinemos las libertades de pensamiento, expresión, información, prensa; empero, conviene también reconocer sus falencias, vicios y perversiones. Suponer, verbigracia, que todos los medios buscan la verdad es de una peligrosa ingenuidad. Para estar bien informado, el ciudadano debe partir de una premisa según la cual todo tiene que ser sometido a examen crítico. No me escudo en el relativismo; al contrario, tengo la convicción de que podemos saber cuándo algo es falso. El punto es que hacerlo resulta complejo. Creer que un solo medio nos puede conducir al deseado puerto en donde la realidad más objetiva sea descubierta, sin importar sus connotaciones, no parece recomendable. Lo sensato es celebrar su existencia plural para que, partiendo de sus fuentes, cada uno use la razón en sentido crítico.

 

Nota pictórica. El retrato es una obra que pertenece a Mervin Jules (1912-1944).


7/8/20

La filosofía como crítica del derecho

 

 

El derecho tiene su objetivo en sí mismo: perfeccionar la idea de justicia inherente a él.

Alf Ross

 

A comienzos del siglo XX, Carlos Vaz Ferreira, filósofo que se preocupó por cuestiones lógicas, educativas y éticas, reflexionó sobre una condición suya: la de abogado. Expresó entonces su duda en torno a si esa profesión era del todo compatible con la moralidad absoluta. Parecía que, intrínsecamente, había algo por lo cual su ejercicio terminaba siendo derrotado, doblegado en favor de la indecencia. Sin embargo, desde su perspectiva, se debía tomar la palabra y manifestarse al respecto, cuestionando vicios, taras, prácticas que no dejan de tener vigencia. No lo hacía gracias al impulso de las pasiones; sus observaciones tenían que ver con la razón en sentido crítico. Pasa que la reflexión no conduce sólo a las especulaciones o teorizaciones sin ninguna conexión con el mundo real; también, de manera provechosa, nos permite posicionamientos tan concretos cuanto importantes para mejorar la convivencia.

Pero ese singular ejercicio de la razón no sirve únicamente para pensar en las prácticas del abogado. En efecto, más allá de considerar esa tarea técnica, puede resultar útil para reflexionar acerca del derecho. No me refiero a la única labor de conocerlo, destacar su esencia, así como también las particularidades que posee una ley; aludo al posible cuestionamiento del sistema normativo. Porque cabe detenerse a examinar si ese conjunto de reglas, que ordenan y prohíben, además de permitir, puede estimarse aceptable. Yo aludo, en principio, a la crítica que merecerían por su falta de coherencia, pues los legisladores pueden perpetrar absurdos. Como cualquier obra que lleve la marca del hombre, una ley, o hasta todo el ordenamiento del país, puede contar con falencias, excesos o vacíos, los cuales deberían ser notados para evitar mayores problemas ligados a nuestra convivencia.

Al margen de observar esas deficiencias relacionadas con la forma, pongámoslo así, corresponde pensar en el fondo. En este sentido, tendríamos como misión central el determinar si una norma jurídica resulta o no injusta. Ciertamente, se trata de una cuestión que debería ser considerada, en mayor o menor grado, por cualquier ciudadano. Durante toda la vida, desde el nacimiento hasta nuestra muerte, leyes de diversa naturaleza nos rodean, incluso acosan. Creo que conviene preguntarse si son necesarias para tener una convivencia más o menos admisible, decente, justa. Para ello, desde luego, tendríamos que animarmos a concebir la justicia. Por supuesto que no es algo sencillo. Tengamos presente que puede ser entendida como un valor compartido, por lo cual cabe, de algún modo, coincidir con los demás para establecer cuándo estamos ante una situación justa.

Por desgracia, en la mayoría de las universidades donde se forman abogados, la filosofía recibe un trato despreciativo. Frente a las asignaturas que nos enseñan el contenido de códigos y leyes orgánicas, por ejemplo, esa materia parece innecesaria. Se buscan operadores, gente con el objetivo de facilitar –o, en ocasiones, entorpecer– la puesta en práctica del orden elaborado por los parlamentarios. No se persigue la formación de razonadores; a lo sumo, si cabe ejercitar las mentes del alumnado, sería para idear estrategias, tácticas, aun triquiñuelas para favorecer al cliente. Una visión tan práctica del derecho, un enfoque signado por el inescrupuloso afán de lucro, con perseguir triunfos sin interrogarse sobre la verdad o justicia del caso, leyes u órdenes, en resumen, debería servir para entender nuestra crisis judicial.

