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04/02/10

De los empresarios sin ideología

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«Los sabios antiguos se preocuparon de investigar, en el terreno de las filosofías, dónde estaba radicada el alma humana, si en el dedo gordo del pie o en la vesícula biliar. Si hubiesen examinado a cualquier gerente industrial habrían sabido de inmediato, sin necesidad de acudir a Platón o a Aristóteles, que el alma –soplo vital de algunos hombres–, se encuentra situada en la cartera».

José Calderón Salazar, Letras de liberación.


En declaraciones que dio recientemente a los diarios más prestigiosos del país, Gabriel Dabdoub Álvarez pregonó una convicción estremecedora: el empresario no tiene ideología. La frase no fue ocasionada por tergiversaciones periodísticas ni es atribuible a un error cometido al hablar; el máximo representante de la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia (CEPB) pronunció esas palabras porque cree que forman una verdad incuestionable. Explicando ese dictamen, el aludido sujeto señaló que la llegada del socialismo no debía reputarse amenazante, pues, desde su perspectiva, era irrelevante discutir sobre la orientación izquierdista o liberal de un régimen. Ahora bien, como emancipar las actividades económicas de cualesquier dependencias ideológicas es imposible, conviene razonar acerca del asunto para que quienes apoyan esa quimera puedan ejecutar autocríticas y, si la inteligencia no ha sido proscrita, rectificar su criterio. Conjeturo que meditar no provoca migraña en todas las unidades productivas; por tanto, encuentro atendible mi propósito.

El vínculo entre propiedad privada y libertad individual es un hallazgo de John Locke, fundador del liberalismo. Esta doctrina es la que defiende los mercados libres, la prudencia fiscal, las estimulaciones tributarias, el rechazo al estatismo, por mencionar algunos puntos de índole crematística. Mas un liberal se esfuerza también para conseguir una realidad en la que los demás derechos humanos, tan valiosos como el de la propiedad personal, sean apreciados con igual firmeza. Por consiguiente, pretender la existencia de un orden económicamente liberal en cualquier escenario ideológico, peor todavía uno socialista, es atentar contra su propia naturaleza. Es cierto que una salvaguarda parcial de la libertad puede ser lucrativa; sin embargo, tarde o temprano, el ataque a sus expresiones éticas y políticas terminará segando esa facultad que los dueños del capital estiman imprescindible. Si queremos mantenerlo vigente, las bases teóricas de un lineamiento que nos agrada no deben ser desairadas. Ocurre que, al no proceder así, mediante acciones favorables a sus impugnadores, arriesgamos los efectos del postulado que nos beneficia.

Los experimentos socialistas han demostrado ser ineficaces desde que alguien tuvo la demencial idea de promover su realización. Hasta el momento, los gobernantes que adoptaron las diferentes corrientes del marxismo descollaron por sus crímenes políticos, agresiones a la dignidad humana y propagación de miserables. Además, la lista de las principales potencias económicas prueba que sus premisas no tienen ningún provecho, salvo el de evidenciar cuánta irracionalidad alojan los izquierdistas. Excluyendo a los miembros de la CEPB, nadie desconoce que la empresa privada es anatemizada por quien desea una dictadura del proletariado o el espantoso capitalismo de Estado. Esto hace que, cuando hay autenticidad en los dos conceptos, la concordia sea inviable. Aun las propuestas socialdemócratas que respaldan la libertad individual pueden tolerarse –aunque con un recelo pertinaz–, pero jamás aprobar el advenimiento de colectivismos.

Cuando lo único que interesa es el cuidado del patrimonio personal, los escrúpulos desaparecen al consumar negocios de todo tipo: no afecta que la otra parte intente levantar un sistema en el cual las libertades civiles y políticas sean deterioradas; deben causar indiferencia, quizá congratulaciones, los actos autoritarios del comprador de nuestros productos o servicios. Esa persecución amoral de riqueza permite presenciar, sin conmoverse, a compañeros del gremio que son fustigados por el nuevo cliente. Ellos suponen ingenuamente que no tendrán una molestia similar, porque sus contactos en el Gobierno les prometen un compadrazgo perpetuo. Bajo el pretexto de la neutralidad ideológica, entonces, nada impide que, como sucedió durante las dictaduras militares, se pacte con un grupo decidido a conducirnos al abismo. No debe olvidarse que una conducta parecida hizo posible la crecida del nazismo, cuyas brutalidades son conocidas incluso por los dirigentes de las organizaciones empresariales.

