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18/5/17

La falacia del socialismo irreal




Los hechos están más allá de acuerdos y consensos, y todo lo que se diga sobre ellos –todos los intercambios de opinión fundados en informaciones correctas– no servirá para establecerlos.
Hannah Arendt


Mario Bunge demanda que nuestro cerebro trabaje adecuadamente, pues puede funcionar asimismo del modo contrario, produciendo tonterías. No basta usarlo; hay que hacerlo de manera correcta. Esto significa que su empleo sea racional y realista. Por supuesto, al ejercer las facultades intelectuales, no respetamos siempre aquello. Pueden cometerse confusiones, equivocaciones, incluso de forma deliberada. Hablamos aquí de falacias, que tienen diversas especies, mas un común denominador: distanciarnos del acercamiento a la verdad. Esto conlleva la necesidad de que reconozcamos nuestros errores, con lo cual avanzaríamos. Como ha precisado Popper, el desarrollo del conocimiento científico se da gracias a la corrección de teorías, mostrando ese camino que ya no cabe seguir. Esto vale tanto para las explicaciones como cuando se trata de predicciones que aspiren a tener cierta rigurosidad.
Si consideramos el Manifiesto del Partido Comunista, publicado en 1848, como un documento capital para las predicciones del socialismo "científico", contaríamos desde entonces con un lapso generoso para su materialización. Hoy, si atendemos a la sensatez, es innegable que ningún experimento con su marca resultó exitoso. Porque sí se plasmaron sus postulados. Hubo regímenes que se reconocieron como tales, invocando a Marx hasta en el retrete; no obstante, los partidarios del socialismo, finalmente, les negaron su respaldo. Procuraron salvar así su profecía, esa llegada de un futuro en que la propiedad privada y las ruindades del libre mercado desaparecerán. De esta manera, ellos pretenden hacernos olvidar que, cuando hubo avances aparentes como los adelantos que parecía consumar la Unión Soviética en el lenguaje “del hierro, del cemento y de la electricidad”, según Trotsky, sus simpatizantes e intelectuales no denunciaron ninguna traición o inautenticidad. Había orgullo al hablar de Stalin, Mao y aun Pol Pot: todos eran dignos representantes de su ideología. Lo incómodo surgió cuando hubo inocultables hambrunas, campos de concentración y un envilecimiento cada vez mayor del sistema.
No engañemos al prójimo: los regímenes que se proclamaron socialistas, en mayor o menor grado, sí lo fueron. No me refiero únicamente a los casos ya señalados, cuyo ejemplo es categórico, sino también pienso en naciones de África. ¿O no es lo que pregona Robert Mugabe, el longevo dictador de Zimbabue? ¿No fueron cuantiosas las guerrillas y conflictos mayores abonados por esa misma palabrería? Porque no se registra información de subversiones en el Congo que hubiesen tenido como estandarte a Locke, Smith, Bastiat o Hayek. Tampoco se pueden hallar elogios al individualismo que hubiesen caracterizado a tiranos como Muamar el Gadafi, quien premió a representantes de la izquierda latinoamericana.
Por último, analicemos esta parte del mundo, pero más allá del terrible caso cubano. Porque, para los socialistas con escrúpulos, la pesadilla del chavismo ya no estaría ligada a esa ideología. En otras palabras, un gobierno puede criticar el capitalismo, consumar nacionalizaciones, mortificar al individuo, despreciando sus libertades; empero, jamás podrían considerarse estas acciones como afines a la izquierda. Con franqueza, si ellos creen que tampoco hubo aquí verdadero socialismo, quizá la conclusión sea ésta: su ideario es una utopía, tan irreal cuanto peligrosa. Un mandato de apego a la verdad –así como de respeto al cerebro– les exige reconocerlo. La otra opción es seguir con una vida falaz.

Nota pictórica. La valuación es una obra que pertenece a Grant Wood (1891-1942).

