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5/4/18

El mar, un opio de muchos bolivianos



  

Quien filosofa no está de acuerdo con las ideas de su época.
Goethe


En 1844, mientras reflexionaba sobre una obra de Hegel, Marx lanzó su famoso ataque: la religión es el opio del pueblo. No era el primer individuo que relacionaba los conceptos de fe y adormecimiento, hasta pasividad frente a las injusticias. En efecto, antes que él, tanto Heine como Hess habían formulado ideas similares, aunque sus analogías no tenían el mismo propósito. Tiempo después, Raymond Aron tomó la palabra y criticó al marxismo, denunciando que éste era un opio de los intelectuales. Así, quienes adoptaban esa ideología perdían su capacidad crítica, procurando que ningún elemento de la realidad sirviera para refutarlos. Según esta óptica, se debía desechar todo cuestionamiento, limitándose uno a repetir verdades de autoridades o superiores. Lo fundamental era evitar complicaciones, confiando en que un par de simplezas basten para explicarnos todo.
Como pasa con cuantiosos países, Bolivia nos ofrece una historia en la que no faltan los problemas de diferente naturaleza. Es innegable que ninguna sociedad carece de dificultades, pues nosotros mismos, en la esfera más privada, tenemos también momentos críticos. La desgracia es que, conforme al criterio expuesto por muchas personas, uno de los principales obstáculos para mejorar nuestra situación sería el enclaustramiento marítimo. Porque, junto con Sánchez de Lozada, ser un país mediterráneo es el argumento que sirve para explicar el subdesarrollo nacional. Es que, aun cuando Morales Ayma señale lo contrario, Bolivia sigue siendo uno de los países más pobres de Latinoamérica. Las causas son diversas; sin embargo, la sola salida al Pacífico no resolverá nada. Lo que impide un mayor crecimiento son las normas dictadas por un régimen tan irresponsable como el actual. Resalto el peso de las cargas sociales y tributarias, la pésima justicia, contar con carreteras insufribles: un ambiente idóneo para no invertir.
Los problemas estructurales que tiene este país no se originan en la pérdida del litoral. Pensemos en la calamidad de tener gobernantes que se inclinan por las actitudes autoritarias. Bastaría con destacar que Mariano Melgarejo, uno de los bárbaros que gobernó Bolivia, fue presidente antes del conflicto con Chile, entre 1864 y 1871. Tanto él como un populista llamado Manuel Isidoro Belzu, desde hace dos siglos, nos recuerdan que, con o sin costa marítima, ha faltado el apego a la Constitución. No se ha tenido una cultura política que pueda considerarse democrática, con gobernantes dispuestos a respetar al ciudadano, sometiéndose a las leyes como cualquier otro mortal, además de contribuir al fortalecimiento de instituciones republicanas. Desde luego, la observación incluye a quienes integran esta sociedad. Porque resulta que, aunque la lección se repitió numerosas veces, aquella reincidencia no parece tener fin.
Con gusto, yo renunciaría a mi cuota del mar si, como contraprestación, me ofrecieran un escenario en el que se respeten la libertad, el sistema democrático, los derechos humanos. Este conjunto de requisitos mínimos, pero despreciados por incontables funcionarios, se constituye en una tarea mucho más urgente, acaso apremiante, superior, desde toda perspectiva, a la del mar. Mas no se lo nota porque, a veces, la patriotería, enfermedad que varios padecen, cambia el orden de las prioridades, descartando cualquier disidencia. Se pretende la clausura del debate acerca de las desventuras nacionales, amenazando con el desprecio popular a quienes salvaguardan una mirada distinta.

Nota pictórica. A orillas del mar es una obra que pertenece a Iván Aivazovsky (1817-1900).

23/3/18

La siniestra payasada





Somos una casta de soberbios. Llevamos en el tuétano del alma la soberbia y con ella la envidia. No he encontrado todavía entre nosotros majadero que se haya convencido de que lo es. Ante una cosa que no entiende sino a medias o que no entiende del todo, todo se le ocurre, menos confesar que excede de su capacidad.
Miguel de Unamuno y Jugo