27/01/10

Por la vigencia de nuestro anhelo

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Durante los últimos meses, el desánimo prosperó entre quienes extenuaron sus gargantas con el objetivo de agraviar, siquiera verbalmente, al régimen que dirige Juan Evo Morales Ayma. El fervor que singularizó las movilizaciones cívicas, los heroísmos parlamentarios y la resistencia de autoridades republicanas fue disminuyendo hasta volverse imperceptible. Antes que algunos opositores facilitaran el arribo del ocaso, ninguna proeza parecía irrealizable; la confianza en nuestras ideas, siempre superiores, cimentaba los mayores planes, aun las ensoñaciones más utópicas. Se llegó al fascinador extremo de relegar la legalidad porque las innovaciones del oficialismo contrariaban un código ético que, desde hace mucho tiempo, se respeta en Occidente. En ese lapso, al igual que Thoreau cuando cuestionó la esclavitud, hubo personas dispuestas a obedecer lo prescrito por su conciencia, siguiéndola sin vacilaciones, aunque ello supusiera violar las leyes. Para no avivar la nostalgia, tal vez baste afirmar que estuvimos cerca de participar en una verdadera desobediencia civil.

El Movimiento Al Socialismo ha sido pródigo en dar motivos para desacatar sus normas. Acostumbrados al despotismo y el ataque a quien no comparte las imbecilidades del partido gobernante, los oficialistas trabajan en la imposición de reglas perjudiciales, preceptos que buscan sólo derrocar la obra político-institucional moderna. Recurriendo al monopolio de la coacción legal, ellos exigen que los acompañemos en este viaje a la desventura. Si optamos por condenar el trayecto, recordando masacres e indigencias del pasado, traen a nuestra memoria los excesos antijurídicos que se han cometido con su aquiescencia. Es superfluo formular amenazas que intenten amilanarnos; el mal es regularmente actual, cercano, forzoso. Como ha pasado con todas las dictaduras, el Gobierno deja la protección del ejercicio de los derechos elementales para permitir un sometimiento al orden preconizado por el autócrata, pues no consiente limitaciones al poder. La utopía que persiguen demanda el abandono de las conquistas del mundo civilizado.

Frente al proyecto masista, surge el ideal que tiene como piedra de toque la libertad individual. Según esta óptica, el robustecimiento de la Administración pública conlleva inevitablemente una reducción del campo privado, poniendo en riesgo a los sujetos que procuran vivir sin controles arrogantes. La burocracia debe mantener las circunstancias requeridas para el desarrollo soberano del hombre, quien, junto con sus congéneres, fija los límites racionales que precisa todo gobernante. Las sospechas acerca del peligro de su expansión se hallan fundadas, más aún cuando aquélla es materializada en lugares donde la propensión al autoritarismo es masiva. Cualquier propuesta que contradiga esta verdad se asienta sobre bases monstruosas; glorificada, sus perversiones son ineluctables. En suma, siendo liberal, sostengo que la fórmula de individuos autónomos, sociedades abiertas y economías libres constituye nuestra mejor opción si ansiamos terminar con las vilezas del presente.

Advertidos los designios de ambos planteamientos ideológicos, la supremacía del segundo reclama un apoyo sin mesura ni perplejidades. Además, cuando hay elecciones, esta convicción debe manifestarse en la colaboración entusiasta, invariable, tenaz al candidato que atice la esperanza de concretar los antojos desencadenados por el liberalismo. Sus contendores no deben despertar conmiseración, ya que, mientras la situación sea crítica, los desaciertos producirán perjuicios severos, probablemente irreparables. En este sentido, exteriorizo mi respaldo a la candidatura de Juan Carlos Urenda Díaz porque considero que sus razonamientos y actitudes son adecuados para construir el destino anhelado por quienes repudian el edén que ofrecen los gobiernistas. Estoy seguro de que sus correligionarios no descuidarán la libertad, el mayor valor; sin duda, ellos no parecen tener las características del anterior plantel prefectural. Espero que los demás ciudadanos apuesten también por la perseverancia de nuestra lucha. La repetición de yerros electorales puede resultar mortífera.