5/5/17

El empobrecimiento de las obsesiones





¿Qué es lo que quiere, entonces, la gente? Por lo visto, no le interesa la idea de las cosas, sino que quiere las cosas mismas.
José Ortega y Gasset


En su libro ¿Para qué la acción?, cuyas páginas contribuyen a la comprensión de de nuestra conflictiva especie, Simone de Beauvoir sostiene que no se puede colmar al hombre. Como la tarea de construirse a uno mismo no concluye sino en el momento del deceso, nos encontraríamos ante varias alternativas, las que reflejan cuán generosa es la realidad humana. Teniendo, pues, diversas opciones que pueden ser escogidas mientras extenuamos los años en este mundo, cualquier limitación al respecto debería considerarse tan negativa cuanto antinatural. Lo normal pasaría por evitar ese reduccionismo, reivindicando la posibilidad de recorrer todos los caminos que se hallen a nuestro alcance. Nada tiene que justificar la exclusiva y perpetua concentración de los recursos personales en un solo cometido. Lo único que puede conseguirse al actuar así es un franco desaprovechamiento de las riquezas deparadas por la vida.
Desgraciadamente, por más alternativas que haya en diferentes campos donde actúan, muchos sujetos prefieren condenarse a la persecución de una sola meta. Para ellos, por distintos motivos, el sentido de su existencia está ligado a un tema, plan o aun razonamiento que no admitiría ninguna relajación. En otras palabras, son individuos que están dominados por algún tipo de obsesión, lo cual, como es sabido, no resulta siempre deseable. Con seguridad, si la entendemos como idea fija que es capaz de impulsarnos a perfeccionar nuestras obras, pueden hallarse aspectos positivos; empero, tiene asimismo sombras, incluso estremecedoras tinieblas. Más allá de mutilar al ser humano, fulminando potencialidades y propiciando una gris monotonía, están los problemas que pueden causarse a los semejantes. Como sucede con variados desequilibrios o manías, tenemos clases que podrían llevarnos a un escenario adverso para la convivencia.
La historia no requiere de gran esfuerzo para mostrarnos cómo el poder ha obsesionado exitosamente a cuantiosos mortales. En algunos casos, esto se asocia con dogmas que respaldarían su conquista, legitimando todo abuso para concretar ese objetivo. De este modo, se puede combinar el fanatismo ideológico con la persecución del mando, esa situación de privilegio que suele fascinar a quienes propenden al abuso. Aclaro que, en ocasiones, ni siquiera se necesita de una doctrina, sistema o razonamiento gracias al cual uno entienda el ejercicio de las funciones gubernamentales como un hecho razonable y apremiante. Es que la fabricación de argumentos en torno a ello no parece difícil, más aún cuando existen intelectuales renuentes al reconocimiento del límite marcado por la ética en el campo reflexivo. Son medios que facilitan el triunfo y la vigencia de regímenes en donde las perversidades no agobian a sus mandarines.
Si el enriquecimiento del individuo es posible merced a los diálogos y debates que realiza, cuando nos subyuga una idea, perdemos demasiado. En el siglo XIII, Tomás de Aquino acertó al decir: “Teme al hombre de un solo libro”. Subrayo que, aunque se trate de páginas sagradas, limitarnos a pregonarlas, pronunciando malidiciones contra quienes no comparten nuestra obsesión por una vida supuestamente impecable, puede provocar perjuicios. Nadie cuestiona que alguien formule juicios éticos, pronunciándose sobre cualesquier asuntos. El problema se presenta cuando la meta, el propósito que nos colma debe ser impuesto, sin reflexión de por medio, al prójimo. Pretenderíamos reducirlo hasta que sea el reflejo de nuestras obsesiones.

Nota pictórica. Cortando la pluma es una obra que pertenece a Adriaen van Ostade (1610-1685).

17/4/17

Para debatir con García Linera





La vanidad innata, que tan susceptible se muestra en lo que respecta a nuestra capacidad intelectual, no se resigna a aceptar que aquello que primero formulamos resulte ser falso, y verdadero lo del adversario.
Arthur Schopenhauer