En 1935, Simone Weil, filósofa y ensayista que llevó la coherencia de carácter ideológico a los extremos más desconcertantes, escribió una carta para su amiga Albertine Thévenon. Ya había tenido la experiencia de trabajar en una fábrica, distanciándose del mundo teórico que a numerosos izquierdistas, protectores entusiastas del proletariado, les bastaba. Ella dejó su puesto de profesora, cargo ganado merced a un excepcional desempeño académico, para tener esas vivencias. Por esta razón, cuando se dirigió entonces a su corresponsal, aprovechó para criticar al considerable grupo de sujetos que prometían un nuevo mundo, una genuina utopía obrera, pero jamás habían realizado labor alguna. Resumiéndolo, en sus palabras, los jerarcas bolcheviques eran una “siniestra payasada”.
No es necesario que recurramos al infortunio soviético para subrayar sucesos de tal índole. La economía, pongamos por caso, tiene varias épocas en las cuales ese absurdo resulta evidente. Pienso en los burócratas que, pese a no haber tenido negocios de ninguna clase, aunque sea una tienda para comercializar papel higiénico, pontifican cuando opinan sobre crecimiento, exportaciones y demás asuntos del ámbito ya señalado. Son diestros en divulgar predicciones acerca de políticas que, en sus sueños o, para los demás, pesadillas, tienen a la perfección como principal atributo. De esta manera, ellos pueden tomar pedestales de cualquier cámara empresarial, marcar el rumbo a seguir, indicar cuáles son los pasos que garantizan la victoria frente al fracaso, los triunfos ante toda miseria. El problema es que, cuando llega la hora de pasar a las acciones concretas, sus discursos triunfalistas y soberbios no sirven en absoluto. Es el instante en que su grosera falta de experiencia se vuelve dañina para quienes conforman la sociedad.
Desgraciadamente, no se creen sólo geniales en materia económica. Nos topamos también con autoridades que hablan de educación, pero sienten un profundo desprecio por el conocimiento. Pueden haber sido pésimos estudiantes o, entre otras facetas, bastante mediocres al momento de ejercer cualquier profesorado; sin embargo, no se sonrojan si se les pide legislar al respecto. Tienen, pues, la fórmula para resolver todos los problemas que, en su época de aprendices, nunca estimaron importantes. No interesa que jamás sientan el anhelo de acabar con su propia ignorancia, aun cuando ésta sea inagotable; para ellos, la cuestión puede ser despachada gracias a pocas afirmaciones. Es que lo único relevante pasa por reconocerlos como propietarios indiscutibles de la verdad. No cabe, por tanto, enseñar a pensar con libertad, sino adoctrinar para garantizar la existencia de obsecuentes ciudadanos.
Finalmente, siempre a cómoda distancia, reflexionarán acerca de la indigencia del prójimo. En circunstancias como éstas, los siniestros payasos expresarán su indignación por la injusticia que se produce cuando pocos se quedan con tanto, ahondando las desigualdades, eternizando un sistema del peor tipo. Siguiendo esta línea, pueden elogiar el poncho, alabar las bondades de abarcas y chinelas, aun reivindicar la sencillez de quienes tienen apenas una camisa dominguera. Con todo, una vez terminada su perorata, sentirán la urgencia de volver a usar prendas importadas, zapatos de cueros exóticos, corbatas estampadas, al igual que festines en los cuales su anterior auditorio no tiene entrada. Pese a ello, dicen ser la voz del oprimido, un verdadero portaestandarte de los marginados.

Nota pictórica. Payasos es una obra que pertenece a Walt Kuhn (1877-1949).

9/3/18

Pedagogía de la deslealtad





Querría ver un mundo en el que la educación tendiese a la libertad mental en lugar de a encerrar la mente de la juventud en la rígida armadura del dogma, calculado para protegerla durante toda su vida contra los dardos de la prueba imparcial.
Bertrand Russell