Apunte fotográfico. La imagen que ilustra mi texto pertenece al periódico El Deber.

13/01/10

La nociva trascendencia de lo marginal

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Al valorar una idea, no se debe ponderar la edad, sexo, patrimonio, nacionalidad o raza del mortal que ha gestado el planteo. Mientras sea factible, los pensamientos tienen que analizarse sin tomar en cuenta esas particularidades, esos factores relacionados con el azar y los mandatos externos; sublimar la importancia de tales cuestiones implica restringir, aun abrogar, la libertad. Ante todo, hay que preguntarse por la solvencia de las reflexiones, para lo cual no es fundamental constatar dichos rasgos del autor. Solamente los veneradores del determinismo se preocupan por endiosar esas características personales, pues suponen que su conocimiento posibilitará descubrir al verdadero hacedor de la proposición. Es que, conforme a esta postura, cada uno sería un conjunto de influencias privado del menor albedrío. Esto quiere decir que, si no pretendemos ser considerados meros objetos, simples instrumentos, corresponde desdeñar las peculiaridades en pro de una inquisición sustancial del parecer.

Nadie debe jactarse de haber nacido en la época que lo hizo. El comienzo de nuestra existencia está marcado por la negligencia, voluntad o desenfreno del prójimo. Aun cuando denote gracia divina, la concepción es un hecho que llega sin consultarnos sobre las circunstancias deseadas para el alumbramiento. Siguiendo esta línea, tampoco cabe infatuarse de los años que uno cuenta, peor todavía emplearlos como garantía del brillo irradiado por nuestras premisas. Pasa que la idiotez no es exclusiva de ninguna edad; asimismo, el esplendor intelectual se puede presentar en infantes, mozos, adultos y ancianos: el paso del tiempo asegura desgaste físico, mas no prescribe los ritmos mentales. Lo que interesa es el tino del razonador; sus años, aunque sean pocos, no deben convertirse en subterfugios ni causar indulgencias. En definitiva, exceptuando el caso de las pesquisas biográficas, la edad que tiene un pensador no es esencial para evaluar sus apreciaciones.

La razón es una función vital que tienen hombres y mujeres. Ambos géneros pueden usarla, explotarla e incluso fatigarla. No habiendo preferencias en este ámbito, exigir alabanzas por cualquier ocurrencia femenil merece la misma censura que uno fragua tras enterarse de sandeces masculinas. Un axioma subsiste independientemente del sexo que tenga quien lo ha edificado. Sostener lo contrario es absurdo, tanto como establecer grados fijos de inteligencia a las personas según su patrimonio. Sucede que, para ser válido, el juicio de un potentado necesita del examen al cual son sometidos los dictámenes vertidos por quienes perciben ingresos menores. Las teorías no apelan a la fortuna del que logró construirlas para ganar veracidad, pedir aprobaciones, demandar enaltecimientos; su grandeza deriva de la lógica, en cuyo reino es vano el poder económico. Así, podemos tener la curiosa experiencia de hallar a sujetos racionales en los dominios del empresariado. Sé que suena ilusorio; empero, no estamos libres de presenciar el prodigio, la reconciliación posmoderna entre cultura y peculio.

«La gente mirará hacia atrás, hacia nosotros, encerrados en fronteras, entrematándonos por rayas en los mapas, y dirán: qué estúpidos fueron». Estas palabras pertenecen a La guerra del fin del mundo, conspicua novela de Mario Vargas Llosa; hoy, imaginando a patrioteros e individuos racistas, juzgo necesario recordarlas porque las exaltaciones sustentadas por vínculos con el Estado y árboles genealógicos continúan siendo tan erradas cuanto peligrosas. Postular que una zona del planeta confiere infalibilidad a sus habitantes, motivando cualesquier acciones, resulta plenamente rebatible. Idéntico veredicto debe lanzarse tras escuchar las alegaciones de los que, a pesar del cruento siglo XX, defienden una presunta superioridad étnica. La observación es plausible hasta cuando se trata de criticar orgullos plurinacionales, puesto que ni una extravagancia como ésta suaviza ese disparate; por el contrario, lo agiganta sin pudor.