Conforme a lo explicado por Humberto Giannini, la filosofía es un “modo de vivir a la intemperie”. En efecto, desde Sócrates hasta Sartori, esos pensadores no han anhelado las protecciones, esas seguridades proporcionadas por tradiciones, prejuicios y dogmas. Parten de preguntas; después, persiguen respuestas, pero jamás proclaman que tienen contestaciones definitivas. Un caso distinto es el del sabio. Este tipo de persona tiene una postura que se resiste a la humildad intelectual. Uno debe acudir a él no para formular interrogantes, sino en busca de ser iluminado. Por esta razón, cuando alguien que aparenta tener todas las verdades abre la posibilidad del debate, debemos celebrarlo. Así, frente al inverosímil reto lanzado por Álvaro Marcelo García Linera a exautoridades y líderes políticos de Bolivia, pienso en algunos temas que pueden serles útiles. En esta oportunidad, me limito a explotar tres ámbitos que creo valiosos y en los cuales, según el funcionario desafiante, su solvencia es innegable.
Partamos con las matemáticas, que, lamentablemente, no produjeron mayores inquietudes en García Linera. Porque no hay ninguna tesis o problema que lleve su firma: descarten hallar algún “Teorema de Kananchiri”. Pese a esto, supongo que los años en la Universidad Nacional Autónoma de México le sirvieron de algo. Por lo tanto, aunque me hubiese gustado tratar la paternidad del cálculo infinitesimal, reivindicando al gran Leibniz frente a Newton, propongo una cuestión menor. Interesa conocer cómo un discípulo de Pitágoras pudo hablar de “empate técnico” cuando ninguna fórmula seria lo apoyaba. Se sospecha que, como en otras ocasiones, hubo sólo malabarismo verbal o, resumiéndolo, repudio a un ejercicio de los derechos políticos que contravino sus intereses.
Para no ser demasiado rigurosos, sigamos con la literatura. Sé que las páginas del gobernante de marras invitan al bochorno si se consideran desde una perspectiva estética. Pareciera que, teniendo alma de revolucionario, haya intentado una transformación del lenguaje, molestando al lector con sus insufribles adjetivaciones o, cual el indigerible Hegel, ensombreciendo ideas, peor todavía cuando trata de ser poeta. Con todo, lo que planteo es reflexionar sobre por qué, siendo, supuestamente, amante del mundo de las ideas, su Vicepresidencia no ha publicado ninguna obra con reflexiones distintas ni, menos aún, contrarias al pensamiento que pregona el régimen. Convengamos en que, incluso para los fanáticos, conocer las alegaciones del contrario, aunque sea éste demoníaco, sirve para confirmar su fe. ¿Por qué se insiste con el adoctrinamiento? Apunto que, mientras se destinen recursos públicos para esos fines, la pregunta resultará válida.
Por último, arribamos al campo de la política. Desecho el fácil recurso de recordarle sus escritos del pasado neoliberal, donde atacaba al Estado de Derecho y a los empresarios, hoy adictos al régimen. Interesa un asunto que va más allá de las imposturas del área intelectual. Me refiero a una cuestión conceptual. Acontece que, si la libertad de pensamiento y expresión, teóricamente defendidas por el MAS, pueden originar diferentes ideas, programas y hasta partidos, con lo cual tendríamos un pluralismo compatible con la diversidad humana, ¿por qué considera democráticos a países con partido único? Es más, ¿cuál es la razón que justifica su respaldo a una cristalina dictadura como la de Venezuela? Imagino que la sapiencia plurinacional puede guiarnos en torno a ello.

7/4/17

Política y destino de la historia




No hay dos épocas que tengan las mismas intenciones filosóficas; claro es que me refiero a la verdadera filosofía y no a las minuciosidades académicas sobre las formas del juicio o las categorías del sentimiento.
Oswald Spengler