En su libro Lecciones de los maestros, George Steiner escribe sobre varias relaciones entre discípulos y educadores. A través de sus páginas, signadas por el encanto que suele distinguir la prosa del autor, nos encontramos con diferentes parejas; algunas son literarias, pero hay también filosóficas. Un caso que resulta llamativo es el de Martin Heidegger. Sucede que, en principio, fue alumno de Edmund Husserl; es más, sin su fenomenología, Sein und Zeit, la obra más conocida que escribió, jamás habría sido elaborada. No es casual que la primera edición estuviese dedicada a su entonces entrañable profesor. Sin embargo, con el paso del tiempo, su distanciamiento de las enseñanzas que había recibido sería cada vez mayor. No sólo hubo desapego intelectual, sino asimismo desamparo. Por enésima vez, la historia demostraría que los hombres no son siempre animales agradecidos.
Aconteció que, cuando ejercía el rectorado en la Universidad de Friburgo, donde había llegado a ser docente gracias al maestro, se atacó al profesorado judío. Eran tiempos marcados por la pesadilla nazi. Hitler había logrado el poder; en consecuencia, sus desvaríos y fobias se materializaban con toda rigurosidad. Heidegger, enemigo de la modernidad, se sumó a tal proyecto ideológico que, desde sus inicios, era digno del insulto. Así, aceptó ese cargo académico, por lo que debía cumplir con los dictados del partido. En esas circunstancias, como pasó con muchos docentes, su antiguo amigo fue aislado, privándosele del acceso a la biblioteca institucional, por lo cual no dudó en sentirse traicionado. El otrora brillante alumno ni siquiera asistió al entierro de quien lo había estimado bastante en sus años estudiantiles.
Si bien, aun cuando Ernst Nolte y otros biógrafos se esfuercen por moderarla, esa deslealtad de Heidegger no admite discusión en el plano cívico o político, quizá sea la única condenable. Ocurre que, antes de la llegada del nazismo al poder, ya se había producido una perfidia o, mejor aún, un cuestionamiento profundo al maestro. Sus ideas habían dejado de ser esclarecedoras. Lo criticó de manera creciente, pudiendo concluirse que, para él, los conceptos usados por Husserl merecían una reconsideración. Con todo, respecto a las reflexiones, existe aquí un gran trabajo del profesor. Es que, si, como educadores, aspiramos a forjar mentes autónomas, la mejor prueba de aquello es tener un discipulado contestatario. Es verdad que no se puede partir de la nada, despreciando del todo los conocimientos anteriores, incluyendo aquéllos facilitados por nuestros docentes. Negarlo sería un disparate. Pero, una vez entendidos esos fundamentos, puede asumirse una misión más grande, esto es, su revisión.
Por supuesto, no basta con advertir la multiplicación de alumnos insumisos para proclamar el espléndido nivel del educador. No hay mérito en el fomento de actitudes que, por caprichos, se rehúsan a examinar, evaluar y, si cabe, desestimar las enseñanzas impartidas por cualquier profesor. Lo que se busca es una crítica tan ilustrada cuanto contundente. De este modo, pueden remirarse conceptos que parecían indiscutibles, procurando su complementación o, en determinadas circunstancias, la rectificación. Conseguir que se asuma esta labor es la evidencia de un ejemplar ejercicio del magisterio. Fue lo que, respecto a las objeciones aristotélicas, también pudo haber sentido Platón. No es una tarea de menor envergadura; empero, si fuera exitoso, el proceso educativo debería conseguirlo.

Nota pictórica. La reunión es una obra que pertenece a María Bashkirtseff (1858-1884).

22/2/18

El proceso de la desvergüenza




La vergüenza constituye la más íntima atadura social que nos liga, por encima de todas las reglas concretas de la conciencia, a los patrones generales de comportamiento.
Peter Sloterdijk


