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17/4/17

Para debatir con García Linera





La vanidad innata, que tan susceptible se muestra en lo que respecta a nuestra capacidad intelectual, no se resigna a aceptar que aquello que primero formulamos resulte ser falso, y verdadero lo del adversario.
Arthur Schopenhauer


Conforme a lo explicado por Humberto Giannini, la filosofía es un “modo de vivir a la intemperie”. En efecto, desde Sócrates hasta Sartori, esos pensadores no han anhelado las protecciones, esas seguridades proporcionadas por tradiciones, prejuicios y dogmas. Parten de preguntas; después, persiguen respuestas, pero jamás proclaman que tienen contestaciones definitivas. Un caso distinto es el del sabio. Este tipo de persona tiene una postura que se resiste a la humildad intelectual. Uno debe acudir a él no para formular interrogantes, sino en busca de ser iluminado. Por esta razón, cuando alguien que aparenta tener todas las verdades abre la posibilidad del debate, debemos celebrarlo. Así, frente al inverosímil reto lanzado por Álvaro Marcelo García Linera a exautoridades y líderes políticos de Bolivia, pienso en algunos temas que pueden serles útiles. En esta oportunidad, me limito a explotar tres ámbitos que creo valiosos y en los cuales, según el funcionario desafiante, su solvencia es innegable.
Partamos con las matemáticas, que, lamentablemente, no produjeron mayores inquietudes en García Linera. Porque no hay ninguna tesis o problema que lleve su firma: descarten hallar algún “Teorema de Kananchiri”. Pese a esto, supongo que los años en la Universidad Nacional Autónoma de México le sirvieron de algo. Por lo tanto, aunque me hubiese gustado tratar la paternidad del cálculo infinitesimal, reivindicando al gran Leibniz frente a Newton, propongo una cuestión menor. Interesa conocer cómo un discípulo de Pitágoras pudo hablar de “empate técnico” cuando ninguna fórmula seria lo apoyaba. Se sospecha que, como en otras ocasiones, hubo sólo malabarismo verbal o, resumiéndolo, repudio a un ejercicio de los derechos políticos que contravino sus intereses.
Para no ser demasiado rigurosos, sigamos con la literatura. Sé que las páginas del gobernante de marras invitan al bochorno si se consideran desde una perspectiva estética. Pareciera que, teniendo alma de revolucionario, haya intentado una transformación del lenguaje, molestando al lector con sus insufribles adjetivaciones o, cual el indigerible Hegel, ensombreciendo ideas, peor todavía cuando trata de ser poeta. Con todo, lo que planteo es reflexionar sobre por qué, siendo, supuestamente, amante del mundo de las ideas, su Vicepresidencia no ha publicado ninguna obra con reflexiones distintas ni, menos aún, contrarias al pensamiento que pregona el régimen. Convengamos en que, incluso para los fanáticos, conocer las alegaciones del contrario, aunque sea éste demoníaco, sirve para confirmar su fe. ¿Por qué se insiste con el adoctrinamiento? Apunto que, mientras se destinen recursos públicos para esos fines, la pregunta resultará válida.
Por último, arribamos al campo de la política. Desecho el fácil recurso de recordarle sus escritos del pasado neoliberal, donde atacaba al Estado de Derecho y a los empresarios, hoy adictos al régimen. Interesa un asunto que va más allá de las imposturas del área intelectual. Me refiero a una cuestión conceptual. Acontece que, si la libertad de pensamiento y expresión, teóricamente defendidas por el MAS, pueden originar diferentes ideas, programas y hasta partidos, con lo cual tendríamos un pluralismo compatible con la diversidad humana, ¿por qué considera democráticos a países con partido único? Es más, ¿cuál es la razón que justifica su respaldo a una cristalina dictadura como la de Venezuela? Imagino que la sapiencia plurinacional puede guiarnos en torno a ello.

