30/05/12
El valor de la disidencia
La tarea del pensamiento se impone como algo
disonante. Si no, es creencia. Si no, no existe como tal.
Tomás
Abraham
Todo progreso ha sido el efecto de una
discrepancia. En las distintas eras, jamás faltó el mortal que juzgase la
realidad anómala, insatisfactoria, imperfecta. No interesaba que sus
contemporáneos pensaran diferente. Aunque existiera un acuerdo masivo acerca de
las gracias del presente, él tenía motivos para levantar la mano derecha y lanzar
críticas. Una de sus certezas era que nada podía ser impecable; por tanto, el
mejoramiento debía convertirse en un desafío permanente. A riesgo de sufrir por
oponerse a las comodidades mayoritarias, aceptaba la misión con una entrega
plena. Su conducta no hacía sino reflejar esa convicción. No debe interpretarse
este papel como una expresión de misantropía; al contrario, el rechazo a las anuencias
ajenas es un llamado a revisarlas para lograr provechos superiores. Pasa que,
cuando es auténtica, la crítica quiere ayudar al prójimo.
Si en cualquier
asociación reina el conformismo, sus integrantes deben prepararse para
enfrentar graves problemas. No me refiero únicamente al tedio, sino a la apatía
por asuntos políticos. Estando todo bien, resulta intrascendente quién asume la
tarea de gobernar, pudiendo hacerlo algún amante del caos o las
arbitrariedades. Incontables hombres ansían que los consensos sean cada vez más
amplios, pasando por encima de objeciones y descontentos. Creo que, si esto se
concretara, el panorama sería indeseable. Necesitamos que en reuniones de
relevancia para nuestra convivencia haya desarmonía, un comensal se pare e
interrumpa el banquete. Porque, aun en medio del festín, puede presentarse
aquél que nos regale la dicha de divisar las injusticias. No importa la
indigestión que ocasionen sus observaciones; el malestar se justifica si es el producto
de una reflexión encaminada a rectificar faltas.
El disidente puede
ser concebido como un perseguidor de la verdad. Sabe que su conquista le será
siempre esquiva; no ignora los fracasos consumados en esta brega. Porque ése es
un hallazgo que, salvo cuando hay fanatismo, nadie puede proclamar. Nos encontramos
en medio de una pugna por esclarecer nuestra situación, responder interrogantes
que creemos necesarios para existir; no obstante, desde el comienzo, notamos
cuán ilusorio es tener una respuesta terminante. Pese a ello, impulsados por un
escepticismo que no es paralizante, continuamos tratando de alejarnos del
error. La duda se vuelve parte de la cotidianeidad, evitando afiliaciones que
podrían conducirnos al más sanguinario despropósito. No preciso evocar el
número de violaciones, masacres y guerras que han sido perpetradas por quienes
decidieron renunciar voluntariamente a sus vacilaciones. Conjeturo que una voz
disonante pudo haber sido útil para impedir algunos de esos crímenes.
Mi
estima por el disidente causa un incontenible desprecio hacia cualquiera que se
considere sabio. Pocos fenómenos son tan exasperantes como situarse frente a un
sujeto que, con modestia o sin humildad, se siente miembro de esa estirpe. Son individuos
que no admiten desavenencias; su credo debe conservarse íntegro, por lo cual
los rebaños les agradan. El magisterio que ejercen sirve solamente para
incrementar la cifra de enemigos del pensamiento autónomo. Es que, mientras se
tenga un maestro que mande, los análisis serán superfluos, imponiéndose la
sumisión menos tolerable. En nombre de la libertad, romper los coros que gustan
a esos seres es una labor esencial. No podemos permitir que la sociedad se
convierta en un conjunto de creyentes descerebrados.
Nota pictórica. El guardabosque es una obra de Vasili Maksimov (1844-1911).
