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1/12/16

La creencia en los grandes hombres




El espíritu de rebeldía es lo contrario del dogma de obediencia que induce a considerar recomendable la sujeción de una voluntad humana a otras humanas voluntades. Respetar ese dogma significa renunciar a la personalidad; la obediencia no es a un ser sobrenatural, sino a otro hombre, al Superior.
José Ingenieros

Las ideas y creencias que marcan la vida de un hombre, influyendo en sus diferentes actuaciones, pueden forjarse gracias al esfuerzo propio. Ciertamente, una persona está en condiciones de valerse del entendimiento que lo tiene como responsable, resistiéndose a cualquier imitación o sometimiento. Sin embargo, esto no implica que desconozcamos la presencia de factores externos. Sucede que, no habiéndose originado la especie con nosotros, hay antecedentes, un pasado capaz de afectarnos. Así, en mayor o menor grado, la cultura puede dejar su impronta en nuestra existencia, rigiéndonos incluso cuando pensamos en el bien. Es más, tal como lo ha indicado Norbert Bilbeny, las bases de la ética suelen relacionarse con aspectos que tienen una gestación social. En cualquier caso, lo deseable pasa por no perder la capacidad de someter a crítica todo fundamento, pues, siendo obra humana, puede contener falencias.
La necesidad de sobrevivir, tan básica cuanto ineludible, hace que debamos tomar decisiones en distintos campos. Puede haber individuos que se entusiasmen con esa carga; empero, existen igualmente sujetos a los cuales la tarea les parece poco grata. Peor aún, en varias épocas, no sorprende que nos topemos con gente dispuesta a evitar pesares de esa naturaleza. Por este motivo, prefieren seguir, a rajatabla, prácticas, costumbres, tradiciones y todo aquello que una sociedad enseñe como válido. Desde luego, un gregarismo como éste debe considerarse criticable, pues lo pasado no sirve para legitimar nuestras determinaciones. Con todo, la sumisión a una cultura específica, un orden social en particular, no es el único acontecimiento que nos perjudicaría. Ocurre que podemos asimismo incurrir en un absurdo mayor: el enaltecimiento de semejantes a quienes creemos indispensables para resolver nuestros problemas y, en suma, garantizarnos la felicidad.
Desde la Edad Antigua, por ejemplo, con Julio César, hasta los días del presente, donde hay varios de sus especímenes, advertimos que la creencia en esos seres prodigiosos no acaba. Es verdad que se han realizado notables esfuerzos, meritorias labores, a lo largo del tiempo, para reconocer equivocaciones y subrayar nuestros límites. No seríamos, por ende, dioses, aunque tampoco criaturas dignas de una condena eterna. Mas, por causas de diversa clase, se alienta la convicción de que, cumpliendo sus dictados, lo futuro no sería sino venturoso. Debe aclararse que, al abandonar la condición autónoma, no se procura un objetivo perverso; al contrario, salvo casos excepcionales, el fin es intercambiar la libertad por tranquilidad y bienestar. Está la confianza en que el milagro se consumará sin sobresaltos.
A diferencia de lo que pasaba con los dioses griegos, signados por virtudes y vicios, excesos debido a los cuales podían formularse cuestionamientos, un salvador en política es inmaculado. No interesa que, mientras disfruta del poder, sobresalga en la perpetración de atrocidades. Para sus seguidores, debe ser colocado en un estadio donde no caben juicios que se aplican al común de los mortales. Se puede, por tanto, elaborar una lista interminable de ofensas, vejámenes y hasta crímenes con su sello; no obstante, sus feligreses rechazarán esas sindicaciones. Es el efecto de la ceguera sentimental, un fenómeno que vuelve imposible el reconocimiento del retroceso. Es también más cómodo absolver de culpa a quien resultó ser un ídolo con pies de barro que, no sin molestia, reconocer cuán cretinos fuimos en creerle.

Nota pictórica. El último hombre es una obra que pertenece a John Martin (1789-1854).

