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24/3/17

Tocqueville, democracia y revolución




En primer lugar, examiné a los hombres, y llegué a la conclusión de que, en esta infinita diversidad de leyes y costumbres, no estaban regidos únicamente por sus fantasías.
Montesquieu


Ninguna sociedad se mantiene idéntica a la del momento en que fue fundada. No pienso en los inevitables cambios que, con el paso del tiempo y las necesidades demográficas, entre otros factores, modifican su apariencia. Lo que destaco es la imposibilidad de contar siempre con las mismas ideas. Debido al criterio que parece mayoritario entre las minorías intelectuales, uno puede creer en prejuicios capaces de afectar a casi todo un país. Así, explotando generalidades, llegamos a relacionar nacionalidades con determinadas actitudes o absurdos. En el caso de Francia, por ejemplo, su clase intelectual ha sido asociada con el antiamericanismo o antiimperialismo estadounidense. Sartre es una de las varias figuras que ilustra la idea. Empero, tenemos excepciones: Jean-François Revel, Raymond Aron y, mucho antes, el esclarecido Alexis de Tocqueville, cuyo pensamiento merece nuestras atenciones.
A diferencia de Kant, Heidegger y otros sujetos que no querían abandonar su terruño, Tocqueville apostó por un conocimiento generoso del mundo. En este cometido, sumado a un móvil académico, visitó Estados Unidos junto con su amigo Gustave de Beaumont. Ciertamente, procurando el estudio de su sistema penitenciario, observó hechos y costumbres que le originaron distintas reflexiones. Gracias a ello, en 1835, aparecería La democracia en América, una obra de dos tomos que alberga juicios imprescindibles para entender ese sistema, apreciar las bondades, pero también advertir los peligros. A propósito de sus virtudes, apunto que, según Alain Minc, con ese libro se inaugura el género del reportaje ideológico, cuyo campo será explotado por insignes autores.
En ese trabajo sobre la democracia estadounidense, nuestro pensador describe aspectos que se relacionan con temas económicos, políticos y culturales. Mas sus párrafos no responden únicamente al deseo de hacer descripciones; hay también sitio para los juicios valorativos. En efecto, desde su perspectiva, ese país demostraba cuán posible resulta la convergencia de libertad e igualdad, dos valores que, hasta entonces, parecían inconciliables conforme al criterio europeo. Resalto que, en su primera juventud, fue un entusiasta partidario de la monarquía; sin embargo, la vida fuera del territorio francés lo transformó. Se debe aclarar que no hay sólo elogios en dichos volúmenes. Sucede que, en la segunda parte, critica el culto al dinero, el peligro de la opinión pública y una cuestión que se conoce muy bien: la tiranía mayoritaria.
Tocqueville fue diputado, tocándole la Revolución del año 1848, al igual que el ascenso de Luis Napoleón. Tuvo incluso tiempo de ser su Ministro de Asuntos Exteriores, aunque salió antes de llegar el famoso golpe que se consumó en 1851. Así, el fenómeno del bonapartismo lo contó como testigo y crítico. Se lo puede notar en El Antiguo Régimen y la Revolución. En este libro, nuestro autor sostiene que, en realidad, lo que había hecho la revolución era continuar con el proceso de centralización que fue iniciada en el régimen absolutista. No había, pues, discontinuidad al respecto. No importaba el alarde, los discursos que subrayaban cuán originales eran sus medidas. Los gobernantes no habían hecho más que seguir con la concentración del poder, un elemento sin el cual ninguna revolución puede ser entendida. Además, en cuanto a este acontecimiento, él manifestó que le impresionaba más “la singular imbecilidad de los que facilitaron su advenimiento sin quererlo”. Es imposible estar en desacuerdo.

Nota pictórica. El retrato de Alexis de Tocqueville que ilustra el texto pertenece a Théodore Chassériau (1819-1856).

10/3/17

¿Para qué debería servir la universidad?