10/05/12
El bostezo frente al prodigio intelectual
Es para mí un misterio que libros
interesantes como los de Schopenhauer (¡y los míos!) no encuentren lectores.
Witold Gombrowicz
La indiferencia
del prójimo es una muralla que destruye nuestra vanidad, pero también el deseo
de influir en sus convicciones, acabar con ruindades. Es conocido que, pese al anhelo
de favorecer a los semejantes, muchos intelectuales fueron incomprendidos
cuando tomaron la palabra. La tasación de sus aportes se acostumbró a ser
negativa. Esto se advierte al repasar las diferentes épocas. Porque el
desprecio de las mayorías a esos quehaceres es igualmente contemporáneo. No
reclamo por la falta de homenajes o glorificaciones literarias; censuro el
pésimo trato que se otorgó a personas valiosas. Mi cuestionamiento podría sustentarse
en numerosos ejemplos, puesto que esta calamidad tiene varios damnificados, cuantiosos
mártires. No obstante, recordaré sólo tres víctimas que han querido iluminar un
país de convulsiones tenebrosas.
Cuando
supo que un periódico publicaría su primer artículo, Alcides Arguedas pidió
permiso al padre para levantarse muy temprano, caminar por la ciudad y recibir
inagotables felicitaciones. Estaba seguro de que, aunque fuese breve, su texto
revelaría un talento excepcional. Suponía que, a partir de ese acontecimiento,
su ingreso en los círculos intelectuales sería celebrado sin moderación. Con la
confianza de quien se considera superior a un ambiente hondamente inculto, ese
autor creía en un milagro. La realidad se ocupó de hacerlo entrar en razón. Es
que los placeres de la fama no le fueron dispensados aquella jornada; su
participación en el diario pasaría inadvertida. Fue la primera de muchas
adversidades que le tocó afrontar. Como sucedió con otros escritores, la vida
le hizo conocer sinsabores que probaron su fortaleza.
Mientras
Arguedas no tuvo una fama precoz, quizá compensada luego con su renombre
internacional, Carlos Medinaceli fue privado groseramente de aquélla. Se dedicó
a la crítica con una lucidez poco frecuente; sin embargo, al margen de ser ensalzado
por algunos amigos, su ministerio no tuvo el reconocimiento que merecía. Cuando
uno revisa sus cartas, puede comprobar cuán espeluznante era la barbarie de
quienes componían las sociedades donde vivió ese notable literato. Sus penurias
patentizaron el rechazo a las tareas del intelecto. De nada le servía discurrir
sobre Nietzsche, Gabriel René Moreno, la literatura francesa o los novelistas
bolivianos; sus trabajos eran relegados por ser impropios del gusto oficial. Tal
vez la suerte habría sido distinta si, al igual que varios congéneres, hubiera
elegido alabar a políticos bestiales. Subrayo que no haya mancillado su pobreza
con esa ordinariez.
La
injusticia se percibe asimismo en este tiempo. Basta el caso de H.F.C. Mansilla
para sentir la seriedad del problema. Sucede que los obstáculos a su labor en
el campo del pensamiento reflejan una descompostura digna de antología. En
lugar de disfrutar del trato que corresponde a un individuo preocupado por las
reflexiones serias y la lucha contra los experimentos autoritarios, se lo castiga
sistemáticamente con el desdén. Hay una privilegiada minoría que lo supo
entender; demasiada gente, dentro y fuera del campus, la dispuesta a esquivarlo.
Es correcto que sus meditaciones han sido destacadas en el extranjero; empero,
salvando escasas excepciones, el destino no fue aquí generoso con un filósofo
de tan recia envergadura. Sostengo que, entretanto experimentemos los efectos
del salvajismo cultural, su impopularidad debe ser interpretada como algo elogiable.
Éstos son los ostracismos que honran a sus protagonistas.
Nota pictórica. Autoretrato en el Moulin Rouge pertenece
a Henri de Toulouse Lautrec (1864-1901).