18/11/16

Por una filosofía desbordante




La filosofía puede producir y produce una obra extraordinariamente interesante e importante sobre una variedad de temas que no tienen nada que ver con las privaciones, iniquidades y servidumbres de las vidas humanas. Así es porque así debe ser, y hay mucho que celebrar en la expansión y consolidación del horizonte de nuestro entendimiento en todos los campos de la curiosidad humana.
Amartya Sen
  
Todo comienzo deja una huella que no cabe olvidar. Esos orígenes permiten conocer una esencia gracias a la que, cuando hay dudas o confusiones al respecto, nos orientamos adecuamente. En filosofía, Sócrates nos presenta un tipo de vida que, signada por la reflexión, justifica todavía nuestro aprecio, incluso gratitud, pues contibuyó a la expansión del espíritu crítico, lo cual jamás será despreciable. Su magisterio tuvo, pues, esa grandeza. La tarea no era desarrollada en lugares de acceso restringido, resultándole inaceptables las limitaciones. El objetivo era contribuir a que cualquiera tuviese una existencia en donde los cuestionamientos no cesaran. Tal vez, obrando de este modo, la sociedad que integraba sería favorecida. Tomar consciencia de la propia ignorancia y, además, no dar nada por sentado, entre otros aspectos, ayudan a resolver diversos problemas, tanto individuales como colectivos.
Del pensamiento público y abierto se pasó a las restricciones de orden institucional. Con Platón, comenzó la tradición de alimentar intelectualmente a determinados sujetos. Es verdad que, en su momento, Pitágoras tuvo un círculo de seguidores; empero, esto se hallaba más cercano a la religión que al terreno filosófico. No deploro aquel invento; admitir a los que tienen esos intereses, así como trabajar en su profundización, es una idea defendible. La objeción irrumpe cuando se cree que, allende las fronteras académicas, no tiene sentido hablar de filosofía. Según esta óptica, se podría cometer un absurdo, negando el predicamento de autores como Hume, Rousseau o Nietzsche, ya que ninguno tuvo el título pertinente. No es la única exclusión que se hace: además de relegar al que no cumpliría con ese requisito, se propugna una despreocupación por lo externo.
Frente a esa delimitación, irrumpe la reivindicación de una filosofía desbordante, un pensamiento que invada diferentes ámbitos, en los cuales sus beneficios resultan necesarios. Las modalidades son distintas; mientras se busque la misma finalidad meditativa, fijar exclusiones sería arbitrario. Se puede secundar a Michel Onfray, estableciendo una universidad popular, pero también organizar una experiencia como la del Seminario de los jueves, dirigido por Tomás Abraham. Entretanto no se conviertan en tertulias sin esfuerzo intelectual, son igualmente válidas las charlas que aparecieron merced al ánimo de Marc Sautet. En todos estos casos, incluyendo el ejercicio del periodismo filosófico, notamos una extralimitación que favorecería a la sociedad entera.
Aclaro que el desborde no se justifica sólo en términos colectivos. Desde Epicuro hasta Alain de Botton, hallamos pensadores que conciben la filosofía como un “sacerdocio”. Aludo al quehacer de curar almas, posibilitando nuestra paz o dicha. Es evidente que, frente a los grandes interrogantes en torno al futuro del género humano, parece un tema menor. Ocuparse de las angustias del hombre, sus miserias concretas, hasta la realización como persona, quedaría lejos del ámbito que atañe a los filósofos solemnes. No obstante, procurar ese mejoramiento individual es asimismo una labor que concierne a esta invención griega. No interesa que se proclame la superioridad de otros conocimientos. Por cierto, la ciencia puede prepararnos para varias desventuras, explicarnos detalladamente sus causas y consecuencias; sin embargo, ante las situaciones límite que, como la muerte o el fracaso, Jaspers nos enseñó a tratar, filosofar se vuelve imprescindible para existir.

Nota pictórica. Aún la vida es una obra que pertenece a Perlrott Csaba Vilmos (1880-1955).

3/11/16

Por una política con ética: Edmundo Salazar




Decimos que a las personas razonables no las motiva el bien general como tal, sino el deseo mismo de que hay un mundo social en que ellas, como ciudadanos libres e iguales, puedan cooperar con los demás en términos que todos puedan aceptar. Insisten en que la reciprocidad debe regir en ese mundo, de manera que todo el mundo se beneficie.
John Rawls