Nota pictórica. El entreacto es una obra de Honoré Daumier (1808-1879).

29/12/09

Escribir en tiempos bárbaros

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A H.C.F. Mansilla
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El rigor del desencuentro entre la literatura y los dictadores contemporáneos me ha llevado a pensar en las razones que pueden ser esgrimidas, aunque sea precariamente, para justificar el hábito de redactar críticas antigubernamentales. Discurro acerca de esto porque, verificado el aumento de oficialistas, uno vacila sobre la utilidad contenida en sus textos. Como se sabe, las disquisiciones puestas por escrito han tenido el poder de abonar insurrecciones, abolir credos, mejorar las sociedades humanas; en consecuencia, sus creadores probaron que esos ejercicios del intelecto son provechosos. Desde luego, los escritores que condenan las tonterías, desaguisados e insensateces del gobernante reciben variadas atenciones: si no se quiere lidiar con frustraciones oceánicas, debe aceptarse que pocos emularán a Voltaire, Sartre, Russell, Paz o Vargas Llosa. Pese a ello, contemplando una fotografía del genial Unamuno, procuro explicarme por qué persisto en esta clase de actividades.

Yo declaro que, aun cuando se trata de temas políticos, la vanidad está presente al iniciar cualquier composición. El deseo de ser elogiado o, por lo menos, dejar cavilando a un sujeto que resolvió leerme crece mientras elaboro cada párrafo. Cabe aclarar que no tengo aspiraciones hiperbólicas, ansias de reconocimiento plebeyo; en este asunto, el alborozo adviene si un ciudadano ilustrado considera mis proposiciones indignas del bostezo. Aprecio esta secuela porque, como no ambiciono fallecer con numerosos manuscritos que deban editar mis deudos (quienes lo harían para evitar molestias de ultratumba), encuentro inconcebible la falta de publicación. Es que uno debe recurrir a cualesquier medios para hacer conocer esa idea, ese razonamiento capaz de provocar al semejante y corroborar nuestra destreza. Así, el afán de suscitar encomios se mantiene firme durante la creación literaria, pero flanqueado siempre por las ganas de influir en el comportamiento ajeno.

Hace muchos años, subyugado por la pesadumbre que lo acechó a menudo, Alcides Arguedas dijo: «El escritor de vocación gasta su vida entera sobre los libros, y, cuando los produce, apenas alcanza a pagarse con la ganancia el barato vicio del tabaco…». Rememoro el aserto porque soy consciente de cuán difícil es vivir gracias a las faenas estrictamente intelectuales. Son escasos los meditadores que pueden escribir sin experimentar angustias económicas; en general, estas labores se realizan con el patrocinio de otras tareas. No hay, pues, móvil pecuniario que impulse mi escritura. Esto no significa que lo único importante sea la remuneración; si amparara esa tesis, me dedicaría a confeccionar libros de autoayuda o hagiografías izquierdistas. El punto es que, aunque no tenga dicho interés, una contraprestación como ésa sirve para incentivar el uso de la crítica, bien preciado en estos tiempos bárbaros. Por desgracia, la sindicación de percibir un salario del Imperio estadounidense y los latifundistas es una mentira completa.

Teniendo en cuenta lo que sucede hogaño, sería estúpido destacar la eficacia de los escritos forjados para desacreditar al Gobierno. No dudo de las felicitaciones y exiguos gajes que habrán generado a sus autores; me refiero al efecto entre los ciudadanos. Es probable que sólo algunas personas hayan revisado su posición como consecuencia de un ensayo proveniente del bloque opositor. Con todo, vale la pena persistir en el cumplimiento de esta misión, mantenerse impasibles ante las decepciones electorales. Este presente puede ser lastimero, mas queda el alivio de que tuvimos la razón y decidimos pregonarla por escrito. Porque, dentro del lance con el oficialismo, cualquier partidario de la libertad individual hallará en nuestros párrafos el mismo espíritu que ha estimulado históricamente a quien se levanta contra las infamias. Actuar motivado por esa esperanza es defendible, acaso suficiente para fundar estas nimiedades.

