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22/2/18

El proceso de la desvergüenza




La vergüenza constituye la más íntima atadura social que nos liga, por encima de todas las reglas concretas de la conciencia, a los patrones generales de comportamiento.
Peter Sloterdijk


En el cuarto libro de su magistral Ética a Nicómaco, Aristóteles reflexiona sobre la vergüenza. Para el famoso discípulo de Platón, su presencia en nuestras vidas resultaría provechosa desde la perspectiva moral. Pasa que, cuando somos incapaces de usar correctamente la razón, ese pudor nos serviría como alarma, alertándonos ante situaciones reñidas con lo bueno. Así, el miedo al desprestigio nos paralizaría, frenando un impulso que podría conducirnos a la burla o una contundente censura. Porque la revelación de una condición tan propia cuanto impublicable puede ocasionar esas consecuencias. Es verdad que se trata de un auxilio muy elemental, necesario sólo mientras seamos inmaduros y no sustentemos nuestras conductas mediante argumentos; con todo, puede contribuir a tomar decisiones atinadas. Si esto es válido en general, desde luego, tiene también cabida cuando hablamos de la política.
Careciendo de políticos que aprecien el valor del razonamiento y los escrúpulos, queda sólo apelar a la vergüenza. Siguiendo esta línea, un ciudadano contará con la esperanza de que, si bien su gobernante no tiene conciencia moral, podría ser moderado por ese temor al bochorno. No es una experiencia irrelevante. Hay mucha gente que cuida bastante de su imagen, evitando toda mancha, eludiendo cualquier contrariedad para el buen nombre. La situación se vuelve más clara en el campo del poder. Sin embargo, el problema se presenta cuando las autoridades no pueden ofrecernos ni siquiera un ápice de pudor. En este caso, abandonada la posibilidad del freno racional y, por otro lado, de las restricciones que se imponen a nuestras apariencias, queda una realidad indeseable, el peor escenario para ciudadanos con cierta decencia. 
Éstos son tiempos que llevan el sello de la desfachatez. Dejemos de lado la palabrería ideológica, los discursos que son lanzados para las tribunas con inclinaciones al éxtasis etílico, pues cabe decirlo sin ambages: durante los años del Movimiento Al Socialismo en Palacio Quemado, la falta de vergüenza se ha vuelto el común denominador. Pensemos en los múltiples, palpables y groseros actos de corrupción. No soy cándido ni tampoco acusador tendencioso. Sé que la inmoralidad pública no fue inventada por los oficialistas. Puedo mirar el pasado y contar numerosos ejemplos de funcionarios que incrementaban su hacienda gracias a negocios irregulares. La diferencia está en que, a lo largo de las presidencias del MAS, los corruptos se han vuelto deliberadamente vistosos. Las fotografías en medio de bebidas importadas, fiestas que parecen planificadas para genuinas celebridades, etcétera, evidencian ese encumbramiento de la sinvergonzonería.
Sin pudor alguno, además, se alegaba que habría un cumplimiento riguroso a la voluntad de los ciudadanos. No obstante, llegada la hora de reconocer una derrota, un resultado categóricamente adverso, se opta por el cinismo. No tienen a la razón de su lado y, como han perdido toda vergüenza, les resta el recurso del engaño. Claro que, debido a sus ya tenebrosos antecedentes, el descrédito es imposible de ser remontado. De este modo, con descaro, se dirigen a los demás individuos para comunicarles que su decisión no vale un céntimo. Proceden así porque se creen impunes, distantes de la guillotina, el patíbulo o cualquier cárcel. Empero, conviene recordar que ninguna desvergüenza garantiza el mantenimiento del poder. Patanes como Mussolini, Perón, Chávez y Castro prueban que tampoco viene acompañada de inmortalidad.

Nota fotográfica. La imagen que ilustra el texto es de AFP.

