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21/9/18

Sobre la necesidad de callar




No se puede seguir viviendo, haciendo cosas, y al mismo tiempo sostener que todo carece de sentido; lo más coherente sería el silencio, la inmovilidad.
Juan José Sebreli


Nuestra gratitud por el esfuerzo que realizaron los pensadores antiguos nunca será suficiente. Grecia contempló entonces cómo, desde Tales hasta, por ejemplo, Aristóteles, se apostó por abandonar el mito para enaltecer la razón. Ellos advirtieron que varias de las explicaciones pregonadas por sus autoridades y conciudadanos eran insatisfactorias. Podían contar con el beneplácito de diversas generaciones, incluso remontarse a tiempos bastante remotos; no obstante, aquello resultaba ineficaz si pretendíamos descubrir verdades. No debían ser oráculos, sacerdotes, dioses ni hombres de armas, por supuesto, quienes nos marcaran el cambio a seguir en ese cometido. No interesaba que, auxiliada de sus respectivas instituciones sociales, la tradición requiriese plena sumisión al respecto. Teníamos que ser nosotros mismos, recurriendo a medios intelectuales, los llamados a cumplir autónomamente tal tarea. Es la gran senda que se nos abrió hace más de dos milenios y medio.
Una de las enseñanzas antiguas que merece todavía nuestra estima se relaciona con el silencio. Sucede que Pirrón, baluarte del escepticismo, no tenía certeza de ninguna idea, concepto, materia o cosa. En efecto, distanciándose del dogmatismo, él estaba convencido de que las personas no podían asegurar nada. Su duda reflejaba una reflexión que contrastaba con el tono categórico de quienes, con arrogancia, anunciaban verdades definitivas. Sin embargo, su aprecio por esa humilde e invencible vacilación no es lo único que puede agradecérsele. Pienso asimismo en una consecuencia de su incertidumbre, a saber: quedarnos sin habla. Porque, si no tenemos la posibilidad de forjar un criterio firme o, al menos, medianamente defendible, lo mejor es guardar silencio. Tal vez, mientras tenga vigencia esta voluntaria falta de pronunciamientos personales, podamos crecer merced a la escucha del prójimo, una práctica nada intrascendente, pero, por desventura, poco distinguida.
Porque, si somos francos, debemos reconocer que, para muchas personas, guardar silencio es, salvo cuando están durmiendo, imposible. Aclaro que mi mayor reparo no radica en el incesante lanzamiento de palabras, frases y reflexiones sobre temas del más variado pelaje. A fin de cuentas, pueden agotar sus pulmones como mejor les plazca. La desgracia es que, en demasiados casos, este impulso no genera sino mera palabrería. De manera que, cuando escuchamos o leemos a sujetos dominados por dicho mal, no logramos el menor provecho posible. Frente a esa facundia, queda sólo la frustración porque no habrá teorías ni, aunque sea, coherencia que dignifique sus intervenciones. Se trata de gente que se pronuncia sobre todo, sin ninguna duda, pese a no tener información en torno a la disciplina correspondiente.
No es una novedad que los políticos sobresalgan en la perpetración del vicio aquí considerado. La regla es que quienes aspiran al ejercicio del poder no se nieguen a manifestarse acerca de asuntos económicos, judiciales, ecológicos, sexuales, robóticos o aun espirituales. Les parece inconcebible toda contestación modesta, una que implique confesar sus limitaciones. Se prefiere correr el riesgo de la vergüenza a cometer tamaña sinceridad. No desean admitir que, para tomar la palabra con solvencia, necesitamos previamente conocer. Son aventureros verbales, individuos que combinan osadía con irresponsabilidad. Lo peor es que sus votantes elogiarán la falta de silencio, premiando discursos tan abundantes cuanto vacíos. Callar es impopular.

Nota pictórica. El silencio roto es una obra que pertenece a George de Forest Brush (1855-1941).

