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14/12/17

Escupiré sobre vuestra tumba




Llegará una época en que el sol alumbre sólo a un mundo de hombres libres que no reconocerán otro señor que su razón y en que los tiranos y los esclavos, y los sacerdotes y sus instrumentos estúpidos o hipócritas no existirán sino en la historia o en la escena.
Marqués de Condorcet


El título pertenece a una novela de Boris Vian, ingeniero, existencialista, bohemio y músico, entre otras facetas. No quiero referirme hoy al contenido del libro, pues, aun cuando sea éste importante, me impulsan otros designios. Pienso en la muerte y una ilusoria pretensión de vencerla. Porque, aunque sea un destino ineludible, existen hombres que, estando circunstancialmente en el poder, aspiran a derrotarla. Son ellos quienes, alentados por seguidores, suponen que lo venidero los tendrá siempre como protagonistas. Poco interesa que, sin excepción, las estadísticas muestren la ineficacia del mando absoluto para contrarrestar el deceso. Hay una larga lista de tiranos que, creyéndose superiores al resto, fueron abatidos por una enfermedad incansable o el paso del tiempo.
Aunque Juan Evo Morales Ayma pueda pensar lo contrario, él morirá como todos nosotros. Es indistinto que sus discursos evidencien el anhelo de gobernar Bolivia por décadas, siglos o milenios. Si accediéramos a creer un mito lanzado por García Linera, aceptaríamos que el jefe máximo del MAS nació en una cuna de cóndores, siendo convocado por el destino para regir este país. Ave suprema y todo, sin embargo, la situación se mantendría inalterable respecto a sus días en este mundo. No sirven de consuelo las resurrecciones, porque su cosmovisión es incompatible con éstas, ni los conjuros que santones caribeños podrían efectuar. Fidel Castro y Hugo Chávez son ejemplos de los límites que tienen esos sortilegios.
Consumado el fallecimiento, llegará la hora de juzgar su vida. Reconozco que hay la posibilidad de toparse con sujetos prestos a su glorificación. Ellos elogiarán al cocalero que, crecido en un hogar con penurias, fue parlamentario y, durante largo tiempo, ejerció la primera magistratura. Resaltarán que se convirtió en un símbolo de los oprimidos, fundamentalmente del indígena, siendo el seguro acceso a días mejores. Desde luego, dejarán de lado que, más allá del discurso, su régimen perpetró abusos contra esos mismos correligionarios. Intentarán que sea un abanderado póstumo de la ecología, pese a sus inescrupulosos afanes de industrialización, porque no sólo el Imperio tendría derecho a contaminar. Pero ni siquiera el  mayor esfuerzo de divinización resistirá, según espero, los embates ofrecidos por la realidad. Tendremos libros, periódicos, Internet y, no en menor lugar, memoria, medios gracias a los cuales concordaremos en lo falaz de tal relato.
Su legado para la democracia será igualmente deplorable. No se discute que haya obtenido victorias electorales. Puede haber cuestionamientos en torno a esos procesos, hasta denuncias de fraude. Lo cierto es que, con inocencia o mala fe, hubo personas dispuestas a respaldarlo en las urnas. No obstante, esa forma de gobierno exige más. Demanda que se respete la voluntad de los ciudadanos, estén o no de acuerdo con uno. Requiere asimismo que se garantice la posibilidad de disentir, resguardando los intereses minoritarios. Tanto él como sus partidarios, también mortales, dejarán una herencia que no justifica el aprecio de individuos tan autónomos cuanto críticos, reacios al sometimiento y la necedad del oportunismo. Admito que, tras la ceremonia fúnebre, me daré el trabajo de pasar por su tumba; empero, no será para dejarle flores. No esperen tampoco que tenga otra gentileza frente a las lápidas de sus ministros. Si de algo me sirve la vejez, será para darme estos gustos. Porque está claro que hicieron algo similar con mi voto.

Nota fotográfica. La imagen que ilustra el texto fue capturada por Samy Schwartz.

