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22/9/16

Sumisión en prosa y verso





Proteger contra las tecnocracias y contra las burocracias lo que hay de humano en el hombre, entregar el mundo en su dimensión humana, es decir, tal como se revela a individuos a la vez vinculados entre sí y separados: creo que esta es la tarea de la literatura, y lo que la vuelve irremplazable.
Simone de Beauvoir


Gracias a las reflexiones de Pedro Laín Entralgo y Ernst Bloch, entre otros filósofos, los hombres no pueden ser entendidos íntegramente sin considerar la esperanza. Es un elemento que, en diferentes circunstancias, mucho más cuando éstas son adversas, resulta determinante para nuestro avance. Reconocemos la importancia del pasado, así como el valor del presente; no obstante, para contemplar lo venidero con optimismo, tener esa virtud es fundamental. La conclusión es válida no sólo a nivel individual, sino también cuando pensamos en términos sociales. Porque, al relacionarnos con los semejantes, puede tener cabida la creencia de que una vida mejor es realizable. Lo saben quienes procuran la conquista del poder; en consecuencia, tratan de diseminarla entre los que conforman su sociedad. Para lograr este propósito, sus seguidores pueden actuar con mesura, respetando límites racionales, éticos e incluso estéticos, o protagonizar hechos sobremanera deplorables.
Nadie niega que una persona pueda confiar en un proyecto político, imaginar la llegada del futuro más sublime o, cuando sus líderes toman el micrófono, sentir auténticas excitaciones. La manifestación de tales emociones puede ser genuina, por lo cual, en principio, no debe generar desprecio. Hay que hacer el esfuerzo de entenderlo para  trabajar en una mejora, pues las decisiones no pueden tener esa única base. Sin embargo, en lugar de promover ese cambio cultural, algunos individuos prefieren contribuir al retroceso. Así, mediante actividades de orden intelectual, persiguen que los ciudadanos sean idiotizados, convirtiéndolos en simples veneradores del régimen reinante. Es el fin que se busca con poemas, cuentos, novelas, ensayos y obras de teatro pertenecientes a un subgénero merecedor del aborrecimiento: la literatura de propaganda.
Los libros que responden a esa lógica son fabricados para mostrar la utilidad de su autor. Es otro mérito que, junto con aplaudir hasta enrojecer las manos o vitorear sin tragar saliva, puede pesar cuando llegue la hora de conservar el empleo. Ocurre que, a diferencia de las otras creaciones literarias, esos volúmenes son compuestos para robustecer el amor propio del gobernante, su circunstancial patrono. Sus páginas se forjan con el objeto de divulgar mitos y debilitar la capacidad crítica del conciudadano. En este sentido, la literatura no significa rebelión, tal como Mario Vargas Llosa lo ha planteado con vehemencia. Entre esa gente, lo que menos se anhela es un lector indócil, con mirada lúcida, escéptico ante las alabanzas escritas en prosa y verso. Este tipo de mortales les resulta peligroso, porque es inmune a los embustes que se fraguan mientras ministros, parlamentarios y demás secuaces fingen ser literatos.
Más allá de su dogmatismo y aun ridiculez, ya que las loas políticas suelen ser bastante cursis, conviene remarcar el problema del oportunismo. Pasa que, en la mayoría de los casos, su devoción al programa ideológico es una impostura. Sin gran pesar, podrían escribir los mismos elogios o desagravios en favor de otros partidos. Venden su mediocre pluma y retórica de sofista al mejor postor. Por este motivo, las traiciones nunca son escasas en esa materia. La historia enseña que, satisfecho el deseo de acceder a los privilegios palaciegos, todo medio es bueno para su conservación. Cualquiera que confunda su sometimiento con lealtad comete una terrible equivocación. La única fidelidad que aprecian es aquélla capaz de multiplicar sus comodidades.

Nota pictórica. La contadora de historias es una obra que pertenece a Franz von Defregger (1835-1921).