24/8/18

Frente al pesimismo y la candidez




¿Quiere decir esto que deba abandonarme al quietismo? No. En primer lugar, debo comprometerme; luego, actuar según la vieja fórmula: no es necesario tener esperanzas para obrar. Esto no quiere decir que yo no deba pertenecer a un partido, pero sí que no tendré ilusión y que haré lo que pueda.
Jean-Paul Sartre


En el análisis que realiza de la cultura occidental, Emmanuel Berl opta por quitar igualmente autoridad a pesimistas y optimistas. Conforme a su criterio, las experiencias que hemos acumulado hasta el momento estarían en condiciones de motivar ambas posturas. En efecto, así como, con facilidad, podemos hallar más de una razón para subrayar la perversidad e infamia de los hombres, es también posible conmoverse frente a las acciones del prójimo. No negamos que hubo esa monstruosidad mayúscula de Auschwitz ni, menos todavía, las hambrunas o los abusos originados en el ejercicio arbitrario del poder. Cualquier época sirve para notar injusticias. Con todo, la mirada puesta en el pasado no conduce siempre a la decepción. Porque es asimismo viable que recordemos la celebración de armisticios, los derechos humanos, incluso las obras maestras, cuya existencia prueba cuán meritoria puede resultar nuestra especie.
Pero el reconocimiento de mejores circunstancias en las cuales podamos desenvolvernos, sea como individuos, personas o ciudadanos, no debe implicar que olvidemos los riesgos del estancamiento y la regresión. No tenemos ningún mandato genético que, una vez aprendida la lección del genocidio, por ejemplo, descarte cualquier reincidencia en ese campo. Es verdad que la educación puede ser muy útil para evitar aquellas reiteraciones; se trata de transmitir una cultura favorable a nuestra convivencia, es más, a cada hombre, libre y digno. No obstante, la iluminación en estas materias nunca termina, ya que el error jamás se hallará fuera de nuestro alcance. Lo que puede alentar el cometido es la capacidad reflexiva de quienes nos acompañan en estos quehaceres impuestos por la vida. Obramos, al menos, con la esperanza de que nuestra naturaleza brinde tal posibilidad.
Por supuesto, no existe aquí sitio para la inocencia. Es innegable que, en considerables casos, tener una discusión racional sobre diversos males, tanto presentes como pasados, puede ser imposible. El hecho de que alguien aprecie las reglas del pensamiento correcto, rechazando cualesquier absurdos, no le asegura estar ante un sujeto con estas mismas características. No todos advierten cuán necesaria es la elaboración de razonamientos que sean claros, coherentes y rigurosos. Sin embargo, no bastaría con darse cuenta de que nuestras ideas incumplen todas estas condiciones. Sucede que, a veces, aun cuando se percibieran dichas falencias, su presencia no nos incomodaría. Es que no pasa únicamente por conocer cuándo uno falla; se debe tener también la voluntad de huir del error, evitando mostrar nuestras equivocaciones como aciertos o, peor aún, verdades inapelables. La desgracia es que hay quienes piensan lo contrario.
Es indudable que varias décadas del siglo XX alimentaron la desconfianza en el perfeccionamiento del hombre, quitando respaldo a quienes lanzaron sus entusiastas predicciones mientras nuestro avance parecía irreversible. En esta centuria, no tuvimos un gran inicio, pues, de nuevo, la violencia y el dogmatismo dejaron sentir su presencia. Empero, este oscurantismo renovado, usuario de flamantes tecnologías y favorecido por innúmeras frivolidades, debe ser considerado en su justa dimensión, sin dirigirnos a conclusiones erróneas sobre la realidad. El reto está en llevar adelante juicios que no sean desproporcionados, sea por su tono sombrío, desesperanzador, o cándido. Podemos ser tan imbéciles como embusteros, además de peligrosos; pese a ello, tenemos aún otras alternativas.

Nota pictórica. Castillo de naipes es una obra que pertenece a Zinaida Serebriakova (1884-1967).

10/8/18

Denegri o cuando la televisión no es basura




La cultura no salva nada ni a nadie, no justifica. Pero es un producto del hombre: el hombre se proyecta en ella, se reconoce; sólo le ofrece su imagen este espejo crítico.
Jean-Paul Sartre