7/4/17

Política y destino de la historia




No hay dos épocas que tengan las mismas intenciones filosóficas; claro es que me refiero a la verdadera filosofía y no a las minuciosidades académicas sobre las formas del juicio o las categorías del sentimiento.
Oswald Spengler


Según José Ortega y Gasset, el hombre no tiene naturaleza, sino historia. Somos el producto de nuestras decisiones, las que, si bien se toman en circunstancias específicas, no responden a ningún determinismo. Hay diferentes factores que influyen al momento de afrontar problemas del presente; sin embargo, existe un margen para la libertad, gracias al cual nos consideramos autónomos. Así, cuando no asoma la insensatez, tanto los aciertos como las equivocaciones sirven para tener una vida en donde lo pasado permita nuestro avance. No me refiero ahora al progreso de orden intelectual; pienso en cómo esas vivencias pesan cuando hablamos del poder. Pasa que una mirada puesta en el ayer puede ayudar a quienes anhelan la fabricación de pretextos para su encumbramiento político.
No es posible concebir la política sin tener en cuenta el poder, cuya restricción ha originado variadas e imprescindibles disputas. Desde Hobbes hasta Foucault, por citar algunos filósofos, se ha reflexionado al respecto, deliberando sobre su ejercicio y manifestaciones en nuestra realidad. Con todo, destaco el tema de su justificación porque, para presentarla como algo indiscutible, se puede recurrir a Dios, la razón o el pasado. En efecto, la historia puede ser empleada para respaldar autoridades, gobiernos o sistemas que ya no parezcan tener ningún otro sustento. De esta manera, en criterio del régimen que las invoca, esas épocas pretéritas acreditarían su llamado a mandar al semejante, quien, si no quiere contradecir el hado nacional, debe obedecer cualesquier órdenes.
Obviamente, aun cuando nos castiguen con discursos que, sin seriedad, señalan al pasado como fuente de su legitimidad, cabe inclinarse por la desconfianza. Ocure que la historia puede ser también entendida como una invención de quienes ansían la conquista o conservación del poder. Es conocido el alegato de que contendría sólo aquello favorable a sus intereses, no sintiendo pesar si se deben tergiversar hechos por los cuales su ensalzamiento resulte cuestionable. Siguiendo esta línea, la finalidad no es posibilitar que los ciudadanos conozcan de su sociedad, recordando éxitos, pero asimismo discutiendo en torno a sus abominaciones; para esos gobernantes, lo fundamental es proyectar al régimen como la encarnación del destino.
En una de sus ingeniosas frases, Aldous Huxley escribió: “La gran lección de la historia es que no se aprendió la lección de la historia”. Esta reflexión puede usarse para criticar a las personas que pretenden hallar un sentido, una conexión, razonable y coherente, entre los distintos tiempos. Es una enseñanza que no debe relegarse. No tenemos ninguna fuerza suprahumana capaz de impulsar nuestro adelanto o, en varios casos, imponer el retroceso; por ende, aunque recuerden profecías milenarias, los regímenes no deberían invocarla. Por otro lado, esa sentencia del autor de Un mundo feliz, libro harto recomendable, es útil para reconocer nuestras falencias. Porque, pese a las extraordinarias facilidades que se nos brinda hoy para conocer de los errores del pasado, somos terribles aprendices. Por ejemplo, pueden mostrarnos cómo una ideología propagó hambrunas, muertes e irracionalidades dondequiera que tuvo presencia; no obstante, muchos sujetos prefieren una cómplice y estúpida incredulidad. Optan por esperar a su redentor, al mortal que sea la síntesis de siglos en los cuales su nombre haya sido entrevisto. Mientras tanto, nos condenan a un presente sin un futuro digno, siquiera decente.

Nota pictórica. La alfombra mágica es una obra que pertenece a Víktor Vasnetsov (1848-1926).

24/3/17

Tocqueville, democracia y revolución




En primer lugar, examiné a los hombres, y llegué a la conclusión de que, en esta infinita diversidad de leyes y costumbres, no estaban regidos únicamente por sus fantasías.
Montesquieu