21/04/12
Las perjudiciales conquistas del estatismo
El Estado es un mal necesario: sus
poderes no deben multiplicarse más allá de lo necesario.
Karl R. Popper
Cualquier crecimiento
del Estado es nocivo para la libertad. Su presencia tiene que estar
condicionada al respeto a los individuos. No ha nacido para mortificarlos, sino
con el fin de favorecerlos durante su existencia. En este sentido, las
molestias que les cause deben ser minúsculas. Lo ideal es que sus mecanismos se
activen de manera supletoria. Las insuficiencias que se notan en una
convivencia natural motivan su creación. Mediante convenios libres de coerción,
somos quienes le fijan límites y objetivos a conseguir. Ello vuelve obligatorio
que seamos cautelosos cuando precisemos sus atribuciones; las exageraciones
pueden dañarnos gravemente. Al ampliarle las potestades, reducimos nuestra
esfera de acción, perturbando la única soberanía que debe ser defendida con
intransigencia. Recordemos que, para lograr las metas encargadas por los
ciudadanos, aquél cuenta con la fuerza pública; en consecuencia, sus abusos son
muy peligrosos.
En
política, de acuerdo con Jonathan Wolff, un filósofo debe reflexionar acerca
del balance correcto entre autonomía y autoridad. Resulta fundamental saber
hasta dónde un gobernante puede actuar. Realizada esta delimitación, las arbitrariedades
son percibidas sin problema. Las dudas al respecto facilitan la llegada de los abusos.
Al menos entre personas que repelen el contacto con cretinos, discutir sobre
las atribuciones de la Administración Pública en nuestras vidas será siempre beneficioso.
Los territorios que se conquista para dicha del fisco, al margen de revelar
desconfianza en el individuo, evidencian un retroceso manifiestamente
censurable. Por supuesto, preconizar una intervención mínima es un deber que
cabe cumplir entretanto se aspire a no ser siervo. La expansión de los sectores
en donde no tiene lugar el arbitrio del funcionario es, con seguridad, un desafío
que nos incumbe.
Considero que permitir el avance del
poder estatal sobre la libertad de conciencia, pensamiento y expresión es
inadmisible. La melopea del abuso que se hace de aquélla revela cuán falsa es
una convicción democrática. Esta forma de gobierno se alimenta del debate que
los hombres consuman. Vetar que se planteen ciertos temas, sin importar su clase,
no merece nuestro respaldo. Yo me inclino por una exposición racional de los
argumentos, exenta del mal gusto que nos acosa incesantemente; no obstante, en
cuanto a su concepción, estimo que proteger las tonterías es también necesario.
No compete al Estado penalizar las estupideces políticas, religiosas o raciales
que, con variadas intenciones, sean pregonadas por los sujetos. Una sociedad que
sea madura debe excluir a esos idiotas sin incidir en suplicaciones
administrativas.
Cuando la burocracia decide regir
los destinos de una unidad productiva, las desventuras no demoran en
presentarse. No cambia nada si afirman que se buscará algo tan ambiguo como la
justicia social. Antes y después de terminar con la competencia, pues ésta es
su máxima pretensión, las compañías del Estado nos brindarán siempre lo peor. Son
innumerables las catástrofes que se dieron en ese campo, por lo cual los nuevos
intentos revelan una pavorosa estulticia. A propósito, prefiero un empresario
inepto, pero capaz de financiar sus propios fracasos, a una aventura del Estado
en la que se malgasten recursos aportados por todos los ciudadanos. La
subvención de proyectos tan patrioteros cuanto inviables es un ataque al individuo
que, como muchos mortales, nunca imaginó contribuir a esos disparates del
izquierdismo.
Nota pictórica. La ida es una creación de Konstantin
Bauer (1852-1924).