El imperio del mal gusto y la frivolidad es apabullante cuando se toma contacto con los medios. Nos topamos con creaciones que contradicen la supuesta inteligencia superior del hombre. Existe una suerte de competencia que, al final, encumbraría a quien nos exigiera el menor esfuerzo reflexivo. Predomina la creencia de que su público está compuesto por homínidos cuyas mentes no soportan ni siquiera una operación aritmética. No es un mal novedoso, puesto que está presente en distintas épocas. Sin embargo, la situación ya habría superado las pésimas expectativas que se tenían al respecto. En especial, la televisión sirve como clara prueba de tal degradación. Es que casi todo en ese campo parece haber sido preparado para el embrutecimiento y la banalización del espectador.
Felizmente, el despropósito de las mayorías no afecta a todos. Así, un individuo podría resisitirse a su envilecimiento. Es más, esta persona puede asumir la misión de ilustrar al semejante, contribuyendo a que se distancie del lugar común, las simplezas, el oscurantismo. Huelga decir que una labor como ésta debería ser elogiada; empero, la necedad no celebra cuando alguien procura su eliminación. Por esta razón, gente que batalla contra la basura que ofrecen los medios no acostumbra tener un destino envidiable. En efecto, siendo partidarios del elitismo, como George Steiner u Ortega y Gasset, esos detractores de las masas tienen asegurada una posteridad infame. Pero ese futuro no debiera disuadirnos de intentar la reivindicación del que ha hecho también suya esa cruzada.
Marco Aurelio Denegri, polígrafo, sexólogo, gramático, crítico literario, experto en gallos, notable conocedor del cajón musical y, ante todo, espléndido lector, ha muerto. Nació en 1938 y, desde hace varios años, dio a la televisión peruana un nivel de antología. Su programa, La función de la palabra, que, gracias al cable e Internet, tenía seguidores alrededor del mundo, nos regalaba experiencias innegablemente provechosas. Su culto manejo del lenguaje volvía legendarios los ataques que lanzaba contra libros marcados por la mediocridad. De algunas obras, por ejemplo, dijo que “no pasaban la aduana del buen gusto”. Era un guardían muy riguroso del español, idioma que es maltratado hasta por la propia Academia. Destaco que mantenía correspondencia con sus televidentes, tratando de absolver dudas, esclarecer confusiones y demoler mitos preservados durante demasiado tiempo. En particular, le interesaba lo concerniente a la educación sexual, materia que se halla plagada de tonterías creídas por el vulgo.
Semanalmente, Denegri mostraba libros que respaldaban cada una de sus aseveraciones. Sea que hablase de literatura, música o hasta las malas palabras, los apuntes bibliográficos jamás faltaron. Al margen de que, como todo bibliófilo, hubiese deseado exhibir sus apreciables colecciones, esa exposición resultaba útil para estimular al telespectador. Porque, si bien su espacio ya cumplía con el deber de iluminar al prójimo, podía ser útil para despertar apego al universo literario y, más aún, acometer su emulación. Nos indicaba el camino que, con voluntad, llevaría a sus mismos dominios. Es cierto que, como todas, su erudición parecía imposible de igualar; empero, con entusiasmo, aun esa meta se vuelve alcanzable. Acoto que, aunque no lleguemos a tal fin, bastará con el reconocimiento de su provocación en nuestras vidas. Acaso sea lo único rescatable que, durante los últimos tiempos, nos ha deparado la caja boba.

27/7/18

Juzgar en política




Porque aunque la facultad de juzgar es un tema filosófico, no es una competencia específicamente filosófica, pues son los discursos de aplicación los que la apuntalan metódicamente.
Otfried Höffe