Ninguna sociedad se mantiene idéntica a la del momento en que fue fundada. No pienso en los inevitables cambios que, con el paso del tiempo y las necesidades demográficas, entre otros factores, modifican su apariencia. Lo que destaco es la imposibilidad de contar siempre con las mismas ideas. Debido al criterio que parece mayoritario entre las minorías intelectuales, uno puede creer en prejuicios capaces de afectar a casi todo un país. Así, explotando generalidades, llegamos a relacionar nacionalidades con determinadas actitudes o absurdos. En el caso de Francia, por ejemplo, su clase intelectual ha sido asociada con el antiamericanismo o antiimperialismo estadounidense. Sartre es una de las varias figuras que ilustra la idea. Empero, tenemos excepciones: Jean-François Revel, Raymond Aron y, mucho antes, el esclarecido Alexis de Tocqueville, cuyo pensamiento merece nuestras atenciones.
A diferencia de Kant, Heidegger y otros sujetos que no querían abandonar su terruño, Tocqueville apostó por un conocimiento generoso del mundo. En este cometido, sumado a un móvil académico, visitó Estados Unidos junto con su amigo Gustave de Beaumont. Ciertamente, procurando el estudio de su sistema penitenciario, observó hechos y costumbres que le originaron distintas reflexiones. Gracias a ello, en 1835, aparecería La democracia en América, una obra de dos tomos que alberga juicios imprescindibles para entender ese sistema, apreciar las bondades, pero también advertir los peligros. A propósito de sus virtudes, apunto que, según Alain Minc, con ese libro se inaugura el género del reportaje ideológico, cuyo campo será explotado por insignes autores.
En ese trabajo sobre la democracia estadounidense, nuestro pensador describe aspectos que se relacionan con temas económicos, políticos y culturales. Mas sus párrafos no responden únicamente al deseo de hacer descripciones; hay también sitio para los juicios valorativos. En efecto, desde su perspectiva, ese país demostraba cuán posible resulta la convergencia de libertad e igualdad, dos valores que, hasta entonces, parecían inconciliables conforme al criterio europeo. Resalto que, en su primera juventud, fue un entusiasta partidario de la monarquía; sin embargo, la vida fuera del territorio francés lo transformó. Se debe aclarar que no hay sólo elogios en dichos volúmenes. Sucede que, en la segunda parte, critica el culto al dinero, el peligro de la opinión pública y una cuestión que se conoce muy bien: la tiranía mayoritaria.
Tocqueville fue diputado, tocándole la Revolución del año 1848, al igual que el ascenso de Luis Napoleón. Tuvo incluso tiempo de ser su Ministro de Asuntos Exteriores, aunque salió antes de llegar el famoso golpe que se consumó en 1851. Así, el fenómeno del bonapartismo lo contó como testigo y crítico. Se lo puede notar en El Antiguo Régimen y la Revolución. En este libro, nuestro autor sostiene que, en realidad, lo que había hecho la revolución era continuar con el proceso de centralización que fue iniciada en el régimen absolutista. No había, pues, discontinuidad al respecto. No importaba el alarde, los discursos que subrayaban cuán originales eran sus medidas. Los gobernantes no habían hecho más que seguir con la concentración del poder, un elemento sin el cual ninguna revolución puede ser entendida. Además, en cuanto a este acontecimiento, él manifestó que le impresionaba más “la singular imbecilidad de los que facilitaron su advenimiento sin quererlo”. Es imposible estar en desacuerdo.

Nota pictórica. El retrato de Alexis de Tocqueville que ilustra el texto pertenece a Théodore Chassériau (1819-1856).

10/3/17

¿Para qué debería servir la universidad?




La causa es tan evidente como triste: deficiencias de nuestro medio, que ustedes conocen de sobra. ¡Todo falta aquí!
Carlos Vaz Ferreira


