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26/8/16

Friedman, el pensador político





Quien diga verdad por presionarle a ello ajenas razones, o por la utilidad que le reporte, sin que tema decir mentira cuando no perjudique a nadie, no es hombre totalmente veraz.
Michel de Montaigne

Esa labor conocida como compromiso intelectual y que, a veces, por desgracia, invocan varios oportunistas, permite hablar sobre Milton Friedman. Pasa que, además de sus menesteres académicos, monetarios, estadísticos, incluso matemáticos, encontramos un individuo al cual los asuntos públicos o cuestiones sociales no le causaron ningún aburrimiento. Es más, cuando se revisan sus intervenciones mediáticas, pues fue generoso en esos afanes, resulta manifiesto que hasta disfrutaba de aquello. Porque, según lo recordado por los que se relacionaron con él desde joven, su condición de polemista era indiscutible. Consiguientemente, quien recibió el premio Nobel de Economía en 1976 tuvo estos intereses y, como era previsible, sus posiciones respondieron a ideas que formuló en libros escritos junto con su esposa, Rose, así como al componer las columnas que, desde 1966, publicó la revista Newsweek. Vale la pena remirar sus planteamientos.
Sin duda, el poder es un concepto capital de la política. Es verdad que Montesquieu fue original al propugnar su división; no obstante, la pretensión de controlarlo ha estado presente desde tiempos antiguos. Friedman se inscribe en esta tradición. No puede haber otra conclusión cuando, en la introducción de Capitalismo y libertad, leemos: “La gran amenaza a la libertad es la concentración del poder”. Mientras éste se fortalecía, crecía el peligro de que nuestro valor más preciado terminara socavado, suprimido. Por esta razón, nuestro pensador percibe tal riesgo. Acentúo que, para dicho intelectual, frente a ese poder político de tipo absolutista, debía oponerse un poder económico, el del mercado, en donde la coordinación de las actividades individuales nunca se controlaría de modo total. Debía lucharse, por ende, contra “la tiranía de los controles”, conforme a una expresión que usaba.
En su lógica, el Estado tenía que ser limitado y descentralizado para salvaguardar la libertad. Como él lo hizo en diferentes oportunidades, es bueno apuntar que debían confluir dos clases de libertad, una económica y  otra política. No sólo esto, puesto que, para ese baluarte de la Escuela de Chicago, la libertad económica era una garantía de la libertad política. Resalto que no se trata de una libertad atómica, drásticamente individual. Es que, cuando Friedman habla de libertad, piensa en la sociedad. A propósito, preciso que, desde su perspectiva, los medios apropiados para quienes amparaban el liberalismo eran dos: libre discusión y cooperación voluntaria. Así, se relegaba la coerción como recurso predilecto, al menos si procurábamos una solución óptima de problemas comunes.
Friedman no era un utopista ni tampoco alguien que objetara las moderaciones. En su ideario, podemos percibir el ánimo de avanzar con cordura, sin aspiraciones radicales, lo cual facilitaba la llegada de algunas victorias. Esto se demuestra con su lucha por eliminar el servicio militar obligatorio. Asimismo, ese gladiador de la libertad intentó abolir el carné de conducir, las licencias de médicos, la jubilación estatal y la construcción de viviendas sociales. Además, con solidez, fue partidario de no penalizar el aborto, las drogas ni la prostitución. Acoto que, cuando planteaba sus críticas a las leyes vigentes, no pensaba únicamente en la libertad, sino también en las otras personas. Porque, en su criterio, el deseo de ayudar a los demás no es incompatible con el sistema de mercado libre, siempre que no se trate de una norma tan coercitiva cuanto indignante.

