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13/7/18

Lo inteligente de ser bueno




Si no fuese siempre razonamiento, cualquier decisión se habría tomado sin convicción y con una conciencia meramente persuadida o ficticia. Aunque su fin o sus efectos fueran buenos, sería una decisión in-moral.
Norbert Bilbeny

Aun cuando haya gente que sirva para refutar la idea, no es una equivocación presentar al hombre como un animal inteligente. Me refiero a su capacidad de resolver problemas, sean éstos simples o complejos. Desde luego, esto no quiere decir que todos la ejerciten del mismo modo. Es más, si nos detuvieramos en el ámbito de la política, probablemente, concluiríamos que hay quienes jamás intentaron hacerlo; poco importan sus títulos, capacitaciones o grandilocuencia. La reiteración de absurdos en los quehaceres del poder no permite otra conclusión. Pese a ello, ni siquiera los casos más groseros de torpeza bastan para desechar cualquier expectativa en torno a su posible uso. Suponemos, pues, que, tratándose de seres humanos, su cerebro funcionará con precisión, comprendiendo nuestra realidad, pero asimismo entendiendo cómo tener una buena existencia.
Porque la inteligencia nos resulta útil si procuramos responder una pregunta que, desde un punto de vista ético, según Comte-Sponville, es fundamental, a saber: ¿cómo vivir? No niego que haya muchas respuestas al respecto. Como es sabido, durante las distintas épocas, hallamos personas que han intentado la consagración de sus juicios en relación con ese tema. Para estos sujetos, lo vital es que sus dictámenes acerca del bien y el mal sean aprobados sin mayores controversias de por medio. Con todo, más allá del egocentrismo, lo positivo es el hecho de no despreciar tales problemas. Creo que la sola preocupación por estas inquietudes ya se vuelve meritoria, reflejando un uso correcto del pensamiento. Es que podemos reflexionar sobre genuinas tonterías, despreciando todo contacto con aquellos temas de relevancia para el mejoramiento del ser humano; empero, optamos por considerarlos.
Necesitamos de la razón para explicar por qué motivo elegimos ayudar al prójimo y no, verbigracia, eliminarlo. Esta construcción de argumentos no es un asunto menor. Pasa que, si nos esforzamos en dar coherencia y claridad a nuestras fundamentaciones, no sólo demostraremos madurez cuando llegue la hora de tomar decisiones significativas, sino también podríamos despertar concordancias con los semejantes. Únicamente así, formulando esas aclaraciones en torno al actuar personal, surge la posibibilidad de tener diálogos provechosos, incluso debates que, una vez más, prueben cuán productiva es nuestra mente. La otra opción, siempre detestable, tiene que ver con quedar a merced de los caprichos. Es el camino que recorren quienes prefieren asociar la ética con los impulsos del momento, las emociones, pasiones o arrebatos capaces de conmovernos. Frente a ellos, toda tentativa de comunicación y comprensión es imposible.
Esta suerte de inteligencia o razonamiento moral no se agota en la explicación ni, aunque sean exitosas, las persuasiones que llevemos a cabo. Al margen de funciones como éstas, se nos depara un escenario en el que resulta posible juzgar. No ignoro que, entre otras cosas, por ética podemos entender el arte de vivir en libertad, por lo cual, en principio, correspondería a cada cada uno proceder conforme a sus convicciones y, consiguientemente, no recibir ningún cuestionamiento al respecto. Sin embargo, cuando comprendemos que las decisiones adoptadas por una persona o grupo, lejos de ser benéficas, pueden causar grandes perjuicios, propios o ajenos, cabe criticarlas. Es hasta posible pasar del juzgamiento moral a la condena. De manera que, en nombre de una razón bienhechora, la indiferencia se torna injustificable.

Nota pictórica. Eósforo y Héspero es una obra que pertenece a Evelyn de Morgan (1855-1919).