En el último de sus grandes proyectos, denominado La vida del espíritu, Hannah Arendt reflexiona sobre tres conceptos fundamentales, a saber: pensamiento, voluntad y juicio. En el tercer caso, sus consideraciones asociadas con el acto de juzgar tenían como pieza central las ideas políticas que fueron expuestas por Kant. Es cierto que este filósofo no escribió mucho al respecto; sin embargo, lo hecho por él –por ejemplo, cuando discurre acerca de la paz entre las naciones– fue suficiente para provocarnos en tal ámbito. Así, ese campo en que son tratados los asuntos de orden público se nos presenta como propicio para el ejercicio de la crítica. Porque, si bien la facultad de juzgar podría consentir diversas significaciones, se apela aquí a los cuestionamientos que pueden ser formulados en torno al poder.
Salvo que, indirectamente, desee contribuir al establecimiento de un régimen opresor, ningún ciudadano debería inclinarse por la indiferencia. La falta de interés en cuanto a los quehaceres del Estado y nuestra sociedad suele llevarnos a un escenario donde los males son cada vez mayores. Ocurre que, si no prestamos atención al cumplimiento de funciones gubernamentales, sus anomalías o irregularidades menores pueden tener después un semblante del todo terrible. Pero no basta con arriesgarnos a conocer un poco más de las actividades que se llevan a cabo en esa esfera. Además de abandonar nuestra ignorancia, tenemos que pasar del estudio a la crítica. Debemos, pues, valorar los comportamientos, decisiones e intenciones que distinguen a quienes gobiernan. Sin someterlos a esa ponderación cívica, no podría concluirse que nuestro papel en democracia esté justificado.
Desde luego, el presupuesto de una buena crítica es el conocimiento cabal, complejo y profundo del tema que se analiza. No es una labor que sea consumada con facilidad. Lo más sencillo es limitarse al lanzamiento de insultos, consignas o monosílabos que denoten gran entusiasmo. Tenemos que rebasar los límites impuestos por lo instintivo, primario, acaso animal. No se pide la presencia de individuos que sean eruditos en distintas áreas del saber; sin embargo, tampoco cabe conformarse con una realidad marcada por un perpetuo empobrecimiento cultural del ciudadano. Debemos pensar que nuestras miserias de naturaleza intelectual facilitan el acceso a días peores. Está claro que, aun así, pese al esfuerzo hecho para ilustrarnos, podemos ser regidos por auténticos patanes. No hay nada que asegure allí la falta de problemas. Con todo, para nuestro consuelo, tendremos la tranquilidad de haber sido conscientes del despropósito.
Mas la tarea no se podría estimar concluida si nos quedáramos en el juzgamiento, evitando una inequívoca y contundente condena. No aludo a la realización de procesos en que haya sentencias ejecutoriadas. Nadie niega que los tribunales sean importantes ni, menos aún, los fallos evacuados en defensa del orden vigente. No obstante, los juzgadores pueden ser corruptos, así como las leyes, ilegítimas. Por consiguiente, nos queda el recurso de la reprobación ciudadana, esa censura que se traducirá en sus derrotas electorales, las interpelaciones públicas y cualquier otra manifestación del descontento particular. Nuestra indignación les debe resultar completamente perceptible. Pueden eludir castigos institucionales, sin duda, pero se volverá harto difícil lidiar con esta sanción. Es el último eslabón de una secuencia que no podemos sino reivindicar: conocer, criticar y condenar.

Nota pictórica. Nosotros demandamos es una obra que pertenece a Joseph John Jones (1909-1963).

13/7/18

Lo inteligente de ser bueno




Si no fuese siempre razonamiento, cualquier decisión se habría tomado sin convicción y con una conciencia meramente persuadida o ficticia. Aunque su fin o sus efectos fueran buenos, sería una decisión in-moral.
Norbert Bilbeny

Aun cuando haya gente que sirva para refutar la idea, no es una equivocación presentar al hombre como un animal inteligente. Me refiero a su capacidad de resolver problemas, sean éstos simples o complejos. Desde luego, esto no quiere decir que todos la ejerciten del mismo modo. Es más, si nos detuvieramos en el ámbito de la política, probablemente, concluiríamos que hay quienes jamás intentaron hacerlo; poco importan sus títulos, capacitaciones o grandilocuencia. La reiteración de absurdos en los quehaceres del poder no permite otra conclusión. Pese a ello, ni siquiera los casos más groseros de torpeza bastan para desechar cualquier expectativa en torno a su posible uso. Suponemos, pues, que, tratándose de seres humanos, su cerebro funcionará con precisión, comprendiendo nuestra realidad, pero asimismo entendiendo cómo tener una buena existencia.
Porque la inteligencia nos resulta útil si procuramos responder una pregunta que, desde un punto de vista ético, según Comte-Sponville, es fundamental, a saber: ¿cómo vivir? No niego que haya muchas respuestas al respecto. Como es sabido, durante las distintas épocas, hallamos personas que han intentado la consagración de sus juicios en relación con ese tema. Para estos sujetos, lo vital es que sus dictámenes acerca del bien y el mal sean aprobados sin mayores controversias de por medio. Con todo, más allá del egocentrismo, lo positivo es el hecho de no despreciar tales problemas. Creo que la sola preocupación por estas inquietudes ya se vuelve meritoria, reflejando un uso correcto del pensamiento. Es que podemos reflexionar sobre genuinas tonterías, despreciando todo contacto con aquellos temas de relevancia para el mejoramiento del ser humano; empero, optamos por considerarlos.
Necesitamos de la razón para explicar por qué motivo elegimos ayudar al prójimo y no, verbigracia, eliminarlo. Esta construcción de argumentos no es un asunto menor. Pasa que, si nos esforzamos en dar coherencia y claridad a nuestras fundamentaciones, no sólo demostraremos madurez cuando llegue la hora de tomar decisiones significativas, sino también podríamos despertar concordancias con los semejantes. Únicamente así, formulando esas aclaraciones en torno al actuar personal, surge la posibibilidad de tener diálogos provechosos, incluso debates que, una vez más, prueben cuán productiva es nuestra mente. La otra opción, siempre detestable, tiene que ver con quedar a merced de los caprichos. Es el camino que recorren quienes prefieren asociar la ética con los impulsos del momento, las emociones, pasiones o arrebatos capaces de conmovernos. Frente a ellos, toda tentativa de comunicación y comprensión es imposible.
Esta suerte de inteligencia o razonamiento moral no se agota en la explicación ni, aunque sean exitosas, las persuasiones que llevemos a cabo. Al margen de funciones como éstas, se nos depara un escenario en el que resulta posible juzgar. No ignoro que, entre otras cosas, por ética podemos entender el arte de vivir en libertad, por lo cual, en principio, correspondería a cada cada uno proceder conforme a sus convicciones y, consiguientemente, no recibir ningún cuestionamiento al respecto. Sin embargo, cuando comprendemos que las decisiones adoptadas por una persona o grupo, lejos de ser benéficas, pueden causar grandes perjuicios, propios o ajenos, cabe criticarlas. Es hasta posible pasar del juzgamiento moral a la condena. De manera que, en nombre de una razón bienhechora, la indiferencia se torna injustificable.