12/8/16

De la ilusión afortunada al desencanto crítico





Cualquier régimen social es una elección entre varios inconvenientes, pero existen sin embargo regímenes equilibrados que limitan los inconvenientes.
Raymond Aron


Don Julián Marías, un filósofo a quien no se dio en vida las distinciones que merecía, destaca el carácter futurizo de los hombres. Estamos, pues, pensando en lo venidero, concibiendo escenarios e incluso proezas que se sitúan fuera de nuestra realidad. Una particularidad como ésta, imposible de hallar en otras criaturas, sean elefantes u orangutanes, ya que no se proyectan hacia el futuro como nosotros, puede resumirse gracias a un solo vocablo: ilusionarse. Las personas somos, por ende, animales que nos ilusionamos, lo cual es valioso, hasta para lograr un fin tan relevante como la felicidad. No obstante, esa cualidad puede traer igualmente consigo problemas individuales y colectivos.
Sucede que, más allá de las desdichas que causan algunas ilusiones en el ámbito privado, la situación se torna compleja cuando tienen un talante político. Nadie niega que la historia regala ejemplos de aquello en distintas partes del mundo, no existiendo exclusividad geográfica. Sin embargo, en el caso de Latinoamérica, cada cierto tiempo, cuantiosos sujetos se rinden ante los encantos del irrealismo. La desgracia es que un estado como éste resulta siempre breve, siendo luego sustituido por una demoledora decepción. Es la caída que se sufre cuando creemos en soluciones mágicas, relegando las bondades del trabajo sostenido, sistemático, realista. Con seguridad, los sueños y las esperanzas son importantes, al igual que determinadas quimeras; empero, se debe aprender a lidiar con las asperezas e insatisfacciones presentes.
Al leer El socialismo del siglo XXI tras el boom de los commodities, un libro colectivo que ha sido editado por la Fundación Konrad Adenauer y la Corporación de Estudios para el Desarrollo, he pensado en numerosos semejantes con ilusiones bastante desproporcionadas. Hablo de esos individuos que, debido a una retórica revolucionaria, creyeron en gobernantes sin prudencia ni austeridad. Fueron así afectadas las sociedades de Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela. Ese distanciamiento de la realidad, muy útil con fines electorales, se mantuvo vigente mientras los recursos naturales tuvieron precios elevados, la demanda china creció y, entre otros factores, los intereses globales fueron altos. Se les presentó la fortuna de contar con ingresos que, mediante bonos, susidios, misiones, etcétera, hicieron posible la multiplicación de opiniones erróneas, total o parcialmente, en torno a nuestra actualidad. Los cegadores programas sociales parecían no admitir ninguna crítica. Con todo, desde 2014, las ganancias bajaron, amargando la existencia cotidiana, merced a lo cual sus falencias se notaron.
Hoy, sin duda, encontramos personas desilusionadas con el proyecto que les prometió un acceso rápido e irrevocable a estadios superiores de bienestar. No hubo un manejo razonable de los recursos, aun mereciendo éste que se lo presente como indecente. Mas se trata de gente que tampoco siente mucho aprecio por las alternativas políticas; en varios casos, el escepticismo es indiscriminado. Esto produce un ambiente poco deseable para quienes sustituyan a los partidarios del socialismo contemporáneo. Ellos deben batallar con la merma de recursos, tras el abismal derroche, pero también enfrentar ese formidable desencanto. Por consiguiente, al margen del reto de tipo económico, nos queda este desafío: cambiar la desilusión por un nuevo entusiasmo, uno moderado, cercano a la realidad y, además, hermanado con la certeza de que toda mejora genuina exige gran esfuerzo.

28/7/16

Un pentágono para la libertad




Un corazón provisto de valor y de buenas cosas necesita, de cuando en cuando, algún peligro; de lo contrario, el mundo se le hace insoportable.
Friedrich Nietzsche


