CLICK HERE FOR THOUSANDS OF FREE BLOGGER TEMPLATES »

16/11/18

La liberación como estafa plurinacional




Las esperanzas defraudadas de los progresistas políticos, por un lado, parecían meramente confirmar el sombrío pesimismo de los pensadores de la decadencia y la crisis, por el otro.
Karl Dietrich Bracher


Desde hace medio siglo, Dussel y otros filósofos latinoamericanos han explotado el concepto de liberación. En su criterio, deberíamos percatarnos de las injusticias cometidas contra estas sociedades que se hallarían marcadas por la opresión. Las grandes potencias, contemporáneamente a la cabeza de Estados Unidos, se desvivirían por marginarnos, excluirnos, conspirando para eternizar una situación inmoral. Es la explicación de las miserias económicas que se perciben por estos lares. Además, sin falta, surge como contestación cuando nos preguntamos por qué no hay una cultura democrática, más o menos racional, tolerante, eficaz para encontrar las mejores soluciones. La culpa sería de agentes externos e imperialistas. El problema es que no tendríamos consciencia de aquello, prevaleciendo una mentalidad ensombrecida por los engaños.
Sin embargo, los sectores populares, excluidos por círculos de poder, podrían contar con quien procurase su liberación. Se trataría de personas que ya no vivirían en las mentiras del opresor. Ellos se habrían dado cuenta de los abusos que son cometidos en su contra. Lógicamente, no se quedarían en silencio ni pasivos; por lo contrario, estarían a la vanguardia, librando batallas con heroísmo, intentando que ese vil sistema caiga de una vez por todas. Con este fin, criticarían a quienes prefieren la indiferencia o el silencio, pues su actitud facilita el sometimiento de todos. En suma, el objetivo que buscan es liberarnos del engaño, pero también alentar la rebelión frente a las órdenes de los dominadores. Merced a su hazaña, se perdería la condición de parias.
Los partidarios del Movimiento Al Socialismo se han presentado, en más de una ocasión, como quienes conseguirían una liberación tan auténtica cuanto irreversible. Todos los desposeídos, relegados debido a su condición étnica, socioeconómica o ideológica, serían favorecidos con su gesta. Las clases populares, en teoría, asumirían tal protagonismo que nunca más se osaría ejercer funciones gubernamentales para reprimirlos, encarcelarlos, hasta eliminarlos. Una vez alcanzada la cumbre del mando, el panorama cambiaría solamente para bien, originándose un vínculo con las autoridades que nadie debería censurar. Desde el primer momento, sus flamantes funcionarios se ocuparían de respaldar a ciudadanos que quieren terminar con una mentalidad servil. En este sentido, sus libertadores tendrían que fomentar la toma de una posición crítica. Si se ha cuestionado la pasividad del pasado, nada menos deseable que desalentar la interpelación de todos, incluyendo a los gobernantes.
Lo cierto es que Morales Ayma y su partido jamás quisieron consumar ninguna liberación mental. Para ellos, durante todo su régimen, ha sido suficiente con que las personas marchen, cerquen y amenacen a legisladores del bloque opositor. Las taras que impiden un mejoramiento de la sociedad permanecen invariables; peor aún, debido a conocidas prácticas del oficialismo, su gravedad ya es superior. Cuando los indígenas se animaron a pasar del adulo a la exigencia, el Gobierno respondió con brutalidad. Pasó también cuando cayó en desgracia una parte de la Central Obrera Boliviana, pues no todos son alabadores del caudillo. Por último, sucedió cuando un albañil, vale decir, representante de los sectores que se prometió liberar y favorecer, quiso actuar como verdadero ciudadano, interpelando a su gobernante porque lo había traicionado. La respuesta fue un juicio. No entendió que el plan era imponerle otro amo.

Nota pictórica. El mito de Prometeo es una obra que pertenece a Piero di Cosimo (1462-1522).