En un libro que tituló Temperamentos filosóficos, específicamente cuando reflexiona sobre Platón, Peter Sloterdijk escribe acerca de la educación antigua. Evocando esa época, marcada por una fulgurante Atenas, dicho autor destaca que se perseguía entonces una meta sobremanera relevante: instaurar una escuela de excelencia. Era un objetivo que podía considerarse ambicioso, pues implicaba la realización del individuo en distintos campos. Se creía en la posibilidad de preparar, con solvencia y optimismo, a los hombres que progresarían conforme a criterios intelectuales, pero también aportarían al adelanto social. Porque, desde la célebre Academia, con Aristóteles, Polemón y otros discípulos, se tenía esa pretensión de darnos a los mejores ciudadanos, quienes se convertirían asimismo en gobernantes. Es indiscutible que no se aseguraba la obtención de tal propósito; sin embargo, la fundamentación parecía merecedora del respaldo.
Aunque las circunstancias variaron, ya que el paso del tiempo trajo consigo diversas transformaciones, ese mismo designio ha fundado universidades. En efecto, continuadoras de la línea que se trazó hace milenios, esas instituciones se decantaban por cumplir tareas relacionadas con la vida pública y privada. Así como era importante la profesionalización, adquiriendo saberes, perfeccionando destrezas, era igualmente valioso el ámbito de los trabajos científicos. Eran las labores capitales, actividades que justificaban su vigencia. Mas había otra función que le concernía. Aludo a lo que, en una obra del año 1930, José Ortega y Gasset presentó como su misión. Para este pensador, la universidad tenía que ocuparse de propiciar espacios en los cuales se dialogue, razone, discuta sobre los problemas sociales. Teniendo a entendidos en diferentes áreas del conocimiento, no se hallaba sensato que aquéllos evitaran cualquier impulso al respecto.
Es cierto que, aun cuando sean verdaderas autoridades en su terreno, los catedráticos e investigadores pueden equivocarse, perjudicando la comprensión de temas sociales. En estos casos, el deseo de ser iluminados gracias a sus reflexiones, claras o densas, podía originar efectos peores al del desconocimiento. Con todo, el hecho de intentar sobreponerse a las simples opiniones, esas apreciaciones tan superficiales cuanto deleznables, ya se constituía en un avance. Por supuesto, presumo que los aportes provenientes de sus carreras serán decentes o, al menos, mínimanente inteligibles. Debe recalcarse que su función no es pontificar, lanzando dictámenes petulantes y categóricos; se aguarda la contribución a un auténtico debate. Sólo cuando se procede así, encontramos que la utilidad universitaria resulta del todo acreditada. Es una carga que nunca se podría tildar de abusiva.
No se trata de consagrar a los universitarios, profesores o aun estudiantes, como los únicos que tuvieran esa obligación reflexiva. La preocupación debe servir para caracterizar a todos quienes quieren tener un mejor presente. Sin duda, es una institución útil, creada para la consecución de los mencionados fines. Su naturaleza está, por ende, relacionada con los roles que he comentado. No obstante, hay también vida intelectual lejos del campus. Dar fe de la técnica que se tiene para terminar con un aprieto, por ejemplo, no concede supremacía en estos quehaceres. Lo que necesitamos es de interacciones provechosas, vínculos mediante los cuales nos aproximemos a la verdad y, en consecuencia, favorezcamos nuestra convivencia.

24/2/17

La necesidad de una literatura universal



  

Y en fin, ¿cómo propugnar robinsonismo intelectual alguno sin caer en el mayor absurdo?
Roberto Fernández Retamar


El año 1771, en Estrasburgo, cuando contemplaba su catedral, Goethe tuvo la convicción de que no se hallaba frente a una obra cualquiera. Es cierto que, técnicamente hablando, el edificio era gótico, contando con las características correspondientes, lo cual podía ser motivo suficiente para su elogio. No obstante, mientras lo admiraba, le fue revelada una cualidad hasta entonces ignorada por él: su pertenencia a la cultura alemana. Se trataba, pues, en su criterio, de una creación del espíritu que sólo podía darse gracias a esa nación. Así, tal como lo hicieron los románticos del siglo XVIII, el alma colectiva o genio de la nación, entre otras denominaciones, fomentaba la existencia de sociedades supuestamente superiores, pero también nocivas. Porque, bajo el pretexto de preservar lo propio, se perjudica a individuos que conforman esas mismas comunidades, impidiendo ampliar su mirada, diversificar placeres y contrastar ideas.
Naturalmente, una concepción como ésa, capaz de consagrar la diversidad y desestimar las coincidencias, incluso despreciarlas, no podía acompañar siempre al antedicho pensador alemán. En 1827, entretanto leía una novela china, tuvo otra especie de epifanía. Notó entonces que, pese a las variaciones de tiempo o espacio, él podía sentir cercanía con ese texto asiático. Se trataba de una proximidad que podía ser experimentada por cualquiera, siempre y cuando nos resistiéramos a prejuicios e insensateces análogas. Había elementos que tornaban posible esa relación de armonía, justificándose hablar de una literatura universal. Desde entonces, contradiciendo los postulados de Herder, adoptó una postura que cabe todavía reivindicar. El aprecio por una cultura en donde la razón no sea detestada, además, en la que pensar forme asimismo parte del fenómeno artístico, nos impone tal tarea.
No discuto que las circunstancias, sin importar su tipo, influyan en los individuos y, por supuesto, sus sociedades. Siendo los hombres diferentes entre sí, lo razonable es que sus asociaciones admitan desemejanzas. Ello se reflejará en los problemas que enfrentan, así como las soluciones pensadas para su finalización. Asimismo, en el asunto aquí tocado, esas particularidades podrán tornarse perceptibles al momento de la creación literaria. En este sentido, no sólo es comprensible, sino también provechoso el hecho de tener distintos estilos, escuelas, corrientes, merced a las cuales disfrutemos del mundo forjado por ellos. Mas reconocer lo positivo de dicha diversidad no implica que neguemos aspectos comunes. No aludo a reglas formales, esas preceptivas que procuran disciplinar al artista para gozo del crítico; la cuestión es más generosa. Existen elementos que pueden servir para relacionar a Voltaire con Jorge Edwards, por ejemplo, denotando su pertenencia a una misma cultura.
Los rabiosos enemigos de Occidente han propugnado, entre otros despropósitos, la descolonización, promoviendo hasta el rechazo a las obras que se reputan como clásicas. Ellos creen que deben ser leídos únicamente autores nacionales, quienes serían una suerte de instrumento para la expresión del alma patriótica. Olvidan que, aunque sea griego, Homero es fundamental para entender la condición humana. Esto mismo puede sostenerse en los casos de Dante, Confucio, Tolstoi, Cervantes o Shakespeare. Su lectura es, por consiguiente, tan necesaria cuanto relevante para terminar con las mezquindades y los envanecimientos que, en varias oportunidades, nos han conducido a la violencia.