Según José Ortega y Gasset, el hombre no tiene naturaleza, sino historia. Somos el producto de nuestras decisiones, las que, si bien se toman en circunstancias específicas, no responden a ningún determinismo. Hay diferentes factores que influyen al momento de afrontar problemas del presente; sin embargo, existe un margen para la libertad, gracias al cual nos consideramos autónomos. Así, cuando no asoma la insensatez, tanto los aciertos como las equivocaciones sirven para tener una vida en donde lo pasado permita nuestro avance. No me refiero ahora al progreso de orden intelectual; pienso en cómo esas vivencias pesan cuando hablamos del poder. Pasa que una mirada puesta en el ayer puede ayudar a quienes anhelan la fabricación de pretextos para su encumbramiento político.
No es posible concebir la política sin tener en cuenta el poder, cuya restricción ha originado variadas e imprescindibles disputas. Desde Hobbes hasta Foucault, por citar algunos filósofos, se ha reflexionado al respecto, deliberando sobre su ejercicio y manifestaciones en nuestra realidad. Con todo, destaco el tema de su justificación porque, para presentarla como algo indiscutible, se puede recurrir a Dios, la razón o el pasado. En efecto, la historia puede ser empleada para respaldar autoridades, gobiernos o sistemas que ya no parezcan tener ningún otro sustento. De esta manera, en criterio del régimen que las invoca, esas épocas pretéritas acreditarían su llamado a mandar al semejante, quien, si no quiere contradecir el hado nacional, debe obedecer cualesquier órdenes.
Obviamente, aun cuando nos castiguen con discursos que, sin seriedad, señalan al pasado como fuente de su legitimidad, cabe inclinarse por la desconfianza. Ocure que la historia puede ser también entendida como una invención de quienes ansían la conquista o conservación del poder. Es conocido el alegato de que contendría sólo aquello favorable a sus intereses, no sintiendo pesar si se deben tergiversar hechos por los cuales su ensalzamiento resulte cuestionable. Siguiendo esta línea, la finalidad no es posibilitar que los ciudadanos conozcan de su sociedad, recordando éxitos, pero asimismo discutiendo en torno a sus abominaciones; para esos gobernantes, lo fundamental es proyectar al régimen como la encarnación del destino.
En una de sus ingeniosas frases, Aldous Huxley escribió: “La gran lección de la historia es que no se aprendió la lección de la historia”. Esta reflexión puede usarse para criticar a las personas que pretenden hallar un sentido, una conexión, razonable y coherente, entre los distintos tiempos. Es una enseñanza que no debe relegarse. No tenemos ninguna fuerza suprahumana capaz de impulsar nuestro adelanto o, en varios casos, imponer el retroceso; por ende, aunque recuerden profecías milenarias, los regímenes no deberían invocarla. Por otro lado, esa sentencia del autor de Un mundo feliz, libro harto recomendable, es útil para reconocer nuestras falencias. Porque, pese a las extraordinarias facilidades que se nos brinda hoy para conocer de los errores del pasado, somos terribles aprendices. Por ejemplo, pueden mostrarnos cómo una ideología propagó hambrunas, muertes e irracionalidades dondequiera que tuvo presencia; no obstante, muchos sujetos prefieren una cómplice y estúpida incredulidad. Optan por esperar a su redentor, al mortal que sea la síntesis de siglos en los cuales su nombre haya sido entrevisto. Mientras tanto, nos condenan a un presente sin un futuro digno, siquiera decente.

Nota pictórica. La alfombra mágica es una obra que pertenece a Víktor Vasnetsov (1848-1926).

24/3/17

Tocqueville, democracia y revolución




En primer lugar, examiné a los hombres, y llegué a la conclusión de que, en esta infinita diversidad de leyes y costumbres, no estaban regidos únicamente por sus fantasías.
Montesquieu


Ninguna sociedad se mantiene idéntica a la del momento en que fue fundada. No pienso en los inevitables cambios que, con el paso del tiempo y las necesidades demográficas, entre otros factores, modifican su apariencia. Lo que destaco es la imposibilidad de contar siempre con las mismas ideas. Debido al criterio que parece mayoritario entre las minorías intelectuales, uno puede creer en prejuicios capaces de afectar a casi todo un país. Así, explotando generalidades, llegamos a relacionar nacionalidades con determinadas actitudes o absurdos. En el caso de Francia, por ejemplo, su clase intelectual ha sido asociada con el antiamericanismo o antiimperialismo estadounidense. Sartre es una de las varias figuras que ilustra la idea. Empero, tenemos excepciones: Jean-François Revel, Raymond Aron y, mucho antes, el esclarecido Alexis de Tocqueville, cuyo pensamiento merece nuestras atenciones.
A diferencia de Kant, Heidegger y otros sujetos que no querían abandonar su terruño, Tocqueville apostó por un conocimiento generoso del mundo. En este cometido, sumado a un móvil académico, visitó Estados Unidos junto con su amigo Gustave de Beaumont. Ciertamente, procurando el estudio de su sistema penitenciario, observó hechos y costumbres que le originaron distintas reflexiones. Gracias a ello, en 1835, aparecería La democracia en América, una obra de dos tomos que alberga juicios imprescindibles para entender ese sistema, apreciar las bondades, pero también advertir los peligros. A propósito de sus virtudes, apunto que, según Alain Minc, con ese libro se inaugura el género del reportaje ideológico, cuyo campo será explotado por insignes autores.
En ese trabajo sobre la democracia estadounidense, nuestro pensador describe aspectos que se relacionan con temas económicos, políticos y culturales. Mas sus párrafos no responden únicamente al deseo de hacer descripciones; hay también sitio para los juicios valorativos. En efecto, desde su perspectiva, ese país demostraba cuán posible resulta la convergencia de libertad e igualdad, dos valores que, hasta entonces, parecían inconciliables conforme al criterio europeo. Resalto que, en su primera juventud, fue un entusiasta partidario de la monarquía; sin embargo, la vida fuera del territorio francés lo transformó. Se debe aclarar que no hay sólo elogios en dichos volúmenes. Sucede que, en la segunda parte, critica el culto al dinero, el peligro de la opinión pública y una cuestión que se conoce muy bien: la tiranía mayoritaria.
Tocqueville fue diputado, tocándole la Revolución del año 1848, al igual que el ascenso de Luis Napoleón. Tuvo incluso tiempo de ser su Ministro de Asuntos Exteriores, aunque salió antes de llegar el famoso golpe que se consumó en 1851. Así, el fenómeno del bonapartismo lo contó como testigo y crítico. Se lo puede notar en El Antiguo Régimen y la Revolución. En este libro, nuestro autor sostiene que, en realidad, lo que había hecho la revolución era continuar con el proceso de centralización que fue iniciada en el régimen absolutista. No había, pues, discontinuidad al respecto. No importaba el alarde, los discursos que subrayaban cuán originales eran sus medidas. Los gobernantes no habían hecho más que seguir con la concentración del poder, un elemento sin el cual ninguna revolución puede ser entendida. Además, en cuanto a este acontecimiento, él manifestó que le impresionaba más “la singular imbecilidad de los que facilitaron su advenimiento sin quererlo”. Es imposible estar en desacuerdo.