10/12/17

La pedagógica vida de Roa Bastos





Los temas de este gran autor hispánico son el yo y el otro, el destino individual y el destino histórico visto como destino compartido.
Carlos Fuentes


Para Sartre, un hombre no es sino la suma de sus actos. Podríamos añadir ideas, así como ensueños o incluso pasiones, puesto que son igualmente necesarios para definirnos. No obstante, entre todos estos factores, el peso de la experiencia es mayor. Porque los hechos que una persona realiza son indispensables para su entendimiento. Se trata de una reflexión que puede ser empleada en cualquier caso, aun cuando nos topemos con quienes sienten predilección por las ficciones.
Si, más allá de los razonamientos personales, son nuestras vivencias las que sirven para definirnos, todo autor debe ser sometido a este escrutinio. Sucede que, en estos casos, encontraremos a sujetos capaces de forjar una obra en la cual sus experiencias tendrán preponderancia. Esto no quiere decir que se desprecie su capacidad imaginativa. Subrayo apenas el necesario valor que se debe conceder a estos acontecimientos individuales cuando procuramos la comprensión de una obra. Es lo que corresponde al pensar, por ejemplo, en André Malraux, cuya vida casi se volvió una leyenda, y Augusto Roa Bastos, poeta, novelista, ensayista, dramaturgo, nacido hace poco más de 100 años, el 13 de junio de 1917.

Entre letras y violencia

Aunque asunceño, Roa Bastos vivió parte de su infancia en Iturbe, abandonando esa población el año 1925, cuando ya no podía continuar allí su educación. Una vez llegado a la capital, es guiado y protegido por un tío que era religioso, el monseñor Hermenegildo Roa. Este familiar fue muy valioso, ya que le permitió tomar conocimiento de diferentes libros, sin imponerle ninguna censura, nutriendo una preferencia por las letras que surgió gracias a su madre. Apunto que su primer texto fue una pieza teatral, La carcajada, compuesta por inquietud de su progenitora en 1930.
Pero el placer de los libros y otras actividades culturales fue interrumpido por la violencia. Contando dieciséis años, optó por ir a la Guerra del Chaco. Según él, estuvo en el peor lugar posible: la retaguardia. Fue aceptado como auxiliar de enfermería. En ese puesto, la grandeza de los hombres mostraba sus miserias. Es que, como pasaba con varias personas, los combatientes podían ser impulsados por el móvil de alcanzar la gloria; sin embargo, a veces, el destino era demasiado mezquino. No se tenía a míticos guerreros; él trataba con simples mortales, afectados por el cansancio, las enfermedades y, peor aún, una impactante sed. Tal como lo han precisado escritores bolivianos, destacándose Augusto Céspedes y su cuento «El pozo», ese fue un descomunal enemigo para los dos bandos. Nuestro autor lo expone, de modo magistral, en un capítulo de Hijo de hombre, novela del año 1960. Respecto a conflagraciones, acoto que, en la Segunda Guerra Mundial, viajó a Europa en condición de periodista, llegando a publicar un libro que recoge sus impresiones y entrevistas, La Inglaterra que yo vi.