2/11/18

La imaginación en nuestra convivencia





Lo significado con dicho precepto es, evidentemente, que no has de hacer a otro lo que no quieres que se te haga a ti. Es una apelación a la imaginación: antes de infligir algo a otro, imagínate que otro te inflige eso mismo a ti. Es decir: objetívate, míralo desde fuera como referido a ti mismo.
Hannah Arendt


Alain, filósofo a quien, por desgracia, ya no se lee como antes, explicó que nuestras ideas nos sirven de anteojos. Efectivamente, las reflexiones que llevamos a cabo, engendrando distintos conceptos y teorías, son fundamentales para entender el mundo, la sociedad, los hombres. Contamos, pues, con una mirada en la que, a pesar de numerosas excepciones, el componente racional tiene relevancia. Porque hay también otros factores que influyen cuando procuramos tener una comprensión satisfactoria de la realidad. En ese afán, además de lo racional, encontramos a los prejuicios. Así, la visión individual de lo que sucede a nuestro alrededor se halla perturbada por opiniones prefabricadas, volviendo inviable cualquier seriedad al respecto. En este caso, no habría sólo problemas personales, sino asimismo de carácter social. Es que la convivencia suele ser perjudicada cuando sentimos predilección por el acto de prejuzgar.
Por supuesto, no podemos emplear la razón y someter al conjunto del género humano a una observación rigurosa, esperando que, obrando únicamente de esta manera, tengamos juicios definitivos sobre su situación. Es importante que consideremos sus acciones; empero, tiene también valor nuestra capacidad de imaginarlas. No es un asunto insignificante. De hecho, sin tener esa posibilidad, el establecimiento de varias relaciones sería ilusorio. Tenemos que imaginarnos cómo se comportarán en determinados contextos, sean circunstancias de naturaleza religiosa, económica o política, por citar algunos escenarios. No pasa por figurarnos cualquier clase de reacción, sino la que sea más cercana a nuestra realidad. El problema es que no se trata de una labor sencilla; en muchas ocasiones, nos dejamos llevar por mezquindades, exageraciones u otras descontextualizaciones.
Tal como Elaine Scarry lo resalta, tenemos la dificultad de imaginar a otra gente. Es un significativo reto cuando hablamos de todos los que conforman nuestra sociedad, con certeza. Incapaces de conocer a cuanto mortal reside o habita en un país donde nos hallamos, queda ese recurso imaginativo. No obstante, ni siquiera la comunidad más cerrada que los hombres constituyan nos garantizaría plena uniformidad. Podemos identificar algunos patrones de conducta, tener presente lo concerniente a principios, valores, ideales; con todo, habrá siempre margen para el libre albedrío. Ninguna generalización es infalible, pudiendo darse paso a injusticias de diversa índole. Pasa que nuestras normas, tanto formales como de hecho, pueden implicar medidas basadas en esas presunciones. Siguiendo tal línea, podríamos concluir que a ciertos grupos o sectores correspondería recibir un trato diferenciado, soportando mayores cargas u otras iniquidades.
            El tema se vuelve más complejo cuando nos referimos a quienes provienen de otras sociedades. Ciertamente, salvo cuando se busca información tan profunda cuanto detallada, nuestros juicios sobre los inmigrantes obedecen a estereotipos que sobresalen por su simplicidad. En el mejor de los casos, es decir, cuando nos alienta el optimismo, podemos tener una versión idealizada o romántica del extranjero. Todos serían buenos, dignos del mayor elogio, incapaces de producir daño alguno. Lo contrario sería defender una postura pesimista, suponiendo que ninguno merecería nuestra confianza, justificando la construcción de grandes vallas, muros y aun campos minados. De modo que, sin mesura, la imaginación puede convertirse en obstáculo para una razonable coexistencia.

Nota pictórica. Dos chicas es una obra que pertenece a Franco Gentilini (1909-1981).

18/10/18

Montaner y el arte de aconsejar en política




A raíz de nuestro conocimiento de los resultados de experimentos anteriores, podemos dar uno u otro consejo respecto a lo que pasará si se intenta vincular o separar determinadas ideas. Esto nos pone tal vez en condiciones de ayudar a otros a captar con el pensamiento la propia época.
Richard Rorty