Nota pictórica. El retrato de Alexis de Tocqueville que ilustra el texto pertenece a Théodore Chassériau (1819-1856).

10/3/17

¿Para qué debería servir la universidad?




La causa es tan evidente como triste: deficiencias de nuestro medio, que ustedes conocen de sobra. ¡Todo falta aquí!
Carlos Vaz Ferreira


En un libro que tituló Temperamentos filosóficos, específicamente cuando reflexiona sobre Platón, Peter Sloterdijk escribe acerca de la educación antigua. Evocando esa época, marcada por una fulgurante Atenas, dicho autor destaca que se perseguía entonces una meta sobremanera relevante: instaurar una escuela de excelencia. Era un objetivo que podía considerarse ambicioso, pues implicaba la realización del individuo en distintos campos. Se creía en la posibilidad de preparar, con solvencia y optimismo, a los hombres que progresarían conforme a criterios intelectuales, pero también aportarían al adelanto social. Porque, desde la célebre Academia, con Aristóteles, Polemón y otros discípulos, se tenía esa pretensión de darnos a los mejores ciudadanos, quienes se convertirían asimismo en gobernantes. Es indiscutible que no se aseguraba la obtención de tal propósito; sin embargo, la fundamentación parecía merecedora del respaldo.
Aunque las circunstancias variaron, ya que el paso del tiempo trajo consigo diversas transformaciones, ese mismo designio ha fundado universidades. En efecto, continuadoras de la línea que se trazó hace milenios, esas instituciones se decantaban por cumplir tareas relacionadas con la vida pública y privada. Así como era importante la profesionalización, adquiriendo saberes, perfeccionando destrezas, era igualmente valioso el ámbito de los trabajos científicos. Eran las labores capitales, actividades que justificaban su vigencia. Mas había otra función que le concernía. Aludo a lo que, en una obra del año 1930, José Ortega y Gasset presentó como su misión. Para este pensador, la universidad tenía que ocuparse de propiciar espacios en los cuales se dialogue, razone, discuta sobre los problemas sociales. Teniendo a entendidos en diferentes áreas del conocimiento, no se hallaba sensato que aquéllos evitaran cualquier impulso al respecto.
Es cierto que, aun cuando sean verdaderas autoridades en su terreno, los catedráticos e investigadores pueden equivocarse, perjudicando la comprensión de temas sociales. En estos casos, el deseo de ser iluminados gracias a sus reflexiones, claras o densas, podía originar efectos peores al del desconocimiento. Con todo, el hecho de intentar sobreponerse a las simples opiniones, esas apreciaciones tan superficiales cuanto deleznables, ya se constituía en un avance. Por supuesto, presumo que los aportes provenientes de sus carreras serán decentes o, al menos, mínimanente inteligibles. Debe recalcarse que su función no es pontificar, lanzando dictámenes petulantes y categóricos; se aguarda la contribución a un auténtico debate. Sólo cuando se procede así, encontramos que la utilidad universitaria resulta del todo acreditada. Es una carga que nunca se podría tildar de abusiva.
No se trata de consagrar a los universitarios, profesores o aun estudiantes, como los únicos que tuvieran esa obligación reflexiva. La preocupación debe servir para caracterizar a todos quienes quieren tener un mejor presente. Sin duda, es una institución útil, creada para la consecución de los mencionados fines. Su naturaleza está, por ende, relacionada con los roles que he comentado. No obstante, hay también vida intelectual lejos del campus. Dar fe de la técnica que se tiene para terminar con un aprieto, por ejemplo, no concede supremacía en estos quehaceres. Lo que necesitamos es de interacciones provechosas, vínculos mediante los cuales nos aproximemos a la verdad y, en consecuencia, favorezcamos nuestra convivencia.