En el cuarto libro de su magistral Ética a Nicómaco, Aristóteles reflexiona sobre la vergüenza. Para el famoso discípulo de Platón, su presencia en nuestras vidas resultaría provechosa desde la perspectiva moral. Pasa que, cuando somos incapaces de usar correctamente la razón, ese pudor nos serviría como alarma, alertándonos ante situaciones reñidas con lo bueno. Así, el miedo al desprestigio nos paralizaría, frenando un impulso que podría conducirnos a la burla o una contundente censura. Porque la revelación de una condición tan propia cuanto impublicable puede ocasionar esas consecuencias. Es verdad que se trata de un auxilio muy elemental, necesario sólo mientras seamos inmaduros y no sustentemos nuestras conductas mediante argumentos; con todo, puede contribuir a tomar decisiones atinadas. Si esto es válido en general, desde luego, tiene también cabida cuando hablamos de la política.
Careciendo de políticos que aprecien el valor del razonamiento y los escrúpulos, queda sólo apelar a la vergüenza. Siguiendo esta línea, un ciudadano contará con la esperanza de que, si bien su gobernante no tiene conciencia moral, podría ser moderado por ese temor al bochorno. No es una experiencia irrelevante. Hay mucha gente que cuida bastante de su imagen, evitando toda mancha, eludiendo cualquier contrariedad para el buen nombre. La situación se vuelve más clara en el campo del poder. Sin embargo, el problema se presenta cuando las autoridades no pueden ofrecernos ni siquiera un ápice de pudor. En este caso, abandonada la posibilidad del freno racional y, por otro lado, de las restricciones que se imponen a nuestras apariencias, queda una realidad indeseable, el peor escenario para ciudadanos con cierta decencia. 
Éstos son tiempos que llevan el sello de la desfachatez. Dejemos de lado la palabrería ideológica, los discursos que son lanzados para las tribunas con inclinaciones al éxtasis etílico, pues cabe decirlo sin ambages: durante los años del Movimiento Al Socialismo en Palacio Quemado, la falta de vergüenza se ha vuelto el común denominador. Pensemos en los múltiples, palpables y groseros actos de corrupción. No soy cándido ni tampoco acusador tendencioso. Sé que la inmoralidad pública no fue inventada por los oficialistas. Puedo mirar el pasado y contar numerosos ejemplos de funcionarios que incrementaban su hacienda gracias a negocios irregulares. La diferencia está en que, a lo largo de las presidencias del MAS, los corruptos se han vuelto deliberadamente vistosos. Las fotografías en medio de bebidas importadas, fiestas que parecen planificadas para genuinas celebridades, etcétera, evidencian ese encumbramiento de la sinvergonzonería.
Sin pudor alguno, además, se alegaba que habría un cumplimiento riguroso a la voluntad de los ciudadanos. No obstante, llegada la hora de reconocer una derrota, un resultado categóricamente adverso, se opta por el cinismo. No tienen a la razón de su lado y, como han perdido toda vergüenza, les resta el recurso del engaño. Claro que, debido a sus ya tenebrosos antecedentes, el descrédito es imposible de ser remontado. De este modo, con descaro, se dirigen a los demás individuos para comunicarles que su decisión no vale un céntimo. Proceden así porque se creen impunes, distantes de la guillotina, el patíbulo o cualquier cárcel. Empero, conviene recordar que ninguna desvergüenza garantiza el mantenimiento del poder. Patanes como Mussolini, Perón, Chávez y Castro prueban que tampoco viene acompañada de inmortalidad.

Nota fotográfica. La imagen que ilustra el texto es de AFP.

9/2/18

Críticas en torno al más allá




Tan probable es que los seres humanos dejen de ser religiosos como que dejen de ser sexuales, juguetones o violentos.
John N. Gray


Una vez en la vida, por lo menos, según el esclarecido Descartes, deberíamos dudar de todo. Nada tendría que estar excluido de las vacilaciones, cuya aparición surge para recordarnos cuántas veces nos equivocamos en el pasado. Porque una de las pocas certezas que tenemos es precisamente ésa: nuestra cualidad de seres falibles. Sé que, en ocasiones, tenemos la desgracia de toparnos con sujetos a quienes el error les parece extraño, pues se consideran siempre atinados. Ellos pueden pregonar sus supuestas virtudes sin ninguna clase de vergüenza; empero, tal como pasa con todos nosotros, son tan humanos cuanto, a veces, víctimas del despropósito. Lo sensato es tener presente la posibilidad de habernos equivocado. Esto implica que revisemos nuestras convicciones. Así, hasta entre hombres de fe, se puede llegar a poner en cuestión las creencias elementales.   
     Las dudas, cristalizadas ya en críticas, han asediado a la religión de distintas maneras. Son diferentes los enfoques que fueron explotados con esa finalidad. Por ejemplo, tanto Lutero como diversos pensadores de la Ilustración, en el magnífico siglo XVIII, cuestionaron la institucionalidad religiosa. Les preocupaba la conducta y actitudes de los que, por su posición privilegiada, debían evidenciar sus principios, pero mostraban sólo incoherencias. En este sentido, el clero inspiraba intensos ataques porque se lo asociaba con las injusticias. Sus miembros eran quienes, en lugar de promover un mundo en que, aun cuando hubiese cuantiosos pecadores, no tuviera cabida la injusticia, se decantaban por preservarla, sirviendo a los regímenes imperantes.
     Mas no han preocupado únicamente los prelados y sus indecencias; hay ataques a la religión que se fundan en el rechazo al mito, las supersticiones, lo irracional. Es innegable que un hombre puede vivir, hasta disfrutar de su existencia, creyendo en criaturas sobrehumanas o conexiones con los astros; sin embargo, aunque perdiese las comodidades del dogma, ganaría si optara por dudar al respecto. Es que, si bien el camino a la verdad es complejo e infinito, al transitarlo, pese a nuestras limitaciones, crecemos, progresamos, nos enriquecemos y, por tanto, contamos con otras dichas. Al deplorar lo falaz de las religiones, no se quiere abolir la felicidad del feligrés; al contrario, el cometido es darle un mayor apoyo, porque aumentar los conocimientos puede servirnos para nuestro bienestar.
     Naturalmente, no todos están de acuerdo con abominar del clero o entender la religión como una mentira perjudicial. Existen también individuos que le conceden importancia para proporcionar sentido a nuestra vida. Esto tiene connotaciones éticas y políticas. En efecto, por un lado, quiere decir que, sin Dios, como precisó Dostoyevski, todo estaría permitido. Se comete aquí la equivocación de suponer que toda moral tiene como fundamento último esas creencias espirituales. Por otra parte, se alude a su importancia para el desarrollo de las sociedades. Entre los milenaristas, verbigracia, habría una suerte de destino que cabe cumplir. Sin embargo, reivindicar el rumbo que nos marca una doctrina religiosa de cualquier laya, colocándolo por encima nuestro, así como del prójimo, resulta peligroso. Cuando alguien se cree portador de una verdad revelada e indispensable para la llegada del futuro, puede juzgar necesario usar la violencia frente a los impíos. Es la forma más directa de acabar con quien duda, pero, por suerte, no asegura la desaparición del cuestionamiento.