Las huidas del terror

Desde la primera juventud, nuestro escritor no tuvo problemas en el establecimiento de vínculos sociales. Era un hombre que no rehuía esos círculos, más aún literarios, tanto nacionales como cosmopolitas. En Paraguay, integró el grupo Vy'a raity. Llegó a ser amigo de Guillermo Francovich, entre otros intelectuales que se hallaban en su país. A propósito, en 1943, comentó un libro, Pachamama, que había sido escrito por ese filósofo. Con todo, sus labores no estaban exentas de repercusiones políticas. No era un panfletista ni mucho menos; ejercía el periodismo de forma responsable, objetiva, lo cual no agradó al régmen vigente. Por esta razón, para evitar mayores represalias, tuvo que salir al extranjero en 1947. Se afincó en Argentina. Comenzaría así un largo periodo de ausencia, con pocas interrupciones, que terminaría cuando, casi medio siglo después, volvió a residir donde había nacido.
El aumento de su prestigio internacional le permite algunas satisfacciones. Vuelve a Paraguay en 1970, pero, por no variar sus opiniones, se impone nuevamente la salida. Lo sindicaron de ser un revolucionario marxista. Por cierto, como pasó con muchos intelectuales de la época, Roa Bastos leyó a Marx y Freud. En este punto, acentúo la coincidencia con Erich Fromm, quien se preocupó por propugnar un humanismo que, así sea de manera indirecta, tiene en los libros del autor paraguayo a un lúcido exponente. Cabe aclarar que, si bien no se reconocía como intelectual comprometido, preconizó la imposibilidad de vivir sin ideología.
1974 será un año significativo, pues aparecerá Yo el Supremo, una obra que discurre sobre Gaspar Rodríguez de Francia, quien rigió los destinos de Paraguay entre 1814 y 1840. Hasta ese momento, no existía ningún trabajo biográfico al respecto, lo que impuso a Roa Bastos la obligación de abrir sendas investigativas. El volumen será su aporte a la comprensión del poder absoluto y sus ejecutores, un fenómeno que tiene todavía presencia en Latinoamérica. No era una novela que agrade a regímenes autoritarios. Por este motivo, acaecido el golpe de 1976, abandona Buenos Aires y se establece en Toulouse, Francia. Desde entonces, impartirá clases de literatura y guaraní en su campus.

Compromiso cívico-cultural

Roa Bastos fue partidario de la democracia. Planteó asimismo que sus compatriotas terminasen con la extensa dictadura de Stroessner, aunque sin grandes penurias. Habló de pacificación y reconciliación, pidiendo que instituciones como la Iglesia católica y las fuerzas armadas acompañaran ese proceso. Lo hizo mediante carta abierta en 1985; siete años después, caído ya el autócrata, insistía en la necesidad de fortalecer el pluralismo, resaltando la misión encomendada a los partidos políticos. No había otro camino que el de las deliberaciones y el consenso para avanzar como sociedad.
Recibió el premio Cervantes en 1989. Fue una distinción que resultaba del todo justa. Cuando, mientras presentaba ese galardón, se dirigió al Parlamento de su país, anunció su apuesta por un proyecto, Fundalibro Cervantes, merced al cual niños y jóvenes tendrían acceso a libros subvencionados. Él quería contribuir al enriquecimiento cultural de sus conciudadanos. Volvió en 1996 con ese fin. Por desventura, su propuesta no prosperó y, con más pesares que alborozos, murió el 26 de abril de 2005.

Nota fotográfica. La imagen que ilustra el texto ha sido tomada del sitio de Internet de la Fundación Roa Bastos.

30/11/17

Políticas de ilustrados, caballeros y rufianes





Es necesario, por el contrario, que esto quede bien claro: nadie puede pensar que una libertad, conquistada durante estas convulsiones, tendrá el aspecto tranquilo y domesticado que algunos gustan soñar.
Albert Camus