9/9/16

Preferir o elegir la libertad





El sistema de represiones vigente en cada sociedad reposa sobre ese conjunto de inhibiciones que ni siquiera requieren el asentimiento de nuestra conciencia.
Octavio Paz


En todo tiempo y espacio, los individuos cuentan con alternativas para tomar decisiones que satisfagan sus necesidades. A diario, sin cesar, aunque no seamos conscientes de aquello, es posible transitar distintos caminos, emplear varias vías que permitan nuestro bienestar. Lo mismo sucede a nivel colectivo. Porque, mediante sus integrantes, las sociedades tienen la opción de considerar diversos planes, proyectos, principios e ideales. Está claro que, a partir de su inclinación mayoritaria, la realidad, tanto presente como futura, puede ofrecernos un panorama óptimo, decente, aceptable o pésimo. Esto último se daría, por ejemplo, cuando, en lugar de resguardar la libertad, los ciudadanos procurasen su eliminación. La historia enseña que esto es factible; sin embargo, el fenómeno no deja de ser sorprendente.
Es difícil imaginar un hombre que se incline orgullosamente por la esclavitud. Hablo de personas que, sin tener problemas psiquiátricos, ansíen su cautiverio. Perder la posibilidad de actuar con autonomía, sin cargas que impongan el sometimiento a las disposiciones del prójimo, no es un estado ideal. Es verdad que la situación del amo difiere de aquélla protagonizada por quienes acarrean los grilletes o soportan el látigo. En esa relación de poder, como se conoce, una parte podría decantarse por preservar un sistema donde los privilegios que sustentan su mando permanezcan invariables. Con todo, incluso ese ánimo de dominio no parece constituirse en un atributo que, sin importar las circunstancias, nos caracterice. El agotamiento de nuestros días muestra un trayecto que tiene una meta distinta, en la cual los servilismos deberían ser accidentales, involuntarios, trágicos.
Ahora bien, esa libertad puede ser objeto de preferencia o elección. Según Risieri Frondizi, preferir no implica un conocimiento acerca del valor de algo que buscamos. Se trata de un acto que no demanda ningún razonamiento serio, menos todavía profundo; al contrario, puede obedecer a reacciones instintivas. El elector tiene un tipo de actitud que resulta diferente. Antes de adoptar alguna determinación, esa persona discurre sobre su carácter superior, puesto que las otras propuestas quedarán relegadas. Su juicio final será, por tanto, el producto de una deliberación que sea convincente. Así, en su criterio, el simple gusto no es fundamental para orientarlo al respecto ni, peor aún, a los semejantes.
  Si atendemos esa distinción de Frondizi, está claro que preferir la libertad es insuficiente. Cuando el motivo de su escogimiento es tan rudimentario, privado del menor fundamento, no pesaría mucho perderla. Su amparo exige que haya una reflexión capaz de sustentar esa resolución en cualquier campo. Pero tampoco basta con que nos limitemos a elegir ese valor, pues, sin un sistema adecuado para su salvaguarda, nuestra toma de posición puede ser intrascendente. Correspondería, en consecuencia, que complementásemos esa elección con un compromiso: la defensa del liberalismo. Es la derivación razonable de respaldar una línea que sea indiscutiblemente contraria a toda servidumbre. No se halla otra doctrina que nos depare lo necesario para consolidar ese impulso de soberanía, esa propensión favorable a nuestra felicidad. Aclaro que esto no debe ser entendido como una invitación al fanatismo. Los seguidores de esta indeseable calaña no guardan relación con nuestra postura. La condición de hombres libres conlleva también ese deber, propio del sujeto a quien no gobiernan las vísceras.

Nota pictórica. El juego de la morra es una obra que pertenece a Johann Liss (1597 o 1590–1631 o 1627).

26/8/16

Friedman, el pensador político





Quien diga verdad por presionarle a ello ajenas razones, o por la utilidad que le reporte, sin que tema decir mentira cuando no perjudique a nadie, no es hombre totalmente veraz.
Michel de Montaigne