Hay variantes del optimismo que son peligrosas. Suponer que, al final, una situación adversa tendrá un desenlace plenamente satisfactorio puede conducir a la inacción y vetarnos toda mejora. Debemos recordar que la esperanza en un futuro menos arduo, desde el punto de vista individual o colectivo, no implica nuestro abandono del esfuerzo. No se trata, pues, de relegar sueños ni despreciar cualquier utopía; el punto es tener presente cuán necesarias resultan las acciones llevadas a cabo con ese objetivo. Así, evitando las exageraciones, Francis Hutcheson, filósofo del siglo XVIII, contribuye a nuestro aliento cuando sostiene que los hombres son movidos por el sentido moral hacia el bien. Con certeza, hallamos excepciones, hasta casos en que ni siquiera se note una conciencia de carácter ético. No obstante, es un razonamiento que permite entender varias épocas, diversas sociedades e invaluables personas.
Desde Platón hasta Höffe, los debates en el ámbito político no pueden prescindir de la justicia. No me refiero al mundillo de jueces, fiscales y demás criaturas que pelean en torno a leyes vigentes. En esta ocasión, lo justo se relaciona con aquello que es éticamente aceptable, correcto, válido. Porque, aunque la conducta de algunos contemporáneos, sean opositores u oficialistas, demuestre lo contrario, se puede tener también ese propósito en los asuntos ligados al poder. Es más, en el afán de terminar con las injusticias, siempre ofensivas para quienes no han perdido el aprecio por la dignidad, pueden aún correrse riesgos vitales. En efecto, sin poses ni anhelo de figuración, tan comunes en nuestro tiempo, se asume una peligrosa busca de días más gratos.
La vida de un hombre puede servir para evidenciar ese compromiso ético y político por una realidad que no nos parezca indignante. Ciertamente, cuando se toma conocimiento de lo que hizo Edmundo Salazar Terceros, ninguna otra conclusión es dable. Su existencia estuvo signada por el deseo de contribuir a que sus semejantes, familiares o desconocidos, no viviesen bajo un orden injusto. No era una meta que procuraba lograr de modo aislado; como él, varios individuos participaban en política sin las habituales ansias lucrativas. Fue lo que sucedió con sus hermanos, quienes, desde la primera juventud, no miraron con indiferencia las miserias, los abusos e infamias que soportaban otros hombres. Es verdad que defendía el maoísmo, cuyo ideario admite distintas críticas; sin embargo, lo ideológico no nublaba ni subordinaba su finalidad moral.
En su condición de parlamentario, Edmundo Salazar afrontó un desafío considerable: la investigación del caso Huanchaca. Habían matado a Noel Kempff Mercado; las vilezas del narcotráfico acabaron con ésa y otras vidas. Los sujetos involucrados en este crimen, así como el negocio que pretendía ocultarse, pertenecían a elevados círculos de poder, tanto gubernamental como económico. Presumiendo una corruptibilidad bastante corriente, intentaron comprarlo, ofreciendo sumas que callarían hoy a muchos asambleístas. No lo consiguieron; había en ese diputado algo que, por desgracia, constituye una rareza: genuina e insobornable búsqueda de justicia. Sus convicciones molestaron demasiado, incluso a quienes lo acompañaban en la izquierda. Pese a ello, su compromiso terminó sólo cuando, mediante sicarios, la cobardía de sus enemigos lo asesinó. Fue hace casi tres décadas, el 10 de noviembre de 1986. No pasó los 34 años; empero, probó que no todo en política es aborrecible.

21/10/16

Dos legados para nuestro entendimiento




Bien sé que con frecuencia me acontece tratar de cosas que están mejor dichas y con mayor fundamento y verdad en los maestros que escribieron de los asuntos de que hablo.
Michel de Montaigne