En salones franceses del siglo XVIII, intelectuales como Voltaire y Diderot se encontraban con otros para dialogar acerca de diferentes asuntos. Teniendo una gran cultura, cada uno tomaba la palabra e iniciaba reflexiones que no generaban interrupciones groseras ni bostezos del semejante. Se hablaba de literatura, mas también del poder político. Madame Roland, por ejemplo, fue anfitriona de quienes, en esos ambientes, mediante las deliberaciones correspondientes, apostaron por contrarrestar el jacobinismo. Lo relevante es que, en tales circunstancias, era viable la posibilidad de conversar con el prójimo, razonar sobre sus posiciones, aun expresar desacuerdos profundos. Es cierto que no era un fenómeno masivo; sin embargo, nos muestra un nivel envidiable para zanjar nuestras controversias.
Aunque sin méritos en la historia del pensamiento, se ha contado con otras personas que persiguieron también una salida consensuada y viable a sus problemas de convivencia. No importa que, en las instancias parlamentarias, hubiesen estado rodeados de sujetos con pretensiones distintas; ellos se preocupaban por exponer argumentos, sopesar los del adversario y procurar la concordia en torno al mejor camino. Es una tradición deliberativa que, en diversas partes del mundo, tiene aún a varios practicantes. Ellos comprenden la necesidad de respetar las reglas que fueron establecidas para evitar caos, abusos e infamias. Si bien, desde su óptica, se reconoce que las pugnas en política son incesantes, esto no implica obrar sin escrúpulos. Por este motivo, al final, sus disputas nunca conllevarán la violencia para determinar quién debe ser obedecido.
Pero las luchas en ese plano nos ofrecen más casos. Porque no hay únicamente intelectuales o políticos caballerosos en este planeta; tenemos asimismo a quienes cuentan con otras características. Aludo a personas que desprecian la racionalidad, resistiéndose al debate y cualquier tipo de sensatez. En su criterio, lo que menos importa es el análisis de los mejores razonamientos; basta la voluntad, debiendo rechazarse las acciones contrarias a su imposición. Por otro lado, son abanderados de la impolítica, tratando a los demás como subordinados o enemigos. En su mezquina visión del mundo, las reglas han sido establecidas para favorecerlos sin excepción alguna. Todas las instituciones del Estado responderían a esta lógica. No les interesa que, con tono de escolar disciplinado, sus opositores les recuerden cuántos abusos han sido perpetrados hasta el momento.
¿Qué hacer frente a quienes ofrecen brutalidades en lugar del raciocinio y la caballerosidad? Ocurre que, salvo excepciones, comportarse como un señorito legalista y biempensante no asegura el arrepentimiento ni, menos aún, la derrota del régimen. Lo mismo se puede afirmar cuando pensamos en los que apelan sólo a la religión para terminar con las arbitrariedades. Cuando se lidia con ambiciones políticas, existen milagros que ninguna divinidad está en condiciones de consumar. En este sentido, debemos dejar de lado la inocencia. Entendamos que no todos desean vivir en una sociedad donde la libertad y los demás derechos fundamentales sean respetados. No pasa por bajarse al nivel de rufianes que atentan contra nuestra convivencia civilizada; el desafío es más complejo. Estamos en una época que no puede ser perjudicada por formalidades o rigorismos de ninguna índole. Tal vez Sartre tuvo razón cuando indicó que, en determinados momentos, no queda sino ensuciarse las manos.

Nota pictórica. Cristo y el hombre ciego es una obra que pertenece a Aksel Waldemar Johannessen (1880-1922).

16/11/17

Entre la erudición y el analfabetismo




Discursos ingeniosos o buenas salidas no son de uso más que en una sociedad ingeniosa; en la sociedad vulgar, son detestados por completo, porque para agradar en ésta hay que ser absolutamente insípido y limitado.
Arthur Schopenhauer