Nota pictórica. El retrato de Goethe que ilustra la composición es una obra que pertenece a Joseph Karl Stieler (1781-1858).

9/2/17

Insuficiencia de la democracia y reivindicación republicana





Una democracia sin los requisitos de la república liberal no es sino una dictadura plebiscitada. Un gobierno elegido y apoyado por las mayorías se transformará en una dictadura en tanto cercene las libertades y persiga a las minorías.
Juan José Sebreli


La fundamentación del poder, al igual que las alegaciones en torno a su titularidad y los condicionamientos para ejercerlo, no se ha mantenido invariable. Si revisamos nuestro pasado, encontraremos diversos criterios, ideas que procuraban apoyar al gobernante por su fuerza, edad, supuestas virtudes mágicas o presunto contacto con los dioses. No ha sido sencillo conseguir que, en el campo de la política, una legitimación como ésa sea sustancialmente racional. Muchas personas hubiesen preferido seguir con la entronización de guerreros, hechiceros, criaturas del Olimpo u otros sujetos cuyo predicamento no radica en ningún ejercicio reflexivo. Sí, fue difícil; empero, en sociedades sensatas, el respaldo de las autoridades debe tener ese carácter. Por supuesto, este asunto no concluye con el reconocimiento de tal común denominador, ya que, siendo los hombres desiguales entre sí, habrá diálogos, debates y hasta polémicas para determinar cuál es la razón valedera.
La democracia puede ser concebida como un medio que permite zanjar esa controversia de ideas o propuestas políticas, legitimando, por consiguiente, a ciertos individuos para el ejercicio del poder. Lo deseable, aunque no por ello frecuente, es que en esa elección se consideren prioritariamente los mejores planes, así como las actitudes compatibles con la decencia. Es innegable que, frente a dictaduras militares o despotismos de orden civil, abogar por el sistema democrático debe juzgarse necesario, incluso imperativo. Pero la existencia de sus virtudes no tiene que llevarnos al fanatismo. Nadie asegura que haya infalibilidad en ese cometido; por el contrario, los errores al respecto recargan nuestra historia. La lista de tiranos y regímenes perversos que merecieron los favores de las urnas es extensa. No cabe, pues, la divinización de sus postulados ni, peor todavía, del mortal que resulte victorioso en esas lidias.
Tal como lo hicieron los humanistas del Renacimiento, desde Petrarca hasta Boccaccio, el conocimiento del mundo antiguo puede ser útil para mejorar nuestro presente. Lo apunto porque el riesgo de un “despotismo democrático”, conforme a John Adams, puede contrarrestarse gracias a una invención que tiene ya cuantiosos siglos: la república. En efecto, teniendo como finalidad esencial la limitación del poder, el rechazo a las tiranías, sean éstas solitarias o mayoritarias, fabricando un gobierno de leyes, ofrece lo necesario para exigir su presencia entre nosotros. Con seguridad, mientras estuviese vigente, nos salvaría de abusos que fuesen perpetrados bajo la excusa del bien común. Porque, forzosamente, cuando es auténtica, su andamiaje trae consigo la protección del individuo, levantándose instituciones que no tienen sentido sino al procurar este objetivo.
 La preocupación por los asuntos públicos, sin llegar a las exageraciones propias de hombres con esa única obsesión, es una virtud tan republicana cuanto democrática. Las personas que desprecian ese tipo de atenciones son quienes, tarde o temprano, con su omisión, provocan calamidades en su sociedad. No demando que la política, con sus correspondientes actuaciones cívicas o aun movilizaciones callejeras, sea siempre parte esencial de nuestras vidas. Es sólo una dimensión, si bien muy relevante, que no debe causar ningún desdén por las demás. No obstante, pensemos en hacer lo indispensable para evitar que, como pasó en otras épocas, uno o más demagogos, alegando ser la encarnación de las masas, liquiden cualesquier derechos.

