«Los sabios antiguos se preocuparon de investigar, en el terreno de las filosofías, dónde estaba radicada el alma humana, si en el dedo gordo del pie o en la vesícula biliar. Si hubiesen examinado a cualquier gerente industrial habrían sabido de inmediato, sin necesidad de acudir a Platón o a Aristóteles, que el alma –soplo vital de algunos hombres–, se encuentra situada en la cartera».
José Calderón Salazar, Letras de liberación.
El vínculo entre propiedad privada y libertad individual es un hallazgo de John Locke, fundador del liberalismo. Esta doctrina es la que defiende los mercados libres, la prudencia fiscal, las estimulaciones tributarias, el rechazo al estatismo, por mencionar algunos puntos de índole crematística. Mas un liberal se esfuerza también para conseguir una realidad en la que los demás derechos humanos, tan valiosos como el de la propiedad personal, sean apreciados con igual firmeza. Por consiguiente, pretender la existencia de un orden económicamente liberal en cualquier escenario ideológico, peor todavía uno socialista, es atentar contra su propia naturaleza. Es cierto que una salvaguarda parcial de la libertad puede ser lucrativa; sin embargo, tarde o temprano, el ataque a sus expresiones éticas y políticas terminará segando esa facultad que los dueños del capital estiman imprescindible. Si queremos mantenerlo vigente, las bases teóricas de un lineamiento que nos agrada no deben ser desairadas. Ocurre que, al no proceder así, mediante acciones favorables a sus impugnadores, arriesgamos los efectos del postulado que nos beneficia.
Los experimentos socialistas han demostrado ser ineficaces desde que alguien tuvo la demencial idea de promover su realización. Hasta el momento, los gobernantes que adoptaron las diferentes corrientes del marxismo descollaron por sus crímenes políticos, agresiones a la dignidad humana y propagación de miserables. Además, la lista de las principales potencias económicas prueba que sus premisas no tienen ningún provecho, salvo el de evidenciar cuánta irracionalidad alojan los izquierdistas. Excluyendo a los miembros de la CEPB, nadie desconoce que la empresa privada es anatemizada por quien desea una dictadura del proletariado o el espantoso capitalismo de Estado. Esto hace que, cuando hay autenticidad en los dos conceptos, la concordia sea inviable. Aun las propuestas socialdemócratas que respaldan la libertad individual pueden tolerarse –aunque con un recelo pertinaz–, pero jamás aprobar el advenimiento de colectivismos.
Cuando lo único que interesa es el cuidado del patrimonio personal, los escrúpulos desaparecen al consumar negocios de todo tipo: no afecta que la otra parte intente levantar un sistema en el cual las libertades civiles y políticas sean deterioradas; deben causar indiferencia, quizá congratulaciones, los actos autoritarios del comprador de nuestros productos o servicios. Esa persecución amoral de riqueza permite presenciar, sin conmoverse, a compañeros del gremio que son fustigados por el nuevo cliente. Ellos suponen ingenuamente que no tendrán una molestia similar, porque sus contactos en el Gobierno les prometen un compadrazgo perpetuo. Bajo el pretexto de la neutralidad ideológica, entonces, nada impide que, como sucedió durante las dictaduras militares, se pacte con un grupo decidido a conducirnos al abismo. No debe olvidarse que una conducta parecida hizo posible la crecida del nazismo, cuyas brutalidades son conocidas incluso por los dirigentes de las organizaciones empresariales.