9/2/18

Críticas en torno al más allá




Tan probable es que los seres humanos dejen de ser religiosos como que dejen de ser sexuales, juguetones o violentos.
John N. Gray


Una vez en la vida, por lo menos, según el esclarecido Descartes, deberíamos dudar de todo. Nada tendría que estar excluido de las vacilaciones, cuya aparición surge para recordarnos cuántas veces nos equivocamos en el pasado. Porque una de las pocas certezas que tenemos es precisamente ésa: nuestra cualidad de seres falibles. Sé que, en ocasiones, tenemos la desgracia de toparnos con sujetos a quienes el error les parece extraño, pues se consideran siempre atinados. Ellos pueden pregonar sus supuestas virtudes sin ninguna clase de vergüenza; empero, tal como pasa con todos nosotros, son tan humanos cuanto, a veces, víctimas del despropósito. Lo sensato es tener presente la posibilidad de habernos equivocado. Esto implica que revisemos nuestras convicciones. Así, hasta entre hombres de fe, se puede llegar a poner en cuestión las creencias elementales.   
     Las dudas, cristalizadas ya en críticas, han asediado a la religión de distintas maneras. Son diferentes los enfoques que fueron explotados con esa finalidad. Por ejemplo, tanto Lutero como diversos pensadores de la Ilustración, en el magnífico siglo XVIII, cuestionaron la institucionalidad religiosa. Les preocupaba la conducta y actitudes de los que, por su posición privilegiada, debían evidenciar sus principios, pero mostraban sólo incoherencias. En este sentido, el clero inspiraba intensos ataques porque se lo asociaba con las injusticias. Sus miembros eran quienes, en lugar de promover un mundo en que, aun cuando hubiese cuantiosos pecadores, no tuviera cabida la injusticia, se decantaban por preservarla, sirviendo a los regímenes imperantes.
     Mas no han preocupado únicamente los prelados y sus indecencias; hay ataques a la religión que se fundan en el rechazo al mito, las supersticiones, lo irracional. Es innegable que un hombre puede vivir, hasta disfrutar de su existencia, creyendo en criaturas sobrehumanas o conexiones con los astros; sin embargo, aunque perdiese las comodidades del dogma, ganaría si optara por dudar al respecto. Es que, si bien el camino a la verdad es complejo e infinito, al transitarlo, pese a nuestras limitaciones, crecemos, progresamos, nos enriquecemos y, por tanto, contamos con otras dichas. Al deplorar lo falaz de las religiones, no se quiere abolir la felicidad del feligrés; al contrario, el cometido es darle un mayor apoyo, porque aumentar los conocimientos puede servirnos para nuestro bienestar.
     Naturalmente, no todos están de acuerdo con abominar del clero o entender la religión como una mentira perjudicial. Existen también individuos que le conceden importancia para proporcionar sentido a nuestra vida. Esto tiene connotaciones éticas y políticas. En efecto, por un lado, quiere decir que, sin Dios, como precisó Dostoyevski, todo estaría permitido. Se comete aquí la equivocación de suponer que toda moral tiene como fundamento último esas creencias espirituales. Por otra parte, se alude a su importancia para el desarrollo de las sociedades. Entre los milenaristas, verbigracia, habría una suerte de destino que cabe cumplir. Sin embargo, reivindicar el rumbo que nos marca una doctrina religiosa de cualquier laya, colocándolo por encima nuestro, así como del prójimo, resulta peligroso. Cuando alguien se cree portador de una verdad revelada e indispensable para la llegada del futuro, puede juzgar necesario usar la violencia frente a los impíos. Es la forma más directa de acabar con quien duda, pero, por suerte, no asegura la desaparición del cuestionamiento.

Nota pictórica. San Francisco en éxtasis es una obra que pertenece a Giovanni Bellini (1431/1436-1516).

26/1/18

La penosa desaparición del librero





Hay libros, en el recuerdo, que resultan inseparables de ciertos momentos muy nuestros. Épocas, lugares, experiencias que encuentran, en ciertas páginas leídas, su símbolo eminente, su perfecta condensación. Son las que contribuyeron a hacer de nosotros lo que somos.
Santiago Kovadloff