En un ensayo que fue publicado el año 1742, David Hume, gran ejemplo de cómo la filosofía puede coexistir con el buen humor, expuso una clasificación del ser humano. Así, conforme a su criterio, los individuos que se dedican a las operaciones de la mente pueden ser divididos en dos grupos: eruditos y conversadores. En el primer caso, hablamos de hombres cuyas reflexiones son tan complejas cuanto solitarias. Desde su perspectiva, la búsqueda de profundos conocimientos es una tarea que puede justificar nuestra existencia. Por otro lado, tenemos a quienes explotan asimismo su capacidad reflexiva, pero lo hacen ante cuestiones de la vida cotidiana, procurando compartir sus opiniones sin esperar el inmediato asentimiento del prójimo. Si bien consideran temas que no acostumbran ser atendidos en sesudos tratados, hay un esfuerzo por elaborar juicios razonables. Es más, pueden comentar tesis que formulan autores de diferente índole al participar en una conversación, pues sus charlas no exhalan necesariamente incultura.
En algún momento, el saber se distanció de la conversación. El resultado fue del todo indeseable. Pasa que, en un escenario como éste, se nos impone la obligación de soportar frivolidades, chismes y ocurrencias sin ninguna gracia. Es todo el material que se ofrece para departir con el prójimo. En nuestros tiempos, podemos añadir nuevos capítulos de una telenovela, los principales memes del día y, si hubiere mayor suerte, alguna noticia relacionada con la política. Son intercambios de palabras que, al final, no resultan útiles para enriquecernos. Aclaro que no se tiene grandes pretensiones al respecto; se pide algo más o menos edificante, capaz de, por sus cualidades, ser evocado en la subsiguiente semana.
Si las simplezas y superficialidades son un extremo, lo mismo se puede afirmar en el caso del academicismo que no produce sino aislamiento. Me refiero a catedráticos, científicos, escritores e intelectuales que hacen hasta lo imposible por no ser entendidos con facilidad. Nadie niega que, para ser comprendidas, las buenas ideas demandan un esfuerzo de carácter mental. Suponer que todos los problemas del universo, así como de nuestra vida, pueden ser despachados en dos minutos es un despropósito. Sin embargo, el arduo camino del conocimiento no tiene por qué agravarse con oscuridades, volteretas y laberintos del pensamiento. Asumamos la misión de comunicar, con claridad e ingenio, nuestros planteamientos. No impongamos a los otros la obligación de convertirse en una secta para, tras conocer nuestra jerga, recién saber qué pensar al respecto.
Consiguientemente, debemos buscar un justo medio. En otros términos, aunque variando un poco el razonamiento, podría sostenerse que precisamos hallar un punto intermedio entre la erudición y el analfabetismo. Porque, sea culto o ignorante, amigo del saber u objetor de las investigaciones profundas, la comunicación con los demás es posible. De conseguirse este objetivo, no sólo habría beneficios individuales, sino también provechos para toda la sociedad. Pasa que, cuando elevamos el nivel del diálogo, las probabilidades de que los demagogos nos cautiven son menores. Una ciudadanía sin sabios ni conversadores suele ser víctima de charlistas e iletrados afectados por la megalomanía. No es casual que, cuando acceden al poder, persiguen que todo contacto con la sabiduría sea obstaculizada. Prefieren celebrar las frivolidades, pues, gracias a su imperio, la continuidad al mando del Estado está segura.

Nota pictórica. La conversación es una obra que pertenece a Henri Fantin-Latour (1836-1904).

3/11/17

El humano problema de la mortalidad




La obstinada preservación de la vida es una prueba empírica a favor de cierto sentido de la existencia a pesar de todos los sufrimientos que esta implica y en contra de las concepciones nihilistas.
Juan José Sebreli


Es verdad que todo ejercicio del pensamiento puede resultar provechoso, pues, cuando hay rigor, nos distancia de las equivocaciones y los embustes. Con justicia, en diferentes épocas, se ha planteado que, aplicando la inteligencia, las personas contribuirían al mejoramiento de su vida, tanto individual como colectiva. Cuando razonamos, por ejemplo, acerca del pasado, notamos el valor de obras e instituciones que han sido útiles para establecer condiciones gracias a las cuales nuestra sociedad nos ofrezca un panorama decente, sensato, aceptable. Nadie discute que, en varias ocasiones, los individuos se hayan dejado llevar por el absurdo, perpetrando actos capaces de provocar descomunales masacres. Porque, si bien la racionalidad puede ayudarnos a identificar uno de los principales atributos del hombre, hay muchos que optan por despreciarla. Son ellos quienes pierden la posibilidad de transitar así por el mundo, procurando adoptar las decisiones menos funestas.
Pero no pensamos sólo en aquello que nos depara la vida. Sucede que, según lo precisado por Émile Bréhier, las tres dimensiones del hombre racional son historicidad, sociabilidad y, finalmente, trascendencia. Esta última se vuelve patente cuando tomamos consciencia de nuestra inevitable desaparición. Somos sujetos con un fin forzoso; por supuesto, al percatarnos de esta condición, podríamos experimentar más de un momento ingrato. Es que, aun llegando a la longevidad, esta existencia terrenal puede parecer insuficiente. Peor aún, sea con nosotros o el prójimo, el cese de las funciones biológicas puede considerarse una injusticia. No aludo al amor, que se opondrá siempre a esa pérdida; podemos toparnos asimismo con otras causas. No es insólito que los pesares fúnebres se originen en la falta del talento de quien fallece. De esta manera, no se extrañaría la bonhomía del difunto, sino sus habilidades para salvarnos del aprieto.
Robert Nozick expuso algunas razones que explican el rechazo a la muerte. Por un lado, tenemos la creencia de que dejamos una obra inconclusa. Como es sabido, cuando no impera la pereza, los años contemplan el modo en que forjamos planes, hasta utopías. Hay entuasismo al momento de concebir esas futuras transformaciones, lo cual puede ser compartido por nuestros semejantes. Al suspender su realización, queda el sinsabor de no haber sido testigo del acabamiento. Surge, por tanto, el lamento de lo que no se concretó. Con todo, aun cuando no hubiera proyectos de por medio, resistirse al deceso es igualmente posible. Se trata del segundo caso que señala el filósofo antes mencionado. En su criterio, nos aferramos a la vida porque creemos que podemos dar aún más, teniendo una valoración superior de nuestras capacidades. El enemigo no sería la carencia de virtudes; lo catastrófico llevaría la impronta del tiempo. Es lo que suele primar cuando se sufre por la muerte de alguien joven.
Se puede tener un rechazo a la muerte que resulte patológico. Pienso en los políticos que, una vez conquistado el poder, juzgan la vida inconcebible sin esos privilegios. No es casual que la historia nos muestre cuantiosos casos en los cuales el cetro fue un obligatorio acompañante del féretro. Para ellos, vivir sin la opción de mandar equivale a no existir en absoluto. Esto explica los abusos que cometen para preservar sus prerrogativas. Desde luego, entendemos también por qué insisten en usar su nombre para nominar coliseos, escuelas y cuanto edificio con recursos públicos se haya levantado.