08/04/12
Panfleto contra los gobernantes
Mostrarse contento de su
suerte, es ponerse a la altura de ella;
he ahí por qué tantas fortunas mediocres, hacen
felices a tantos hombres.
José María Vargas Vila
La norma es que
las sociedades contemporáneas sean gobernadas por payasos, demagogos, iletrados,
sátiros, corruptos o tiranos. Es inútil buscar un país en el que no se halle
ninguno de estos ejemplares; ese oprobio ha cubierto plenamente a la Tierra. No
ignoro que, a lo largo de las eras conocidas, los individuos sufrieron por tal
causa. Revisar la historia de las naciones es encontrarse con hombres que, al
ejercer funciones públicas, mostraron sus vicios menos inofensivos. Existen
hasta cementerios que fueron colmados por ese género de personas. Con todo,
nuestra época es la que deja ver una intensificación del problema. Son
incontables los casos que sostienen el pesimismo de quienes no esperan mejora
alguna. Pero yo tengo aún el ánimo requerido para injuriarlos y, además, exigir
que se trabaje por una situación distinta.
El
mal gusto es un cáncer que crece a diario. La ordinariez ha conseguido invadir
todas las dimensiones que nos depara esta vida. La barbarie se ha vuelto
lucrativa. Lo peor es que se haya convertido en una fuente de popularidad. Por
ello, procurando la obtención de sus favores, muchos políticos le rinden
pleitesía. Ya no es necesaria la educación, menos aún todo tipo de recato, para
cumplir una tarea burocrática. Usualmente, las indecencias no indignan a
los electores; por el contrario, éstos premian al que quiere ser abanderado de la
vulgaridad. Es verdad que debe haber afinidades entre candidatos y votantes;
sin embargo, esto no significa forzar la coincidencia con actitudes repugnantes.
Nadie debería ocuparse de rebajarse al grado del ciudadano más grosero. Hay que pugnar
por contar con personas decididas a elevar el nivel, otorgando al oficio una
categoría noble.
Vivimos
rodeados de gente que desea conquistar el poder, aunque sea éste frágil y
fugaz, para saciar sus reprobables antojos. Pocos son los sujetos que, habiendo
alcanzado ese objetivo, no despiertan una inclinación al autoritarismo. Lo
corriente es que se utilicen esas prerrogativas a fin de liquidar enemigos,
violándose los límites instaurados para proteger la libertad. Lamentablemente,
el rechazo a las reglas que aseguran una convivencia civilizada se nota en
bandos de diversa calaña. También, ellos están unidos por la corrupción. El
cohecho es un fenómeno que no consiente la discriminación. Nos hemos cansado de
comprobar que una minoría tiene escrúpulos éticos. Conozco ciudadanos que
esperan únicamente daños menores. Según su entendimiento, siendo ineludibles
los latrocinios, lo ideal es que se robe poco. El inconveniente es que esta
miserable lógica convence a una mayoría, garantizando la impunidad de los
malhechores.
Reclamar
la presencia de gobernantes ilustrados y decentes es, pese a su carácter
quijotesco, un acto que no merece indiferencia. No estoy pensando en un déspota
que hable alemán, examine a los filósofos del Círculo de Viena o diserte sobre
Thomas Carlyle, pero, al mismo tiempo, disponga que se acabe con quienes
critican su régimen. Tampoco respaldo la idea de que, merced a su erudición, un
redentor ilumine nuestro tránsito por este mundo. Mi demanda gira en torno a la
posibilidad de ser escuchado por alguien con una cultura que, sin ser
extraordinaria, permita un debate razonable. Un representante de la ciudadanía
debe estar dispuesto a discutir sus posturas, exponiendo las alegaciones que considere
válidas. Naturalmente, esto es inviable cuando nos topamos con un mortal que
se ha formado sólo entre lugares comunes e inmoralidades.
Nota pictórica. Cantantes callejeros es una obra de
Johan van Hell (1889-1952).