Nota pictórica. San Francisco en éxtasis es una obra que pertenece a Giovanni Bellini (1431/1436-1516).

26/1/18

La penosa desaparición del librero





Hay libros, en el recuerdo, que resultan inseparables de ciertos momentos muy nuestros. Épocas, lugares, experiencias que encuentran, en ciertas páginas leídas, su símbolo eminente, su perfecta condensación. Son las que contribuyeron a hacer de nosotros lo que somos.
Santiago Kovadloff


En el universo de la literatura, las figuras que concentran nuestras atenciones son quienes leen, escriben y editan. Ellos tienen el protagonismo, permitiendo que, durante ya varias épocas, desde su aparición en la Edad Antigua, los textos generen todavía consecuencias provechosas. Aunque Roland Barthes y otros pensadores hubiesen procurado su eliminación, está claro que el autor continúa siendo de importancia fundamental en ese terreno. Sin sus creaciones, sean éstas poéticas, dramatúrgicas, narrativas o ensayísticas, el hecho literario no existiría. Pero tampoco tendría sentido si nadie estuviese allí para conocer del escrito, emocionándose o, por lo contrario, casi muriendo de aburrimiento. Es que, dejando de lado las poses románticas, la vanidad ridícula, uno escribe para ser leído. Desde luego, para conseguirlo, es necesario contar con alquien que sirva –o, por lo menos, ayude– a elaborar y distribuir nuestros volúmenes. Así, el círculo parecería cerrado.
No obstante, una vez en condiciones de ser ofrecida, la obra se relaciona con un actor de fama ya menor: el librero. No aludo a las personas que, por ejemplo, venden novelas con el mismo ánimo de comercializar ladrillos, clavos o alfileres. Porque, aun cuando sean efectivas, esas transacciones desalmadas, exentas de pasión, no me provocan ninguna complacencia. Podría toparme con un empleado que, gracias a Internet, ubique autores y títulos sin demora; empero, su ofrecimiento me seguiría pareciendo deficiente. Pasa que, en la más noble tradición de tal oficio, encontramos otras cualidades, atributos, aun dones sin los cuales su ejercicio será siempre inauténtico. En otras palabras, mientras que, teniendo habilidades mínimas, cualquiera puede ser vendedor de libros, pocos podrían presentarse como libreros. Destaco que su escasez y, peor aún, desaparición constituyen un problema de relevancia para la cultura escrita.
El librero no es sólo un gran lector, sino también una persona que no teme lanzar jucios de valor. Es posible que formule dictámenes de carácter académico, esgrimiendo argumentos de alto vuelo teórico para ello. Sin embargo, lo que acentúo es aquella crítica políticamente incorrecta, mordaz, herética. Por ejemplo, en sus dominios, se puede considerar cretino a Chomsky, hipócrita al distinguido Ernesto Sabato o, cuando algún visitante lo invoca, calificar de indigerible cualquier página compuesta por Saramago. La segura discusión que trae consigo es uno de los encantos del lugar. Uno sabe que, al margen de comprar libros, encontrará allí a quien no tiene reparos en despertar polémicas. Es obvio que hay asimismo sitio para conversaciones sin controversia, del todo armoniosas; empero, estar con ellos en paz perpetua sería un despropósito.
El culto al libro puede servir para hermanar a los hombres, tornando viable una relación tan placentera cuanto intelectualmente fértil. Estimo que las amistades fundadas en la literatura tienen virtudes superiores a cualesquier otras. Yo supongo que, sobre sus relaciones, lo mismo podría decir un coleccionista de frazadas o destapadores; con todo, en principio, sus legítimas manías no suelen conducir a la curiosidad, al pensamiento crítico. Uno de los que, en diferentes épocas, ha fomentado esa ligazón, provocando acercamientos y estimulando pasiones, aun admiraciones fanáticas, es el librero. Perderlo implica privarnos de una fuente en la cual valores como el conocimiento y la crítica se hallan conectados merced a ese lazo de fraternidad.