La causa es tan evidente como triste: deficiencias de nuestro medio, que ustedes conocen de sobra. ¡Todo falta aquí!
Carlos Vaz Ferreira


En un libro que tituló Temperamentos filosóficos, específicamente cuando reflexiona sobre Platón, Peter Sloterdijk escribe acerca de la educación antigua. Evocando esa época, marcada por una fulgurante Atenas, dicho autor destaca que se perseguía entonces una meta sobremanera relevante: instaurar una escuela de excelencia. Era un objetivo que podía considerarse ambicioso, pues implicaba la realización del individuo en distintos campos. Se creía en la posibilidad de preparar, con solvencia y optimismo, a los hombres que progresarían conforme a criterios intelectuales, pero también aportarían al adelanto social. Porque, desde la célebre Academia, con Aristóteles, Polemón y otros discípulos, se tenía esa pretensión de darnos a los mejores ciudadanos, quienes se convertirían asimismo en gobernantes. Es indiscutible que no se aseguraba la obtención de tal propósito; sin embargo, la fundamentación parecía merecedora del respaldo.
Aunque las circunstancias variaron, ya que el paso del tiempo trajo consigo diversas transformaciones, ese mismo designio ha fundado universidades. En efecto, continuadoras de la línea que se trazó hace milenios, esas instituciones se decantaban por cumplir tareas relacionadas con la vida pública y privada. Así como era importante la profesionalización, adquiriendo saberes, perfeccionando destrezas, era igualmente valioso el ámbito de los trabajos científicos. Eran las labores capitales, actividades que justificaban su vigencia. Mas había otra función que le concernía. Aludo a lo que, en una obra del año 1930, José Ortega y Gasset presentó como su misión. Para este pensador, la universidad tenía que ocuparse de propiciar espacios en los cuales se dialogue, razone, discuta sobre los problemas sociales. Teniendo a entendidos en diferentes áreas del conocimiento, no se hallaba sensato que aquéllos evitaran cualquier impulso al respecto.
Es cierto que, aun cuando sean verdaderas autoridades en su terreno, los catedráticos e investigadores pueden equivocarse, perjudicando la comprensión de temas sociales. En estos casos, el deseo de ser iluminados gracias a sus reflexiones, claras o densas, podía originar efectos peores al del desconocimiento. Con todo, el hecho de intentar sobreponerse a las simples opiniones, esas apreciaciones tan superficiales cuanto deleznables, ya se constituía en un avance. Por supuesto, presumo que los aportes provenientes de sus carreras serán decentes o, al menos, mínimanente inteligibles. Debe recalcarse que su función no es pontificar, lanzando dictámenes petulantes y categóricos; se aguarda la contribución a un auténtico debate. Sólo cuando se procede así, encontramos que la utilidad universitaria resulta del todo acreditada. Es una carga que nunca se podría tildar de abusiva.
No se trata de consagrar a los universitarios, profesores o aun estudiantes, como los únicos que tuvieran esa obligación reflexiva. La preocupación debe servir para caracterizar a todos quienes quieren tener un mejor presente. Sin duda, es una institución útil, creada para la consecución de los mencionados fines. Su naturaleza está, por ende, relacionada con los roles que he comentado. No obstante, hay también vida intelectual lejos del campus. Dar fe de la técnica que se tiene para terminar con un aprieto, por ejemplo, no concede supremacía en estos quehaceres. Lo que necesitamos es de interacciones provechosas, vínculos mediante los cuales nos aproximemos a la verdad y, en consecuencia, favorezcamos nuestra convivencia.

24/2/17

La necesidad de una literatura universal



  

Y en fin, ¿cómo propugnar robinsonismo intelectual alguno sin caer en el mayor absurdo?
Roberto Fernández Retamar