Nota pictórica. Don Quijote y Sancho Panza es una obra de Teodoro Núñez Ureta (1912-1988).

21/12/09

Desahogo de un opositor auténtico

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Confieso que la sola imagen de Rubén Armando Costas Aguilera me produce una repulsión indescriptible. Además, desde hace algunos meses, no tolero sus tentativas de discurso ni el tono cavernoso que usa cuando los periodistas lo interrogan sobre la problemática del país. No cuestiono su notable falta de lecturas, ya que la bibliofilia es prescindible si uno quiere dedicarse a los quehaceres políticos; sin embargo, resalto que supere apenas al jefe del oficialismo en ese campo. Resumiendo, fue particularmente vergonzoso tenerlo como representante de la oposición más genuina con que contó el Gobierno hasta este momento. Es irrelevante lo aseverado por sus pendolistas, cortesanos y admiradoras, únicas personas que le reconocen un mínimo de luminosidad. Tal vez su mayor acierto haya sido gritar, frente a miles de cruceños, una frase con final malsonante.

Todo buen contrario al oficialismo sabe cuánto habíamos progresado hasta el año pasado. La oposición regional no era una farsa; los prefectos estaban en condiciones de resistir las ofensivas del Movimiento Al Socialismo. Incluso la coherencia, virtud ética que pocos poseen, acompañaba las decisiones adoptadas por quienes impugnaron el proyecto masista. Es inolvidable el rechazo contundente que originó la propuesta del referendo revocatorio, pues su inconstitucionalidad era palmaria. Al margen de la legalidad, el modo en que fue planteado tampoco permitía su aceptación: había demasiadas ventajas para el autócrata del Estado. No obstante, siendo predecible la revocación de dos autoridades antigubernamentales, Manfred Reyes Villa y José Luis Paredes, un diálogo con Jorge Quiroga Ramírez bastó para enviar al cadalso a los compañeros. El respeto al ordenamiento jurídico y, ante todo, la lealtad fueron conculcados por una determinación que aprobó Costas Aguilera.

Ése fue el primer ataque serio de la oposición contra sí misma. No demorarían los nuevos despropósitos. Al respecto, evoco las contiendas callejeras que los demócratas consumaron para proteger sus libertades, inconciliables con la mentalidad oficialista, elementales dentro de cualquier Estado moderno. Esos individuos cumplieron prestamente las órdenes dadas por la dirigencia; creían que sus líderes compartían los mismos principios y valores. Empero, el desencanto irrumpió cuando, luego de haber avanzado en la concreción del sueño autonómico, se les dijo que no tenían derecho a levantarse contra el proyecto dictatorial. Las oficinas públicas fueron entonces devueltas, acaso como prueba de una capitulación definitiva. A partir de ese momento, todos saben que la vigencia del Estatuto fue perturbada por una mezcla de cobardía e insinceridad.

Los opositores que tiene Morales Ayma en Santa Cruz pueden ser perseguidos, hostigados, calumniados, secuestrados y exiliados; como Rubén Costas prefiere no arriesgarse a perder ningún privilegio, su solidaridad se limita al terreno del consuelo mediático. Esto irrita pero no asombra. Recuerdo que la firma de su delegado Mario Cossío con el Gobierno se hizo mientras era detenido arbitrariamente Leopoldo Fernández, a quien nunca quiso respaldar durante las últimas elecciones. Yo lo acuso de haber facilitado el apresamiento del prefecto pandino; sin ese preacuerdo inverosímil, quizá la realidad hubiera sido distinta. Ahora, albergando fines electoralistas, habla sobre Branko Marinkovic, verdadero icono de nuestra resistencia. Por ello, le hago acuerdo del aislamiento que impuso al Comité pro Santa Cruz cuando aquél era presidente, porque sus intransigentes convicciones ideológicas impedían la negociación. El candidato a la reelección prefectural debe admitir que defiende únicamente sus propios intereses, en virtud de los cuales siente afecto por la tiranía presente. Es más, lo mejor sería que dejara las imposturas y empezara a cantar con el puño izquierdo en alto, formalizando una relación expuesta por los incontables masistas de la Prefectura.