24/2/17

La necesidad de una literatura universal



  

Y en fin, ¿cómo propugnar robinsonismo intelectual alguno sin caer en el mayor absurdo?
Roberto Fernández Retamar


El año 1771, en Estrasburgo, cuando contemplaba su catedral, Goethe tuvo la convicción de que no se hallaba frente a una obra cualquiera. Es cierto que, técnicamente hablando, el edificio era gótico, contando con las características correspondientes, lo cual podía ser motivo suficiente para su elogio. No obstante, mientras lo admiraba, le fue revelada una cualidad hasta entonces ignorada por él: su pertenencia a la cultura alemana. Se trataba, pues, en su criterio, de una creación del espíritu que sólo podía darse gracias a esa nación. Así, tal como lo hicieron los románticos del siglo XVIII, el alma colectiva o genio de la nación, entre otras denominaciones, fomentaba la existencia de sociedades supuestamente superiores, pero también nocivas. Porque, bajo el pretexto de preservar lo propio, se perjudica a individuos que conforman esas mismas comunidades, impidiendo ampliar su mirada, diversificar placeres y contrastar ideas.
Naturalmente, una concepción como ésa, capaz de consagrar la diversidad y desestimar las coincidencias, incluso despreciarlas, no podía acompañar siempre al antedicho pensador alemán. En 1827, entretanto leía una novela china, tuvo otra especie de epifanía. Notó entonces que, pese a las variaciones de tiempo o espacio, él podía sentir cercanía con ese texto asiático. Se trataba de una proximidad que podía ser experimentada por cualquiera, siempre y cuando nos resistiéramos a prejuicios e insensateces análogas. Había elementos que tornaban posible esa relación de armonía, justificándose hablar de una literatura universal. Desde entonces, contradiciendo los postulados de Herder, adoptó una postura que cabe todavía reivindicar. El aprecio por una cultura en donde la razón no sea detestada, además, en la que pensar forme asimismo parte del fenómeno artístico, nos impone tal tarea.
No discuto que las circunstancias, sin importar su tipo, influyan en los individuos y, por supuesto, sus sociedades. Siendo los hombres diferentes entre sí, lo razonable es que sus asociaciones admitan desemejanzas. Ello se reflejará en los problemas que enfrentan, así como las soluciones pensadas para su finalización. Asimismo, en el asunto aquí tocado, esas particularidades podrán tornarse perceptibles al momento de la creación literaria. En este sentido, no sólo es comprensible, sino también provechoso el hecho de tener distintos estilos, escuelas, corrientes, merced a las cuales disfrutemos del mundo forjado por ellos. Mas reconocer lo positivo de dicha diversidad no implica que neguemos aspectos comunes. No aludo a reglas formales, esas preceptivas que procuran disciplinar al artista para gozo del crítico; la cuestión es más generosa. Existen elementos que pueden servir para relacionar a Voltaire con Jorge Edwards, por ejemplo, denotando su pertenencia a una misma cultura.
Los rabiosos enemigos de Occidente han propugnado, entre otros despropósitos, la descolonización, promoviendo hasta el rechazo a las obras que se reputan como clásicas. Ellos creen que deben ser leídos únicamente autores nacionales, quienes serían una suerte de instrumento para la expresión del alma patriótica. Olvidan que, aunque sea griego, Homero es fundamental para entender la condición humana. Esto mismo puede sostenerse en los casos de Dante, Confucio, Tolstoi, Cervantes o Shakespeare. Su lectura es, por consiguiente, tan necesaria cuanto relevante para terminar con las mezquindades y los envanecimientos que, en varias oportunidades, nos han conducido a la violencia.

Nota pictórica. El retrato de Goethe que ilustra la composición es una obra que pertenece a Joseph Karl Stieler (1781-1858).