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22/9/17

La insania en el poder





Rara vez sucede, sin embargo, que los hombres vivan bajo la guía de la razón; sino que están conformados de tal suerte que la mayoría son envidiosos y se molestan mutuamente.
Baruch Spinoza


En sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, encontramos al mejor Maquiavelo. Las páginas que contiene dicho libro no responden al propósito de ganar privilegios, seducir a gobernantes para gozar también del poder, aunque fuera éste arbitrario. No hay un príncipe que deba ser instruido para ejercer su mando sin preocuparse por ninguna restricción. La obra en cuestión despierta nuestro afecto por el orden civilizado, las reglas republicanas, los principios que hicieron grande a Roma. Esto no significa que su provecho resulte innegable sólo para esa época; por lo contrario, la grandeza está en su trascendencia. Pienso, por ejemplo, en su reflexión sobre cómo, al crear leyes, es necesario presuponer que todos los hombres son malos. Se aconseja tomar precauciones, evitar un ambiente propicio para incurrir en abusos. Por supuesto, no aludo a cualquier persona; mi premisa pretende alertar en relación con los gobernantes. Cabe pensar, pues, que, sin excepción, éstos son falibes, malvados y aun propensos al más furioso enloquecimiento.
Sucede que la irracionalidad, en general, incluyendo sus dimensiones maléficas y perversas, no es una rareza cuando estudiamos distintos periodos. En efecto, desde Calígula hasta Kim Jong-un, hallamos cuantiosos especímenes que permiten la combinación de insania con mando político. Es indudable que no todos han alcanzado los niveles de Nerón o Juana la Loca; sin embargo, corresponde presumir la existencia del problema en algún grado entre quienes ansían tener cargos gubernamentales. En esta línea, el ejercicio de una magistratura se concibe como un hecho indispensable para notar su relevancia. Por consiguiente, nada más razonable que encontrar sujetos proclives al engreimiento y el desprecio por la mesura. Percibimos un distanciamiento de la realidad que, paulatinamente, se desvanece ante sus ojos. Estando en esta pervertida situación, lo único que nos pueden ofrecer son delirios, seguras consecuencias de una inescrupulosa búsqueda del poder.
Salvo excepciones, más aún en Latinoamérica, los gobernantes suelen servir como claros ejemplos del delirio de grandeza. Pueden haber prometido, con juramento de por medio, que respetarían los frenos colocados para evitar el absolutismo, limitando su poder, recortando competencias e inmunidades. No obstante, en algún momento, movidos por las lisonjas, o hasta sin mediar ninguna de éstas, se decantarán por creerse supremos. Tendrán entonces el convencimiento de que los demás son tan inferiores cuanto prescindibles. Sólo ellos, ya con el juicio maltrecho, alejados de la sensatez, se considerarán insustituibles. Lo peor es que, por oportunismo, estupidez o el motivo que fuera, habrá personas prestas a respaldarlos. Son los súbditos de un monarca que, sin importar sus absurdos, lo defenderán para no enfrentarse con la realidad, una penosa, signada por mediocridades del peor tipo.
Porque, en determinados casos, se vuelve posible hablar de un desquiciamiento mayoritario. Ya no es un grupo reducido el que se resiste a obrar con cordura. El escenario cambia a tal punto que lo excepcional consiste en usar la razón. Empero, aun cuando se constituyera en una minoría, su lucidez e inconformismo la impulsarán a no claudicar ante los que se rehúsan al disciplinamiento lógico, moral o jurídico. No asevero que sea una misión sencilla; cuando los disparates se han normalizado, contrarrestarlos parece irrealizable. Mas hay siempre la esperanza de retornar por las vías del raciocinio.

Nota pictórica. Extracción de la piedra de la locura es una obra que pertenece a Jheronimus van Aken, el Bosco (1450-1516).

