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Del saltabanco que anhelaba volar

Mientras él narraba cómo se produjo su inverosímil rehabilitación, empecé a meditar sobre la repugnancia y el pavor que originaba entre los pasajeros del microbús. Bastaba mirar sus cabellos para inferir que la detergencia le resultaba enojosa; el hedor, los dientes bermellones y las ropas sórdidas revelaban su condición de miserable. En ese contexto, debido al instinto de conservación, la desatención era una extrañeza: nadie nos aseguraba que no terminaría blandiendo un arma blanca a pocos centímetros del lugar donde habíamos decidido asentar el tafanario.
El hecho de que haya invocado la protección divina antes del ofrecimiento comercial supone una devoción albugínea o un embuste colosal. La religiosidad que procura mostrar ni siquiera considérola seriamente, pues su mirada decadente sólo puede hallarse en un réprobo. Juzgo razonable conjeturar que, gracias a un histrionismo chabacano, finge ser beato con la finalidad de requerir el auxilio fraterno, regalando misericordia del Hacedor. Es demasiado fácil aprovecharse del acoquinamiento que despierta el Infierno; si discrepa, le invito a perquirir acerca de las sectas que irrumpen cada jornada en toda la Tierra.
Tras escuchar los primeros elogios del producto, me queda claro que no puede haber ensalzamiento más vulgar. Son tantas las borricadas pronunciadas que, a veces, prefiero cualquier canturreo quechua que conocer la virtud de un caramelo liliputiense. Desearía saber quién fue el pamplinero que adoctrinó a los vendedores locales; la proscripción sería su condigna punición.
La historia de sus hermanas estupradas no me conmovió tanto como las numerosas cicatrices que tenía en el brazo izquierdo. Sin duda, las peleonas con otros drogadictos habían sido determinantes al momento de nacer tales improntas. Sospecho que hace gala de ellas porque sabe cuánto arredran a los potenciales compradores (adquiriendo dos o tres pastillas, usted se libraría temporalmente de agresiones citadinas).
Como me hice uno cuando estaba en plena época colegial, los innumerables tatuajes que ostentaba solamente llamáronme la atención por su chapucería: dragones que parecían perros famélicos; revólveres -o fusiles- dignos del ejército boliviano; varonas, caucásicas y africanas, con una tetamenta grotesca; hasta, tal vez por no ser ingrato, exhibía una imagen del gobernante Juan Evo Morales Ayma, rodeado de sus hojas milenarias. Que hubiese optado por eliminar los claros epidérmicos no era tan reprochable como haber llenado el cuerpo de sandeces.
Su perorata acabó con un nuevo rezo. Esta vez, a diferencia de la introducción, se arrodilló y prometió no robarnos; aunque la malaventuranza lo dejara sin opciones laborales, aseveró que tendría un comportamiento ejemplar. Después, simulando que fue poseído por alguna divinidad, tembló frenéticamente al meter su mano derecha en la bolsa de dulces.
Luego del espectáculo, quizá por creer que esa vida desgraciada era una oportunidad inmejorable para garantizar un espacio en el reino celestial, muchas personas acometieron la búsqueda de aquellas piezas metálicas que posibilitan comer, beber, divertirse y, en esta ocasión, facilitar viajes mentales.
Esta experiencia me hizo recordar una frase del libro La conspiración de los idiotas, novela escrita por Marcos Aguinis: “Mi preocupación acerca del peligro que estrangula al mundo no sería tan intensa, si no me agobiaran las cifras apocalípticas sobre la multiplicación geométrica de oligofrénicos. […] Para colmo, las estadísticas se falsean incluyendo a muchos de los tarados entre los normales, sea por ignorancia de sus padres o complicidad de sus maestros”.

Comentarios

MadelCarmen Vargas ha dicho que…
Muy cruel de tu parte... algo egoista y poco empático...
Considerá que tu vida es muy cómoda, y has tenido muchas oportunidades que a tus 25 te han llevado a ser quien sos.
¿Quién determinó que vos debías tener la cuna que poseiste?

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