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Frente al pesimismo y la candidez




¿Quiere decir esto que deba abandonarme al quietismo? No. En primer lugar, debo comprometerme; luego, actuar según la vieja fórmula: no es necesario tener esperanzas para obrar. Esto no quiere decir que yo no deba pertenecer a un partido, pero sí que no tendré ilusión y que haré lo que pueda.
Jean-Paul Sartre


En el análisis que realiza de la cultura occidental, Emmanuel Berl opta por quitar igualmente autoridad a pesimistas y optimistas. Conforme a su criterio, las experiencias que hemos acumulado hasta el momento estarían en condiciones de motivar ambas posturas. En efecto, así como, con facilidad, podemos hallar más de una razón para subrayar la perversidad e infamia de los hombres, es también posible conmoverse frente a las acciones del prójimo. No negamos que hubo esa monstruosidad mayúscula de Auschwitz ni, menos todavía, las hambrunas o los abusos originados en el ejercicio arbitrario del poder. Cualquier época sirve para notar injusticias. Con todo, la mirada puesta en el pasado no conduce siempre a la decepción. Porque es asimismo viable que recordemos la celebración de armisticios, los derechos humanos, incluso las obras maestras, cuya existencia prueba cuán meritoria puede resultar nuestra especie.
Pero el reconocimiento de mejores circunstancias en las cuales podamos desenvolvernos, sea como individuos, personas o ciudadanos, no debe implicar que olvidemos los riesgos del estancamiento y la regresión. No tenemos ningún mandato genético que, una vez aprendida la lección del genocidio, por ejemplo, descarte cualquier reincidencia en ese campo. Es verdad que la educación puede ser muy útil para evitar aquellas reiteraciones; se trata de transmitir una cultura favorable a nuestra convivencia, es más, a cada hombre, libre y digno. No obstante, la iluminación en estas materias nunca termina, ya que el error jamás se hallará fuera de nuestro alcance. Lo que puede alentar el cometido es la capacidad reflexiva de quienes nos acompañan en estos quehaceres impuestos por la vida. Obramos, al menos, con la esperanza de que nuestra naturaleza brinde tal posibilidad.
Por supuesto, no existe aquí sitio para la inocencia. Es innegable que, en considerables casos, tener una discusión racional sobre diversos males, tanto presentes como pasados, puede ser imposible. El hecho de que alguien aprecie las reglas del pensamiento correcto, rechazando cualesquier absurdos, no le asegura estar ante un sujeto con estas mismas características. No todos advierten cuán necesaria es la elaboración de razonamientos que sean claros, coherentes y rigurosos. Sin embargo, no bastaría con darse cuenta de que nuestras ideas incumplen todas estas condiciones. Sucede que, a veces, aun cuando se percibieran dichas falencias, su presencia no nos incomodaría. Es que no pasa únicamente por conocer cuándo uno falla; se debe tener también la voluntad de huir del error, evitando mostrar nuestras equivocaciones como aciertos o, peor aún, verdades inapelables. La desgracia es que hay quienes piensan lo contrario.
Es indudable que varias décadas del siglo XX alimentaron la desconfianza en el perfeccionamiento del hombre, quitando respaldo a quienes lanzaron sus entusiastas predicciones mientras nuestro avance parecía irreversible. En esta centuria, no tuvimos un gran inicio, pues, de nuevo, la violencia y el dogmatismo dejaron sentir su presencia. Empero, este oscurantismo renovado, usuario de flamantes tecnologías y favorecido por innúmeras frivolidades, debe ser considerado en su justa dimensión, sin dirigirnos a conclusiones erróneas sobre la realidad. El reto está en llevar adelante juicios que no sean desproporcionados, sea por su tono sombrío, desesperanzador, o cándido. Podemos ser tan imbéciles como embusteros, además de peligrosos; pese a ello, tenemos aún otras alternativas.

Nota pictórica. Castillo de naipes es una obra que pertenece a Zinaida Serebriakova (1884-1967).

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