17/9/17

Las querellas de la libertad





Por muy desesperado que pueda ser el estado del problema, por muy aplastantemente que pueda hablar toda evidencia psicológica contra la libertad, el hombre no puede –ni le está permitido– dejársela quitar.
Nicolai Hartmann


Ya en el primer tomo de Los enemigos del comercio, Antonio Escohotado nos regala razones para celebrar su monumental obra. El análisis que hace del pasado, recogiendo ideas en torno a la propiedad privada, tiene una escrupulosidad ejemplar; además, sus esclarecimientos son bastante aleccionadores. Con todo, en esas páginas, encontramos una contienda que, desde los espartanos hasta la Francia del jacobinismo, justifica nuestras atenciones: seguridad contra libertad. Es que incontables personas  han concebido esa inclinación por las certidumbres como un bien preciado. No interesa que los controles impuestos por su puesta en práctica terminen con cualquier espontaneidad, condenándonos a una cultura favorable a la planificación y el rigor del temor. Se ha buscado, pues, una estabilidad que nos exima de aflicciones, aunque, al final, el fracaso impere. Porque la vida del hombre libre nunca dejará de ser acompañada por el riesgo, las incertezas, los albures que pueden liquidar nuestras más queridas predicciones.

Certidumbre del igualitarismo

El miedo a la incertidumbre no ha sido lo único capaz de afectar a quienes rechazan cualquier sumisión. Se nos ha situado igualmente frente al problema de la igualdad, término explotado por varias personas hasta causar vértigo. En principio, su apreciación simultánea no tendría por qué juzgarse imposible. La convicción de que los hombres nacen tan libres cuanto iguales no implica contradicciones. Los inconvenientes surgen cuando se resiste toda modulación, volviendo excluyente un concepto que podía ser armonizado con otros. Podemos establecer una jerarquía que privilegie nuestra condición de individuos autónomos; sin embargo, negar todo acercamiento, similitud o concordancia es un absurdo. No se trata de elegir entre libertad e igualdad como si ninguna coincidencia resultase practicable. Los cuestionamientos se deben dar cuando incurrimos en el igualitarismo, esa radicalización que puede hermanarnos, pero en la esclavitud. Es esta exageración, perseguida en aciagos momentos de nuestra historia, la que prepara el terreno para las abominaciones.

Pluralidad controvertida

Aunque apreciada en singular, la libertad puede provocar molestias cuando se opta por su multiplicación. En este tipo de situaciones, sus disputas no la enfrentarían con otros valores, sino que implicarían una confrontación entre categorías del mismo rango. Fue lo que se suscitó cuando, en 1958, Isaiah Berlin escribió acerca de dos libertades, negativa y positiva. En el primer caso, según él, nos hallábamos ante una ausencia de coerciones o intromisiones a la existencia del individuo. Se negaba, por tanto, que hubiera esa clase de interferencias, peor todavía en campos tan delicados como los del pensamiento. Mas no era la única manera de entender esa ilustre palabra; teníamos también una modalidad positiva. Conforme a este enfoque, en síntesis, no se pretendía la simple ausencia de obstáculos, sino que había un requerimiento mayor: ayudar a la realización de cada uno. En este sentido, la condición de libre era posible sólo cuando se promovía una vida digna. El problema es que, en distintas ocasiones, muchos regímenes prometieron esa libertad de naturaleza positiva, pero, tras embaucar a la ciudadanía, impulsaron su sometimiento.
Esa división de Berlin no fue la única que se propuso. En el siglo XIX, partiendo del concepto de libertad, Benjamin Constant hizo una notable diferencia entre antiguos y modernos. El apunte resulta significativo cuando pensamos en la política. Pasa que, en los primeros tiempos, había ciudadanos libres de participar, tomar la palabra, incluso deliberar sobre problemas comunes. Era una bondad que se relacionaba con la democracia directa. Empero, las decisiones que se adoptaban no contaban con ninguna restricción, pudiendo afectar derechos e intereses de quienes habían contribuido a esa discusión pública. Esta idea cambia con la llegada del mundo moderno. Bajo el signo del individualismo, se reivindicará entonces la existencia de límites que no pueden ser franqueados por nadie. El patrocinio del ámbito privado de la vida será indispensable para entender esta nueva consideración. La desventura es que esa modernización conceptual no fue defendida por todos.