El año 1771, en Estrasburgo, cuando contemplaba su catedral, Goethe tuvo la convicción de que no se hallaba frente a una obra cualquiera. Es cierto que, técnicamente hablando, el edificio era gótico, contando con las características correspondientes, lo cual podía ser motivo suficiente para su elogio. No obstante, mientras lo admiraba, le fue revelada una cualidad hasta entonces ignorada por él: su pertenencia a la cultura alemana. Se trataba, pues, en su criterio, de una creación del espíritu que sólo podía darse gracias a esa nación. Así, tal como lo hicieron los románticos del siglo XVIII, el alma colectiva o genio de la nación, entre otras denominaciones, fomentaba la existencia de sociedades supuestamente superiores, pero también nocivas. Porque, bajo el pretexto de preservar lo propio, se perjudica a individuos que conforman esas mismas comunidades, impidiendo ampliar su mirada, diversificar placeres y contrastar ideas.
Naturalmente, una concepción como ésa, capaz de consagrar la diversidad y desestimar las coincidencias, incluso despreciarlas, no podía acompañar siempre al antedicho pensador alemán. En 1827, entretanto leía una novela china, tuvo otra especie de epifanía. Notó entonces que, pese a las variaciones de tiempo o espacio, él podía sentir cercanía con ese texto asiático. Se trataba de una proximidad que podía ser experimentada por cualquiera, siempre y cuando nos resistiéramos a prejuicios e insensateces análogas. Había elementos que tornaban posible esa relación de armonía, justificándose hablar de una literatura universal. Desde entonces, contradiciendo los postulados de Herder, adoptó una postura que cabe todavía reivindicar. El aprecio por una cultura en donde la razón no sea detestada, además, en la que pensar forme asimismo parte del fenómeno artístico, nos impone tal tarea.
No discuto que las circunstancias, sin importar su tipo, influyan en los individuos y, por supuesto, sus sociedades. Siendo los hombres diferentes entre sí, lo razonable es que sus asociaciones admitan desemejanzas. Ello se reflejará en los problemas que enfrentan, así como las soluciones pensadas para su finalización. Asimismo, en el asunto aquí tocado, esas particularidades podrán tornarse perceptibles al momento de la creación literaria. En este sentido, no sólo es comprensible, sino también provechoso el hecho de tener distintos estilos, escuelas, corrientes, merced a las cuales disfrutemos del mundo forjado por ellos. Mas reconocer lo positivo de dicha diversidad no implica que neguemos aspectos comunes. No aludo a reglas formales, esas preceptivas que procuran disciplinar al artista para gozo del crítico; la cuestión es más generosa. Existen elementos que pueden servir para relacionar a Voltaire con Jorge Edwards, por ejemplo, denotando su pertenencia a una misma cultura.
Los rabiosos enemigos de Occidente han propugnado, entre otros despropósitos, la descolonización, promoviendo hasta el rechazo a las obras que se reputan como clásicas. Ellos creen que deben ser leídos únicamente autores nacionales, quienes serían una suerte de instrumento para la expresión del alma patriótica. Olvidan que, aunque sea griego, Homero es fundamental para entender la condición humana. Esto mismo puede sostenerse en los casos de Dante, Confucio, Tolstoi, Cervantes o Shakespeare. Su lectura es, por consiguiente, tan necesaria cuanto relevante para terminar con las mezquindades y los envanecimientos que, en varias oportunidades, nos han conducido a la violencia.

Nota pictórica. El retrato de Goethe que ilustra la composición es una obra que pertenece a Joseph Karl Stieler (1781-1858).

9/2/17

Insuficiencia de la democracia y reivindicación republicana





Una democracia sin los requisitos de la república liberal no es sino una dictadura plebiscitada. Un gobierno elegido y apoyado por las mayorías se transformará en una dictadura en tanto cercene las libertades y persiga a las minorías.
Juan José Sebreli