29/6/18

La ilusoria pretensión del control absoluto




Cuando se elimina este freno del orgullo se da un paso más en el camino hacia un cierto tipo de locura: la intoxicación de poder que invadió a la filosofía con Fichte y a la que los hombres modernos, sean o no filósofos, se sienten predispuestos.
Bertrand Russell


Es erróneo suponer que la moderación resulta siempre positiva. Ocurre que, en ocasiones, las pretensiones elevadas pueden ser beneficiosas. Una genial obra de arte no suele relacionarse con aspiraciones menores del autor. Por supuesto, no descarto que, casi de forma regular, las personas se hayan topado con malos ejemplos al respecto. Los deseos de tener el poder absoluto, verbigracia, han dejado en lo pasado razones válidas para justificar su censura. Puede usar un tono modesto; empero, tarde o temprano, la megalomanía del gobernante nos tendrá como víctimas. En consecuencia, cabe tener reparos cuando aspirantes al ejercicio del mando dejan advertir su predilección por lo absoluto. Despreocuparse de aquello implica consentir nuestra paulatina sumisión. Con todo, tal como lo señalé al comienzo, es también posible que los anhelos de gran envergadura puedan juzgarse favorables.
No es lo mismo ansiar todo el poder que procurar la sabiduría en cualquier campo. Este segundo caso nos coloca en una situación que, para quienes aprecian la razón, puede calificarse de admirable, aunque, al final, reconozcamos su carácter ilusorio. Subrayo esto último porque, salvo para los creyentes, la omnisciencia es un atributo que nadie posee. No obstante, en distintas épocas, hallamos suejtos que tienen ese propósito intelectual. Lo pueden hacer por gusto, ya que la búsqueda genera placer, pero asimismo impulsados por otro motor: el orden. Desde su perspectiva, el conocimiento debe servir para tener certezas, permitiendo planes rigurosos y control de la realidad. Imperando esta creencia, se rechaza cualquiera de las inseguridades que nos imponga el destino. Porque son obstáculos que desencadenan inestabilidad, desequilibrios, más aún, descontrol.
En El mito de Sísifo, Camus reflexiona sobre cómo las personas se frustran frente al silencio del mundo ante nuestra pretensión de total comprensión. Nos gustaría someter al escrutinio de la razón desde las nimiedades hasta los fenómenos importantes. Quisiéramos tener una explicación omnímoda, ordenando cada uno de los elementos que se nos presentan, evitando reveses e imprevistos desagradables. El problema es que tenemos limitaciones, las cuales son irremediables. Así, lo sensato pasaría por aspirar a tener condiciones que nos ofrezcan cierta estabilidad. Todo lo demás nos superaría. Es una de las conclusiones que los abusos del poder nos han facilitado. Cada vez que quienes lo ostentan se creen capaces de conocer la realidad del modo más pleno posible, tomando decisiones ajenas, experimentamos problemas bastante arduos.
No pasa por fomentar una ética de la insignificancia. Es innegable que nuestras capacidades son limitadas, colocándonos, a veces, muy por debajo de algunos animales. Es cierto que muchos semejantes pueden construirse un pedestal desde donde observan solamente la inferioridad del prójimo; sin embargo, en general, esa supuesta supremacía es falsa. Pero ni siquiera la petulancia más grosera serviría para desconocer habilidades y virtudes auténticas que, mostrando su provecho, repercuten en nuestras decisiones. Somos, pues, capaces de logros que tengan un signo positivo. Podemos ampliar nuestros conocimientos, expandiendo los efectos de habilidades que se perfeccionan gracias a la voluntad personal. Lo que no se debe pretender es el dominio completo de las circunstancias, escenarios o cualquier contexto en donde nos encontremos. Ser conscientes de esta insuficiencia puede salvarnos de pesados desencantos.

Nota pictórica. Regreso inesperado es una obra que pertenece a  Iliá Yefímovich Repin (1844-1930).

14/6/18

Contra la superficialidad y el simplismo




He aspirado siempre a un pensamiento multidimensional. Nunca he podido eliminar la contradicción interior. Siem­pre he sentido que las verdades profundas, antagonistas las unas de las otras, eran para mí complementarias, sin dejar de ser antagonistas.
Edgar Morin