15/12/09

La esperanza de un triunfo digno

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El reconocimiento del poder que tiene un enemigo es imperioso cuando pretendemos superarlo. La negación de sus habilidades vuelve imposible trabajar, con seriedad, en aquellas falencias que nos predestinan al fracaso; naturalmente, quien desdeña ese acto no arrostrará bien el desafío del combate. Uno puede disertar acerca de las destrezas y dones que lo envanecen, maximizar los méritos, construirse pedestales desde donde proclame verdades absolutas; empero, cuando la competición no es con el espejo, conviene reflexionar en torno al contrario. Es posible que, debido a sus carencias, los rivales sean incapaces de soportar la embestida menos furibunda. En este caso, hasta una preocupación ínfima sería exagerada. Pero puede aparecer también un contendiente virtuoso o, peor todavía, uno que posea vicios del nivel más repulsivo, gracias a los cuales acometa obtener la victoria. Desde luego, si esta situación se presenta, la identificación de nuestras cualidades sirve para enfrentar las perversiones extrañas.

En democracia, el triunfo electoral debe ser alcanzado merced a propuestas racionales que hagan conocer los candidatos al ciudadano, a quien convendría votar por el mejor plan gubernamental. Sin embargo, cuando los comicios se llevan a cabo en una sociedad maculada por el analfabetismo y la falta de cultura republicana, todo medio parece aceptable para conseguir la gloria. El mortal que despierte simpatía entre los votantes se apropiará del escaño; no interesa su listeza u honradez, pues muchos ciudadanos tienen la costumbre de apoyar al que posee otros atributos. Está claro que, si la mayor parte de los electores exulta mientras escucha elogios triviales, sus mandatarios nunca descollarán por el odio a las necedades. Es probable que la tentación del discurso demagógico cautive a varios políticos y les regale coros de galería; no obstante, imitando al adversario en esas bufonadas, uno demuestra solamente que ha trocado el predicamento de la razón por las estridentes alabanzas del populacho. Aunque demoren, los frutos de la lucha contra el barlovento llegarán para regocijo del individuo que fue reacio a prosternarse ante cualquier antojo mayoritario.

El tema es que, según los recursos empleados, la victoria comicial puede ser digna o innoble. La credulidad posibilita el encumbramiento de sujetos que, mediante promesas faraónicas y acusaciones al pasado del actual pauperismo, emboban a quienes se ilusionan cuando les habla un líder supuestamente todopoderoso e impoluto. Una ilusión colectiva suele ser innocua, tener a copiosos tributarios sin ocasionar ningún perjuicio; no obstante, si las quimeras predominan en el ámbito político, engendrando adhesiones a proyectos que no contiene la realidad, los resultados eleccionarios jamás serán el producto de un examen sensato del programa voceado por la hueste, sentenciando los años venideros al desastre. Sintetizando, aprovecharse de los sueños –a menudo alucinaciones– que incalculables hombres bosquejan en la miseria puede proporcionar laureles, mas hacerlo será siempre perjudicial e infame.

Convengamos en que no todos los electores tienen la misma calidad; por tanto, sus parámetros de valoración son regularmente distintos. Juzgando esto categórico, el orgullo de ganar una elección admite objeciones. Nadie duda de los beneficios que trae consigo triunfar en un lance democrático, pues, tras conseguirlo, una persona puede ejercer legítimamente las funciones encomendadas. Con todo, hay gran diferencia entre ser distinguido por ciudadanos que, refractarios al populismo, no temen vituperar las consignas monosilábicas y obtener la representación de creaturas decididas a perder su libertad para cumplir el anhelo del cabecilla. Sin importar su porcentaje, lograr los votos que hacen viable la primera distinción es una de las mayores ejecutorias políticas. Quizá su conquista persuada al resto de los súbditos a que deje su afición por la oligofrenia voluntaria. Ni siquiera hoy esto es irrealizable. Walter Benjamin me patrocina con una frase incomparable: «Sólo por amor a los desesperados conservamos todavía la esperanza».