Las reflexiones en torno al ejercicio del poder nos acompañan desde tiempos antiguos. Efectivamente, en las distintas épocas, desde Grecia hasta el presente, hallamos personas que se han ocupado de meditar al respecto. Hay quienes, como Hegel, Marx o, hace algunas décadas, Fukuyama, concentraron sus esfuerzos en descubrir leyes históricas que marcasen allí el rumbo a seguir. Asimismo, encontramos a ciertos autores que se afanaron en señalar cuál es el régimen justo. Es más, conforme a Leo Strauss, ésta sería una cuestión central cuando pensamos en términos filosófico-políticos. Por último, entre otros casos, se nos presenta la figura del consejero. Aludo a individuos que, por sus conocimientos y experiencias, tienen el predicamento suficiente como para sugerir acciones en ese campo.
Aun cuando no fue el primero que lo hizo, Maquiavelo alcanzó la inmortalidad gracias a los consejos contenidos en El príncipe. Se ha dicho bastante acerca de sus páginas, explotándolas con una meticulosidad que puede llamar todavía nuestra atención. Pese a las críticas que fueron lanzadas por Diego Saavedra Fajardo, un esclarecido detractor, se debe reconocer la índole realista de sus recomendaciones. Como es sabido, se partía de lo que había ocurrido en el mundo, desestimando ambientes imaginarios, escenarios donde primaban la inocencia y los anhelos cívicos. Su obra es una invitación a toparnos con la crudeza del poder. Se trata de una línea que, básicamente, ha sido transitada por Carlos Alberto Montaner en su libro El presidente. Manual para electores y elegidos. Pudiéndose advertir su orientación liberal, no se puede sino agradecer por la publicación del volumen.
Montaner no se ha limitado a escribir sobre cuestiones tácticas y estratégicas que sirvan para la consumación del triunfo electoral. Existen acápites destinados a esos temas, pero, en esta oportunidad, yo me inclino por destacar otras consideraciones que hace. Me refiero al análisis que realiza de las virtudes del gobernante. No son, pues, consejos que sean dirigidos a políticos inescrupulosos; se anota la importancia de cualidades como la prudencia, firmeza, dignidad y hasta el buen humor, por citar algunas. A estas apreciaciones de orden axiológico debemos sumar un asunto para nada menor: la ideología. Porque, para tomar el poder, es relevante que uno sepa cómo distinguir las diferentes corrientes, tendencias o doctrinas. Es falso que esto no interese; sin un panorama teórico, nuestro manejo del Estado puede resultar una confusa calamidad.
El libro aquí comentado es igualmente útil para identificar a los verdaderos enemigos en política. Montaner nos habla de una familia conformada por todos los que respaldan la democracia liberal, es decir: liberales, libertarios, socialdemócratas, democristianos, conservadores, neoconservadores y aun socialistas. Es cierto que tenemos notables diferencias con varios de estos grupos; sin embargo, nuestro principal combate tiene a otros como contraparte: comunistas, neocomunistas, fascistas, militaristas, teócratas y socialistas del siglo XXI. Son las fuerzas que cualquier aspirante al primer cargo público debería contribuir a contrarrestar. Es una tarea que concierne asimismo al ciudadano, quien, así sea como votante, no debería desligarse del destino de su sociedad. Tal es su trascendencia que el manual de nuestro autor se dirige también a los electores. Uno se ilusiona con los provechos que su lectura traiga consigo en las frágiles democracias de Latinoamérica.

5/10/18

El arduo camino de la convivencia




La capacidad de convivir con las diferencias, por no hablar de disfrutar de ellas y aprovecharlas, no se adquiere fácilmente, y por cierto no viene sola. Esa capacidad es un arte que, como todas las artes, requiere estudio y ejercicio.
Zygmunt Bauman