Esa labor conocida como compromiso intelectual y que, a veces, por desgracia, invocan varios oportunistas, permite hablar sobre Milton Friedman. Pasa que, además de sus menesteres académicos, monetarios, estadísticos, incluso matemáticos, encontramos un individuo al cual los asuntos públicos o cuestiones sociales no le causaron ningún aburrimiento. Es más, cuando se revisan sus intervenciones mediáticas, pues fue generoso en esos afanes, resulta manifiesto que hasta disfrutaba de aquello. Porque, según lo recordado por los que se relacionaron con él desde joven, su condición de polemista era indiscutible. Consiguientemente, quien recibió el premio Nobel de Economía en 1976 tuvo estos intereses y, como era previsible, sus posiciones respondieron a ideas que formuló en libros escritos junto con su esposa, Rose, así como al componer las columnas que, desde 1966, publicó la revista Newsweek. Vale la pena remirar sus planteamientos.
Sin duda, el poder es un concepto capital de la política. Es verdad que Montesquieu fue original al propugnar su división; no obstante, la pretensión de controlarlo ha estado presente desde tiempos antiguos. Friedman se inscribe en esta tradición. No puede haber otra conclusión cuando, en la introducción de Capitalismo y libertad, leemos: “La gran amenaza a la libertad es la concentración del poder”. Mientras éste se fortalecía, crecía el peligro de que nuestro valor más preciado terminara socavado, suprimido. Por esta razón, nuestro pensador percibe tal riesgo. Acentúo que, para dicho intelectual, frente a ese poder político de tipo absolutista, debía oponerse un poder económico, el del mercado, en donde la coordinación de las actividades individuales nunca se controlaría de modo total. Debía lucharse, por ende, contra “la tiranía de los controles”, conforme a una expresión que usaba.
En su lógica, el Estado tenía que ser limitado y descentralizado para salvaguardar la libertad. Como él lo hizo en diferentes oportunidades, es bueno apuntar que debían confluir dos clases de libertad, una económica y  otra política. No sólo esto, puesto que, para ese baluarte de la Escuela de Chicago, la libertad económica era una garantía de la libertad política. Resalto que no se trata de una libertad atómica, drásticamente individual. Es que, cuando Friedman habla de libertad, piensa en la sociedad. A propósito, preciso que, desde su perspectiva, los medios apropiados para quienes amparaban el liberalismo eran dos: libre discusión y cooperación voluntaria. Así, se relegaba la coerción como recurso predilecto, al menos si procurábamos una solución óptima de problemas comunes.
Friedman no era un utopista ni tampoco alguien que objetara las moderaciones. En su ideario, podemos percibir el ánimo de avanzar con cordura, sin aspiraciones radicales, lo cual facilitaba la llegada de algunas victorias. Esto se demuestra con su lucha por eliminar el servicio militar obligatorio. Asimismo, ese gladiador de la libertad intentó abolir el carné de conducir, las licencias de médicos, la jubilación estatal y la construcción de viviendas sociales. Además, con solidez, fue partidario de no penalizar el aborto, las drogas ni la prostitución. Acoto que, cuando planteaba sus críticas a las leyes vigentes, no pensaba únicamente en la libertad, sino también en las otras personas. Porque, en su criterio, el deseo de ayudar a los demás no es incompatible con el sistema de mercado libre, siempre que no se trate de una norma tan coercitiva cuanto indignante.

12/8/16

De la ilusión afortunada al desencanto crítico





Cualquier régimen social es una elección entre varios inconvenientes, pero existen sin embargo regímenes equilibrados que limitan los inconvenientes.
Raymond Aron