31/03/12
Tinieblas de una revolución glorificada
Las causas nobles no disculpan los actos innobles.
Tzvetan Todorov
Es inevitable que
la versión de los triunfadores prevalezca. Esto pasa en las guerras, sublevaciones
y combates que, por diferentes razones, los hombres han perpetrado desde su creación.
No importa la cifra de atrocidades que los victoriosos hayan cometido;
generalmente, sus víctimas pierden el derecho a la denuncia, siendo marcadas
por las infamias, privadas del recuerdo histórico. Hay, pues, un relato que,
sin mayores alteraciones, debe repetirse durante toda la eternidad. Así, la
proliferación de virtudes impide cualquier crítica que tienda a aclarar los
acontecimientos. La misión sería glorificar sucesos que, en algunos casos, no
sirven sino para revelar las perversidades del ser humano. Cuando nos topamos
con esta realidad, conviene levantar la voz e intentar que las alabanzas sean pulverizadas.
Esto exige pronunciar verdades que, aunque carezcan de patrocinio editorial,
puedan acabar con los mitos del vencedor.
Seis
décadas después de la gesta del Movimiento Nacionalista Revolucionario, sus
despropósitos me siguen pareciendo tan relevantes como los escasos aciertos que
se hicieron en esa época. Verbigracia, sostener que un grupo oligárquico era
responsable de todas las desdichas y, por tanto, debían ser estatizadas sus
riquezas es un argumento perpetuamente imbécil. Cuando esa denuncia fue planteada,
logrando luego la categoría de dogma, se omitió considerar cuestiones ligadas a
una mentalidad que, compartida por muchos individuos, había propiciado el
estancamiento. Algo similar podemos concluir al conocer de sus ataques a potencias
extranjeras, ese recurso que los populistas emplean para conseguir apoyo del
vulgo más insensato. Tal como sucede hoy, fueron varios los modos de justificar
fracasos, en distintos sectores, utilizando ese medio. Nada rescatable puede
hallarse en esa doctrina de índole nacionalista, iliberal hasta la náusea, que
impulsó dicha revuelta.
Una
democracia superior no es aquélla en la que, sin reflexión previa y obedeciendo
dictados de un partido, todos pueden acudir a votar. Así, el sufragio pierde la
importancia que fue atribuida por quienes se esforzaron para consolidarlo,
quedando reducido a instrumento de los demagogos. Empero, éste fue el ejercicio
de los derechos políticos que incentivaron las huestes del MNR; no se deseaba
contar con ciudadanos ilustrados, cuyo repudio al autoritarismo fuese palpable,
sino tener masas destinadas a respaldar sus candidatos. Reconozco el valor del
voto universal; no obstante, su legalización es insuficiente si pensamos
construir una mejor sociedad. Debemos recordar que las urnas consagraron
también a tiranos.
Los
emenerristas son responsables de haber agudizado problemas de corrupción,
pereza e ineptitud en el ámbito público. Sus militantes se creyeron capaces de asumir
cualquier función, resultando indiferente que ésta demandara una determinada
formación profesional. Esos empleados reforzaron una cultura proclive a las
disputas con la legalidad, maltratando al semejante cuando éste no era
correligionario. Por cierto, si el respeto a las libertades civiles y políticas
es útil para evaluar un régimen, los gobiernos revolucionarios deben ser
aplazados. No aludo sólo a esa grosera vulneración de la propiedad agraria que,
al final, fue contraproducente. Hubo peores abusos. Evoco a las personas que, por
haber osado cuestionarlos, fueron torturadas en siniestros campos de
concentración. Con certeza, Curahuara, Corocoro, Uncía y Catavi patentizaron lo
más ominoso del proceso.
Nota fotografía.
La imagen que ilustra el texto fue captada por Antoine Courmont.