Nota pictórica. Borgia y Maquiavelo es una obra que pertenece a Federico Faruffini  (1831-1869).

27/1/17

Los destinos del lector




A veces creo que los buenos lectores son cisnes aun más tenebrosos y singulares que los buenos autores.
Jorge Luis Borges


La muerte suele ser indulgente con quienes absorbe. Los cuestionamientos en torno al difunto pierden fuerza, incluso sensatez, cuando llega la última respiración, cesando funciones y extinguiendo el paso por este mundo. Si esta relajación del espíritu crítico es lo usual entre familiares, así como amistades cercanas, puede presentarse asimismo al examinar a quien, por distintas causas, consideramos importante para nuestro crecimiento. Sin embargo, hay méritos que no pueden ensombrecerse. No pienso únicamente en los individuos que, debido a sus actuaciones, han orientado mis juicios, contribuyendo a la formación de una determinada conciencia ética. Ellos son relevantes, sin lugar a dudas, al igual que los intelectuales, esos mortales dispuestos a trabajar para terminar con el achabacanamiento en política. Sin embargo, me interesa también otro fenómeno. Aludo a una condición que acompañó al ya finado Ricardo Piglia durante su feraz existencia, a saber: la de lector infatigable. Un atributo que su fallecimiento impone para la reflexión.
Las novelas y ensayos de Piglia sirvieron para multiplicar a quienes conforman su especie. Toparse con referencias literarias en sus narraciones, evocando a grandes autores, entre otras vivencias, aumentaba las dichas propias del lector. Porque uno se siente parte de una realidad superior a la del prosaico mundo en que habitamos, con sus limitaciones, fealdades e infamias. Es verdad que hay igualmente motivos para sentirnos satisfechos, experimentando goces tan reales cuanto intensos; empero, los efectos conocidos por un lector no son para nada desdeñables. Gracias a las páginas que finalizamos, la imaginación resulta enriquecida, el ingenio, provocado y, si esto fuese insuficiente, nuestra sensibilidad ante las injusticias se vuelve mayor, como deseaban los humanistas.
Por supuesto, aun cuando las bondades sean varias, sería un absurdo fomentar una suerte de fanatismo literario. No todo en la vida se reduce al acto de leer, peor todavía si el texto fue forjado con fines que son deplorables. Aclaro que, por principio, defiendo la lectura de cualquier libro, incluyendo aquéllos en donde se halla sólo ira, falacias o groseras manipulaciones. El punto es que, si endiosamos al autor, impidiéndonos la posibilidad de considerar otras posiciones, nos convertimos en autómatas ilustrados. Puede reconocerse que consumimos cuantiosos volúmenes, siendo hasta capaces, como Stalin, Pinochet o Castro, de mostrar una biblioteca descomunal; con todo, nuestra condición es engañosa: al renunciar a la diversidad en ese campo, al pensamiento libre e indagador, nos privamos de sus mayores provechos. Pasa que su puesta en práctica debe ser esencialmente un hecho incompatible con toda servidumbre, salvo la de nuestra crítica.
Como es sabido, las lecturas que uno realiza pueden servir para fines eminentemente individuales, hedónicos o edificantes, aunque también con el propósito de fundar infiernos. Los libros sagrados de las religiones son claros ejemplos al respecto. Lo mismo sucede con las obras que, como Mein Kampf o Das Kapital, fueron empleadas para justificar la barbarie. Es cierto que no se puede acusar a sus promotores de fomentar el analfabetismo; no obstante, una política estatal como ésa puede provocar peores consecuencias. Porque lo fundamental no es extenuar la vista en cumplimiento de un deber, memorizando conspiraciones, registrando insultos, sino hacerlo para, con tino y complacencia, vivir los años que nos incumben.