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30/05/12

El valor de la disidencia




 La tarea del pensamiento se impone como algo disonante. Si no, es creencia. Si no, no existe como tal.
Tomás Abraham

Todo progreso ha sido el efecto de una discrepancia. En las distintas eras, jamás faltó el mortal que juzgase la realidad anómala, insatisfactoria, imperfecta. No interesaba que sus contemporáneos pensaran diferente. Aunque existiera un acuerdo masivo acerca de las gracias del presente, él tenía motivos para levantar la mano derecha y lanzar críticas. Una de sus certezas era que nada podía ser impecable; por tanto, el mejoramiento debía convertirse en un desafío permanente. A riesgo de sufrir por oponerse a las comodidades mayoritarias, aceptaba la misión con una entrega plena. Su conducta no hacía sino reflejar esa convicción. No debe interpretarse este papel como una expresión de misantropía; al contrario, el rechazo a las anuencias ajenas es un llamado a revisarlas para lograr provechos superiores. Pasa que, cuando es auténtica, la crítica quiere ayudar al prójimo.
Si en cualquier asociación reina el conformismo, sus integrantes deben prepararse para enfrentar graves problemas. No me refiero únicamente al tedio, sino a la apatía por asuntos políticos. Estando todo bien, resulta intrascendente quién asume la tarea de gobernar, pudiendo hacerlo algún amante del caos o las arbitrariedades. Incontables hombres ansían que los consensos sean cada vez más amplios, pasando por encima de objeciones y descontentos. Creo que, si esto se concretara, el panorama sería indeseable. Necesitamos que en reuniones de relevancia para nuestra convivencia haya desarmonía, un comensal se pare e interrumpa el banquete. Porque, aun en medio del festín, puede presentarse aquél que nos regale la dicha de divisar las injusticias. No importa la indigestión que ocasionen sus observaciones; el malestar se justifica si es el producto de una reflexión encaminada a rectificar faltas.
El disidente puede ser concebido como un perseguidor de la verdad. Sabe que su conquista le será siempre esquiva; no ignora los fracasos consumados en esta brega. Porque ése es un hallazgo que, salvo cuando hay fanatismo, nadie puede proclamar. Nos encontramos en medio de una pugna por esclarecer nuestra situación, responder interrogantes que creemos necesarios para existir; no obstante, desde el comienzo, notamos cuán ilusorio es tener una respuesta terminante. Pese a ello, impulsados por un escepticismo que no es paralizante, continuamos tratando de alejarnos del error. La duda se vuelve parte de la cotidianeidad, evitando afiliaciones que podrían conducirnos al más sanguinario despropósito. No preciso evocar el número de violaciones, masacres y guerras que han sido perpetradas por quienes decidieron renunciar voluntariamente a sus vacilaciones. Conjeturo que una voz disonante pudo haber sido útil para impedir algunos de esos crímenes.
  Mi estima por el disidente causa un incontenible desprecio hacia cualquiera que se considere sabio. Pocos fenómenos son tan exasperantes como situarse frente a un sujeto que, con modestia o sin humildad, se siente miembro de esa estirpe. Son individuos que no admiten desavenencias; su credo debe conservarse íntegro, por lo cual los rebaños les agradan. El magisterio que ejercen sirve solamente para incrementar la cifra de enemigos del pensamiento autónomo. Es que, mientras se tenga un maestro que mande, los análisis serán superfluos, imponiéndose la sumisión menos tolerable. En nombre de la libertad, romper los coros que gustan a esos seres es una labor esencial. No podemos permitir que la sociedad se convierta en un conjunto de creyentes descerebrados.


Nota pictórica. El guardabosque es una obra de Vasili Maksimov (1844-1911).

10/05/12

El bostezo frente al prodigio intelectual




Es para mí un misterio que libros interesantes como los de Schopenhauer (¡y los míos!) no encuentren lectores.
Witold Gombrowicz

