Mucho más abundantes se cosechan los
frutos del talento, de la virtud y de todo privilegio cuando se los comparte
con los allegados.
Cicerón
Mariano
Baptista Gumucio, un titán cultural en este país, acaba de morir. Nacido en 1933,
tenía edad como para ser mi abuelo; no obstante, desde 2004, fuimos amigos. A
lo largo de su vida, recibió incontables y, además, legítimas distinciones.
Sobresalió en muchos terrenos. Se ocupó del periodismo, desempeñándose como
columnista, al igual que, durante varios años, ejerció la dirección de un
diario. Fue servidor público, habiendo llegado a ser ministro de Educación,
embajador y cónsul. Cabe añadir su profundo interés por la historia y, en
general, el campo literario. Los libros que llevan su firma son tan numerosos cuanto
reveladores de diversos intereses. Si bien la cultura es un ámbito en donde
podrían conectarse considerables textos que compuso, su curiosidad no conocía
límites. En este sentido, no sorprendía que comentase obras de la más variada
índole. Por cierto, entre las múltiples facetas que tuvo, quizá debería ser acentuada
su condición de lector. Uno harto generoso, conviene precisarlo.
Cuando lo conocí, me hallaba en La Paz por causas de orden
laboral. Ya lo había leído y, en televisión, visto sus programas culturales.
Sabía de su vida pública, incluyendo que fue secretario privado, a los
diecinueve años, del entonces presidente Víctor Paz Estenssoro. Aun cuando era
él una figura de marcada importancia, me decanté por visitarlo sin previa cita.
Tenía su oficina en El Prado. Fui afortunado; lo encontré. Sucede que,
normalmente, allí se atendía sólo por las mañanas, mas mi llegada fue consumada
en horas de la tarde. Con leve nerviosismo mío, hablamos por algunos minutos e
intercambiamos libros. Preguntó en dónde me alojaba. Para mí, el solo hecho de
haber tenido esa experiencia ya había sido algo extraordinario, un momento asaz
digno del recuerdo. Esa misma noche, con enorme deleite, leí casi todo su libro
sobre Augusto Céspedes, vale decir, la pieza regalada por él. Así, feliz,
terminé la jornada.
A la mañana siguiente, sonó el teléfono del hotel en
donde me hospedaba. Era don Mariano. Aunque suene increíble, me llamaba para
invitarme a una cena familiar, pues uno de sus hijos cumplía años. Me había
conocido un día antes y, aun cuando esa celebración parecía ser del todo
privada, íntima, tuvo la gentileza de sumarme a tal propósito. Aclaro que no
hubo mucha gente, por lo cual mi presencia fue un indiscutible privilegio. Su
gentileza pudo haberse originado en el deseo de ayudar a un joven forastero,
una persona con inquietudes comunes, tal vez un poco extravagantes, pero
merecedor del amparo suyo. Lo cierto es que, desde esa ocasión, cuando se
suscitaban acontecimientos culturales, tales como presentaciones de libros u
otros hechos análogos, me llamaba para acompañarlo. Disfruté asimismo de significativos
e imborrables almuerzos con don Fernando, su hermano, y él. Aprendí bastante de
nuestras conversaciones; empero, el haberme dispensado un trato igualitario, no
como admirador o discípulo, sino amigo, fue algo trascendental para mí.
Gracias a sus invitaciones, tuve la suerte de interactuar
con individuos incuestionablemente valiosos desde una perspectiva humanística.
Muchas de estas figuras, por desgracia, ya fallecieron. Recuerdo el magnífico
sentido del humor de Luis Ramiro Beltrán, quien, en un cumpleaños, deleitó a
los asistentes con una muy peculiar actuación. Conocí también a Paulovich, Alfonso
Prudencio Claure, cuya primera intervención fue, por supuesto, un chiste relacionado
con su esposa. Hablé con Jorge Siles Salinas, notable intelectual que nació
hace casi 100 años, cuyo título La
aventura y el orden es una extraordinaria crítica al MNR. Resumiéndolo, los
Baptista Gumucio me introdujeron en esos círculos que servirían para, con
solvencia, demostrar cómo el aprecio por la cultura puede ser genuino. Por
suerte, algunas de esas personas continúan acompañándonos, entre quienes
tenemos a Manfredo Kempff Suárez, amigo con el cual me une un vínculo que
supera los dos decenios.
La última vez que
conversé personalmente con don Mariano fue en su casa. En aquel mismo lugar
donde, veinte años atrás, había llegado para celebrar el cumpleaños de su hijo.
Mi amigo estaba leyendo una biografía de Antonio Machado, aunque, como siempre,
lo rodeaban otros volúmenes. Me obsequió un tomo antológico de Bertrand
Russell, filósofo a quien él entrevistó, logrando luego que le regalase una introducción
para su libro La guerra final. Hablamos
y reímos conforme a lo usual; pese a ello, advertí ciertos inconvenientes
propios de la edad. Había pasado los 90 años. Como sea, conversamos acerca de
diferentes asuntos, incluida la muerte, pues había finado un amigo en común.
Volvería a contactarlo, mas por vía telefónica. Nunca hubo, de su parte,
desinterés ante comentarios que se hacía del presente o pasado; mejor aún, los
acompañaba con sonrisas y glosas, ofreciendo al interlocutor un escenario propicio
para sentirse dichoso.
Hizo mucho por Bolivia. Batalló en contra de la
incultura. Él asumió la pesada carga de lidiar con el analfabetismo, siendo
reconocido, a nivel internacional, por esta cruzada. Peleó también frente a
grupos y gremios que, desde hace tiempo, demasiadas décadas, se ocupan de
mantener un sistema embrutecedor, tanto a nivel escolar como universitario. Su
palabra jamás experimentó la cobardía cuando llegaba el momento de contrarrestar
estupideces, absurdos o abusos del poder. Fue combativo, con certeza; sin
embargo, por encima de todo, será el dadivoso e ilustrado amigo al cual
extrañaré.

Comentarios