En uno de sus diálogos, Umberto Eco y Jean-Claude Carrière sentenciaron que nadie acabaría con los libros. Es un producto insuperable, una invención que, como la cuchara o el inodoro, no admite mejora. Ha acompañado nuestro avance, potenciando una memoria que, sin ese auxilio, habría sido liquidada en poco tiempo. No importa que, a voz en cuello, muchos mercaderes ofrezcan aparatos destinados a difundir textos en formato digital, anunciando el fin de aquel objeto visto, palpado, aun olfateado por incontables sujetos. Reivindicarlo no es un acto de fingimiento intelectual. Lo que se ampara es su valor para el individuo y, más aún, la sociedad. Nadie discute que una convivencia civilizada, tan aceptable cuanto decente, se forja gracias a diversos factores; no obstante, esas creaciones nos obsequiaron algo esencial.
En el nacimiento de Occidente, conforme a Dietrich Schwanitz, encontramos libros. En ese pasado, nos topamos con la Biblia. Si analizamos lo que ha ocurrido con nuestra ética, notaremos enseguida que, fundamentalmente, a favor o en contra, hemos considerado esa obra. Tenemos también dos de las mayores contribuciones del universo griego, la Ilíada y la Odisea. Gracias a sus páginas, algunos conceptos de valía, como la gloria o el destino, han dejado su impronta en nuestra concepción del mundo. Con todo, en la esencia del proyecto de vida en común que nos distingue, el cual, desde Roma, se halla abierto al mundo entero, no podríamos relegar las obras escritas por dos gigantes: William Shakespeare y Miguel de Cervantes, cuyos fallecimientos se produjeron en 1616, hace ya 400 años, pero su olvido es imposible.
Con el autor de Hamlet, quien no vio publicado ningún libro que llevara su firma, hemos sido impactados por las miserias del ser humano, esas debilidades sin las cuales no podríamos entendernos. Porque la traición, los celos, las incertidumbres, así como el inescrupuloso deseo de poder, son parte de una realidad inescapable para cualquier persona. Procreando agentes o víctimas, son fenómenos que no dejan de irrumpir en las diferentes épocas. Si con Giovanni Pico della Mirandola se nos colocaba en la cúspide, Shakespeare ha contribuido a que reconozcamos asimismo nuestras bajezas. Ha hecho posible que tengamos una idea más descarnada de la condición humana. Es cierto que no todas sus obras tienen un final desolador; sin embargo, el contacto con esas catacumbas nos devuelve a la realidad. Basta conocer de sus líneas para recuperar la consciencia del infranqueable límite con el que debemos lidiar.
Cervantes fue soldado, esclavo, recaudador de impuestos y presidiario: un sujeto al cual no le faltaron desventuras. Mas esos infortunios le resultaron provechosos para crear un personaje tan desgraciado como él, según Giovanni Papini. Porque no parece factible que otro autor, alguien sin sus caídas ni frustraciones, hubiese podido inventarse a ese genial desquiciado y, además, al famoso escudero. Su contribución a nuestro entendimiento de lo humano es posible sólo merced al par que protagoniza esas aventuras. Así, como consecuencia de sus lazos, hallaríamos igualmente necesario al idealismo y el realismo, hermanados por la busca del orden correcto, restableciéndose aquello que se cree bueno. Tanto utopistas como pragmáticos, cuando no hay predominio de la infamia, persiguen lo mismo que don Quijote ha pretendido: acabar con los entuertos, militando contra lo que nos indigne. Aquí radica su aporte al siempre imprescindible inconformismo.

6/10/16

Un régimen de inhumanidad




Los derechos humanos sólo alcanzan plena realidad jurídica cuando, aunque el Estado posea el monopolio del poder, ninguna persona, instancia u órgano estatal posee un poder ilimitado…
Otfried Höffe

A lo largo de la historia, encontramos ideas que, desde distintos enfoques, pretenden determinar si las acciones realizadas por quienes dirigen un Estado son beneficiosas o, al contrario, perjudiciales. En efecto, los criterios empleados para evaluar el desempeño de autoridades y regímenes son diversos, tornando complejo el consenso al respecto. Poco interesa que, basado en una ideología, alguien hubiese anunciado el fin del debate. Sucede que las virtudes identificadas por una doctrina política podrían ser también, para otras personas, evidencias claras de su brutalidad. Sin embargo, aunque se reconozcan numerosas opiniones en ese ámbito, podemos establecer una medida capaz de proporcionarnos lo que precisamos para llevar a cabo esa crítica del poder: los derechos humanos. Gran parte de la importante obra del filósofo Carlos Nino transita por este camino.
Los derechos humanos se constituyen en el mejor criterio que puede usarse para juzgar al Gobierno. Su relevancia se explica por el lazo indisociable que tiene con la dignidad, en donde hallamos su fundamento más firme. Si no se mantienen las formas que permiten la existencia de personas en condiciones dignas, dejándolas sin libertad, careciendo de la protección del Estado frente a los abusos, privadas de elegir a sus representantes en un ambiente plural, entre otras, es imposible concluir que nos encontremos ante una situación óptima. Por ello, si el progreso tuviese hoy un significado concreto en el terreno de la política, éste no podría ser otro que el respeto a esas facultades.
Con Derechos humanos y Proceso de Cambio, Luis Yañez Valdez, abogado y docente, nos entrega un libro que se enmarca en el contexto descrito arriba. Él analizó los primeros diez años del régimen que preside Juan Evo Morales Ayma desde un punto de vista que, con acierto, está exento de posturas ideológicas. Es innegable que, recurriendo a cualquier corriente de pensamiento político, un hombre podría manifestarse acerca de la década que ya lleva ese partido en el poder. Sería absurdo vetar esa posibilidad, cuya vigencia es viable gracias a la libertad de expresión. Con todo, ampararse en los derechos humanos implica asumir una postura que, salvo excepciones, la comunidad internacional cree justa. Por lo tanto, no es una labor de propaganda antigubernamental, sino un estudio que, aunque resulte incómodo para algunos círculos, procura ser objetivo, propio de alguien con apego a la verdad.
Cada uno de los casos estudiados por Luis no deja sitio para la confusión: el proceso de cambio dista mucho de tener una relación ejemplar con los derechos humanos. Es indistinto que sus máximas autoridades hayan proclamado en diferentes escenarios, tanto nacionales como extranjeros, su respeto por los derechos y garantías consagrados en pactos, convenios o la Constitución. Los hechos acaecidos durante todo este tiempo sirven para evidenciar lo contrario. Desde luego, no basta con denunciar que se han perpetrado esas violaciones ni, por otro lado, percatarse de aquello; es asimismo necesario que opere un cambio de carácter cultural. Nadie nos garantiza que allí donde se cometieron esa clase de abusos, pasado un tiempo, éstos vuelvan a producirse. Quienes pueden evitar esta terrible repetición son los ciudadanos, adoptando valores, principios e ideales que sean radicalmente incompatibles con proyectos políticos que tengan esos fines. En este sentido, una obra como la que comento se convierte en un instrumento de pedagogía ciudadana.