Según Ortega y Gasset, todo ser es feliz cuando cumple su destino, al seguir la pendiente de su inclinación, transitando un camino a través del cual se realizaría plenamente. Desde luego, se trata de un propósito que podría ser pretendido por cualquiera. Responde a la clásica preocupación por el sentido de nuestra vida. En efecto, cuando coincide la tendencia natural de cada uno, sus predilecciones e intereses más significativos, con las actividades que lleva adelante, su vida podría considerarse íntegra. Poco importaría la valoración que otros sujetos hicieran al respecto. Porque, al final, sus juicios no serán determinantes para concluir si agotamos los días en el mundo de modo satisfactorio. Sin embargo, suponer que no necesitamos en absoluto de los demás sería un error indiscutible. Su presencia se torna relevante desde un punto de vista lógico, para sobrevivir, pero también conforme a criterios éticos.
El vínculo con las demás personas puede servir para evaluar nuestro adelanto como miembros de una especie, la más lúcida, problemática, sorprendente, aunque asimismo torpe, simplista y hasta tediosa. Es lo que, con su clara sensatez, Todorov defiende cuando escribe acerca del progreso. Para este autor, la medida de nuestro avance es el trato que dispensamos al otro. No se refiere a un semejante en sentido estricto, es decir, alguien con quien tengamos similitudes de diversa naturaleza, aun físicas. Relacionarse con los individuos que, en suma, se nos parecen no es un desafío desde ninguna perspectiva. El reto se presenta cuando debemos tratar con gente que tiene principios, valores, hábitos y tradiciones distintas, peor todavía, para ambas partes, antagónicas. Sobreponernos a esa dificultad, vencerla sin pensar en la imposición o todo tipo de violencia, es un logro nada menor.
Pese a ello, cometeríamos una equivocación si nos limitásemos a dar un reconocimiento colectivo. Se puede tener el objetivo de salvar una cultura, pongamos por caso, estableciendo prohibiciones y órdenes para lograr la protección del legado histórico. Se puede sentir la tentación de que lo mejor es permanecer inactivos frente al proceder del grupo ajeno, confiriendo el mayor margen para regirse a sí mismo. La cuestión es que, por ocuparnos de aspectos comunitarios, podríamos olvidarnos del amparo al individuo. Así, lo dejaríamos a merced de las determinaciones que no fomentan la disidencia; por el contrario, persiguen el sometimiento. Todo estará perdido si la cultura de un grupo con el cual convivimos nos exige derechos colectivos, mas ninguna garantía para quienes protestan en su interior. A fin de cuentas, las relaciones son establecidas entre hombres singulares.
Con todo, no se habla de pasar forzosamente del desconocimiento a la más acrítica aceptación, sea colectiva o individual. Nadie discute que las marginaciones y, peor aún, opresiones son negativas. Concebir al otro como alguien que, por diferentes causas, se halle condenado a tener una condición inferior es un despropósito tan falso cuanto pernicioso. El punto es que nuestro abandono de la ignorancia del prójimo no debe implicar ningún silencio moral. Es importante que nos esforcemos por entender sus razones para obrar en distintos ámbitos, sin lugar a dudas. Pero lo fundamental es que, para convivir, precisamos de un común denominador, al cual lleguemos mediante reflexiones compartidas, dialogando, discutiendo. Es evidente que alcanzar esta meta resulta complicado; no obstante, vale la pena intentarlo.

Nota pictórica. Mirando la tempestad es una obra que pertenece a John William Waterhouse (1847-1917).

21/9/18

Sobre la necesidad de callar




No se puede seguir viviendo, haciendo cosas, y al mismo tiempo sostener que todo carece de sentido; lo más coherente sería el silencio, la inmovilidad.
Juan José Sebreli


Nuestra gratitud por el esfuerzo que realizaron los pensadores antiguos nunca será suficiente. Grecia contempló entonces cómo, desde Tales hasta, por ejemplo, Aristóteles, se apostó por abandonar el mito para enaltecer la razón. Ellos advirtieron que varias de las explicaciones pregonadas por sus autoridades y conciudadanos eran insatisfactorias. Podían contar con el beneplácito de diversas generaciones, incluso remontarse a tiempos bastante remotos; no obstante, aquello resultaba ineficaz si pretendíamos descubrir verdades. No debían ser oráculos, sacerdotes, dioses ni hombres de armas, por supuesto, quienes nos marcaran el cambio a seguir en ese cometido. No interesaba que, auxiliada de sus respectivas instituciones sociales, la tradición requiriese plena sumisión al respecto. Teníamos que ser nosotros mismos, recurriendo a medios intelectuales, los llamados a cumplir autónomamente tal tarea. Es la gran senda que se nos abrió hace más de dos milenios y medio.
Una de las enseñanzas antiguas que merece todavía nuestra estima se relaciona con el silencio. Sucede que Pirrón, baluarte del escepticismo, no tenía certeza de ninguna idea, concepto, materia o cosa. En efecto, distanciándose del dogmatismo, él estaba convencido de que las personas no podían asegurar nada. Su duda reflejaba una reflexión que contrastaba con el tono categórico de quienes, con arrogancia, anunciaban verdades definitivas. Sin embargo, su aprecio por esa humilde e invencible vacilación no es lo único que puede agradecérsele. Pienso asimismo en una consecuencia de su incertidumbre, a saber: quedarnos sin habla. Porque, si no tenemos la posibilidad de forjar un criterio firme o, al menos, medianamente defendible, lo mejor es guardar silencio. Tal vez, mientras tenga vigencia esta voluntaria falta de pronunciamientos personales, podamos crecer merced a la escucha del prójimo, una práctica nada intrascendente, pero, por desventura, poco distinguida.
Porque, si somos francos, debemos reconocer que, para muchas personas, guardar silencio es, salvo cuando están durmiendo, imposible. Aclaro que mi mayor reparo no radica en el incesante lanzamiento de palabras, frases y reflexiones sobre temas del más variado pelaje. A fin de cuentas, pueden agotar sus pulmones como mejor les plazca. La desgracia es que, en demasiados casos, este impulso no genera sino mera palabrería. De manera que, cuando escuchamos o leemos a sujetos dominados por dicho mal, no logramos el menor provecho posible. Frente a esa facundia, queda sólo la frustración porque no habrá teorías ni, aunque sea, coherencia que dignifique sus intervenciones. Se trata de gente que se pronuncia sobre todo, sin ninguna duda, pese a no tener información en torno a la disciplina correspondiente.
No es una novedad que los políticos sobresalgan en la perpetración del vicio aquí considerado. La regla es que quienes aspiran al ejercicio del poder no se nieguen a manifestarse acerca de asuntos económicos, judiciales, ecológicos, sexuales, robóticos o aun espirituales. Les parece inconcebible toda contestación modesta, una que implique confesar sus limitaciones. Se prefiere correr el riesgo de la vergüenza a cometer tamaña sinceridad. No desean admitir que, para tomar la palabra con solvencia, necesitamos previamente conocer. Son aventureros verbales, individuos que combinan osadía con irresponsabilidad. Lo peor es que sus votantes elogiarán la falta de silencio, premiando discursos tan abundantes cuanto vacíos. Callar es impopular.