Nota pictórica. La Academia de Platón pertenece a Rafael (1483-1520).

28/11/09

En defensa de la soberanía individual

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Quien rechaza, por temor, apatía o flojera, el ejercicio de la soberanía individual es cómplice del abuso que sufre su propia libertad. Aquél que, descartando las bondades de la razón autónoma, decide secundar maquinalmente a otra persona resuelve brindarse como instrumento del prójimo, anular su esencia para ser utilizado a discreción ajena. Kant se opuso a que los hombres sean usados como medios; esta posición no fue antojadiza, pues él quería preservar una concepción humana en la cual se reprochen las escalas humillantes. Es que, al emplear a un sujeto con el propósito de conseguir objetivos particulares o grupales, éste queda degradado, convertido en una cosa útil. Cada uno debe rehusar cualquier conato de sumisión, al igual que contribuir a que nadie la imponga en su nombre, aun cuando prometa beneficiarlo. Ya lo aseveró John Stuart Mill: «Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu, el individuo es soberano».

Sólo el hombre puede crear convenciones que nieguen tendencias naturales, rebelarse contra los mandatos dispuestos por las autoridades, levantarse para concretar una transformación radical. Asimismo, aunque algunos congéneres se resistan a hacerlo, ninguna otra especie tiene la capacidad de criticar su situación. Es válido sostener que renunciar a esta virtud conlleva mutilar una parte capital de nuestra esencia. Nada justifica proceder de una manera tan aborrecible como ésta, más todavía cuando la obsecuencia y el gregarismo han demostrado ser perniciosos en los diversos terrenos donde imperan. Tal vez la insubordinación que se muestre frente a los veredictos populares, mayoritarios, democráticos sea hoy, en Bolivia u otro Estado preponderantemente indocto, una prueba de lucidez. Esos seres que no piden la bendición del vulgo para contrarrestar a quienes los impulsan al delirio enaltecen la humanidad.

Es razonable que los individuos autónomos desconfíen del poder. El mantenimiento de algunas ventajas puede requerir su sacrificio. Además, cuando los aficionados al dogmatismo lo toman, el paso del recelo a la paranoia no parece desatinado: hasta las peores crueldades deben reputarse inminentes, ya que, ahora o mañana, éstas formarán parte de la cotidianeidad. Sucede que la busca del control absoluto de las esferas pública y privada no congenia con una conciencia crítica; siendo esta desarmonía molesta e irremediable, los ataques a quienes cuestionan esa pretensión absolutista se reproducen pavorosamente. Constatado ese tipo de ruindades, salvo que ansiemos vivir en una sociedad signada por el totalitarismo, nuestro repudio no puede ser vacilante ni llegar con demora. Menospreciar este problema revela el deseo de apoyar a los que procuran suprimir cualesquier autonomías.

Todo momento es oportuno para exigir a los gobernantes que respeten la soberanía. En tiempos dictatoriales, incluso durante una época de patrañas revolucionarias, no hay recurso que pueda considerarse inútil: cualquier defensa del orden en el cual se asegure ese obrar autónomo, librándoselo de presidios y cacerías que logren quebrantarlo, resulta fructuosa. Lo único vitando es la inactividad, el conformismo, aquella actitud que jamás será privativa de un individuo fidedigno. Éste no es un período de dicha; la desaparición de los contradictores intenta ser consolidada, con el apoyo del tropel, por esos enemigos que tiene aquí la doctrina liberal. No debemos dejar de pronunciarnos al respecto, ni siquiera en unos comicios que parecen haber sido confeccionados para facilitar el señorío del irracionalismo, cuya bandera levantan los gobiernistas mientras piensan en las urnas electorales y un peor envilecimiento. No existe mayor acto de nobleza que hacerle saber al déspota cuánto valoramos nuestra libertad.

Nota pictórica. El grabado de don Quijote que ilustra mi texto pertenece a Paul Gustave Doré (1832-1883).