Nota pictórica. Eósforo y Héspero es una obra que pertenece a Evelyn de Morgan (1855-1919).

29/6/18

La ilusoria pretensión del control absoluto




Cuando se elimina este freno del orgullo se da un paso más en el camino hacia un cierto tipo de locura: la intoxicación de poder que invadió a la filosofía con Fichte y a la que los hombres modernos, sean o no filósofos, se sienten predispuestos.
Bertrand Russell


Es erróneo suponer que la moderación resulta siempre positiva. Ocurre que, en ocasiones, las pretensiones elevadas pueden ser beneficiosas. Una genial obra de arte no suele relacionarse con aspiraciones menores del autor. Por supuesto, no descarto que, casi de forma regular, las personas se hayan topado con malos ejemplos al respecto. Los deseos de tener el poder absoluto, verbigracia, han dejado en lo pasado razones válidas para justificar su censura. Puede usar un tono modesto; empero, tarde o temprano, la megalomanía del gobernante nos tendrá como víctimas. En consecuencia, cabe tener reparos cuando aspirantes al ejercicio del mando dejan advertir su predilección por lo absoluto. Despreocuparse de aquello implica consentir nuestra paulatina sumisión. Con todo, tal como lo señalé al comienzo, es también posible que los anhelos de gran envergadura puedan juzgarse favorables.
No es lo mismo ansiar todo el poder que procurar la sabiduría en cualquier campo. Este segundo caso nos coloca en una situación que, para quienes aprecian la razón, puede calificarse de admirable, aunque, al final, reconozcamos su carácter ilusorio. Subrayo esto último porque, salvo para los creyentes, la omnisciencia es un atributo que nadie posee. No obstante, en distintas épocas, hallamos suejtos que tienen ese propósito intelectual. Lo pueden hacer por gusto, ya que la búsqueda genera placer, pero asimismo impulsados por otro motor: el orden. Desde su perspectiva, el conocimiento debe servir para tener certezas, permitiendo planes rigurosos y control de la realidad. Imperando esta creencia, se rechaza cualquiera de las inseguridades que nos imponga el destino. Porque son obstáculos que desencadenan inestabilidad, desequilibrios, más aún, descontrol.
En El mito de Sísifo, Camus reflexiona sobre cómo las personas se frustran frente al silencio del mundo ante nuestra pretensión de total comprensión. Nos gustaría someter al escrutinio de la razón desde las nimiedades hasta los fenómenos importantes. Quisiéramos tener una explicación omnímoda, ordenando cada uno de los elementos que se nos presentan, evitando reveses e imprevistos desagradables. El problema es que tenemos limitaciones, las cuales son irremediables. Así, lo sensato pasaría por aspirar a tener condiciones que nos ofrezcan cierta estabilidad. Todo lo demás nos superaría. Es una de las conclusiones que los abusos del poder nos han facilitado. Cada vez que quienes lo ostentan se creen capaces de conocer la realidad del modo más pleno posible, tomando decisiones ajenas, experimentamos problemas bastante arduos.
No pasa por fomentar una ética de la insignificancia. Es innegable que nuestras capacidades son limitadas, colocándonos, a veces, muy por debajo de algunos animales. Es cierto que muchos semejantes pueden construirse un pedestal desde donde observan solamente la inferioridad del prójimo; sin embargo, en general, esa supuesta supremacía es falsa. Pero ni siquiera la petulancia más grosera serviría para desconocer habilidades y virtudes auténticas que, mostrando su provecho, repercuten en nuestras decisiones. Somos, pues, capaces de logros que tengan un signo positivo. Podemos ampliar nuestros conocimientos, expandiendo los efectos de habilidades que se perfeccionan gracias a la voluntad personal. Lo que no se debe pretender es el dominio completo de las circunstancias, escenarios o cualquier contexto en donde nos encontremos. Ser conscientes de esta insuficiencia puede salvarnos de pesados desencantos.