Del condicionamiento cultural al exceso

Se puede pensar también en la geografía al reflexionar acerca de todas estas disputas. Pienso en una palabra que ha sido consagrada en ciertos países, colocándose por encima de la libertad, a saber: liberación. De acuerdo con sus teóricos, es lo que cabe perseguir a quien es relegado por centros de poder o culturas dominantes. Por esta razón, pedagogos como Paulo Freire, teólogos al estilo de Gustavo Gutiérrez y, entre otros sujetos, filósofos que secundan a Leopoldo Zea prefieren usar ese vocablo, resaltando una suerte de incompatibilidad cultural con el otro término. Sería el único camino que tendrían quienes son oprimidos, marginados, excluidos por un sistema determinado. La otra noción, libertad, sería prácticamente una mentira que habría sido fabricada para sustentar el predicamento de Occidente. De este modo, se añade una condicionante que no tiene sentido. Porque, sea en Latinoamérica o la Europa del Renacimiento, una persona con libertad tiene idéntica relevancia.
Por último, se puede considerar uno de sus fascinadores excesos. Aludo a las posturas de carácter anárquico. No discuto que denigrar al Estado, más aún cuando los gobernantes sobresalen por la corrupción, pueda ser grato. Suponer que podemos vivir sin contar con autoridades de ninguna índole se constituiría, por ende, en una opción merecedora del afecto. No obstante, las imperfecciones del hombre transforman este anhelo en una utopía. Podemos emocionarnos con acuerdos fundamentales, exentos de coercibilidad, que sean llevados adelante para regir nuestra convivencia. Mas, por diversas causas, puede irrumpir alguien que no crea en esos pactos, sintiendo predilección por su voluntad suprema. Lo peor es que podría obrar en nombre de la libertad. La desgracia es que solamente él desearía tener esa cualidad: si nadie más es libre, el resto sería esclavo. Así, un abanderado de tal idea se convierte en su verdugo.

Nota pictórica. Molino de viento junto al mar es una obra que pertenece a Iván Aivazovsky (1817-1900).

8/9/17

Destino conflictivo y enfrentamiento razonable





Cuando se abriga una convicción, no se la guarda religiosamente como una joya de familia ni se la envasa herméticamente como un perfume demasiado sutil: se la expone al aire y al sol, se la deja al libre alcance de todas las inteligencias.
Manuel Gonzáles Prada


Al escribir sobre la tradición del pensamiento, Hannah Arendt explica cuándo se habría abierto el abismo entre filosofía y política. Este suceso tendría como actor principal a Sócrates. Pasa que, antes de que fuera condenado a beber cicuta, él se había preocupado por los problemas públicos, procurando un mejoramiento del orden social al cual pertenecía. No es casual que haya reflexionado fuera del espacio privado, interpelando a los ciudadanos, lanzando preguntas capaces de provocar inquietudes e importantes deliberaciones. Se confiaba, pues, en que, mediante los razonamientos, las discusiones, así como la respectiva persuasión, se podían enfrentar satisfactoriamente los obstáculos a nuestra convivencia. Sin embargo, esa creencia en el poder de las ideas fue dinamitada cuando se le consideró culpable. Con tal resolución, quedaba claro que la ruta marcada por el diálogo racional no bastaba. De este modo, surgió la necesidad de buscar alternativas.
Fue Platón, celebérrimo discípulo de Sócrates, quien, frustrado frente al fallecimiento del maestro, procuró acabar con esos peligros. Su intención era evitar contingencias que afectaran un sistema en virtud del cual nuestras relaciones se hallaran debidamente ordenadas. Ya no era posible apostar por el convencimiento de las personas, haciéndolas entrar en razón sobre lo que les resultaría favorable. Nadie nos aseguraba que, aunque los argumentos empleados por nuestra parte fuesen maravillosos, obtendríamos el apoyo del prójimo en cuanto a su reivindicación. Lo que cabía, por ende, conforme a su lógica, era la imposición. No era indispensable que todos se ocuparan del diseño de su comunidad, las instituciones llamadas a regirla ni, menos aún, los criterios para gobernar. Todo esto ya habría sido concebido con anterioridad por una suerte de iluminado. Se creía que, respetando esa organización, los conflictos desaparecerían.
Esa finalidad perseguida por el autor de Critón es ilusoria porque no toma en cuenta nuestra naturaleza. Las diferencias entre las personas son inevitables. Es verdad que puede haber concordia en torno a determinados asuntos; más aún, ello resulta imprescindible, pues, sin acuerdos mínimos, ninguna sociedad funciona. El punto es que la unanimidad en todos los campos no sería humana, sino, por dar un ejemplo, robótica. En algún momento, debido a diferencia de opiniones, sea por valores, principios o ideales, irrumpirán desacuerdos que dejen advertir cuán absurda es una planificación minuciosa, detallada. Poco importa que se invoque la razón para sacralizar esa solución pensada en relación con esos problemas. Porque el hombre es asimismo un ser que responde a pasiones, sentimientos y otros elementos mediante los cuales la llegada del conflicto se materializa.
 Reconocer esa imposibilidad de vivir sin conflictos no equivale a creer necesaria la violencia. Los avances en política podrían ser notados gracias al empleo de recursos que no impliquen la fuerza, las agresividades, el terror. Suponer que nuestras desavenencias acabarán solamente merced al imperio de una voluntad consagrada por la brutalidad es un disparate. No se desconoce que todo el género humano tenga vicios de diversa laya. Es también cierto que, en las distintas épocas, hemos dado muestras claras de tozudez, repitiendo equivocaciones, resistiéndonos a los progresos más elementales. No obstante, cabe todavía la esperanza de que, valorando la razón crítica, encontremos salidas pacíficas a esos inexorables desencuentros.