La indiferencia del prójimo es una muralla que destruye nuestra vanidad, pero también el deseo de influir en sus convicciones, acabar con ruindades. Es conocido que, pese al anhelo de favorecer a los semejantes, muchos intelectuales fueron incomprendidos cuando tomaron la palabra. La tasación de sus aportes se acostumbró a ser negativa. Esto se advierte al repasar las diferentes épocas. Porque el desprecio de las mayorías a esos quehaceres es igualmente contemporáneo. No reclamo por la falta de homenajes o glorificaciones literarias; censuro el pésimo trato que se otorgó a personas valiosas. Mi cuestionamiento podría sustentarse en numerosos ejemplos, puesto que esta calamidad tiene varios damnificados, cuantiosos mártires. No obstante, recordaré sólo tres víctimas que han querido iluminar un país de convulsiones tenebrosas.
Cuando supo que un periódico publicaría su primer artículo, Alcides Arguedas pidió permiso al padre para levantarse muy temprano, caminar por la ciudad y recibir inagotables felicitaciones. Estaba seguro de que, aunque fuese breve, su texto revelaría un talento excepcional. Suponía que, a partir de ese acontecimiento, su ingreso en los círculos intelectuales sería celebrado sin moderación. Con la confianza de quien se considera superior a un ambiente hondamente inculto, ese autor creía en un milagro. La realidad se ocupó de hacerlo entrar en razón. Es que los placeres de la fama no le fueron dispensados aquella jornada; su participación en el diario pasaría inadvertida. Fue la primera de muchas adversidades que le tocó afrontar. Como sucedió con otros escritores, la vida le hizo conocer sinsabores que probaron su fortaleza.
Mientras Arguedas no tuvo una fama precoz, quizá compensada luego con su renombre internacional, Carlos Medinaceli fue privado groseramente de aquélla. Se dedicó a la crítica con una lucidez poco frecuente; sin embargo, al margen de ser ensalzado por algunos amigos, su ministerio no tuvo el reconocimiento que merecía. Cuando uno revisa sus cartas, puede comprobar cuán espeluznante era la barbarie de quienes componían las sociedades donde vivió ese notable literato. Sus penurias patentizaron el rechazo a las tareas del intelecto. De nada le servía discurrir sobre Nietzsche, Gabriel René Moreno, la literatura francesa o los novelistas bolivianos; sus trabajos eran relegados por ser impropios del gusto oficial. Tal vez la suerte habría sido distinta si, al igual que varios congéneres, hubiera elegido alabar a políticos bestiales. Subrayo que no haya mancillado su pobreza con esa ordinariez.
La injusticia se percibe asimismo en este tiempo. Basta el caso de H.F.C. Mansilla para sentir la seriedad del problema. Sucede que los obstáculos a su labor en el campo del pensamiento reflejan una descompostura digna de antología. En lugar de disfrutar del trato que corresponde a un individuo preocupado por las reflexiones serias y la lucha contra los experimentos autoritarios, se lo castiga sistemáticamente con el desdén. Hay una privilegiada minoría que lo supo entender; demasiada gente, dentro y fuera del campus, la dispuesta a esquivarlo. Es correcto que sus meditaciones han sido destacadas en el extranjero; empero, salvando escasas excepciones, el destino no fue aquí generoso con un filósofo de tan recia envergadura. Sostengo que, entretanto experimentemos los efectos del salvajismo cultural, su impopularidad debe ser interpretada como algo elogiable. Éstos son los ostracismos que honran a sus protagonistas.

Nota pictórica. Autoretrato en el Moulin Rouge pertenece a Henri de Toulouse Lautrec (1864-1901).

21/04/12

Las perjudiciales conquistas del estatismo




El Estado es un mal necesario: sus poderes no deben multiplicarse más allá de lo necesario.
Karl R. Popper