En el universo de la literatura, las figuras que concentran nuestras atenciones son quienes leen, escriben y editan. Ellos tienen el protagonismo, permitiendo que, durante ya varias épocas, desde su aparición en la Edad Antigua, los textos generen todavía consecuencias provechosas. Aunque Roland Barthes y otros pensadores hubiesen procurado su eliminación, está claro que el autor continúa siendo de importancia fundamental en ese terreno. Sin sus creaciones, sean éstas poéticas, dramatúrgicas, narrativas o ensayísticas, el hecho literario no existiría. Pero tampoco tendría sentido si nadie estuviese allí para conocer del escrito, emocionándose o, por lo contrario, casi muriendo de aburrimiento. Es que, dejando de lado las poses románticas, la vanidad ridícula, uno escribe para ser leído. Desde luego, para conseguirlo, es necesario contar con alquien que sirva –o, por lo menos, ayude– a elaborar y distribuir nuestros volúmenes. Así, el círculo parecería cerrado.
No obstante, una vez en condiciones de ser ofrecida, la obra se relaciona con un actor de fama ya menor: el librero. No aludo a las personas que, por ejemplo, venden novelas con el mismo ánimo de comercializar ladrillos, clavos o alfileres. Porque, aun cuando sean efectivas, esas transacciones desalmadas, exentas de pasión, no me provocan ninguna complacencia. Podría toparme con un empleado que, gracias a Internet, ubique autores y títulos sin demora; empero, su ofrecimiento me seguiría pareciendo deficiente. Pasa que, en la más noble tradición de tal oficio, encontramos otras cualidades, atributos, aun dones sin los cuales su ejercicio será siempre inauténtico. En otras palabras, mientras que, teniendo habilidades mínimas, cualquiera puede ser vendedor de libros, pocos podrían presentarse como libreros. Destaco que su escasez y, peor aún, desaparición constituyen un problema de relevancia para la cultura escrita.
El librero no es sólo un gran lector, sino también una persona que no teme lanzar jucios de valor. Es posible que formule dictámenes de carácter académico, esgrimiendo argumentos de alto vuelo teórico para ello. Sin embargo, lo que acentúo es aquella crítica políticamente incorrecta, mordaz, herética. Por ejemplo, en sus dominios, se puede considerar cretino a Chomsky, hipócrita al distinguido Ernesto Sabato o, cuando algún visitante lo invoca, calificar de indigerible cualquier página compuesta por Saramago. La segura discusión que trae consigo es uno de los encantos del lugar. Uno sabe que, al margen de comprar libros, encontrará allí a quien no tiene reparos en despertar polémicas. Es obvio que hay asimismo sitio para conversaciones sin controversia, del todo armoniosas; empero, estar con ellos en paz perpetua sería un despropósito.
El culto al libro puede servir para hermanar a los hombres, tornando viable una relación tan placentera cuanto intelectualmente fértil. Estimo que las amistades fundadas en la literatura tienen virtudes superiores a cualesquier otras. Yo supongo que, sobre sus relaciones, lo mismo podría decir un coleccionista de frazadas o destapadores; con todo, en principio, sus legítimas manías no suelen conducir a la curiosidad, al pensamiento crítico. Uno de los que, en diferentes épocas, ha fomentado esa ligazón, provocando acercamientos y estimulando pasiones, aun admiraciones fanáticas, es el librero. Perderlo implica privarnos de una fuente en la cual valores como el conocimiento y la crítica se hallan conectados merced a ese lazo de fraternidad.

Nota pictórica. El lector es una obra que pertenece a István Nagy (1873-1937).

12/1/18

Peligros para el animal crédulo




Pero si la gente no es inteligente, se contentará con creer lo que le han dicho, y podrá hacer daño a pesar de la benevolencia más genuina.
Bertrand Russell