La fundamentación del poder, al igual que las alegaciones en torno a su titularidad y los condicionamientos para ejercerlo, no se ha mantenido invariable. Si revisamos nuestro pasado, encontraremos diversos criterios, ideas que procuraban apoyar al gobernante por su fuerza, edad, supuestas virtudes mágicas o presunto contacto con los dioses. No ha sido sencillo conseguir que, en el campo de la política, una legitimación como ésa sea sustancialmente racional. Muchas personas hubiesen preferido seguir con la entronización de guerreros, hechiceros, criaturas del Olimpo u otros sujetos cuyo predicamento no radica en ningún ejercicio reflexivo. Sí, fue difícil; empero, en sociedades sensatas, el respaldo de las autoridades debe tener ese carácter. Por supuesto, este asunto no concluye con el reconocimiento de tal común denominador, ya que, siendo los hombres desiguales entre sí, habrá diálogos, debates y hasta polémicas para determinar cuál es la razón valedera.
La democracia puede ser concebida como un medio que permite zanjar esa controversia de ideas o propuestas políticas, legitimando, por consiguiente, a ciertos individuos para el ejercicio del poder. Lo deseable, aunque no por ello frecuente, es que en esa elección se consideren prioritariamente los mejores planes, así como las actitudes compatibles con la decencia. Es innegable que, frente a dictaduras militares o despotismos de orden civil, abogar por el sistema democrático debe juzgarse necesario, incluso imperativo. Pero la existencia de sus virtudes no tiene que llevarnos al fanatismo. Nadie asegura que haya infalibilidad en ese cometido; por el contrario, los errores al respecto recargan nuestra historia. La lista de tiranos y regímenes perversos que merecieron los favores de las urnas es extensa. No cabe, pues, la divinización de sus postulados ni, peor todavía, del mortal que resulte victorioso en esas lidias.
Tal como lo hicieron los humanistas del Renacimiento, desde Petrarca hasta Boccaccio, el conocimiento del mundo antiguo puede ser útil para mejorar nuestro presente. Lo apunto porque el riesgo de un “despotismo democrático”, conforme a John Adams, puede contrarrestarse gracias a una invención que tiene ya cuantiosos siglos: la república. En efecto, teniendo como finalidad esencial la limitación del poder, el rechazo a las tiranías, sean éstas solitarias o mayoritarias, fabricando un gobierno de leyes, ofrece lo necesario para exigir su presencia entre nosotros. Con seguridad, mientras estuviese vigente, nos salvaría de abusos que fuesen perpetrados bajo la excusa del bien común. Porque, forzosamente, cuando es auténtica, su andamiaje trae consigo la protección del individuo, levantándose instituciones que no tienen sentido sino al procurar este objetivo.
 La preocupación por los asuntos públicos, sin llegar a las exageraciones propias de hombres con esa única obsesión, es una virtud tan republicana cuanto democrática. Las personas que desprecian ese tipo de atenciones son quienes, tarde o temprano, con su omisión, provocan calamidades en su sociedad. No demando que la política, con sus correspondientes actuaciones cívicas o aun movilizaciones callejeras, sea siempre parte esencial de nuestras vidas. Es sólo una dimensión, si bien muy relevante, que no debe causar ningún desdén por las demás. No obstante, pensemos en hacer lo indispensable para evitar que, como pasó en otras épocas, uno o más demagogos, alegando ser la encarnación de las masas, liquiden cualesquier derechos.

Nota pictórica. Borgia y Maquiavelo es una obra que pertenece a Federico Faruffini  (1831-1869).

27/1/17

Los destinos del lector




A veces creo que los buenos lectores son cisnes aun más tenebrosos y singulares que los buenos autores.
Jorge Luis Borges


La muerte suele ser indulgente con quienes absorbe. Los cuestionamientos en torno al difunto pierden fuerza, incluso sensatez, cuando llega la última respiración, cesando funciones y extinguiendo el paso por este mundo. Si esta relajación del espíritu crítico es lo usual entre familiares, así como amistades cercanas, puede presentarse asimismo al examinar a quien, por distintas causas, consideramos importante para nuestro crecimiento. Sin embargo, hay méritos que no pueden ensombrecerse. No pienso únicamente en los individuos que, debido a sus actuaciones, han orientado mis juicios, contribuyendo a la formación de una determinada conciencia ética. Ellos son relevantes, sin lugar a dudas, al igual que los intelectuales, esos mortales dispuestos a trabajar para terminar con el achabacanamiento en política. Sin embargo, me interesa también otro fenómeno. Aludo a una condición que acompañó al ya finado Ricardo Piglia durante su feraz existencia, a saber: la de lector infatigable. Un atributo que su fallecimiento impone para la reflexión.
Las novelas y ensayos de Piglia sirvieron para multiplicar a quienes conforman su especie. Toparse con referencias literarias en sus narraciones, evocando a grandes autores, entre otras vivencias, aumentaba las dichas propias del lector. Porque uno se siente parte de una realidad superior a la del prosaico mundo en que habitamos, con sus limitaciones, fealdades e infamias. Es verdad que hay igualmente motivos para sentirnos satisfechos, experimentando goces tan reales cuanto intensos; empero, los efectos conocidos por un lector no son para nada desdeñables. Gracias a las páginas que finalizamos, la imaginación resulta enriquecida, el ingenio, provocado y, si esto fuese insuficiente, nuestra sensibilidad ante las injusticias se vuelve mayor, como deseaban los humanistas.
Por supuesto, aun cuando las bondades sean varias, sería un absurdo fomentar una suerte de fanatismo literario. No todo en la vida se reduce al acto de leer, peor todavía si el texto fue forjado con fines que son deplorables. Aclaro que, por principio, defiendo la lectura de cualquier libro, incluyendo aquéllos en donde se halla sólo ira, falacias o groseras manipulaciones. El punto es que, si endiosamos al autor, impidiéndonos la posibilidad de considerar otras posiciones, nos convertimos en autómatas ilustrados. Puede reconocerse que consumimos cuantiosos volúmenes, siendo hasta capaces, como Stalin, Pinochet o Castro, de mostrar una biblioteca descomunal; con todo, nuestra condición es engañosa: al renunciar a la diversidad en ese campo, al pensamiento libre e indagador, nos privamos de sus mayores provechos. Pasa que su puesta en práctica debe ser esencialmente un hecho incompatible con toda servidumbre, salvo la de nuestra crítica.
Como es sabido, las lecturas que uno realiza pueden servir para fines eminentemente individuales, hedónicos o edificantes, aunque también con el propósito de fundar infiernos. Los libros sagrados de las religiones son claros ejemplos al respecto. Lo mismo sucede con las obras que, como Mein Kampf o Das Kapital, fueron empleadas para justificar la barbarie. Es cierto que no se puede acusar a sus promotores de fomentar el analfabetismo; no obstante, una política estatal como ésa puede provocar peores consecuencias. Porque lo fundamental no es extenuar la vista en cumplimiento de un deber, memorizando conspiraciones, registrando insultos, sino hacerlo para, con tino y complacencia, vivir los años que nos incumben.