Don Julián Marías, un filósofo a quien no se dio en vida las distinciones que merecía, destaca el carácter futurizo de los hombres. Estamos, pues, pensando en lo venidero, concibiendo escenarios e incluso proezas que se sitúan fuera de nuestra realidad. Una particularidad como ésta, imposible de hallar en otras criaturas, sean elefantes u orangutanes, ya que no se proyectan hacia el futuro como nosotros, puede resumirse gracias a un solo vocablo: ilusionarse. Las personas somos, por ende, animales que nos ilusionamos, lo cual es valioso, hasta para lograr un fin tan relevante como la felicidad. No obstante, esa cualidad puede traer igualmente consigo problemas individuales y colectivos.
Sucede que, más allá de las desdichas que causan algunas ilusiones en el ámbito privado, la situación se torna compleja cuando tienen un talante político. Nadie niega que la historia regala ejemplos de aquello en distintas partes del mundo, no existiendo exclusividad geográfica. Sin embargo, en el caso de Latinoamérica, cada cierto tiempo, cuantiosos sujetos se rinden ante los encantos del irrealismo. La desgracia es que un estado como éste resulta siempre breve, siendo luego sustituido por una demoledora decepción. Es la caída que se sufre cuando creemos en soluciones mágicas, relegando las bondades del trabajo sostenido, sistemático, realista. Con seguridad, los sueños y las esperanzas son importantes, al igual que determinadas quimeras; empero, se debe aprender a lidiar con las asperezas e insatisfacciones presentes.
Al leer El socialismo del siglo XXI tras el boom de los commodities, un libro colectivo que ha sido editado por la Fundación Konrad Adenauer y la Corporación de Estudios para el Desarrollo, he pensado en numerosos semejantes con ilusiones bastante desproporcionadas. Hablo de esos individuos que, debido a una retórica revolucionaria, creyeron en gobernantes sin prudencia ni austeridad. Fueron así afectadas las sociedades de Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela. Ese distanciamiento de la realidad, muy útil con fines electorales, se mantuvo vigente mientras los recursos naturales tuvieron precios elevados, la demanda china creció y, entre otros factores, los intereses globales fueron altos. Se les presentó la fortuna de contar con ingresos que, mediante bonos, susidios, misiones, etcétera, hicieron posible la multiplicación de opiniones erróneas, total o parcialmente, en torno a nuestra actualidad. Los cegadores programas sociales parecían no admitir ninguna crítica. Con todo, desde 2014, las ganancias bajaron, amargando la existencia cotidiana, merced a lo cual sus falencias se notaron.
Hoy, sin duda, encontramos personas desilusionadas con el proyecto que les prometió un acceso rápido e irrevocable a estadios superiores de bienestar. No hubo un manejo razonable de los recursos, aun mereciendo éste que se lo presente como indecente. Mas se trata de gente que tampoco siente mucho aprecio por las alternativas políticas; en varios casos, el escepticismo es indiscriminado. Esto produce un ambiente poco deseable para quienes sustituyan a los partidarios del socialismo contemporáneo. Ellos deben batallar con la merma de recursos, tras el abismal derroche, pero también enfrentar ese formidable desencanto. Por consiguiente, al margen del reto de tipo económico, nos queda este desafío: cambiar la desilusión por un nuevo entusiasmo, uno moderado, cercano a la realidad y, además, hermanado con la certeza de que toda mejora genuina exige gran esfuerzo.

28/7/16

Un pentágono para la libertad




Un corazón provisto de valor y de buenas cosas necesita, de cuando en cuando, algún peligro; de lo contrario, el mundo se le hace insoportable.
Friedrich Nietzsche


Con su Metafísica, obra tan legendaria cuanto importante, Aristóteles inició la tradición de historiar el pensamiento. En efecto, gracias a sus páginas, nos topamos con reflexiones que muestran cómo los hombres se han esforzado por formular preguntas y aventurar contestaciones capaces de ayudarnos a entender la realidad. Fue apenas el comienzo de una línea que tiene cuantiosos seguidores. Aclaro que la filosofía no se ha beneficiado exclusivamente de tales quehaceres. Es indudable que, en ese campo, tenemos a muchos individuos con ansias de recordar los planteamientos del prójimo, incluso sucesos dignos del anecdotario. No obstante, otras áreas del conocimiento han quedado favorecidas. De esta manera, autores y hasta escuelas se salvan del olvido, facilitando también su comprensión. Su ejecución es, por tanto, un ejercicio de altruismo intelectual.
Con ese afán de contribuir a la ilustración del semejante, rescatando ideas que pueden iluminarnos al considerar diferentes asuntos, Julio H. Cole acaba de lanzar Cinco pensadores liberales (Madrid: Unión Editorial). El libro, marcado por un estilo claro, erudito y ameno –existen notas a pie de página que son memorables–, discurre sobre quienes, en distintas épocas, apreciaron genuinamente la libertad. Resalto que no se trata de sujetos con apego al aislamiento y las meditaciones frente a la piscina. Pasa que, además de lograr proezas mentales, mediante ficciones o estudios profundos, Smith, Hayek, Friedman, Orwell y Mario Vargas Llosa no miraron el exterior con indiferencia. Ellos sintieron asimismo la tentación de aportar a que se produzcan cambios en sus sociedades. Sus palabras no se pretendían agotar en los volúmenes que nos dejaron. Su mirada estaba puesta en un horizonte mucho más complaciente.
El valor de Adam Smith para la economía es indiscutible. Sus ideas en torno a la división del trabajo, el mercado y lo pernicioso que, salvo excepciones, resultan las intervenciones estatales han sido fundamentales para organizarnos de mejor forma, enfrentando carestías e identificando errores. Pero ese grande hombre no sobresalió sólo como economista. Tal como Cole lo ha subrayado, él tuvo intereses variados, mereciendo especial atención sus razonamientos de carácter filosófico; en particular, la ética le reconoce su mérito. No es casual que se haya llevado tan bien con Hume, un pensador de fuste. Esa generosidad disciplinaria se percibe también en Friedrich August von Hayek, ante quien nuestro autor muestra respeto, mas igualmente reservas. En este último caso, anoto que se somete a crítica su rechazo al concepto de justicia social.
El compromiso intelectual, celebrado y, tiempo después, despreciado por Sartre, tiene a los otros tres pensadores como estimables representantes. Ciertamente, más allá de sus análisis monetarios, Milton Friedman fue una persona que no eludió los debates públicos, adoptando posturas signadas, a veces, por la controversia, como cuando cuestionó el servicio militar obligatorio. El mismo espíritu se advierte al revisar la obra de George Orwell y Vargas Llosa. En estos escritores, el empleo de la pluma no ha implicado ningún silencio en las plazas públicas ni, menos aún, su sometimiento al poder. Allende las ideologías, no fueron indiferentes ante la infamia, denunciándola con fervor. Así, desde diversas perspectivas, todos han colaborado para la expansión del mundo libre. Se agradece la gentileza de Julio por recordarnos cuánto ganamos al conservarlos en nuestra memoria.