 

Nota pictórica. El juez de paz es una obra que pertenece a Nikolai Dmitrievich Kuznetsov (1859-1939).

26/6/20

Pandemia de irracionalismo





La oposición a la razón es, por definición, poco razonable. Pero eso no ha impedido que un montón de irracionalistas prefieran el corazón a la cabeza, el sistema límbico a la corteza cerebral, el parpadeo al pensamiento…
Steven Pinker

Para ese gran filósofo que fue Giambattista Vico, las naciones pueden avanzar o retroceder. No habría ninguna ley gracias a la cual nuestro progreso fuese tan seguro cuanto irreversible. Así, revisando el pasado, se puede llevar a cabo una serie de comparaciones, concluyendo que estamos mejor o, caso contrario, peor. Naturalmente, para realizar un ejercicio como éste, resulta necesario quedarnos con un criterio que sirva a fin de consumar esa valoración. Conforme a esta línea, uno puede pensar en la razón, ya que su empleo, cuando es más o menos correcto, contribuye al mejoramiento del presente. Volvernos racionales, reflexionar con cierto rigor, por ende, se transforma en evidencia de un adelanto que no cabe desdeñar. Es un tránsito decisivo para el abandono de la barbarie.
El paso del mito, de las explicaciones fantásticas, entre otras ocurrencias, al pensamiento que demanda concentración para su elaboración, considerando hechos y buscando verdades, no es irrelevante. Hablo de un proceso que, iniciado en el mundo antiguo, encuentra su esplendor merced a la modernidad. Al respecto, conviene recordar a individuos como Voltaire y Diderot, pensadores que embistieron contra supersticiones, dogmatismos, absolutismos. La razón fue una guía que orientó sus críticas, ayudando al semejante a pensar por su propia cuenta. Además, esa clase de actitud posibilitó que nuestro conocimiento del mundo fuese distinto, resultando favorecido con la ciencia. En este sentido, si ha habido evolución, ello puede ser advertido por el razonamiento y conocimiento científico. Ciertamente, más allá de lo deparado por otros ámbitos, como la moral, en donde también corresponde reconocer avances, debe haber gratitud hacia los científicos.
Lo sensato sería que nos topáramos con muchas personas, incluso auténticas multitudes, dispuestas a reconocer cuán necesario es distanciarnos del irracionalismo. Por supuesto, un fenómeno como éste implicaría que, de manera significativa, se elevara el nivel cultural de la gente; en pocas palabras, me refiero a una utopía. Sin embargo, aun cuando no fuesen todos, podríamos imaginarnos una sociedad en la que un número relevante de sus integrantes se decantara por apoyar esa causa. De modo que, convencidos del valor de la ciencia y el pensamiento filosófico, crítico e independiente, esos mortales se enfrentarían a magos, brujos, charlatanes. La desgracia es que, durante los últimos tiempos, existe un escenario crecientemente adverso. Las voces en defensa de la razón suelen ser menospreciadas por quienes prefieren soluciones inmediatas a problemas harto complejos.
 Es innegable que la pandemia del presente ha estado marcada por el irracionalismo. Desde el inicio de la crisis hasta hoy, con seguridad, hallamos a personas que desconfían del conocimiento científico, rindiéndose ante curas milagrosas, teorías conspirativas, etcétera. Mas esto no es lo peor, pues, a fin de cuentas, hay varios sujetos incultos e incorregibles. El principal problema es la pretensión de hacer pasar por ciencia lo que no es tal. Es lo que ha ocurrido con quienes, sin ninguna rigurosidad, apelan a testimonios y supuestas evidencias menores para demostrar cuán infalible resulta su receta. Desde luego, si se les pide aclaraciones metodológicas, sostienen que no hay tiempo para estas exquisiteces, pues cabe actuar sin demora. Pasan, por tanto, a promover un tratamiento que, sin exámenes previos, puede conducir a la muerte. La sinrazón está de fiesta en medio del pesar.

Nota pictórica. Ven a las arenas amarillas es una obra que pertenece a Richard Dadd (1817-1886).