Vivimos en una época que, generalmente, por desgracia, no busca la profundidad, sino, como sostuvo Arendt, el aplanamiento. En efecto, muchas personas prefieren eludir las exigencias de orden intelectual, el esfuerzo que se precisa mientras procuremos distanciarnos del engaño. Existe una peligrosa predilección por permanecer en la superficie, relegando cualquier inquietud que sea capaz de afectar nuestra paz. Es que, teniendo esa clase de actitudes, numerosos problemas no son advertidos ni, por ende, analizados para su respectiva resolución. Porque no basta con examinar las consecuencias, lo que se nos muestra sin complicaciones, a simple vista; debemos también apostar por examinar sus raíces. Está claro que, pese a tener la mejor de las intenciones, podemos equivocarnos; sin embargo, hay mayores probabilidades de avanzar cuando uno deja lo que parece obvio, así como los prejuicios, para enfrentarse a otros desafíos.
Nos falta profundidad; empero, tenemos asimismo problemas por el predominio de las simplicidades. En vez de notar cuán complejo resulta nuestro acercamiento a entendimientos que parecen plausibles, nos inclinamos mayoritariamente por la síntesis, los reduccionismos, las visiones maniqueas. De manera que la división del mundo en buenos y malos, decentes e infames, por dar dos claros ejemplos, nos guía entretanto agotamos nuestros días. Por desventura, no todas las cuestiones de importancia para nosotros, sea como personas o ciudadanos, permiten esa dicotomía. Cuando hay seriedad, el pensamiento rebasa las fronteras dictadas por quienes creen que la comprensión del mundo es una labor tan sencilla cuanto definitiva. Sólo para los fanáticos basta con elegir entre blanco y negro. Desde luego, este tipo de posturas torna inviable toda discusión que aspire a ser beneficiosa.
En una disertación del año 1954, Popper defendió que, para tener un debate provechoso, no era indispensable contar con el mismo marco teórico. Regularmente, los científicos e intelectuales piensan lo contrario: sin tener un común denominador, una serie de nociones que sean compartidas por dos interlocutores, cualquier disputa entre ambos sería imposible. No es inevitable que sea esto así. Es que, aun cuando tuviéramos diferentes puntos de partida, nos uniría el objetivo: aproximarnos a la verdad. Por supuesto, no es una meta menor; es más, su sola definición podría originar una gran cifra de polémicas en las cuales estuviéramos enzarzados. Con todo, si tenemos buena voluntad, ese propósito podría evitar que nos detuvieran los obstáculos de carácter metodológico para conversar con nuestros semejantes. En resumen, nada impide que, partiendo de contextos o enfoques distintos, diversos individuos puedan contemplar cómo su controversia es extinguida. Lo penoso es que, en varios temas, puede más el atrincheramiento de los bandos en disputa.
Sin duda, no es una tarea de fácil consumación. Si se pretende la llegada de días gloriosos o, al menos, muy gratos, ensalzados por el prójimo, el camino debe ser otro. Pensemos, por ejemplo, en cómo se conquista y conserva el poder. Para lograrlo, usted no necesita ser profundo ni, peor aún, complejo. Es más, puede ser todo lo contrario sin correr el riesgo de perder la confianza del elector, ese ciudadano acostumbrado a las respuestas vagas sobre nuestra problemática. No obstante, cuando optamos por contradecir esa tendencia mayoritaria, evidenciamos el objetivo de tener una vida en que nuestra capacidad racional no sea decorativa.

Nota pictórica. El sembrador es una obra que pertenece a John Rogers Herbert (1810-1890). 

1/6/18

Cuando los libros comienzan la batalla





No se trata de hacer inteligible una obra, sino de sensibilizarnos hacia lo que constituye su valor.
André Malraux