Parece correcto que la credulidad no sea una rareza entre las personas. Se trata de una tendencia que no es resistida con firmeza; por el contrario, debido a su simplicidad, lo común es practicarla. Las preferencias del género humano irían por otros rumbos. Nuestra historia está compuesta por siglos en que, con pasión, nos hemos rendido frente al poder de astros, amuletos, animales, superhombres o entidades de distinta denominación. Se ha pretendido eludir el número de incertidumbres que, cuando uno empieza a pensar sin excluir ningún tema, amenazan con agobiarnos. Es el recurso que nos libera del advenimiento de crecientes dudas y perplejidades. Porque es posible que, gracias a esta suerte de anclaje, demos por terminados diversos debates, invitándosenos a una paralizadora paz o, peor todavía, estéril quietud del cerebro.
Dar por cierto algo que no ha sido considerado conforme a un criterio racional, juzgándolo válido sólo por el hecho de presentársenos así, puede causar problemas. En primer lugar, por esa pasividad, nos privaríamos de acceder a conocimientos que, siendo certeros o, al menos, discutibles, mejorasen nuestras decisiones. Habiendo concluido que ya tenemos una certidumbre, cualquier otra búsqueda resulta innecesaria. Es el fin de un espíritu curioso, vacilante, inquisidor, que cede su lugar para beneficio del dogmatismo. Esto implica la clausura del progreso individual, acabando con un despliegue que, para no cesar, necesita de los impulsos escépticos. Es indistinto que las fuentes de la certeza sean propias o ajenas; sin embargo, éstas últimas merecen una condena mayor porque no contienen ninguna contribución nuestra, limitándonos a ser meros replicadores, ordinarias cajas de resonancia.
Además del perjuicio individual, la cuestión puede contar con un carácter colectivo. Pasa que un panorama signado por crédulos puede ser bastante atractivo para quienes son diestros en materia de ilusiones sociales. Obviamente, si se quiere conocer el campo más peligroso, incluso minado, para los ingenuos, cabe pensar en la política. En efecto, cuando toda promesa se halla creíble, mereciendo nuestra cuota de fe, evidenciamos un sustancial desconocimiento del hombre. No se asegura que todos quienes acceden al poder sean engañanecios; resalto cómo la historia nos exige mirarlos con alguna desconfianza. Por haber procedido de manera contraria, muchos individuos fueron conducidos a la guerra, las hambrunas y hasta, cuando hubo un tardío despertar, el patíbulo. La educación ciudadana debería colocar el acento en ese tipo de actitud, ya que su presencia nos evitaría graves penurias.
No se plantea que desconfiemos permanentemente de todo, pues esto sería tan absurdo cuanto dañino: una indecisión perpetua volvería imposible elegir entre dos o más comidas; por ende, moriríamos de hambre. En el nacimiento del filosofar moderno, Descartes frenó su duda cuando se dio cuenta que pensar prueba la existencia de quien lo hace. Por lo tanto, el reto es encontrar los elementos fundamentales que se precisan para no trabajar sobre la nada. Sin esa base primordial, constituida por principios, ideales y premisas, la propia libertad sería un desperdicio. Es que, para ser valiosa, la elección debe responder a un escogimiento mayor: decantarse por una vida en la cual nadie nos impida elegir si creemos o, mejor aún, preferimos la desconfianza. Es el camino que podría salvarnos de quienes piden nuestra libertad, precio demasiado alto, para darnos una supuesta gloria.

Nota pictórica. Alegoría con amantes es una obra que pertenece a Paris Bordone (1500-1571).

29/12/17

La desmesura como vicio literario





La modestia inicial es necesaria por la escasez de conocimientos, pero no es cosa de pasarse la vida en el jardín de infantes.
Mario Bunge