Cualquier crecimiento del Estado es nocivo para la libertad. Su presencia tiene que estar condicionada al respeto a los individuos. No ha nacido para mortificarlos, sino con el fin de favorecerlos durante su existencia. En este sentido, las molestias que les cause deben ser minúsculas. Lo ideal es que sus mecanismos se activen de manera supletoria. Las insuficiencias que se notan en una convivencia natural motivan su creación. Mediante convenios libres de coerción, somos quienes le fijan límites y objetivos a conseguir. Ello vuelve obligatorio que seamos cautelosos cuando precisemos sus atribuciones; las exageraciones pueden dañarnos gravemente. Al ampliarle las potestades, reducimos nuestra esfera de acción, perturbando la única soberanía que debe ser defendida con intransigencia. Recordemos que, para lograr las metas encargadas por los ciudadanos, aquél cuenta con la fuerza pública; en consecuencia, sus abusos son muy peligrosos.
En política, de acuerdo con Jonathan Wolff, un filósofo debe reflexionar acerca del balance correcto entre autonomía y autoridad. Resulta fundamental saber hasta dónde un gobernante puede actuar. Realizada esta delimitación, las arbitrariedades son percibidas sin problema. Las dudas al respecto facilitan la llegada de los abusos. Al menos entre personas que repelen el contacto con cretinos, discutir sobre las atribuciones de la Administración Pública en nuestras vidas será siempre beneficioso. Los territorios que se conquista para dicha del fisco, al margen de revelar desconfianza en el individuo, evidencian un retroceso manifiestamente censurable. Por supuesto, preconizar una intervención mínima es un deber que cabe cumplir entretanto se aspire a no ser siervo. La expansión de los sectores en donde no tiene lugar el arbitrio del funcionario es, con seguridad, un desafío que nos incumbe.
    Considero que permitir el avance del poder estatal sobre la libertad de conciencia, pensamiento y expresión es inadmisible. La melopea del abuso que se hace de aquélla revela cuán falsa es una convicción democrática. Esta forma de gobierno se alimenta del debate que los hombres consuman. Vetar que se planteen ciertos temas, sin importar su clase, no merece nuestro respaldo. Yo me inclino por una exposición racional de los argumentos, exenta del mal gusto que nos acosa incesantemente; no obstante, en cuanto a su concepción, estimo que proteger las tonterías es también necesario. No compete al Estado penalizar las estupideces políticas, religiosas o raciales que, con variadas intenciones, sean pregonadas por los sujetos. Una sociedad que sea madura debe excluir a esos idiotas sin incidir en suplicaciones administrativas.
     Cuando la burocracia decide regir los destinos de una unidad productiva, las desventuras no demoran en presentarse. No cambia nada si afirman que se buscará algo tan ambiguo como la justicia social. Antes y después de terminar con la competencia, pues ésta es su máxima pretensión, las compañías del Estado nos brindarán siempre lo peor. Son innumerables las catástrofes que se dieron en ese campo, por lo cual los nuevos intentos revelan una pavorosa estulticia. A propósito, prefiero un empresario inepto, pero capaz de financiar sus propios fracasos, a una aventura del Estado en la que se malgasten recursos aportados por todos los ciudadanos. La subvención de proyectos tan patrioteros cuanto inviables es un ataque al individuo que, como muchos mortales, nunca imaginó contribuir a esos disparates del izquierdismo.

Nota pictórica. La ida es una creación de Konstantin Bauer (1852-1924).

08/04/12

Panfleto contra los gobernantes




Mostrarse contento de su suerte, es ponerse a la altura de ella;
he ahí por qué tantas fortunas mediocres, hacen felices a tantos hombres.
José María Vargas Vila