13/1/17

Thoreau, el desobediente solitario




Un solitario será austero, piadoso, será penitente, en fin, se convertirá en santo; pero sólo será digno de llamarse virtuoso cuando haya hecho algún acto de bien por el que se hayan visto beneficiados los demás hombres.
Voltaire


Hay personas que conciben la política como un medio para satisfacer necesidades, antojos y caprichos del peor tipo. Son individuos que, desde los tiempos de Sócrates, han provocado irritaciones entre quienes no se resignan a ser gobernados por malhechores o patanes. Porque, aun cuando parezca increíble, contamos todavía con sujetos que no consienten esas corrupciones, siendo impulsados por otra clase de intereses. Me refiero a hombres que no ambicionan el ejercicio del poder público; al contrario, juzgan necesaria su vigilancia, incluso imprescindible, mientras se pretenda una vida exenta de dominaciones arbitrarias. Es más, son mortales que no garantizan el cumplimiento de cualquier orden lanzada por las autoridades. Para ellos, previamente, es forzoso que se demuestre su concordancia con la libertad, pues, siguiendo a Hannah Arendt, las actividades políticas no tienen otro sentido.
Históricamente, por fortuna, no ha faltado gente que defienda un orden propicio para la libertad. Existen ejemplos de diversa índole para demostrarlo, aunque, en muchos casos, la impostura esté presente. Pasa que hallamos también a embusteros en ese ámbito. Pienso en quien pronuncia o escribe profundos discursos al respecto; no obstante, lo hace sólo con fines proselitistas. Puede buscar asimismo la exhibición, el reconocimiento del prójimo, las adulaciones, pero no así dejar constancia de su indignación. Una situación que, en resumen, es contraria a la protagonizada por el filósofo y escritor Henry David Thoreau, cuyo bicentenario natal será celebrado este 2017. Su vida, acabada el año 1862, fue una prueba clara de que, en soledad, sin afanes egocéntricos, se puede contribuir al adecentamiento del mundo.
Thoreau no se limitó al campo de especulación y las teorías, dominios en los que muchos intelectuales prefieren residir exclusivamente. Debido al incumplimiento de sus obligaciones tributarias, estuvo en la cárcel. Es verdad que fue una sola noche (un familiar pagó la deuda); no obstante, el hecho es aún hoy admirable. Sucede que, como no aprobaba la esclavitud, legal entonces en Estados Unidos, ni la guerra contra México, consideraba inaceptable cualquier aporte a esas causas. Era un fundamento de carácter ético el que sustentaba su postura, siempre coincidente con una gran máxima: “El mejor gobierno es el que no tiene que gobernar en absoluto”. Desde luego, cuando son compatibles con nuestras convicciones morales, las leyes merecen que optemos por su acatamiento; si ocurre lo contrario, queda el recurso que nos enseñó e inspiró a Mahatma Gandhi, Martin Luther King y otros activistas: la desobediencia civil.
El rechazo a la autoridad hizo que, durante más de dos años, nuestro pensador viviera en una cabaña, distanciado del orden social, ligado a la naturaleza. Es cierto que una experiencia como ésta se recuerda, en varios círculos, para legitimar el desprecio a lo urbano, exagerando las bondades del bosque. No se discute la presencia de falencias; el punto es que las ciudades han favorecido igualmente a nuestro bienestar. Me parece más relevante resaltar ese suceso para evidenciar la importancia del individuo que obra de modo autónomo, evitando, en lo posible, los ruegos o las invocaciones al Estado. Walden, nombre del lago cerca de donde Henry David estuvo en aquella ocasión, no equivale a una metrópoli del siglo XXI; sin embargo, está claro que nos podría ir mejor si nuestra existencia no estuviera tan marcada por esas dependencias, públicas o privadas.