Nota pictórica. El silencio roto es una obra que pertenece a George de Forest Brush (1855-1941).

24/8/18

Frente al pesimismo y la candidez




¿Quiere decir esto que deba abandonarme al quietismo? No. En primer lugar, debo comprometerme; luego, actuar según la vieja fórmula: no es necesario tener esperanzas para obrar. Esto no quiere decir que yo no deba pertenecer a un partido, pero sí que no tendré ilusión y que haré lo que pueda.
Jean-Paul Sartre


En el análisis que realiza de la cultura occidental, Emmanuel Berl opta por quitar igualmente autoridad a pesimistas y optimistas. Conforme a su criterio, las experiencias que hemos acumulado hasta el momento estarían en condiciones de motivar ambas posturas. En efecto, así como, con facilidad, podemos hallar más de una razón para subrayar la perversidad e infamia de los hombres, es también posible conmoverse frente a las acciones del prójimo. No negamos que hubo esa monstruosidad mayúscula de Auschwitz ni, menos todavía, las hambrunas o los abusos originados en el ejercicio arbitrario del poder. Cualquier época sirve para notar injusticias. Con todo, la mirada puesta en el pasado no conduce siempre a la decepción. Porque es asimismo viable que recordemos la celebración de armisticios, los derechos humanos, incluso las obras maestras, cuya existencia prueba cuán meritoria puede resultar nuestra especie.
Pero el reconocimiento de mejores circunstancias en las cuales podamos desenvolvernos, sea como individuos, personas o ciudadanos, no debe implicar que olvidemos los riesgos del estancamiento y la regresión. No tenemos ningún mandato genético que, una vez aprendida la lección del genocidio, por ejemplo, descarte cualquier reincidencia en ese campo. Es verdad que la educación puede ser muy útil para evitar aquellas reiteraciones; se trata de transmitir una cultura favorable a nuestra convivencia, es más, a cada hombre, libre y digno. No obstante, la iluminación en estas materias nunca termina, ya que el error jamás se hallará fuera de nuestro alcance. Lo que puede alentar el cometido es la capacidad reflexiva de quienes nos acompañan en estos quehaceres impuestos por la vida. Obramos, al menos, con la esperanza de que nuestra naturaleza brinde tal posibilidad.
Por supuesto, no existe aquí sitio para la inocencia. Es innegable que, en considerables casos, tener una discusión racional sobre diversos males, tanto presentes como pasados, puede ser imposible. El hecho de que alguien aprecie las reglas del pensamiento correcto, rechazando cualesquier absurdos, no le asegura estar ante un sujeto con estas mismas características. No todos advierten cuán necesaria es la elaboración de razonamientos que sean claros, coherentes y rigurosos. Sin embargo, no bastaría con darse cuenta de que nuestras ideas incumplen todas estas condiciones. Sucede que, a veces, aun cuando se percibieran dichas falencias, su presencia no nos incomodaría. Es que no pasa únicamente por conocer cuándo uno falla; se debe tener también la voluntad de huir del error, evitando mostrar nuestras equivocaciones como aciertos o, peor aún, verdades inapelables. La desgracia es que hay quienes piensan lo contrario.
Es indudable que varias décadas del siglo XX alimentaron la desconfianza en el perfeccionamiento del hombre, quitando respaldo a quienes lanzaron sus entusiastas predicciones mientras nuestro avance parecía irreversible. En esta centuria, no tuvimos un gran inicio, pues, de nuevo, la violencia y el dogmatismo dejaron sentir su presencia. Empero, este oscurantismo renovado, usuario de flamantes tecnologías y favorecido por innúmeras frivolidades, debe ser considerado en su justa dimensión, sin dirigirnos a conclusiones erróneas sobre la realidad. El reto está en llevar adelante juicios que no sean desproporcionados, sea por su tono sombrío, desesperanzador, o cándido. Podemos ser tan imbéciles como embusteros, además de peligrosos; pese a ello, tenemos aún otras alternativas.