La norma es que las sociedades contemporáneas sean gobernadas por payasos, demagogos, iletrados, sátiros, corruptos o tiranos. Es inútil buscar un país en el que no se halle ninguno de estos ejemplares; ese oprobio ha cubierto plenamente a la Tierra. No ignoro que, a lo largo de las eras conocidas, los individuos sufrieron por tal causa. Revisar la historia de las naciones es encontrarse con hombres que, al ejercer funciones públicas, mostraron sus vicios menos inofensivos. Existen hasta cementerios que fueron colmados por ese género de personas. Con todo, nuestra época es la que deja ver una intensificación del problema. Son incontables los casos que sostienen el pesimismo de quienes no esperan mejora alguna. Pero yo tengo aún el ánimo requerido para injuriarlos y, además, exigir que se trabaje por una situación distinta.
El mal gusto es un cáncer que crece a diario. La ordinariez ha conseguido invadir todas las dimensiones que nos depara esta vida. La barbarie se ha vuelto lucrativa. Lo peor es que se haya convertido en una fuente de popularidad. Por ello, procurando la obtención de sus favores, muchos políticos le rinden pleitesía. Ya no es necesaria la educación, menos aún todo tipo de recato, para cumplir una tarea burocrática. Usualmente, las indecencias no indignan a los electores; por el contrario, éstos premian al que quiere ser abanderado de la vulgaridad. Es verdad que debe haber afinidades entre candidatos y votantes; sin embargo, esto no significa forzar la coincidencia con actitudes repugnantes. Nadie debería ocuparse de rebajarse al grado del ciudadano más grosero. Hay que pugnar por contar con personas decididas a elevar el nivel, otorgando al oficio una categoría noble.
Vivimos rodeados de gente que desea conquistar el poder, aunque sea éste frágil y fugaz, para saciar sus reprobables antojos. Pocos son los sujetos que, habiendo alcanzado ese objetivo, no despiertan una inclinación al autoritarismo. Lo corriente es que se utilicen esas prerrogativas a fin de liquidar enemigos, violándose los límites instaurados para proteger la libertad. Lamentablemente, el rechazo a las reglas que aseguran una convivencia civilizada se nota en bandos de diversa calaña. También, ellos están unidos por la corrupción. El cohecho es un fenómeno que no consiente la discriminación. Nos hemos cansado de comprobar que una minoría tiene escrúpulos éticos. Conozco ciudadanos que esperan únicamente daños menores. Según su entendimiento, siendo ineludibles los latrocinios, lo ideal es que se robe poco. El inconveniente es que esta miserable lógica convence a una mayoría, garantizando la impunidad de los malhechores.
Reclamar la presencia de gobernantes ilustrados y decentes es, pese a su carácter quijotesco, un acto que no merece indiferencia. No estoy pensando en un déspota que hable alemán, examine a los filósofos del Círculo de Viena o diserte sobre Thomas Carlyle, pero, al mismo tiempo, disponga que se acabe con quienes critican su régimen. Tampoco respaldo la idea de que, merced a su erudición, un redentor ilumine nuestro tránsito por este mundo. Mi demanda gira en torno a la posibilidad de ser escuchado por alguien con una cultura que, sin ser extraordinaria, permita un debate razonable. Un representante de la ciudadanía debe estar dispuesto a discutir sus posturas, exponiendo las alegaciones que considere válidas. Naturalmente, esto es inviable cuando nos topamos con un mortal que se ha formado sólo entre lugares comunes e inmoralidades.

Nota pictórica. Cantantes callejeros es una obra de Johan van Hell (1889-1952).

31/03/12

Tinieblas de una revolución glorificada





Las causas nobles no disculpan los actos innobles.
Tzvetan Todorov
  
Es inevitable que la versión de los triunfadores prevalezca. Esto pasa en las guerras, sublevaciones y combates que, por diferentes razones, los hombres han perpetrado desde su creación. No importa la cifra de atrocidades que los victoriosos hayan cometido; generalmente, sus víctimas pierden el derecho a la denuncia, siendo marcadas por las infamias, privadas del recuerdo histórico. Hay, pues, un relato que, sin mayores alteraciones, debe repetirse durante toda la eternidad. Así, la proliferación de virtudes impide cualquier crítica que tienda a aclarar los acontecimientos. La misión sería glorificar sucesos que, en algunos casos, no sirven sino para revelar las perversidades del ser humano. Cuando nos topamos con esta realidad, conviene levantar la voz e intentar que las alabanzas sean pulverizadas. Esto exige pronunciar verdades que, aunque carezcan de patrocinio editorial, puedan acabar con los mitos del vencedor.
Seis décadas después de la gesta del Movimiento Nacionalista Revolucionario, sus despropósitos me siguen pareciendo tan relevantes como los escasos aciertos que se hicieron en esa época. Verbigracia, sostener que un grupo oligárquico era responsable de todas las desdichas y, por tanto, debían ser estatizadas sus riquezas es un argumento perpetuamente imbécil. Cuando esa denuncia fue planteada, logrando luego la categoría de dogma, se omitió considerar cuestiones ligadas a una mentalidad que, compartida por muchos individuos, había propiciado el estancamiento. Algo similar podemos concluir al conocer de sus ataques a potencias extranjeras, ese recurso que los populistas emplean para conseguir apoyo del vulgo más insensato. Tal como sucede hoy, fueron varios los modos de justificar fracasos, en distintos sectores, utilizando ese medio. Nada rescatable puede hallarse en esa doctrina de índole nacionalista, iliberal hasta la náusea, que impulsó dicha revuelta.
Una democracia superior no es aquélla en la que, sin reflexión previa y obedeciendo dictados de un partido, todos pueden acudir a votar. Así, el sufragio pierde la importancia que fue atribuida por quienes se esforzaron para consolidarlo, quedando reducido a instrumento de los demagogos. Empero, éste fue el ejercicio de los derechos políticos que incentivaron las huestes del MNR; no se deseaba contar con ciudadanos ilustrados, cuyo repudio al autoritarismo fuese palpable, sino tener masas destinadas a respaldar sus candidatos. Reconozco el valor del voto universal; no obstante, su legalización es insuficiente si pensamos construir una mejor sociedad. Debemos recordar que las urnas consagraron también a tiranos.
Los emenerristas son responsables de haber agudizado problemas de corrupción, pereza e ineptitud en el ámbito público. Sus militantes se creyeron capaces de asumir cualquier función, resultando indiferente que ésta demandara una determinada formación profesional. Esos empleados reforzaron una cultura proclive a las disputas con la legalidad, maltratando al semejante cuando éste no era correligionario. Por cierto, si el respeto a las libertades civiles y políticas es útil para evaluar un régimen, los gobiernos revolucionarios deben ser aplazados. No aludo sólo a esa grosera vulneración de la propiedad agraria que, al final, fue contraproducente. Hubo peores abusos. Evoco a las personas que, por haber osado cuestionarlos, fueron torturadas en siniestros campos de concentración. Con certeza, Curahuara, Corocoro, Uncía y Catavi patentizaron lo más ominoso del proceso.