Con su Metafísica, obra tan legendaria cuanto importante, Aristóteles inició la tradición de historiar el pensamiento. En efecto, gracias a sus páginas, nos topamos con reflexiones que muestran cómo los hombres se han esforzado por formular preguntas y aventurar contestaciones capaces de ayudarnos a entender la realidad. Fue apenas el comienzo de una línea que tiene cuantiosos seguidores. Aclaro que la filosofía no se ha beneficiado exclusivamente de tales quehaceres. Es indudable que, en ese campo, tenemos a muchos individuos con ansias de recordar los planteamientos del prójimo, incluso sucesos dignos del anecdotario. No obstante, otras áreas del conocimiento han quedado favorecidas. De esta manera, autores y hasta escuelas se salvan del olvido, facilitando también su comprensión. Su ejecución es, por tanto, un ejercicio de altruismo intelectual.
Con ese afán de contribuir a la ilustración del semejante, rescatando ideas que pueden iluminarnos al considerar diferentes asuntos, Julio H. Cole acaba de lanzar Cinco pensadores liberales (Madrid: Unión Editorial). El libro, marcado por un estilo claro, erudito y ameno –existen notas a pie de página que son memorables–, discurre sobre quienes, en distintas épocas, apreciaron genuinamente la libertad. Resalto que no se trata de sujetos con apego al aislamiento y las meditaciones frente a la piscina. Pasa que, además de lograr proezas mentales, mediante ficciones o estudios profundos, Smith, Hayek, Friedman, Orwell y Mario Vargas Llosa no miraron el exterior con indiferencia. Ellos sintieron asimismo la tentación de aportar a que se produzcan cambios en sus sociedades. Sus palabras no se pretendían agotar en los volúmenes que nos dejaron. Su mirada estaba puesta en un horizonte mucho más complaciente.
El valor de Adam Smith para la economía es indiscutible. Sus ideas en torno a la división del trabajo, el mercado y lo pernicioso que, salvo excepciones, resultan las intervenciones estatales han sido fundamentales para organizarnos de mejor forma, enfrentando carestías e identificando errores. Pero ese grande hombre no sobresalió sólo como economista. Tal como Cole lo ha subrayado, él tuvo intereses variados, mereciendo especial atención sus razonamientos de carácter filosófico; en particular, la ética le reconoce su mérito. No es casual que se haya llevado tan bien con Hume, un pensador de fuste. Esa generosidad disciplinaria se percibe también en Friedrich August von Hayek, ante quien nuestro autor muestra respeto, mas igualmente reservas. En este último caso, anoto que se somete a crítica su rechazo al concepto de justicia social.
El compromiso intelectual, celebrado y, tiempo después, despreciado por Sartre, tiene a los otros tres pensadores como estimables representantes. Ciertamente, más allá de sus análisis monetarios, Milton Friedman fue una persona que no eludió los debates públicos, adoptando posturas signadas, a veces, por la controversia, como cuando cuestionó el servicio militar obligatorio. El mismo espíritu se advierte al revisar la obra de George Orwell y Vargas Llosa. En estos escritores, el empleo de la pluma no ha implicado ningún silencio en las plazas públicas ni, menos aún, su sometimiento al poder. Allende las ideologías, no fueron indiferentes ante la infamia, denunciándola con fervor. Así, desde diversas perspectivas, todos han colaborado para la expansión del mundo libre. Se agradece la gentileza de Julio por recordarnos cuánto ganamos al conservarlos en nuestra memoria.

15/7/16

Los Andes no creen en Occidente





Otros pueblos anteriores han tenido cultura, han tenido religión, han tenido sabiduría; pero no han tenido filosofía.
Manuel García Morente