Nota pictórica. La muerte y la mujer es una obra que pertenece a Hans Baldung (1484-1545).

20/10/17

La leal persistencia del ser




Ahora bien, que el hombre se esfuerce, por una necesidad de su naturaleza, en no existir o en cambiarse en otra forma, es tan imposible como que de la nada surja algo, como cualquiera puede ver con un poco de meditación.
Baruch Spinoza


En una de sus espléndidas exposiciones, Karl Jaspers señaló que la voluntad de una vida filosófica surge cuando, perdido y en el vacío, un individuo se formula determinadas preguntas, a saber: ¿qué soy?, ¿qué estoy dejando de hacer?, ¿qué debo hacer? Si bien podemos encontrarles utilidad en diferentes campos, se trata de interrogantes que versan sobre la realización del hombre. Porque resulta razonable que, a lo largo de los años, una persona busque su pleno desarrollo, concordando hasta con los impulsos más íntimos. Siguiendo este razonamiento, cuando nuestra existencia no se desenvuelve así, puede hablarse de frustración, desaprovechamiento del tiempo, fracaso o mediocridad. Resalto esta última palabra porque, a veces, se la emplea sin entender cabalmente su significado. Peor aún, no es raro el caso de alguien que se proclame su enemigo cuando, en realidad, podría servirle como portaestandarte.
El problema es que no todos valorarán de igual forma los proyectos del semejante. Habrá quienes, movidos por el optimismo y cierta indulgencia, fomenten sus aventuras, subrayando la importancia de no transitar por los mismos caminos. Respetarán, pues, el intento de tener una vida que sea auténtica. Empero, según cuantiosos sujetos, el criterio para saber si hubo algún adelanto puede ser distinto. Efectivamente, se creerá que todos deben ser juzgados de acuerdo con una sola perspectiva. En este sentido, si se procura la obtención de su beneplácito, uno deberá seguir esa línea marcada por las convenciones vigentes. Sólo de este modo, satisfaciendo requerimientos externos, nuestras actividades podrían ser merecedoras del encomio. Si, por ejemplo, usted se halla en una sociedad que prioriza el enriquecimiento como fin, sin consentir ningún escrúpulo, no podría conquistar la gloria merced a la mesura.
Se trata de reivindicar la unicidad. No es un tema menor. Hace varias décadas, mientras reflexionaba sobre filosofía jurídica, Werner Goldschmidt sostuvo que, para instaurar un régimen de justicia, era imprescindible respetar al individuo. Era un dictado del humanismo, ya que, teniendo una valoración positiva de la especie, todos debían ser tratados dignamente, evitando colocar cualquier obstáculo en su contra. Está claro que hay regímenes con otras creencias. Tenemos autoridades que no anhelan la presencia de hombres diversos, personas con distintas pretensiones, principios e ideales. Lo que se busca es la fabricación de súbditos que sirvan para engrosar legiones e insultar al contrario. La única manera de realizarse aquí es gracias al sacrificio en favor del que manda. Es el destino que se impone con gran desprecio a quienes, en algún momento, tuvieron la desventura de creerle.
Por suerte, la voluntad del gobernante nunca será suficiente para justificar el abandono de aquello que realmente somos. Nadie niega el sufrimiento que pueden causar sus abusos. Tampoco se piensa en la necesidad de tener héroes inquebrantables, gente que jamás se doblegue ni ceje frente a pavorosas torturas. Lo que se subraya es la posibilidad de mantener el ánimo sin menoscabos letales. Podemos contemplar cómo las adversidades inundan el horizonte, provocando dudas sobre la validez de nuestras convicciones. No obstante, la peor decisión sería el abandono del cometido de obrar conforme a lo que juzgábamos indispensable para tener una vida plena. Salvando el caso de quienes celebran su carácter gregario, es la mayor traición que se puede consumar, aquella cometida contra uno mismo.