Nota fotografía. La imagen que ilustra el texto fue captada por Antoine Courmont.

27/03/12

Conocer, el presupuesto de nuestros quehaceres




El conocimiento no daña. Sólo pueden causar gran daño el malvado que usa conocimiento y el ignorante que se rehúsa a averiguar antes de actuar sobre el prójimo, o que pretende coartar la libertad de averiguar.
Mario Bunge

Conocer debe convertirse, sin excepción ni aplazamiento, en un hábito que todos practiquen. Nada serio puede objetarse respecto al aumento de nuestros saberes. Es el presupuesto de tareas que, como individuos críticos, nos incumbe cumplir. Descartada la opción de ser genios por inspiración divina, solamente mediante esa vía podremos abandonar las tinieblas. Porque no hay peor oscuridad que aquélla causada por la ignorancia. Sé que no es vital acercarse a la cultura, ilustrarse, ampliar el dominio de temas; sin embargo, desde nuestra óptica, no existen alternativas. Todo lo que hagamos en ese afán será fructífero. Una vez que comenzamos a incrementar los conocimientos, labores como juzgar, crear y actuar se hacen de manera satisfactoria. Al efectuar esta clase de quehaceres, las personas ejercen su derecho a ser libres, tomando decisiones que evidencian madurez.
Si queremos valorar la verdad, bondad o belleza, debemos conocer aquello que haga posible elaborar seriamente una apreciación como ésa. La crítica está precedida del acatamiento de esta obligación. No es reprochable que alguien pretenda desempeñar el oficio de censor, sino intentar lograrlo sin fundamentar sus dictámenes. Debe haber siempre criterios que, consagrados en el pasado, permitan realizar esa función. Pasa que, entretanto aspiremos a evitar el absurdo, no existe otro modo de hacerlo. Dejarse conducir por el instinto puede ser efectivo en los aposentos, pero poco atinado cuando se juzga una creación del prójimo. Hasta la calificación moral de un comportamiento exige que, con carácter previo, hayamos aprendido cómo llevarlo a cabo. Son distintos los caminos que se nos ofrecen con ese objetivo; su examen es preciso para encontrar una ruta personal.
No creo en el esplendor de pensadores o literatos que, negándose a estudiarla, rechazan cualquier contacto con la historia. Desconocer lo que, antes de nuestro surgimiento, se ha hecho en esos ámbitos es una falta severa. En la filosofía, resulta difícil que haya originalidad, más aún cuando no se han examinado los planteos de las otras épocas. Las meditaciones que han sido consumadas desde hace más de dos mil seiscientos años, cuando este apego a la sabiduría hizo su aparición, merecen respeto. Asimismo, si bien la escritura no condiciona su disfrute al conocimiento de composiciones ajenas, dedicarse a ésta sin acompañarla por ese goce es una necedad. Es cierto que pueden redactarse textos sin leer a Cervantes, por ejemplo; empero, quien aprecie genuinamente ese arte no debe incurrir en este tipo de omisiones.
Por último, concebir la política como un asunto eminentemente empírico es una insensatez. No basta la ejecución de acciones, sean éstas proselitistas, oficialistas u opositoras, para trabajar en ese campo. Nos hemos acostumbrado a percibir una estremecedora incultura entre quienes pugnan por conseguir apoyo del electorado. Según parece, son pocos los que, leyendo a quienes han reflexionado con acierto, se preparan para intervenir en los negocios públicos. Sospecho que la mayoría se decanta por tener una pésima relación con los libros. Ellos consideran prescindible algo tan primordial como la formación intelectual. Este mal puede explicarse gracias a la predilección por el activismo que impera en nuestros días. En lugar del debate de ideas, donde cada uno puede exponer argumentos, se prefieren las movilizaciones ruidosas e indoctas. Mientras esta fobia al conocimiento se mantenga, no corresponde imaginar ningún progreso.

