¿Se quiere una mayor libertad que la de elegir el momento
de la partida?
Carlos Alberto Montaner
En 1996, hace ya 30 años, se publicó Cartas
desde el infierno. En rigor, las páginas del libro no fueron escritas por
su autor, sino dictadas, pues había una dificultad insalvable para el efecto.
Ramón Sampedro, quien lo firma, estaba tetrapléjico, no pudiendo mover piernas
ni brazos. Era entonces, según él, «una cabeza viva en un cuerpo de muerto».
Había tenido un terrible accidente que lo dejó postrado en cama, donde
permaneció durante casi tres décadas, pese a un deseo distinto. Quería que lo
ayudasen a terminar con su vida, porque, en aquellas condiciones, continuar así
no le parecía digno. En esa obra suya, volumen que nunca he sido capaz de
releer sin conmoverme, reivindica la eutanasia. Entendiendo que se trata de un
acto racional cuyo juez es la conciencia, plantea una sola duda, vale decir:
¿alguien puede obligarnos a vivir en la sinrazón?
Subrayo lo que
resulta elemental. Sin vida, quedamos privados de todo. Me refiero al placer,
por supuesto, en sus múltiples expresiones. Nada tan comprensible como buscar
experiencias dichosas, distantes y, mejor aún, contrarias al sufrimiento. Aludo
también a otro tipo de beneficios que vivir trae consigo, los del intelecto. El
ser humano tiene cuantiosas limitaciones; sin embargo, aprender, investigar,
crear y reflexionar, además de dialogar o discutir, constituyen motivos
importantes para aferrarse a este mundo. Reconozcamos asimismo que, al margen
de lo cerebral, cuentan los sentimientos, la pasión, el amor. El tiempo que
transcurre se torna mucho más agradable cuando hallamos afectos de tal
naturaleza. En definitiva, si concebimos nuestra existencia como la oportunidad
que se nos brinda de contar con todas esas posibilidades, su desprecio sería
criticable. Por lo contrario, disfrutando tanto de ella, uno entendería a
quienes persiguen su alargamiento, incluso rebasando la barrera del centenario.
El problema se presenta
cuando esos deleites se vuelven no sólo inexistentes, sino que son superados,
en demasía, por tormentos intensos. No ignoro que, orientado por la religión,
alguien encuentre hasta necesario el hecho de sufrir. Estoy debidamente
informado de Job y sus indecibles desgracias que, a la postre, fueron compensadas
con significativas bendiciones divinas. El tema es que hay quienes no están a
la espera del cielo. Esas personas —no creyentes, agnósticos o ateos— pretenderán
que los días no les deparen tantos reveses, contratiempos, accidentes,
amarguras. La vida que sufre es nuestra y de nadie más. No hago mención a
problemas ordinarios; considero situaciones harto excepcionales. Imagino un dolor
tan grave que sega cualquier esperanza de mejor presente, sea corporal o
mental.
Porque los sufrimientos pueden ser también intelectuales. Pienso en lo demoledoras
que son las enfermedades neurodegenerativas. Ocurre que, a lo largo de nuestra existencia,
intentamos desarrollar una personalidad propia, aun desde la infancia, lidiando
con vacilaciones adolescentes, procurando alcanzar un mínimo, siquiera, de
originalidad. Todo esto termina desvaneciéndose, impidiéndonos ser quienes
realmente somos. Yo creo que, antes del derrumbe final, cuando ya seamos una
suerte de muertos en vida, sujetos sin memoria ni capacidad reflexiva, con
goces ausentes y proyectos nulos, el camino a recorrer debe ser idéntico. No
tiene sentido que haya oposición a un gesto tan digno cuanto soberano: poner
fin a una aventura cuyo único protagonista ha perdido la consciencia de sí
mismo.
No debe interpretarse lo anterior como un alegato en favor de quejas por cualquier
contrariedad. Ayuda pensar en hechos concretos. En estos días, una joven,
Noelia Castillo, española como Sampedro, murió gracias a la eutanasia. Tenía 25
años. Víctima de una violación grupal, debido a los estremecedores efectos del
crimen, intentó matarse, lanzándose del quinto piso de un edificio. No murió;
quedó parapléjica. Resolvió entonces apelar a esa posibilidad legal; no
obstante, su padre se opuso. Pasaron varios meses hasta, por fin, obtener un
fallo definitivo de la justicia. Se discutió si la depresión justificaba que
alguien reciba asistencia para morir. Es obvio que, en ocasiones, el padecimiento
o las frustraciones pueden perturbar nuestra mente. La cuestión es si,
ratificada nuestra convicción, ya en serenidad, se admita que nos obliguen a
continuar viviendo. Lo cierto es que no corresponde pedir sino una decisión
informada y voluntaria, concebida tras profunda reflexión. El resto de los
requisitos no es esencial.
Negar la posibilidad de que, en las referidas circunstancias, alguien
reciba apoyo para terminar con esos suplicios me parece del todo rechazable. Me
concentro en el caso de quienes, con claridad, se han manifestado al respecto.
Su ejercicio de la libertad no debería consentir objeciones. No lo discuto, como
señalé antes: la vida tiene sus inconmensurables dichas; el punto es qué sucede
cuando nos castiga con ineludibles y crecientes molestias. Nadie tiene el
derecho de obligarnos a seguir con vida. Si, libremente, hemos llegado a la
conclusión de que corresponde acabar con su despliegue, la empatía debería
movernos al respaldo del semejante. Ayudar a finar, vía eutanasia voluntaria o
suicidio asistido, puede ser un acto muy noble de compasión, pero también servirá
para evidenciar nuestro aprecio por la cualidad autónoma del otro. Un ejercicio
de radical fraternidad.
Nota pictórica. Un hombre ya no puede volar es una obra que pertenece a Tetsuya Ishida (1973 - 2005).

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