15/7/16

Los Andes no creen en Occidente





Otros pueblos anteriores han tenido cultura, han tenido religión, han tenido sabiduría; pero no han tenido filosofía.
Manuel García Morente


Para elaborar discursos capaces de persuadir, conmover o hasta embaucar al prójimo, se debe recurrir a las ideas. A fin de forjarlas, cuando se lo realiza seriamente, es necesario contar con una invención que, hace veinticinco siglos, se dio en Grecia: la razón. Gracias a su ejercicio, hemos formulado nociones, teorías y sistemas que pueden ser usados al momento de convencer, aunque también si se ansía la conquista del poder. Conocer estas construcciones es valioso, puesto que, entre otras cosas, nos evitarían la repetición de varios errores. Por este motivo, festejo que aparezca Filosofía occidental y filosofía andina. Dos modelos de pensamiento en comparación, libro que pertenece a H. C. F. Mansilla. La obra nutre un tipo de historia que ha tenido como practicante a Russell, para no dar más ejemplos.
Buscando la especificidad del pensamiento de Occidente, Mansilla llevó a cabo una defensa que no es común. Me refiero a una clara y provechosa exposición de aportes que fueron efectuados en la Edad Media. Esto sorprende a quienes juzgan esa época indigna del menor mérito. Son destacados Tomás de Aquino, Agustín de Hipona, Boecio y quienes permitirían la llegada del Renacimiento, como Petrarca, primer intelectual libre, y el racionalismo. Viene después la modernidad, secundada por todo lo que no es sino una tentativa de pulverizarla: irracionalismo, romanticismo, existencialismo, posmodernismo. Aun en estos casos, está claro que no podemos distanciarnos de la razón occidental, sea para su salvaguarda o censura.
La segunda parte del libro versa sobre filosofía andina, que, en rigor, es una especie del género. No hay un modelo alternativo de pensamiento, algo radicalmente distinto de aquel marco que sirve para comprender esa disciplina, arte o conducta. Se usan, pues, las mismas herramientas conceptuales, al igual que los campos en que se divide, para plantear sus muestras de sabiduría. Al respecto, resalto que, verbigracia, Josef Estermann habla de “ética cósmica”, explotando una rama que no fue engendrada por su doctrina. Lo mismo sucede con sus proposiciones de carácter ontológico y epistemológico: a lo sumo, presentan nuevos conceptos para discutir, pero no suprimen la esencia del razonamiento filosófico, el cual es universal. Porque se puede reflexionar en cualquier parte del mundo; empero, si uno pretende hacer filosofía, existen ciertas condiciones que cabe cumplir. Un requerimiento básico es buscar verdades mediante la razón, sin apelar a respuestas oraculares o divinas, aun cuando éstas sean precolombinas.
En general, por filosofía andina, puede entenderse una crítica del proyecto de la Ilustración y la modernidad, esto es, otra corriente que procura reivindicar lo emotivo, sentimental, colectivo; igualmente, los vínculos primarios. Ello en lugar del frío racionalismo, individualismo y egoísmo de Occidente. Así, aunque integre esa tradición intelectual, no la considera rescatable ni merecedora de fe. Pero los Andes tampoco creen, como escribía Costa du Rels, en el espíritu crítico y la libre discusión, dos aspectos centrales de la filosofía. No se nota en esas reflexiones el afán de ser sometidas a debate, pareciendo más dogmas que tienen relación con la teología. Quizá por ello la democracia, régimen en donde floreció el pensamiento filosófico y que debería resguardarse, no les resulte apreciable. A propósito, por coherencia, su filosofía política tendría que amparar un orden autoritario, como el vigente durante los tiempos incaicos.