22/9/16

Sumisión en prosa y verso





Proteger contra las tecnocracias y contra las burocracias lo que hay de humano en el hombre, entregar el mundo en su dimensión humana, es decir, tal como se revela a individuos a la vez vinculados entre sí y separados: creo que esta es la tarea de la literatura, y lo que la vuelve irremplazable.
Simone de Beauvoir


Gracias a las reflexiones de Pedro Laín Entralgo y Ernst Bloch, entre otros filósofos, los hombres no pueden ser entendidos íntegramente sin considerar la esperanza. Es un elemento que, en diferentes circunstancias, mucho más cuando éstas son adversas, resulta determinante para nuestro avance. Reconocemos la importancia del pasado, así como el valor del presente; no obstante, para contemplar lo venidero con optimismo, tener esa virtud es fundamental. La conclusión es válida no sólo a nivel individual, sino también cuando pensamos en términos sociales. Porque, al relacionarnos con los semejantes, puede tener cabida la creencia de que una vida mejor es realizable. Lo saben quienes procuran la conquista del poder; en consecuencia, tratan de diseminarla entre los que conforman su sociedad. Para lograr este propósito, sus seguidores pueden actuar con mesura, respetando límites racionales, éticos e incluso estéticos, o protagonizar hechos sobremanera deplorables.
Nadie niega que una persona pueda confiar en un proyecto político, imaginar la llegada del futuro más sublime o, cuando sus líderes toman el micrófono, sentir auténticas excitaciones. La manifestación de tales emociones puede ser genuina, por lo cual, en principio, no debe generar desprecio. Hay que hacer el esfuerzo de entenderlo para  trabajar en una mejora, pues las decisiones no pueden tener esa única base. Sin embargo, en lugar de promover ese cambio cultural, algunos individuos prefieren contribuir al retroceso. Así, mediante actividades de orden intelectual, persiguen que los ciudadanos sean idiotizados, convirtiéndolos en simples veneradores del régimen reinante. Es el fin que se busca con poemas, cuentos, novelas, ensayos y obras de teatro pertenecientes a un subgénero merecedor del aborrecimiento: la literatura de propaganda.
Los libros que responden a esa lógica son fabricados para mostrar la utilidad de su autor. Es otro mérito que, junto con aplaudir hasta enrojecer las manos o vitorear sin tragar saliva, puede pesar cuando llegue la hora de conservar el empleo. Ocurre que, a diferencia de las otras creaciones literarias, esos volúmenes son compuestos para robustecer el amor propio del gobernante, su circunstancial patrono. Sus páginas se forjan con el objeto de divulgar mitos y debilitar la capacidad crítica del conciudadano. En este sentido, la literatura no significa rebelión, tal como Mario Vargas Llosa lo ha planteado con vehemencia. Entre esa gente, lo que menos se anhela es un lector indócil, con mirada lúcida, escéptico ante las alabanzas escritas en prosa y verso. Este tipo de mortales les resulta peligroso, porque es inmune a los embustes que se fraguan mientras ministros, parlamentarios y demás secuaces fingen ser literatos.
Más allá de su dogmatismo y aun ridiculez, ya que las loas políticas suelen ser bastante cursis, conviene remarcar el problema del oportunismo. Pasa que, en la mayoría de los casos, su devoción al programa ideológico es una impostura. Sin gran pesar, podrían escribir los mismos elogios o desagravios en favor de otros partidos. Venden su mediocre pluma y retórica de sofista al mejor postor. Por este motivo, las traiciones nunca son escasas en esa materia. La historia enseña que, satisfecho el deseo de acceder a los privilegios palaciegos, todo medio es bueno para su conservación. Cualquiera que confunda su sometimiento con lealtad comete una terrible equivocación. La única fidelidad que aprecian es aquélla capaz de multiplicar sus comodidades.