La megalomanía no es un mal que afecte sólo a quienes disfrutan del poder. Nos hemos acostumbrado a políticos que no quieren abandonarlo, resistiéndose a cualquier pausa en su tenencia, sea ésta temporal o definitiva. En sus vidas, el único propósito que los seduce a cabalidad es ejercer el mando de manera exclusiva, perpetua y creciente. Porque no aludo a personas que se conformarían con un cargo menor, una posición modesta durante toda su existencia. Es que un ascenso implica mayores privilegios, aumentando el peso de sus órdenes, con lo cual, cuando hay esas creencias, la felicidad se torna palpable. Con todo, hallamos otros casos en los que dicho fenómeno se presenta. Es más, quizá perseguir la máxima gloria no sea tan infrecuente como muchos suponen.
Giovanni Papini, escritor que, tristemente, ya no es leído como antes, estaba seguro de su inteligencia suprema. En Un hombre acabado, autobiografía que publicó cuando tenía 32 años, dice haber nacido con una enfermedad: la grandeza. Si bien hay diferentes formas en que la brillantez de un individuo puede manifestarse, a él se lo debía relacionar con libros e ideas. Siendo aún adolescente, impulsado por el deseo de conocerlo todo, decidió escribir una enciclopedia. No pasó de la primera letra; sin embargo, tenía entonces una erudición admirable. Quiso después componer una historia universal, comentar toda la Biblia (reflexionó sobre el primer versículo del Génesis en nada menos que 200 páginas), se aventuró a comparar las principales obras literarias del mundo entero, ciñéndose luego a los textos en español. Ninguna de estas empresas llegó a buen puerto, pero le permitieron un notable progreso.
Como sucedió con Borges, el destino literario de Jean-Paul Sartre ya se dejaba ver desde la infancia. No era únicamente la dicha de leer, eludiendo una realidad que, en ocasiones, puede amargarnos el presente. Ocurre que, además del placer generado por narraciones y otros engendros de la pluma, él fue un escritor precoz. A esta cualidad, que siempre será extraordinaria, se debe añadir la capacidad de concebir planes descomunales y, por desgracia, malogrados. Su principal obra filosófica, El ser y la nada, debía ser complementada en otro volumen que nunca llegó. Aun cuando alcanzó 1.000 páginas, su monumental estudio sobre Flaubert, El idiota de la familia, quedó inconcluso. Pasó lo mismo con Crítica de la razón dialéctica, que rozaba las 400.000 palabras, o sus memorias, las cuales se limitaron a la niñez, expuesta en Las palabras.
Escritor y filósofo como Sartre, aunque sin experimentar gusto alguno por el existencialista francés, H. C. F. Mansilla cedió también a la tentación de los proyectos desmesurados. A los dieciocho años, estando todavía en el colegio, pensó en cinco trabajos de gran profundidad, cuya elección respondía, como todo lo que produce, a una rigurosa fundamentación. Ninguno fue concluido; empero, sus temas posibilitan advertir la seriedad del cometido: una biografía intelectual de Diego de Saavedra Fajardo, una historia cultural de Etiopía, una historia de Portugal y de los pueblos de habla portuguesa, un estudio crítico de los conflictos del Congo a partir de la independencia y, por último, una historia del mundo hasta la iniciación del proceso de modernización. La riqueza de su diversidad es indiscutible, así como loable. A veces, el mérito está en escoger a molinos de viento para su enfrentamiento  y no, al guijarro más inofensivo. Es otro criterio para medir nuestra grandeza.

Nota pictórica. Contemplación es una obra que pertenece a Filippo Palizzi (1818-1899).

24/12/17

Desmitificación de lo juvenil





En no saber bien, bien, todo esto, hay un peligro enorme. La juventud pasa, de una fe sin crítica y sin reservas, o bien a una tesis opuesta igualmente unilateral, o bien al escepticismo o a la inercia.
Carlos Vaz Ferreira


José Ingenieros, intelectual que se dirigió contra la mediocridad para promover su extirpación del mundo, no quería ser anciano. Su anhelo era fallecer antes de sufrir por aquel proceso decadente que los años traen consigo. Más allá del tema físico, por las dolencias, pérdidas y demás achaques que se dan, le preocupaba incurrir en vergonzosas incoherencias. Había notado que, por ejemplo, el pensamiento del último Kant entraba en contradicción con las afirmaciones realizadas antes de llegar a la senectud. Esto habría sido el producto del aumento de cobardía, un problema que se asociaría con la tercera edad. Para el también precursor de la criminología en América Latina, ésta era una situación que convenía ser evitada. En este sentido, debíamos aspirar a mantener una línea de comportamiento, actitudes, creencias que fuesen compatibles con las flamantes generaciones. Proceder de manera distinta era consentir nuestra propia petrificación.