27/03/12
Conocer, el presupuesto de nuestros quehaceres
El conocimiento no daña. Sólo pueden
causar gran daño el malvado que usa conocimiento y el ignorante que se rehúsa a
averiguar antes de actuar sobre el prójimo, o que pretende coartar la libertad
de averiguar.
Mario Bunge
Conocer debe
convertirse, sin excepción ni aplazamiento, en un hábito que todos practiquen.
Nada serio puede objetarse respecto al aumento de nuestros saberes. Es el
presupuesto de tareas que, como individuos críticos, nos incumbe cumplir.
Descartada la opción de ser genios por inspiración divina, solamente mediante
esa vía podremos abandonar las tinieblas. Porque no hay peor oscuridad que
aquélla causada por la ignorancia. Sé que no es vital acercarse a la cultura, ilustrarse,
ampliar el dominio de temas; sin embargo, desde nuestra óptica, no existen
alternativas. Todo lo que hagamos en ese afán será fructífero. Una vez que
comenzamos a incrementar los conocimientos, labores como juzgar, crear y actuar
se hacen de manera satisfactoria. Al efectuar esta clase de quehaceres, las
personas ejercen su derecho a ser libres, tomando decisiones que evidencian madurez.
Si
queremos valorar la verdad, bondad o belleza, debemos conocer aquello que haga
posible elaborar seriamente una apreciación como ésa. La crítica está precedida
del acatamiento de esta obligación. No es reprochable que alguien pretenda desempeñar
el oficio de censor, sino intentar lograrlo sin fundamentar sus dictámenes.
Debe haber siempre criterios que, consagrados en el pasado, permitan realizar
esa función. Pasa que, entretanto aspiremos a evitar el absurdo, no existe otro
modo de hacerlo. Dejarse conducir por el instinto puede ser efectivo en los
aposentos, pero poco atinado cuando se juzga una creación del prójimo. Hasta la
calificación moral de un comportamiento exige que, con carácter previo, hayamos
aprendido cómo llevarlo a cabo. Son distintos los caminos que se nos ofrecen
con ese objetivo; su examen es preciso para encontrar una ruta personal.
No creo en el esplendor de pensadores o literatos que, negándose a estudiarla, rechazan
cualquier contacto con la historia. Desconocer lo que, antes de nuestro
surgimiento, se ha hecho en esos ámbitos es una falta severa. En la filosofía,
resulta difícil que haya originalidad, más aún cuando no se han examinado los
planteos de las otras épocas. Las meditaciones que han sido consumadas desde
hace más de dos mil seiscientos años, cuando este apego a la sabiduría hizo su
aparición, merecen respeto. Asimismo, si bien la escritura no condiciona su disfrute
al conocimiento de composiciones ajenas, dedicarse a ésta sin acompañarla por
ese goce es una necedad. Es cierto que pueden redactarse textos sin leer a
Cervantes, por ejemplo; empero, quien aprecie genuinamente ese arte no debe incurrir
en este tipo de omisiones.
Por
último, concebir la política como un asunto eminentemente empírico es una insensatez. No basta la ejecución de acciones, sean éstas proselitistas, oficialistas
u opositoras, para trabajar en ese campo. Nos hemos acostumbrado a percibir una
estremecedora incultura entre quienes pugnan por conseguir apoyo del
electorado. Según parece, son pocos los que, leyendo a quienes han reflexionado
con acierto, se preparan para intervenir en los negocios públicos. Sospecho que
la mayoría se decanta por tener una pésima relación con los libros. Ellos
consideran prescindible algo tan primordial como la formación intelectual. Este
mal puede explicarse gracias a la predilección por el activismo que impera en
nuestros días. En lugar del debate de ideas, donde cada uno puede exponer
argumentos, se prefieren las movilizaciones ruidosas e indoctas. Mientras esta
fobia al conocimiento se mantenga, no corresponde imaginar ningún progreso.
Nota pictórica. Contando las olas es una obra que
pertenece al pintor André Bertounesque (1937-2005).