Nota pictórica. Soledad es una obra que pertenece a Paul Delvaux (1897-1994).

8/10/17

Del arte y sus escarceos políticos




Tanta veneración del arte volvió prescindibles a los seres humanos. Hitler saludaba alborozado los bombardeos aliados sobre las ciudades alemanas porque despejaban el terreno para sus nuevos diseños.
John Carey


En uno de sus alegatos dirigidos a quienes lo juzgaban, Sócrates cuestionó a los atenienses que no valoraban la vida reflexiva. No bastaba con perseguir la satisfacción de necesidades materiales, afrontando aquellas urgencias que impone el cuerpo, así como las frivolidades del espíritu. Ocuparse sólo de dichos menesteres equivalía a desaprovechar tontamente nuestras facultades. Porque, conforme a su generosa pedagogía, todos estábamos en condiciones de acometer el distanciamiento del error, advirtiendo la facilidad con que muchos se confunden y resguardan necedades. De este modo, verbigracia, un militar podía estar seguro de saber qué significaba ser valiente; no obstante, al conversar con ese maestro del pensamiento, siendo impactado por elementales contraejemplos e interrogantes, notaba su ignorancia. Pero, aun cuando este descubrimiento de las equivocaciones propias resulte bastante remunerativo para el semejante, su filosofía nos ofrece más bondades.
Sucede que, además del acercamiento a lo verdadero, ese insigne filósofo nos deparaba el contacto con la belleza. El valor concedido a la contemplación estética no era, pues, menor; al contrario, todo individuo debía considerarlo indispensable para ser feliz. Desde luego, las personas podían toparse con expresiones de lo hermoso en diferentes circunstancias, ligándolo igualmente a diversos objetos. No pensemos en su previsible conexión con el amor; subrayemos ahora que la política ha recibido esas atenciones. Es que, en varias oportunidades, los hombres han encontrado bello el ejercicio del poder. Siguiendo esta línea, simples actores, humildes peones o envanecidos protagonistas nos enseñan una realidad de la cual no conviene olvidarse.