Bríos para el poder

Entre los criterios empleados para legitimar el ejercicio del poder, encontramos a la edad. Hoy, específicamente, aludo a la vejez, pues se ha entendido que quienes tienen mayor experiencia en este planeta serían sabios, por lo cual podrían tomar las mejores decisiones. Es uno de los argumentos que, en su momento, sustentó la institución del Senado en Roma. Así, tener varios decenios encima garantizaba que los encargados de resolver problemas sociales contaran con la razón como guía. Predominaba entonces la prudencia y el apego al orden, virtudes que son propias del conservadurismo. Frente a un escenario como éste, hubo quienes reivindicaron las pasiones, lo emotivo, la necesidad apremiante de liquidar el pasado. Según esta óptica, el único modo de optimizar la sociedad era gracias al empuje juvenil.
Aunque ser joven no conlleva la carga de actuar sin pensar, los fascistas recurrieron a quienes contaban con esa edad para exaltar su fuerza. Los partidarios de Mussolini no tuvieron la exclusividad en ese cometido. Pasó lo mismo en Alemania, con Hitler, cuyo régimen creó unidades en las que participaban solamente jóvenes. El comunismo siguió tal lineamiento, acometiendo que, desde sus primeras décadas, las personas se identificasen con sus postulados. Hasta la religión, con la Acción Católica de la Juventud Francesa, fundada en 1886, había procurado organizarlos para perseguir fines con los que se identificaba. Empero, sea con móviles laicos o cristianos, no se pretendía su contribución intelectual, el aporte de nuevas ideas que iluminaran nuestra realidad; se los tomaba en cuenta sólo para la movilización. A ellos les correspondía ponerse en primera línea, soportar las represiones, aun morir mientras ardía la guerra.

Las aulas del irracionalismo

En 1982, el filósofo José Luis López Aranguren destacaba que, desde la década de los sesenta, se debía reconocer a los jóvenes como protagonistas del ámbito político. Estados Unidos, Alemania y Francia sirvieron para evidenciar el crecimiento del poder de quienes, siendo universitarios, apostaban por una transformación mayor. Libres de obligaciones parentales, tenían el tiempo y ocio suficientes para suscitar una insurrección demoledora. El problema es que sus posturas no fueron rigurosamente alimentadas por la razón, ese motor de cuestionamientos y revelación del error. Es más, en muchos casos, lo que prevaleció fue una empecinada búsqueda de su negación. Debía, pues, reinar la imaginación, lo visceral, cualquier clase de posición que socavara el orden vigente. Es por este motivo que toda especie de autoridad, incluyendo los profesores, no justificaba ninguna consideración, peor aún obediencia. Era la hora de proclamar el triunfo del absurdo.
No pueden olvidarse las relaciones entre activismo y violencia que se dieron en los años antes mencionados. El hecho de usar a figuras como Guevara o Mao no hacía sino reflejar su predilección por salidas en donde la concordia resulte inaceptable. Ni siquiera el misticismo, otro rechazo a la racionalidad occidental que los tuvo como practicantes, se liberó de aquello. La espiritualidad de un hippie llamado Charles Manson, quien pasó del amor y las drogas a instigar asesinatos monstruosos, es una muestra del peligro que puede acompañar al irracionalismo. Tal como lo ha indicado un marxista del siglo pasado, Georg Lukács, ese camino conduce a la peor barbarie. 

El reto de la madurez

Tras leer Pueblo enfermo, José Enrique Rodó se dirigió a su autor.  Señaló a don Alcides Arguedas que los males descritos en ese libro podían explicarse porque los pueblos de Latinoamérica eran “niños”. Se trataba de sociedades nuevas, por lo que la violencia, el caos, las arbitrariedades y los disparates gubernamentales debían entenderse como problemas transitorios. Ese pensador uruguayo estaba convencido de que, con el paso del tiempo, la situación cambiaría, mostrándonos países en donde la inmadurez fuera escasa o, mejor aún, inexistente. No se discute que la tarea era hercúlea; sin embargo, como toda de naturaleza cultural, resultaba perfectamente hacedera. Los puntos centrales eran acceder a la reflexión autónoma y, además, asumir responsabilidades mayores, terminando con cualesquier tutelajes. Me refiero a cuestiones de carácter individual, pues, mientras éstas no varíen, el infantilismo social permanecerá imperturbable.
Cuando la inmadurez impera en una sociedad, lo más seguro es que las prácticas políticas sean contrarias al libre debate, los ejercicios de autocrítica y, entre otros elementos, una valoración positiva del individuo. Así, el panorama que se nos presenta tiene como piezas capitales al romanticismo y una irresponsabilidad caprichosa. No es una falencia generacional. Esta realidad se da porque, salvo excepciones, personas de cualquier edad prefieren eludir los caminos complejos, poco estimulantes para buscadores del éxtasis adolescente, quedándose con la divinización del muchacho enmascarado que, bomba mólotov en mano, quiere contemplar cómo cae un tirano sin saber qué hacer al día siguiente. La desgracia es que no basta con una toma de universidades o del Palacio de Invierno; cabe después pensar en el mando. En ese momento, si hubiere fortuna, tendría que apelarse a las ideas y relegarse el insuficiente fervor de las movilizaciones del pasado.