En 1888, mucho antes del llamado de Sartre al compromiso intelectual, Manuel Gonzáles Prada denunció a la fraseología, un vicio que infestaba Perú. Así, en diferentes ámbitos que presentaba la literatura de su país, nos topábamos con palabras tan abundantes cuanto infértiles. Pero no pasaba solamente por la cantidad, ese número del todo indigerible que no refleja buen juicio ni, menos aún, escrúpulos estéticos; el problema giraba en torno a las ideas. Se decía demasiado sobre diversos temas, mas casi nada valía la pena. Podíamos llenar numerosas páginas; empero, poco resultaba útil para las tareas del pensamiento. Se demandaba, pues, la presencia de escritores que asuman el deber de abrir los ojos del prójimo, ayudando a liquidar mitos, supersticiones y prejuicios.
Porque las reflexiones que se dejan por escrito pueden suscitar cambios de gran valía. Una sucinta obra como El príncipe, por ejemplo, engendró tantos fenómenos políticos que, sin su lectura, muchos quehaceres del poder resultarían inconcebibles. Lo mismo se puede afirmar en relación con una genial obra colectiva, la Enciclopedia. En efecto, sin el esfuerzo llevado adelante por Diderot y D'Alembert, entre otros pensadores, varias injusticias continuarían formando parte de nuestra realidad. Fueron ellos, con sus textos e intervenciones públicas, los que nos invitaron a creer en el advenimiento de mejores días. No se trataba de meras ilusiones; hacían lo posible por recurrir a la razón y cuestionar todo lo que obstaculizaba nuestro distanciamiento del error. Es que, si bien los libros podían entretenernos, se hallaban asimismo en condiciones de facilitarnos el rechazo a engaños, necedades y cualesquier dogmatismos.
Desde luego, así como hay obras emancipadoras, beneficiosas para que cada quien piense por sí mismo, tenemos otras destinadas a la multiplicación de siervos. Sus autores se constituyen en el mentís de la figura del intelectual. Pasa que, en lugar de promover una discusión del todo abierta, lo cual es invariablementee provechoso, prefieren alentar la uniformidad. Todos los catecismos, sean éstos religiosos o laicos, han contado con este propósito. Mi lucha, de Hitler, así como el Libro rojo, que contiene pensamientos elaborados por Mao, son dos muestras del caso ya descrito. Su contenido fue forjado con el ánimo de convertir lectores en sujetos que se limiten a repetir los prejuicios y demás tonterías del autor. No obstante, ni siquiera en estas circunstancias se sugiere rehusar la lectura, sino tan sólo preservar un saludable escepticismo.
Es verdad que un escritor no es responsable de todos los entendimientos fraguados por sus intérpretes. Variadas tesis que se han lanzado acerca del pensamiento de Nietszche, Adam Smith o Marx, a veces, responden al delirio del fanático y no a su desapasionado estudio. En cualquier caso, sea respetando el planteo incial del autor o dejándonos llevar por las aventuras de sus exégetas, tendremos una obra con la que se puede iniciar nuestra lucha contra el oscurantismo. Se sabe que no es una labor sencilla; por el contrario, si nos abstuviéramos de ponerla en práctica, evitaríamos distintos sinsabores. Porque no todos agradecen que se tome la palabra para poner en cuestión sus más significativas certidumbres. Sin embargo, cuando un libro lo consigue, no sólo alimenta el espíritu crítico del lector; también, al lanzar éste sus interrogantes a la sociedad, favorece nuestra convivencia. Una doble ganancia de la cual no sería sensato privarse.

Nota pictórica. Máscara y libros es una obra que pertenece a Wladyslaw Slewinski (1854-1918).

18/5/18

H. C. F. Mansilla y la vocación intelectual




La persona se define por su asentimiento a los valores de la verdad, la belleza y el bien ético; por su vocación de realizarlos. Pero la proyección hacia los valores no es válida si no es directa y libre, esto es, si no es personal.
Francisco Romero

En una conferencia del año 1970, don Julián Marías enseñó que, aunque lo intentáramos, nunca podríamos escoger dos ingredientes radicales de nuestra vida. El primero es la circunstancia, esas condiciones que, en mayor o menor medida, influyen cuando debemos tomar decisiones. Así, tenemos factores físicos, químicos, pero también políticos, económicos, culturales y, desde luego, históricos que nos colocan en un escenario menos amplio de lo supuesto. No significa que nos dejen sin alternativas; simplemente, éstas pueden llegar a reducirse de manera severa. El segundo elemento que no podríamos elegir es la vocación. Se trataría de un llamado gracias al cual el hombre se realizaría a cabalidad. Es cierto que, por distintas causas, uno puede seguir otro camino, porque, en ocasiones, cumplir con el destino personal resulta demasiado difícil. No es seguro, pues, que todos insistan en arribar a esa suerte de meta existencial.
Elegir una vocación implica que nos dediquemos a su puesta en práctica de forma militante. De lo contrario, estaríamos protagonizando juegos, ejercicios de simulación. Sucede algo similar con los niños. En efecto, tal como lo apunta José Luis López Aranguren, cuando ellos juegan a ser piratas, príncipes, policías o ladrones, se hallan en una evasión de la realidad. Empero, lejos ya de su infancia, todo individuo no debería estar en esa mascarada, probando oficios, lo cual implica perder tiempo para lo que es verdaderamente importante. Lo primero que debería interesarnos es transitar por esa senda en donde nos sentimos más a gusto. Podemos toparnos con dificultades de diversa índole, incluso fracasar en el recorrido; no obstante, a la postre, haberlo intentado nos librará del arrepentimiento que llega durante los últimos estertores.
H. C. F. Mansilla es un intelectual a carta cabal. Los tres tomos de sus Obras selectas, publicadas magníficamente por Rincón Ediciones, lo demuestran con absoluta contundencia. El llamado a tener una mirada crítica, sin fanatismos ni contraproducentes indulgencias, ha sido asumido por él de modo ejemplar. Desde 1962, año en que escribió un texto biográfico y apologético del mariscal Santa Cruz, hasta el más reciente de sus ensayos, nos encontramos con quien no ha temido importunar al semejante con observaciones, cuestionamientos e indelebles interpelaciones. Con este ánimo, ha reflexionado sobre problemas de naturaleza ecológica, religiosa, psicológico-social, así como acerca del narcotráfico y la violencia política. Además, lo ha hecho mientras evitaba los extremos, huyendo de las explicaciones simplistas, resistiéndose a comodidas ofrecidas por prejucios y lugares comunes: pensando con el mayor rigor y franqueza que le han sido posibles.
No es irrelevante que acentúe su sinceridad. Ocurre que, en ese mundillo de los intelectuales, varios sujetos sobresalen por la impostura. Regularmente, son los mismos que, por un cargo diplomático u otra concesión cualquiera, pueden cambiar de ideario sin sentir ningún bochorno. En las páginas de Mansilla no hay nada que pueda ser expuesto como oportunismo. Cuando era joven, no fue marxista, como muchos de sus contemporáneos; en Bolivia, criticó el nacionalismo revolucionario, mas también lo que llama neoliberalismo plutocrático-plebeyo, hasta llegar al actual proceso de cambio. Al margen de sus novelas, contenidas asimismo en las Obras selectas (los lectores de ficciones lo agradecerán), los escritos que llevan su firma evidencian tamaña fidelidad a su vocación.