Nota pictórica. El lector es una obra que pertenece a István Nagy (1873-1937).

12/1/18

Peligros para el animal crédulo




Pero si la gente no es inteligente, se contentará con creer lo que le han dicho, y podrá hacer daño a pesar de la benevolencia más genuina.
Bertrand Russell


Parece correcto que la credulidad no sea una rareza entre las personas. Se trata de una tendencia que no es resistida con firmeza; por el contrario, debido a su simplicidad, lo común es practicarla. Las preferencias del género humano irían por otros rumbos. Nuestra historia está compuesta por siglos en que, con pasión, nos hemos rendido frente al poder de astros, amuletos, animales, superhombres o entidades de distinta denominación. Se ha pretendido eludir el número de incertidumbres que, cuando uno empieza a pensar sin excluir ningún tema, amenazan con agobiarnos. Es el recurso que nos libera del advenimiento de crecientes dudas y perplejidades. Porque es posible que, gracias a esta suerte de anclaje, demos por terminados diversos debates, invitándosenos a una paralizadora paz o, peor todavía, estéril quietud del cerebro.
Dar por cierto algo que no ha sido considerado conforme a un criterio racional, juzgándolo válido sólo por el hecho de presentársenos así, puede causar problemas. En primer lugar, por esa pasividad, nos privaríamos de acceder a conocimientos que, siendo certeros o, al menos, discutibles, mejorasen nuestras decisiones. Habiendo concluido que ya tenemos una certidumbre, cualquier otra búsqueda resulta innecesaria. Es el fin de un espíritu curioso, vacilante, inquisidor, que cede su lugar para beneficio del dogmatismo. Esto implica la clausura del progreso individual, acabando con un despliegue que, para no cesar, necesita de los impulsos escépticos. Es indistinto que las fuentes de la certeza sean propias o ajenas; sin embargo, éstas últimas merecen una condena mayor porque no contienen ninguna contribución nuestra, limitándonos a ser meros replicadores, ordinarias cajas de resonancia.
Además del perjuicio individual, la cuestión puede contar con un carácter colectivo. Pasa que un panorama signado por crédulos puede ser bastante atractivo para quienes son diestros en materia de ilusiones sociales. Obviamente, si se quiere conocer el campo más peligroso, incluso minado, para los ingenuos, cabe pensar en la política. En efecto, cuando toda promesa se halla creíble, mereciendo nuestra cuota de fe, evidenciamos un sustancial desconocimiento del hombre. No se asegura que todos quienes acceden al poder sean engañanecios; resalto cómo la historia nos exige mirarlos con alguna desconfianza. Por haber procedido de manera contraria, muchos individuos fueron conducidos a la guerra, las hambrunas y hasta, cuando hubo un tardío despertar, el patíbulo. La educación ciudadana debería colocar el acento en ese tipo de actitud, ya que su presencia nos evitaría graves penurias.
No se plantea que desconfiemos permanentemente de todo, pues esto sería tan absurdo cuanto dañino: una indecisión perpetua volvería imposible elegir entre dos o más comidas; por ende, moriríamos de hambre. En el nacimiento del filosofar moderno, Descartes frenó su duda cuando se dio cuenta que pensar prueba la existencia de quien lo hace. Por lo tanto, el reto es encontrar los elementos fundamentales que se precisan para no trabajar sobre la nada. Sin esa base primordial, constituida por principios, ideales y premisas, la propia libertad sería un desperdicio. Es que, para ser valiosa, la elección debe responder a un escogimiento mayor: decantarse por una vida en la cual nadie nos impida elegir si creemos o, mejor aún, preferimos la desconfianza. Es el camino que podría salvarnos de quienes piden nuestra libertad, precio demasiado alto, para darnos una supuesta gloria.

Nota pictórica. Alegoría con amantes es una obra que pertenece a Paris Bordone (1500-1571).