Nota pictórica. Ícaro es una obra que pertenece a Sascha Schneider (1870-1927).

14/12/17

Escupiré sobre vuestra tumba




Llegará una época en que el sol alumbre sólo a un mundo de hombres libres que no reconocerán otro señor que su razón y en que los tiranos y los esclavos, y los sacerdotes y sus instrumentos estúpidos o hipócritas no existirán sino en la historia o en la escena.
Marqués de Condorcet


El título pertenece a una novela de Boris Vian, ingeniero, existencialista, bohemio y músico, entre otras facetas. No quiero referirme hoy al contenido del libro, pues, aun cuando sea éste importante, me impulsan otros designios. Pienso en la muerte y una ilusoria pretensión de vencerla. Porque, aunque sea un destino ineludible, existen hombres que, estando circunstancialmente en el poder, aspiran a derrotarla. Son ellos quienes, alentados por seguidores, suponen que lo venidero los tendrá siempre como protagonistas. Poco interesa que, sin excepción, las estadísticas muestren la ineficacia del mando absoluto para contrarrestar el deceso. Hay una larga lista de tiranos que, creyéndose superiores al resto, fueron abatidos por una enfermedad incansable o el paso del tiempo.
Aunque Juan Evo Morales Ayma pueda pensar lo contrario, él morirá como todos nosotros. Es indistinto que sus discursos evidencien el anhelo de gobernar Bolivia por décadas, siglos o milenios. Si accediéramos a creer un mito lanzado por García Linera, aceptaríamos que el jefe máximo del MAS nació en una cuna de cóndores, siendo convocado por el destino para regir este país. Ave suprema y todo, sin embargo, la situación se mantendría inalterable respecto a sus días en este mundo. No sirven de consuelo las resurrecciones, porque su cosmovisión es incompatible con éstas, ni los conjuros que santones caribeños podrían efectuar. Fidel Castro y Hugo Chávez son ejemplos de los límites que tienen esos sortilegios.
Consumado el fallecimiento, llegará la hora de juzgar su vida. Reconozco que hay la posibilidad de toparse con sujetos prestos a su glorificación. Ellos elogiarán al cocalero que, crecido en un hogar con penurias, fue parlamentario y, durante largo tiempo, ejerció la primera magistratura. Resaltarán que se convirtió en un símbolo de los oprimidos, fundamentalmente del indígena, siendo el seguro acceso a días mejores. Desde luego, dejarán de lado que, más allá del discurso, su régimen perpetró abusos contra esos mismos correligionarios. Intentarán que sea un abanderado póstumo de la ecología, pese a sus inescrupulosos afanes de industrialización, porque no sólo el Imperio tendría derecho a contaminar. Pero ni siquiera el  mayor esfuerzo de divinización resistirá, según espero, los embates ofrecidos por la realidad. Tendremos libros, periódicos, Internet y, no en menor lugar, memoria, medios gracias a los cuales concordaremos en lo falaz de tal relato.
Su legado para la democracia será igualmente deplorable. No se discute que haya obtenido victorias electorales. Puede haber cuestionamientos en torno a esos procesos, hasta denuncias de fraude. Lo cierto es que, con inocencia o mala fe, hubo personas dispuestas a respaldarlo en las urnas. No obstante, esa forma de gobierno exige más. Demanda que se respete la voluntad de los ciudadanos, estén o no de acuerdo con uno. Requiere asimismo que se garantice la posibilidad de disentir, resguardando los intereses minoritarios. Tanto él como sus partidarios, también mortales, dejarán una herencia que no justifica el aprecio de individuos tan autónomos cuanto críticos, reacios al sometimiento y la necedad del oportunismo. Admito que, tras la ceremonia fúnebre, me daré el trabajo de pasar por su tumba; empero, no será para dejarle flores. No esperen tampoco que tenga otra gentileza frente a las lápidas de sus ministros. Si de algo me sirve la vejez, será para darme estos gustos. Porque está claro que hicieron algo similar con mi voto.

Nota fotográfica. La imagen que ilustra el texto fue capturada por Samy Schwartz.