Nota pictórica. El retrato de Henry David Thoreau es una obra que pertenece a Felix Vallotton (1865-1925).

30/12/16

El MAS y las peras del olmo





A veces desechamos posibilidades, incluidas algunas de las que sabemos muy poco, porque no queremos que sean ciertas, aunque parezcan o sean maravillosas.
Robert Nozick


En La derrota del pensamiento, provocador libro de 1987, Alain Finkielkraut recuerda que filósofos como Voltaire y Diderot no concebían realizable la libertad mientras existiese ignorancia. El acceso al conocimiento traía consigo ese provecho, uno en virtud del cual los hombres se alejaban de las equivocaciones. Siguiendo esta lógica, bastaba con colocarse frente al saber, en cualquiera de sus manifestaciones, para que se produjera una transformación positiva del individuo. Este acontecimiento puede presentarse directamente, cuando uno mismo se percata de la fortuna que conlleva pensar sin apego a los dogmas o prejuicios. Se tiene también la posibilidad de que alguien promueva ese contacto, permitiendo la ilustración del prójimo. En esta última circunstancia, nos mueve la ilusión de que nuestro semejante cambiará, enderezando su vida, distanciándose del absurdo. Sin embargo, se hallan casos en los que debe abandonarse toda fe.
    Varios años después del arribo al poder de Juan Evo Morales Ayma, existen esperanzas que deben desaparecer en Bolivia. Hay, pues, anhelos que, por distintas causas, son irrealizables entretanto su régimen esté vigente. Parto con las exhortaciones de mayor estrépito, aunque, a menudo, efectuadas sin gran profundidad. Porque creer que, a la postre, su organización se dará cuenta del valor de la democracia es ya un genuino sinsentido. Desde sus tiempos en la oposición, el Movimiento Al Socialismo ha sido un partido incompatible con los principios que fundan este sistema. Sorprenderse de que quienes, sin argumentos válidos, cuestionaban las elecciones en donde triunfaron gobernantes medianamente liberales, con más o menos lucidez, se resistan hoy a reconocer un dictamen mayoritario evidencia demasiada inocencia. Su pregonada obediencia a los mandatos de la gente es una línea que se usa sólo con fines demagógicos.
    Pedir que los oficialistas admitan la comisión de faltas, peor aún delitos, equivale a perder el tiempo. En la última década, conforme a su versión, los problemas fueron siempre provocados por Estados Unidos o las personas que traicionan este país. Cuando se ha dado el milagro de una disculpa, ésta fue consumada con el menor desgano posible, denotando cuán difícil les resulta exponer su falibilidad. Al margen del disgusto, en esas excepcionales ocasiones, la culpa es soportada por funcionarios de baja categoría. Éstas son las personas que el poder sacrifica para eludir ataques a la minoría mandante. Con este objeto, cuando los medios se agotan, queda el recurso de alegar desconocimiento del asunto cuyo tratamiento ha generado críticas.
    Cuenta con el mismo destino, inequívocamente infértil, demandar que participen en un debate, tan abierto cuanto sincero, sobre los problemas en torno a la realidad boliviana. Esto se vuelve inviable porque, para llevarlo a cabo, es imprescindible que uno reconozca sus limitaciones, dejando de lado la soberbia, el exclusivismo, entre otros vicios. Se requieren asimismo ideas, sin que su defensa implique la violencia ejercida por seguidores o milicias. En suma, debe haber un espíritu que, bajo la figura del librepensante, cuando ha intentado asomar entre los gobiernistas, mereció una censura contundente. Por tal motivo, esperar éste o los otros cambios no es sino un ejercicio de candidez ciudadana. Lo razonable pasa por no confiar en su buena voluntad e imponerles esas condiciones. No se trata de mendigar concesiones, las que serán fingidas; la misión es abolir prácticas inciviles.


Nota pictórica. Las aguas misteriosas es una obra que pertenece a Ernest Bieler (1863-1948).