Nota pictórica. La contadora de historias es una obra que pertenece a Franz von Defregger (1835-1921).

9/9/16

Preferir o elegir la libertad





El sistema de represiones vigente en cada sociedad reposa sobre ese conjunto de inhibiciones que ni siquiera requieren el asentimiento de nuestra conciencia.
Octavio Paz


En todo tiempo y espacio, los individuos cuentan con alternativas para tomar decisiones que satisfagan sus necesidades. A diario, sin cesar, aunque no seamos conscientes de aquello, es posible transitar distintos caminos, emplear varias vías que permitan nuestro bienestar. Lo mismo sucede a nivel colectivo. Porque, mediante sus integrantes, las sociedades tienen la opción de considerar diversos planes, proyectos, principios e ideales. Está claro que, a partir de su inclinación mayoritaria, la realidad, tanto presente como futura, puede ofrecernos un panorama óptimo, decente, aceptable o pésimo. Esto último se daría, por ejemplo, cuando, en lugar de resguardar la libertad, los ciudadanos procurasen su eliminación. La historia enseña que esto es factible; sin embargo, el fenómeno no deja de ser sorprendente.
Es difícil imaginar un hombre que se incline orgullosamente por la esclavitud. Hablo de personas que, sin tener problemas psiquiátricos, ansíen su cautiverio. Perder la posibilidad de actuar con autonomía, sin cargas que impongan el sometimiento a las disposiciones del prójimo, no es un estado ideal. Es verdad que la situación del amo difiere de aquélla protagonizada por quienes acarrean los grilletes o soportan el látigo. En esa relación de poder, como se conoce, una parte podría decantarse por preservar un sistema donde los privilegios que sustentan su mando permanezcan invariables. Con todo, incluso ese ánimo de dominio no parece constituirse en un atributo que, sin importar las circunstancias, nos caracterice. El agotamiento de nuestros días muestra un trayecto que tiene una meta distinta, en la cual los servilismos deberían ser accidentales, involuntarios, trágicos.
Ahora bien, esa libertad puede ser objeto de preferencia o elección. Según Risieri Frondizi, preferir no implica un conocimiento acerca del valor de algo que buscamos. Se trata de un acto que no demanda ningún razonamiento serio, menos todavía profundo; al contrario, puede obedecer a reacciones instintivas. El elector tiene un tipo de actitud que resulta diferente. Antes de adoptar alguna determinación, esa persona discurre sobre su carácter superior, puesto que las otras propuestas quedarán relegadas. Su juicio final será, por tanto, el producto de una deliberación que sea convincente. Así, en su criterio, el simple gusto no es fundamental para orientarlo al respecto ni, peor aún, a los semejantes.
  Si atendemos esa distinción de Frondizi, está claro que preferir la libertad es insuficiente. Cuando el motivo de su escogimiento es tan rudimentario, privado del menor fundamento, no pesaría mucho perderla. Su amparo exige que haya una reflexión capaz de sustentar esa resolución en cualquier campo. Pero tampoco basta con que nos limitemos a elegir ese valor, pues, sin un sistema adecuado para su salvaguarda, nuestra toma de posición puede ser intrascendente. Correspondería, en consecuencia, que complementásemos esa elección con un compromiso: la defensa del liberalismo. Es la derivación razonable de respaldar una línea que sea indiscutiblemente contraria a toda servidumbre. No se halla otra doctrina que nos depare lo necesario para consolidar ese impulso de soberanía, esa propensión favorable a nuestra felicidad. Aclaro que esto no debe ser entendido como una invitación al fanatismo. Los seguidores de esta indeseable calaña no guardan relación con nuestra postura. La condición de hombres libres conlleva también ese deber, propio del sujeto a quien no gobiernan las vísceras.

Nota pictórica. El juego de la morra es una obra que pertenece a Johann Liss (1597 o 1590–1631 o 1627).