Nota pictórica. Castillo de naipes es una obra que pertenece a Zinaida Serebriakova (1884-1967).

10/8/18

Denegri o cuando la televisión no es basura




La cultura no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen este espejo crítico.
Jean-Paul Sartre

El imperio del mal gusto y la frivolidad es apabullante cuando se toma contacto con los medios. Nos topamos con creaciones que contradicen la supuesta inteligencia superior del hombre. Existe una suerte de competencia que, al final, encumbraría a quien nos exigiera el menor esfuerzo reflexivo. Predomina la creencia de que su público está compuesto por homínidos cuyas mentes no soportan ni siquiera una operación aritmética. No es un mal novedoso, puesto que está presente en distintas épocas. Sin embargo, la situación ya habría superado las pésimas expectativas que se tenían al respecto. En especial, la televisión sirve como clara prueba de tal degradación. Es que casi todo en ese campo parece haber sido preparado para el embrutecimiento y la banalización del espectador.
Felizmente, el despropósito de las mayorías no afecta a todos. Así, un individuo podría resisitirse a su envilecimiento. Es más, esta persona puede asumir la misión de ilustrar al semejante, contribuyendo a que se distancie del lugar común, las simplezas, el oscurantismo. Huelga decir que una labor como ésta debería ser elogiada; empero, la necedad no celebra cuando alguien procura su eliminación. Por esta razón, gente que batalla contra la basura que ofrecen los medios no acostumbra tener un destino envidiable. En efecto, siendo partidarios del elitismo, como George Steiner u Ortega y Gasset, esos detractores de las masas tienen asegurada una posteridad infame. Pero ese futuro no debiera disuadirnos de intentar la reivindicación del que ha hecho también suya esa cruzada.
Marco Aurelio Denegri, polígrafo, sexólogo, gramático, crítico literario, experto en gallos, notable conocedor del cajón musical y, ante todo, espléndido lector, ha muerto. Nació en 1938 y, desde hace varios años, dio a la televisión peruana un nivel de antología. Su programa, La función de la palabra, que, gracias al cable e Internet, tenía seguidores alrededor del mundo, nos regalaba experiencias innegablemente provechosas. Su culto manejo del lenguaje volvía legendarios los ataques que lanzaba contra libros marcados por la mediocridad. De algunas obras, por ejemplo, dijo que “no pasaban la aduana del buen gusto”. Era un guardían muy riguroso del español, idioma que es maltratado hasta por la propia Academia. Destaco que mantenía correspondencia con sus televidentes, tratando de absolver dudas, esclarecer confusiones y demoler mitos preservados durante demasiado tiempo. En particular, le interesaba lo concerniente a la educación sexual, materia que se halla plagada de tonterías creídas por el vulgo.
Semanalmente, Denegri mostraba libros que respaldaban cada una de sus aseveraciones. Sea que hablase de literatura, música o hasta las malas palabras, los apuntes bibliográficos jamás faltaron. Al margen de que, como todo bibliófilo, hubiese deseado exhibir sus apreciables colecciones, esa exposición resultaba útil para estimular al telespectador. Porque, si bien su espacio ya cumplía con el deber de iluminar al prójimo, podía ser útil para despertar apego al universo literario y, más aún, acometer su emulación. Nos indicaba el camino que, con voluntad, llevaría a sus mismos dominios. Es cierto que, como todas, su erudición parecía imposible de igualar; empero, con entusiasmo, aun esa meta se vuelve alcanzable. Acoto que, aunque no lleguemos a tal fin, bastará con el reconocimiento de su provocación en nuestras vidas. Acaso sea lo único rescatable que, durante los últimos tiempos, nos ha deparado la caja boba.