Para elaborar discursos capaces de persuadir, conmover o hasta embaucar al prójimo, se debe recurrir a las ideas. A fin de forjarlas, cuando se lo realiza seriamente, es necesario contar con una invención que, hace veinticinco siglos, se dio en Grecia: la razón. Gracias a su ejercicio, hemos formulado nociones, teorías y sistemas que pueden ser usados al momento de convencer, aunque también si se ansía la conquista del poder. Conocer estas construcciones es valioso, puesto que, entre otras cosas, nos evitarían la repetición de varios errores. Por este motivo, festejo que aparezca Filosofía occidental y filosofía andina. Dos modelos de pensamiento en comparación, libro que pertenece a H. C. F. Mansilla. La obra nutre un tipo de historia que ha tenido como practicante a Russell, para no dar más ejemplos.
Buscando la especificidad del pensamiento de Occidente, Mansilla llevó a cabo una defensa que no es común. Me refiero a una clara y provechosa exposición de aportes que fueron efectuados en la Edad Media. Esto sorprende a quienes juzgan esa época indigna del menor mérito. Son destacados Tomás de Aquino, Agustín de Hipona, Boecio y quienes permitirían la llegada del Renacimiento, como Petrarca, primer intelectual libre, y el racionalismo. Viene después la modernidad, secundada por todo lo que no es sino una tentativa de pulverizarla: irracionalismo, romanticismo, existencialismo, posmodernismo. Aun en estos casos, está claro que no podemos distanciarnos de la razón occidental, sea para su salvaguarda o censura.
La segunda parte del libro versa sobre filosofía andina, que, en rigor, es una especie del género. No hay un modelo alternativo de pensamiento, algo radicalmente distinto de aquel marco que sirve para comprender esa disciplina, arte o conducta. Se usan, pues, las mismas herramientas conceptuales, al igual que los campos en que se divide, para plantear sus muestras de sabiduría. Al respecto, resalto que, verbigracia, Josef Estermann habla de “ética cósmica”, explotando una rama que no fue engendrada por su doctrina. Lo mismo sucede con sus proposiciones de carácter ontológico y epistemológico: a lo sumo, presentan nuevos conceptos para discutir, pero no suprimen la esencia del razonamiento filosófico, el cual es universal. Porque se puede reflexionar en cualquier parte del mundo; empero, si uno pretende hacer filosofía, existen ciertas condiciones que cabe cumplir. Un requerimiento básico es buscar verdades mediante la razón, sin apelar a respuestas oraculares o divinas, aun cuando éstas sean precolombinas.
En general, por filosofía andina, puede entenderse una crítica del proyecto de la Ilustración y la modernidad, esto es, otra corriente que procura reivindicar lo emotivo, sentimental, colectivo; igualmente, los vínculos primarios. Ello en lugar del frío racionalismo, individualismo y egoísmo de Occidente. Así, aunque integre esa tradición intelectual, no la considera rescatable ni merecedora de fe. Pero los Andes tampoco creen, como escribía Costa du Rels, en el espíritu crítico y la libre discusión, dos aspectos centrales de la filosofía. No se nota en esas reflexiones el afán de ser sometidas a debate, pareciendo más dogmas que tienen relación con la teología. Quizá por ello la democracia, régimen en donde floreció el pensamiento filosófico y que debería resguardarse, no les resulte apreciable. A propósito, por coherencia, su filosofía política tendría que amparar un orden autoritario, como el vigente durante los tiempos incaicos.

1/7/16

El curioso anhelo de la sociedad estática





El fuego reposa en el cambio.
Heráclito


Aunque los abanderados del relativismo cultural lo nieguen, es evidente que, con esfuerzo y sin recetas fantásticas, hemos avanzado durante las últimas centurias, incluso milenios. Es verdad que hay autores como Gibbon, secundado por Octavio Paz, a quienes la época de los Antoninos les resulta insuperable, un período tan feliz cuanto próspero. Según este parecer, desde Nerva hasta Marco Aurelio, habríamos contemplado la cumbre, pasando luego a vivir en decadencia. Obviamente, tal idealización permite más de una crítica. Al margen de los avances científicos que ni siquiera se imaginaban entonces y, por supuesto, contribuyen a nuestra salud, entre otros sucesos, no entendíamos aún cuán básica era la libertad individual. Ocurre que un criterio para notar la evolución es su respeto, creciente, también conflictivo; el pasado puede resumirse así: esclavos, siervos, súbditos, ciudadanos e individuos soberanos.
Siendo los hombres naturalmente libres, aun cuando muchos renuncien a esa condición para beneficio de gobernantes infames, las sociedades que conforman deben reflejarlo en sus regulaciones. Por consiguiente, no sería razonable, menos aún admisible, que se planteara el establecimiento de una asociación humana donde la libertad fuese suprimida. No pienso en casos extremos, tales como el esclavismo; estimo que los ataques sutiles y subrepticios tienen asimismo relevancia. No deben olvidarse los engaños en esta materia. Pasa que, pretextando terminar con la opresión, se proponen planes sin genuino aprecio por esa facultad. Se la invoca, pues, con móviles demagógicos, entendiendo que sirve para disfrutar del poder. Lo seguro es que las promesas sobre la instauración de una comunidad sin oprobios tengan un pésimo final.
Quien desee presentarse como partidario de una sociedad libre debe, por tanto, evitar el apoyo a convenciones que contradigan su esencia. Tendría que preocuparle la vigencia de reglas que afecten el desenvolvimiento autónomo del individuo. No se trata de alentar posiciones invariablemente anárquicas. Cabe la salvaguarda de un sistema que proporcione las mejores condiciones para nuestra convivencia, uno donde haya valores y principios con los cuales podamos realizarnos como personas. Sin embargo, como esos conceptos son tratados en normas colectivas, al igual que precautelados por instituciones, y éstas pueden fallar, no se deben considerar indiscutibles. Hay que descartar la idea de tener planes y tratamientos definitivos para resolver esos problemas sociales. Afirmar lo contrario equivale a propugnar una utopía, un orden perfecto y cerrado.
Así como los hombres cambian, ocasionalmente sin esgrimir fundamentos serios, lo hacen también sus sociedades. El dinamismo es un aspecto que no debemos desdeñar, peor todavía si aspiramos a reflexionar con cierto rigor. Esto no significa que cualquier modificación sea positiva; lo fundamental es dejar abierta la posibilidad de discutir al respecto. Está claro que podemos reivindicar el valor de invenciones como la democracia o, por ejemplo, encontrar virtudes en la familia tradicional. No obstante, postular que ya tenemos la totalidad de las respuestas a interrogantes sobre cómo debemos organizarnos es una posición incompatible con esa cualidad dinámica. Por el contrario, lejos de promover un sistema en que la libertad sea favorecida, esa postura lleva a consagrar un único modelo de sociedad, cuya menor alteración sería indeseable. Huelga decir que esa perfección estática no es de este mundo.