Cuando la política es bella

En 1936, Walter Benjamin publicó «La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica». Es un ensayo que, desde una perspectiva cultural, procura la exposición crítica de algunos aspectos fundamentales del fascismo. Con todo, hay allí una idea que se destaca con claridad: la estetización de la política. En efecto, si nosotros analizamos varios regímenes, dentro o fuera de Occidente, hallaremos este fenómeno. En particular, lo que provocaría valoraciones estéticas de carácter positivo serían los recursos del poder asociados con la fuerza. Las armas, los tanques, el arsenal nuclear, lejos de llamar a la repulsa, generarían fruición. Frente a todo ello, como pasó con los futuristas de Marinetti, no correspondería sino su celebración. Es una razón que justifica la existencia de paradas militares y otras pomposidades ridículas. Los símbolos partidarios sirven asimismo para evidenciar esa manera de concebir el manejo del orden público. La indumentaria oficial tampoco se deja al azar. Recordemos que las SS tuvieron como diseñador a Hugo Boss, nada menos. Aportó también a este propósito Leni  Riefenstahl, cineasta que trabajó para inmortalizar en el celuloide películas recargadas de los desvaríos del nacionalsocialismo. El objetivo era no dejar espacio a otra clase de orientación.

Artistas al mando del Estado

Como es sabido, Platón propugnó una monarquía que estuviese al mando de un filósofo-rey. Posteriormente, con Marco Aurelio, emperador y estoico, un experimento así parecía materializarse, aunque, por variados factores, sin mostrar las perfecciones que aquél pensó en su momento. No se discute que un individuo meditativo e ilustrado pueda regir los destinos de una sociedad, tomando las decisiones primordiales en torno a sus problemas. El punto es que, pese a su lucidez, gobernantes de tal índole pueden equivocarse como los demás. Sin embargo, esto no debería emplearse como argumento para desdeñar la capacidad racional, encumbrando otros medios. Fue lo que hicieron quienes entendieron la política como una labor adecuada para las cualidades del artista. Es más, un sujeto como Goebbels la definió como “arte plástica del Estado”. Sus líderes tenían, por consiguiente, la misión de forjar una obra maestra, utilizando a los ciudadanos como material tan moldeable cuanto descartable. Se aspiraba a crear un hombre nuevo, una comunidad sublime; empero, los resultados nunca fueron rescatables. Nadie niega que, en cierto grado, el dibujante Adolf Hitler o un aficionado a la escritura como Mussolini, entre otros casos destacados por Juan José Sebreli, se hayan sentido artistas. Lo negativo es que, en lugar de brindarnos belleza, depararon muestras palpables del horror. Si tenían alguna sensibilidad, ésta era como la de Lenin, quien se conmovía cuando escuchaba a Beethoven, mas no tenía inconvenientes en planificar la liquidación del adversario. Tal vez su aparente creatividad sea útil para explicar la originalidad de algunos vejámenes.

Variantes del compromiso estético

No hay una sola relación entre los artistas y el poder. Por un lado, tenemos una especie de servidumbre que, sin oponer resistencia, contribuye al embellecimiento del régimen. No hablamos aquí de amenazas, persecuciones ni exilios: el aporte al sistema se realiza con gusto, sea por ignorancia, candidez u oportunismo. Porque hallamos seres dedicados a esas delicadas actividades que tienen un desconocimiento escandaloso de la historia y sus vicisitudes políticas. Encontramos asimismo a los que, por una vituperable inocencia, son optimistas ante quienes deberían inspirar desasosiego. Además, están los mortales que aprovechan cualquier circunstancia para subastar su talento, aunque sea muy exiguo. En este último caso, lo que menos interesa es el respeto a principios. Al respecto, evoco las transacciones entre los Rockefeller y el anticapitalista Diego Rivera. Salvo que haya sido una curiosa estrategia de ataque al Imperio, ese connotado muralista no irradió mucha coherencia.
Por supuesto, cabe reivindicar la existencia de personas que asumen posiciones distintas en el campo del arte. Sus posturas no denotan desdén ni pereza por conocer. Tampoco incurren en el absurdo de ilusionarse tras tener contacto con la demagogia. Finalmente, jamás están a la caza de musas autoritarias, ya que sus concepciones estéticas no varían según la ideología del cliente. Resumiéndolo, para ellos, las artes no tienen por qué adecuarse al ejercicio del poder, menos aún si éste es contrario a la libertad, valor sin cuya vigencia ninguna gran obra sería posible.

Nota pictórica. El agitador político es una obra de David Shterenberg (1881-1948).