Nota pictórica. Regreso inesperado es una obra que pertenece a  Iliá Yefímovich Repin (1844-1930).

14/6/18

Contra la superficialidad y el simplismo




He aspirado siempre a un pensamiento multidimensional. Nunca he podido eliminar la contradicción interior. Siem­pre he sentido que las verdades profundas, antagonistas las unas de las otras, eran para mí complementarias, sin dejar de ser antagonistas.
Edgar Morin


Vivimos en una época que, generalmente, por desgracia, no busca la profundidad, sino, como sostuvo Arendt, el aplanamiento. En efecto, muchas personas prefieren eludir las exigencias de orden intelectual, el esfuerzo que se precisa mientras procuremos distanciarnos del engaño. Existe una peligrosa predilección por permanecer en la superficie, relegando cualquier inquietud que sea capaz de afectar nuestra paz. Es que, teniendo esa clase de actitudes, numerosos problemas no son advertidos ni, por ende, analizados para su respectiva resolución. Porque no basta con examinar las consecuencias, lo que se nos muestra sin complicaciones, a simple vista; debemos también apostar por examinar sus raíces. Está claro que, pese a tener la mejor de las intenciones, podemos equivocarnos; sin embargo, hay mayores probabilidades de avanzar cuando uno deja lo que parece obvio, así como los prejuicios, para enfrentarse a otros desafíos.
Nos falta profundidad; empero, tenemos asimismo problemas por el predominio de las simplicidades. En vez de notar cuán complejo resulta nuestro acercamiento a entendimientos que parecen plausibles, nos inclinamos mayoritariamente por la síntesis, los reduccionismos, las visiones maniqueas. De manera que la división del mundo en buenos y malos, decentes e infames, por dar dos claros ejemplos, nos guía entretanto agotamos nuestros días. Por desventura, no todas las cuestiones de importancia para nosotros, sea como personas o ciudadanos, permiten esa dicotomía. Cuando hay seriedad, el pensamiento rebasa las fronteras dictadas por quienes creen que la comprensión del mundo es una labor tan sencilla cuanto definitiva. Sólo para los fanáticos basta con elegir entre blanco y negro. Desde luego, este tipo de posturas torna inviable toda discusión que aspire a ser beneficiosa.
En una disertación del año 1954, Popper defendió que, para tener un debate provechoso, no era indispensable contar con el mismo marco teórico. Regularmente, los científicos e intelectuales piensan lo contrario: sin tener un común denominador, una serie de nociones que sean compartidas por dos interlocutores, cualquier disputa entre ambos sería imposible. No es inevitable que sea esto así. Es que, aun cuando tuviéramos diferentes puntos de partida, nos uniría el objetivo: aproximarnos a la verdad. Por supuesto, no es una meta menor; es más, su sola definición podría originar una gran cifra de polémicas en las cuales estuviéramos enzarzados. Con todo, si tenemos buena voluntad, ese propósito podría evitar que nos detuvieran los obstáculos de carácter metodológico para conversar con nuestros semejantes. En resumen, nada impide que, partiendo de contextos o enfoques distintos, diversos individuos puedan contemplar cómo su controversia es extinguida. Lo penoso es que, en varios temas, puede más el atrincheramiento de los bandos en disputa.
Sin duda, no es una tarea de fácil consumación. Si se pretende la llegada de días gloriosos o, al menos, muy gratos, ensalzados por el prójimo, el camino debe ser otro. Pensemos, por ejemplo, en cómo se conquista y conserva el poder. Para lograrlo, usted no necesita ser profundo ni, peor aún, complejo. Es más, puede ser todo lo contrario sin correr el riesgo de perder la confianza del elector, ese ciudadano acostumbrado a las respuestas vagas sobre nuestra problemática. No obstante, cuando optamos por contradecir esa tendencia mayoritaria, evidenciamos el objetivo de tener una vida en que nuestra capacidad racional no sea decorativa.

Nota pictórica. El sembrador es una obra que pertenece a John Rogers Herbert (1810-1890).