Nota pictórica. Chicos en un jardín es una obra que pertenece a Elizabeth Adele Forbes (1859-1912).

16/6/16

Tesis sobre la grandeza de Borges




Hay hombres célebres; los hay que merecen serlo.
Gotthold Ephraim Lessing


El talento no es suficiente para garantizar que un escritor sea valorado entre sus contemporáneos ni, menos todavía, recordado por las generaciones futuras. Son cuantiosos los autores que, pese a sus magistrales aptitudes, carecieron de todo prestigio. A veces, el reconocimiento llega tras el deceso, luego de que quien se esforzó por construir obras perdurables ya no percibe sus secuelas. Puede ocurrir también, como con Friedrich Nietzsche, que la fama arribe casi al final, quedando privada de sus placeres, por lo cual origine desprecio. Sin embargo, hallamos asimismo individuos que fueron estimados en su real dimensión, motivando concordias al respecto. Su genio habría sido resaltado con acierto. Pero no basta con repetir este juicio, salvo para los esnobistas e impostores; se hace necesario que intentemos la explicación de su grandeza. Ello es válido hasta cuando se trata de un gigante como Jorge Luis Borges, muerto hace tres décadas.
Si bien la realidad argentina no le resultó indiferente para sus composiciones, pues, por ejemplo, la figura del gaucho fue considerada en diversas páginas, Borges ha sido un autor al que, con justicia, se debe calificar de universal. Éste es un primer alegato en su favor. Es cierto que su aprecio por la literatura occidental, encontrándose también aquí la filosofía, tiene gran valor al momento de identificar sus predilecciones; empero, Oriente no le generó tedio. Sucede que no sólo existen líneas que dedica a Dante, Cervantes o Shakespeare, sino igualmente a Las mil y una noches, evidenciando su desinterés por las restricciones geográficas. Esta particularidad, que no se nota en varios de sus colegas, incluyendo a escritores del “boom” latinoamericano, sumada a los temas escogidos para ser narrados, reflexionados o expresados líricamente, deja ver una huella que, con originalidad, ha marcado el mundo de las letras.
Son distintos los campos del saber que se han alimentado de sus creaciones. La literatura de naturaleza reflexiva, ésa que se resiste a las trivialidades, ha tenido a nuestro autor como fuente capital. Acentúo que, desde la década del sesenta, siglo XX, los libros que estudian su producción o, como pasa con Foucault en Las palabras y las cosas, parten de sus textos para plantear una teoría independiente, pueden contarse por montones. Esto se explica por la riqueza de aspectos que son tocados en sus ensayos, cuentos y poemas. Por cierto, Mario Vargas Llosa acertó al apuntar que, para Borges, no había tramas, sino argumentos. Por supuesto, más allá del placer de leer su español, el más económico y atildado del cual tengamos noticia, las meditaciones que produce son inagotables, sea en la filosofía o los dominios de lo artístico.
Borges sostuvo que, ante todo, era un lector agradecido. Si uno revisa su obra, queda la certeza de que fue un genuino bibliófilo. Es verdad que, desde niño, estuvo rodeado de libros, incitado a ejecutar esos menesteres, mas nadie lo obligaba a sentir enormes dichas al hacerlo. Su gozo se advierte, entre otras cosas, cuando dedica poemas a literatos, aún pensadores como Spinoza, que despertaron o ampliaron -si esto era posible- su devoción por la literatura. Él dijo que “vida y muerte” habían faltado a su vida; sin duda, las bibliotecas lo compensaron muy bien. Con seguridad, su distinguida escritura habría sido inconcebible sin la pasión estimulada por los autores a quienes admiró. Haberse destacado como escritor es la mejor muestra de gratitud intelectual que pudo hacer.