3/5/18

La tradición del doctor altoperuano





Al intelectual no le es lícito mentir, y si miente debe perder el derecho a ser tratado como tal.
Julián Marías


La frase indignó a Franz Tamayo porque, según este poeta y maravilloso insultador, sirvió para denigrar al boliviano. Los problemas que amargaban la vida de sus compatriotas habían sido, pues, agravados debido a esas palabras inmortalizadas por Gabriel René Moreno. Pasa que, cuando hablaba del “doctor altoperuano”, el historiador no tomaba la pluma para elogiar sus virtudes; se trataba de atacar a un ser legítimamente repudiable. No pasaba por el origen regional; cualquiera podía incurrir en esas actitudes y prácticas. Aludo a individuos que se caracterizan por la doblez y las astucias inescrupulosas. Olvidan toda idea de moralidad, ya que un marco ético les resulta inconcebible. Como es sabido, Casimiro Olañeta fue un caso emblemático, una persona que cambió de bando en la lucha independentista y, durante varios años, manipuló a hombres del más diverso pelaje. Por desgracia, ese mortal no ha sido el único en esta sociedad que puede engendrar verdaderas infamias.
Alcides Arguedas, admirador de Moreno, aborreció también a esos sujetos que, sin ninguna congoja, podían inventar alegatos para defender el orden colonial o, si se lo precisaba, promover una revuelta. No ansiaban la contribución al esclarecimiento de los hechos ni, menos aún, acabar con las injusticias. Lo fundamental era prestarse a todo fin que favorezca sus intereses. La interpretación de las leyes admitía cualquier tergiversación hasta lograr su objetivo: satisfacer los requerimientos del superior. No existía la menor de las vacilaciones al buscar ese propósito. Porque, desde su óptica, la verdad es un término que puede servir para dar envoltura decente a las más groseras falsedades. Huelga decir que, al seguir este camino, ofreciendo sus destrezas para beneficio del engaño colectivo, un intelectual se convierte en una negación de su naturaleza crítica.
Con certeza, las retribuciones que causaba esa combinación de palabrería con falacias remunerativas hizo apetecible la conquista del título de abogado. Conforme al autor de Pueblo enfermo, la familia provinciana se ilusionaba con presentar al hijo como doctor. Es más, erróneamente, se consideraba que la portación del grado académico ya lo colocaba por encima de quienes no habían accedido a una educación superior. Se perseguía entonces la gloria, el poder y, como consecuencia de éste, los enriquecimientos extraordinarios. Pueden hablar acerca de fines elevados, acentuar su desprendimiento en favor del país entero; no obstante, sus ambiciones han sido bastante primarias.
Lejos de acabar, esa tradición continúa vigente en Bolivia. Es el ejemplar caso de Álvaro Marcelo García Linera. Ocurre que, si bien uno puede formarse como autodidacta, sin necesidad de pisar la universidad, resulta incoherente y censurable recurrir al engaño para ser consagrado en ese campo. Como el doctor altoperuano de René Moreno, quien ejerce la segunda magistratura se ha obsesionado, aunque procure negarlo, intentando que lo encumbren con algún título. Recuerde usted lo que sucedió con su “licenciatura” en matemáticas, anotada en registros de orden público, pese a no haber concluido ni media carrera. Por otro lado, ese funcionario de Bolivia pudo haber criticado antes el régimen palaciego, las frivolidades en torno a títulos nobiliarios que enorgullecían a familias sin abolengo; empero, recibe gustosamente cualquier distinción institucional. El panorama es así de contundente. Ya no hay sólo impostura; su revolución ha encallado en una patética ridiculez.