1/7/16

El curioso anhelo de la sociedad estática





El fuego reposa en el cambio.
Heráclito


Aunque los abanderados del relativismo cultural lo nieguen, es evidente que, con esfuerzo y sin recetas fantásticas, hemos avanzado durante las últimas centurias, incluso milenios. Es verdad que hay autores como Gibbon, secundado por Octavio Paz, a quienes la época de los Antoninos les resulta insuperable, un período tan feliz cuanto próspero. Según este parecer, desde Nerva hasta Marco Aurelio, habríamos contemplado la cumbre, pasando luego a vivir en decadencia. Obviamente, tal idealización permite más de una crítica. Al margen de los avances científicos que ni siquiera se imaginaban entonces y, por supuesto, contribuyen a nuestra salud, entre otros sucesos, no entendíamos aún cuán básica era la libertad individual. Ocurre que un criterio para notar la evolución es su respeto, creciente, también conflictivo; el pasado puede resumirse así: esclavos, siervos, súbditos, ciudadanos e individuos soberanos.
Siendo los hombres naturalmente libres, aun cuando muchos renuncien a esa condición para beneficio de gobernantes infames, las sociedades que conforman deben reflejarlo en sus regulaciones. Por consiguiente, no sería razonable, menos aún admisible, que se planteara el establecimiento de una asociación humana donde la libertad fuese suprimida. No pienso en casos extremos, tales como el esclavismo; estimo que los ataques sutiles y subrepticios tienen asimismo relevancia. No deben olvidarse los engaños en esta materia. Pasa que, pretextando terminar con la opresión, se proponen planes sin genuino aprecio por esa facultad. Se la invoca, pues, con móviles demagógicos, entendiendo que sirve para disfrutar del poder. Lo seguro es que las promesas sobre la instauración de una comunidad sin oprobios tengan un pésimo final.
Quien desee presentarse como partidario de una sociedad libre debe, por tanto, evitar el apoyo a convenciones que contradigan su esencia. Tendría que preocuparle la vigencia de reglas que afecten el desenvolvimiento autónomo del individuo. No se trata de alentar posiciones invariablemente anárquicas. Cabe la salvaguarda de un sistema que proporcione las mejores condiciones para nuestra convivencia, uno donde haya valores y principios con los cuales podamos realizarnos como personas. Sin embargo, como esos conceptos son tratados en normas colectivas, al igual que precautelados por instituciones, y éstas pueden fallar, no se deben considerar indiscutibles. Hay que descartar la idea de tener planes y tratamientos definitivos para resolver esos problemas sociales. Afirmar lo contrario equivale a propugnar una utopía, un orden perfecto y cerrado.
Así como los hombres cambian, ocasionalmente sin esgrimir fundamentos serios, lo hacen también sus sociedades. El dinamismo es un aspecto que no debemos desdeñar, peor todavía si aspiramos a reflexionar con cierto rigor. Esto no significa que cualquier modificación sea positiva; lo fundamental es dejar abierta la posibilidad de discutir al respecto. Está claro que podemos reivindicar el valor de invenciones como la democracia o, por ejemplo, encontrar virtudes en la familia tradicional. No obstante, postular que ya tenemos la totalidad de las respuestas a interrogantes sobre cómo debemos organizarnos es una posición incompatible con esa cualidad dinámica. Por el contrario, lejos de promover un sistema en que la libertad sea favorecida, esa postura lleva a consagrar un único modelo de sociedad, cuya menor alteración sería indeseable. Huelga decir que esa perfección estática no es de este mundo.

Nota pictórica. Chicos en un jardín es una obra que pertenece a Elizabeth Adele Forbes (1859-1912).