Nota pictórica. Contando las olas es una obra que pertenece al pintor André Bertounesque (1937-2005).

14/03/12

Inmadurez y lamento marítimo




En el sepulcro no hay bastante olvido
para aquesta injusticia sin sentido:
penar por una deuda no debida
y por la vida que no se ha pedido!
Franz Tamayo

La madurez ordena que reconozcamos nuestros errores. Lo último que alguien debe discutir es su completa inocencia. Generalmente, somos responsables del problema que afrontamos, así como de su solución. La inteligencia se advierte cuando superamos un obstáculo y no insistimos en contemplarlo, esperando a otro que pueda destruirlo. Mientras nos detengamos en hallar motivos que justifiquen nuestras equivocaciones, acusando al semejante de haberlas provocado, el estancamiento es seguro. A nivel estatal, la denuncia de enemigos externos que confabulan para multiplicar las desventuras se convierte en un despropósito mayúsculo. La regla es que esas imputaciones sean infundadas. No importa que, para exagerar la ofensa cometida por una república poderosa, el acusador se nos presente con vestimenta de mendigo. Esas tesis paranoicas son útiles sólo para eternizar mitos que favorecen a demagogos.
En «El Congreso», Jorge Luis Borges cuenta que un boliviano propone debatir el enclaustramiento marítimo de su nación, pues era una cuestión lamentable. La mención es breve, pero evidencia el conocimiento de un clamor tan histórico cuanto vigente. Por desgracia, ese personaje podría representar a más de un ciudadano que residiera en este país.  Desde la infancia, pese a las deficiencias de un sistema educativo que persiste en los fracasos, se trabaja para renovar esa queja. Sin dejar lugar a la réplica, los docentes enseñan que, por efecto de esa invasión, el panorama será siempre negativo. Ello habría sido distinto si se hubiera evitado ese lance o, lógicamente, triunfado en sus distintas batallas. Dado que nada de esto sucedió, sino una categórica derrota, el patriotismo exige deformar la realidad hasta complacerlo.
Es el pretexto que, de forma cíclica, se utiliza para no aceptar la culpa en lo concerniente a pobreza y atraso. Diestros en esquivar responsabilidades, muchos gobernantes han asegurado que, por falta de litoral, el progreso se ha tornado difícil, acaso imposible. Poca importancia se concede a militaradas, tiranías e idioteces económicas que fueron consumadas durante las últimas centurias. En lugar de reconocer los aciertos del antiguo rival, cuyo avance es irrefutable, se sigue una línea que suele caracterizarse por las acusaciones disparatadas. Según esta óptica, los chilenos son perversos porque vencieron a dos países juntos, consolidando el dominio sobre un territorio que había sido abandonado por Bolivia. No interesa que hayan creado instituciones eficientes ni su acceso al mundo desarrollado. En suma, son culpables de todo lo malo que haya pasado desde fines del siglo XIX.
Si uno accede a participar en una contienda, incluso aliado con quien respalda sus antipatías e intereses, debe saber que ganar es contingente. La derrota es una posibilidad que no se aconseja menospreciar. Admito que la guerra no es el medio ideal para resolver desavenencias; sin embargo, ha sido provechosa en varias oportunidades. Lo deseable es que, acaecido el final del lance, ambos combatientes acuerden una convivencia pacífica. Con este objetivo, debe consentirse una situación distinta de la que había antes del conflicto. Es natural que quien triunfe resulte beneficiado; habiendo mostrado eficacia, sus esfuerzos merecen recompensa. Probada la superioridad guerrera, entre naciones civilizadas, cabe esperar que se pacte una paz bajo esas condiciones. Restablecida la concordia, es menester pensar en el futuro, dejando de lado esa pugna que puede volverse caprichosa.

Nota pictórica. Arlequín y Pierrot es una obra que fue creada por André Derain (1880-1954).