3/6/16

Retórica revolucionaria e invariabilidad cultural





Ante esta generalizada abdicación, tanto del pensamiento crítico como de la conciencia moral, todos los ciudadanos harían bien en modernizar sus detectores de mentiras.
Mario Bunge


Ante discursos pirotécnicos, verbalmente poderosos, que se cristalizaban en normas de diversa índole, Juan Bautista Alberdi criticó las “revoluciones gramaticales”. Así, ese pensador cuestionaba la creencia de que, gracias a dos o tres peroratas, con sus respectivas consecuencias legales, se terminarían los males vigentes en una sociedad. No bastaba, pues, el lanzamiento de frases que denoten un ánimo revolucionario; cuando son auténticas, esas proezas implican otras acciones. Limitarnos al campo retórico, aunque sus practicantes sean del todo seductores, nos distancia de la realidad, dejando irresueltos problemas que son relevantes para nuestra convivencia. Es cierto que, entre otras cosas, la palabra resulta útil para iniciar una transformación de orden social; sin embargo, conviene tener presente su insuficiencia.
Tanto las leyes rimbombantes como los oradores de mítines populacheros, así como aquellas instituciones que procrean, pueden engañarnos al evaluar sus regímenes. No es extraño que, valiéndose de la propaganda, se procure lograr tal confusión, bastante lucrativa en las épocas electorales. Lo más censurable es que, en lugar de propiciar la revelación del artificio, varias personas, incluyendo intelectuales, se sumen voluntariamente a esa causa. De esta manera, sin sentir la menor vergüenza, se anuncia una nueva, luminosa e insuperable realidad. Todo habría cambiado merced a las flamantes autoridades, quienes merecerían el respaldo de los ciudadanos hasta cuando su organismo expire. No obstante, si nos esforzarnos en ir más allá de las brumas, notaremos que la situación permanece inalterable. En consecuencia, los males que nos mortifican son sólo encubiertos por un manto revolucionario.
Acontece que, por muy revolucionarios que sean los discursos de distintos regímenes en Latinoamérica, éstos no propician cambios que resuelvan un problema capital: la existencia de una cultura política que es favorable al autoritarismo. Desde hace mucho tiempo, la norma es toparnos con una sociedad que siente predilección mayoritaria por esas prácticas arbitrarias. Puede haber tiempos excepcionales; empero, lo regular es encontrar una mentalidad colectiva que no tenga bases genuinamente democráticas. Esa desventura continúa formando parte de nuestra cotidianeidad. Es lo que, sin equívocos y con su siempre fascinador estilo, plantea el Dr. H. C. F. Mansilla en su libro Las raíces conservadoras bajo las apariencias radicales en América Latina. Es un volumen en el que su autor nos incita a mirar nuestro presente sin considerar prejuicios, dogmas, lugares comunes ni, menos aún, comunicados gubernamentales.
Mediante reflexiones de innegable lucidez, Mansilla nos demuestra que los regímenes populistas del nuevo siglo han sido incapaces de terminar con rutinas y convenciones contrarias a la modernidad democrática. El anuncio de un futuro sin injusticias, miserias ni ruindades habría sido una contundente patraña. Bajo ese ropaje radical, se oculta algo menos complejo: la conquista del poder y el inescrupuloso disfrute de sus privilegios. Sus invocaciones al igualitarismo se agotan en el cambio de las élites, es decir, cuando ya les toca ejercer esas prerrogativas. Pueden hablar mucho de la democracia, mas ésta interesa como herramienta para la toma formal del gobierno. Una vez allí, en condiciones de regir el Estado, ayudan a preservar los mismos vicios que, como el paternalismo o la repulsa del espíritu crítico, nos acompañan sin grandes interrupciones.