Nota fotográfica. La imagen que ilustra el texto ha sido tomada del diario Página Siete.

20/4/18

Cuando el pensamiento es maléfico





El hombre moderno tiene la pretensión de pensar despierto. Pero este despierto pensamiento nos ha llevado por los corredores de una sinuosa pesadilla, en donde los espejos de la razón multiplican las cámaras de tortura. 
Octavio Paz


Estamos acostumbrados a concebir el pensamiento como algo positivo y, por tanto, deseable. Creemos que, merced a su ejercicio, los hombres se hallan en condiciones de progresar. Así, asociamos su puesta en práctica con el mejoramiento de nuestra existencia, tanto individual como social. Por el contrario, si llevamos a cabo actividades que le resultan adversas, lo venidero no podría sino ser considerado sombrío. Se entiende, pues, que, por sí misma, cualquier reflexión contribuiría invariablemente al bienestar de quien la consumara. La revisión del pasado nos ofrecería más de un ejemplo al respecto. Aludo a sujetos que, usando el cerebro, meditando y teorizando, habrían tenido una vida digna de ser admirada. Es más, si, como consecuencia de sus ideas, fueron perseguidos, nos parece natural decantarnos por venerarlos. El caso de Sócrates, condenado a beber la cicuta por sus peligrosos razonamientos, es un hecho que nos conmueve y todavía indigna.
Pero la realidad, en las diferentes épocas que están marcadas por nuestra capacidad reflexiva, tiene también otras experiencias. En efecto, imaginar que, cuando un hombre se sienta a discurrir sobre sus problemas, sólo podría suscitar cambios benéficos es erróneo. Se trata de una ingenuidad que, en su momento, fue refutada por Rafael del Águila. En 2004, este pensador criticó lo que llamó “falacia socrática”. En su criterio, aun cuando nos cause dolor, afectando el orgullo intelectual, ese maestro de Platón se había equivocado. Era falso que el pensamiento conduce necesariamente al bien. El mundo nos ofrecía diversas muestras de los daños que ciertas ideas —no escasas, sin duda— habían traído consigo. No niego que haya personas con muy meritorias intenciones, mortales para quienes sus respuestas resolverán todos nuestros conflictos; empero, los resultados pueden ser distintos de las intenciones del razonador.
No me limito a evocar planteamientos que, como en el caso del nacionalsocialismo, estén infestados por una grosera malignidad. Porque nos topamos allí con ideas que han sido forjadas para justificar los abusos, las agresiones físicas, hasta el asesinato. Son disquisiciones que, inequívocamente, alientan la perpetración de crímenes del todo infames. Sin embargo, en ocasiones, por más angelical que parezca, un ideario podría desencadenar situaciones similares. Sucede que, aunque hable usted del amor al prójimo, de la paz ganada gracias a los productos del pensamiento, nada garantiza su obtención. Aclaro que no descarto el riesgo del entendimiento traicionero. Con seguridad, cabe considerar la posibilidad de que los seguidores, fanáticos e intérpretes no tengan una mirada afín al objeto perseguido por su pensador predilecto. De esta manera, por ejemplo, enseñanzas en torno al humanismo podrían, debido a la obra del discípulo, alentar la inhumanidad.
En su libro Sócrates furioso, Del Águila cuestiona asimismo la premisa de que el bien nos lleve siempre al bien. Es que, según esa cándida creencia de los pensadores nunca maléficos, ellos jamás causarían daño mediante sus bondadosas cavilaciones. Lo cierto es que, por sus secuelas beneficiosas, se puede justificar aun la consumación de un acto negativo. Si no aceptáramos la validez de esta lógica, hallaríamos inaceptable que alguien mate a uno o más tiranos, causando un mal individual, pero, por otra parte, simultáneamente, restableciendo el sosiego entre sus conciudadanos. Está claro que, a veces, los caminos de la maldad pueden tener una buena meta.

Nota pictórica. Pensador es una obra que pertenece a Ivan Nikolayevich Kramskoy (1837-1887).