14/03/12
Inmadurez y lamento marítimo
En el sepulcro no hay
bastante olvido
para aquesta injusticia
sin sentido:
penar por una deuda no
debida
y por la vida que no se
ha pedido!
Franz Tamayo
La madurez ordena
que reconozcamos nuestros errores. Lo último que alguien debe discutir es su
completa inocencia. Generalmente, somos responsables del problema que afrontamos,
así como de su solución. La inteligencia se advierte cuando superamos un
obstáculo y no insistimos en contemplarlo, esperando a otro que pueda
destruirlo. Mientras nos detengamos en hallar motivos que justifiquen nuestras
equivocaciones, acusando al semejante de haberlas provocado, el estancamiento
es seguro. A nivel estatal, la denuncia de enemigos externos que confabulan
para multiplicar las desventuras se convierte en un despropósito mayúsculo. La
regla es que esas imputaciones sean infundadas. No importa que, para exagerar
la ofensa cometida por una república poderosa, el acusador se nos presente con
vestimenta de mendigo. Esas tesis paranoicas son útiles sólo para eternizar
mitos que favorecen a demagogos.
En
«El Congreso», Jorge Luis Borges cuenta que un boliviano propone debatir el
enclaustramiento marítimo de su nación, pues era una cuestión lamentable. La mención
es breve, pero evidencia el conocimiento de un clamor tan histórico cuanto
vigente. Por desgracia, ese personaje podría representar a más de un ciudadano
que residiera en este país. Desde la
infancia, pese a las deficiencias de un sistema educativo que persiste en los
fracasos, se trabaja para renovar esa queja. Sin dejar lugar a la réplica, los
docentes enseñan que, por efecto de esa invasión, el panorama será siempre negativo.
Ello habría sido distinto si se hubiera evitado ese lance o, lógicamente,
triunfado en sus distintas batallas. Dado que nada de esto sucedió, sino una
categórica derrota, el patriotismo exige deformar la realidad hasta complacerlo.
Es
el pretexto que, de forma cíclica, se utiliza para no aceptar la culpa en lo
concerniente a pobreza y atraso. Diestros en esquivar responsabilidades, muchos
gobernantes han asegurado que, por falta de litoral, el progreso se ha tornado
difícil, acaso imposible. Poca importancia se concede a militaradas, tiranías e
idioteces económicas que fueron consumadas durante las últimas centurias. En
lugar de reconocer los aciertos del antiguo rival, cuyo avance es irrefutable,
se sigue una línea que suele caracterizarse por las acusaciones disparatadas. Según
esta óptica, los chilenos son perversos porque vencieron a dos países juntos,
consolidando el dominio sobre un territorio que había sido abandonado por
Bolivia. No interesa que hayan creado instituciones eficientes ni su acceso al
mundo desarrollado. En suma, son culpables de todo lo malo que haya pasado
desde fines del siglo XIX.
Si
uno accede a participar en una contienda, incluso aliado con quien respalda sus
antipatías e intereses, debe saber que ganar es contingente. La derrota es una posibilidad
que no se aconseja menospreciar. Admito que la guerra no es el medio ideal para
resolver desavenencias; sin embargo, ha sido provechosa en varias
oportunidades. Lo deseable es que, acaecido el final del lance, ambos combatientes
acuerden una convivencia pacífica. Con este objetivo, debe consentirse una
situación distinta de la que había antes del conflicto. Es natural que quien
triunfe resulte beneficiado; habiendo mostrado eficacia, sus esfuerzos merecen recompensa.
Probada la superioridad guerrera, entre naciones civilizadas, cabe esperar que
se pacte una paz bajo esas condiciones. Restablecida la concordia, es menester pensar
en el futuro, dejando de lado esa pugna que puede volverse caprichosa.
Nota pictórica. Arlequín y Pierrot es una obra que fue
creada por André Derain (1880-1954).
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