Nota pictórica. El eterno conflicto es una obra que pertenece a Carmen Aldunate (1940).

3/9/17

Persistir en la verdad para poder convivir





Sin duda, no podríamos esperar que, al hacerlo, pueda instalarse una paz universal, pero al menos sí que la inevitable disensión se volverá poco a poco venial, la guerra menos cruel y la victoria menos arrogante.
Goethe


En el siglo XVI, Fernando I de Habsburgo lanzó una frase que cuenta con innúmeras evocaciones: “Que se haga justicia, aunque perezca el mundo”. Es un mandato que puede ser dictado por quien, convencido del valor de sus principios, no encuentra sino razones para exigir intransigencia. Según este criterio, se trataría de una cuestión vital, un elemento sin el que no puede concebirse la realidad. Entre los hombres modernos, seguramente, puede pensarse en la libertad, motivo por el cual se habrían justificado grandes sacrificios. Recordemos que la igualdad ha sido asimismo una idea generadora de tales radicalidades. En efecto, este vocablo, a veces intoxicado de ideología, puede marcar el único sendero que debe seguirse. Podemos figurarnos todas las falencias posibles, tanto leves cuanto groseras; sin embargo, ese tipo de ausencias sería imperdonable. Se prefiere desaparecer, pero no vivir en medio de su falta.
Aquellas lapidarias palabras del sucesor de Carlos V son recordadas por Hannah Arendt cuando reflexiona sobre la relación entre política y verdad. Ella nos señala que, en los asuntos relacionados con el poder, dicha clase de inflexibilidad jamás estuvo ligada a la honradez. Si revisamos lo acaecido durante los diferentes tiempos, concluiremos que la veracidad nunca fue una de las virtudes principales del político. No niego que sujetos como Kant, por ejemplo, hayan estimado necesario ser siempre veraces, eludiendo todo contacto con la mentira. Empero, en el ámbito político, nadie ha creído seriamente que, si no hubiese verdad, nuestro mundo debería desaparecer. Esto no quiere decir que todos sean amantes del cinismo; destaco tan sólo cómo las expectativas se hallan por otros rumbos. Sí se juzga importante la existencia de individuos que no encarnen la falsedad, embaucando electores o aprovechándose del cándido correligionario. El punto es que puede tolerarse su presencia sin dramatismo, salvo cuando buscar la verdad se constituya en una causa imprescindible.

Política con verdad

Sin lugar a dudas, aun cuando reconozcamos lo difícil que es decir la verdad en política y actuar según esta convicción, hay el propósito de hacerlo. Se lo considera éticamente necesario, así como útil, ya que, siguiendo esta línea, los problemas sociales pueden ser advertidos de mejor forma, contribuyendo a su más óptimo tratamiento. Con este ánimo, podemos preguntarnos no sólo qué pasa ahora mismo, sino también sobre lo sucedido en el pasado. No aludo a una pregunta general; en esta ocasión, razono acerca de aquello que ha originado graves conflictos, pugnas intensas, violencia con desgarradoras muertes. Tengo presente, pues, las brutalidades que sufrieron ciudadanos en Sudáfrica, Perú y Colombia, entre otras naciones, tras lo cual surgió la necesidad de lograr dos objetivos: verdad y reconciliación. Es cierto que, después de discursos demagógicos, pueden promulgarse decretos, leyes u órdenes para crear comisiones al respecto; no obstante, cuando existe sinceridad, su consecución resulta una labor bastante ardua.

El conocimiento de las infamias

Teniendo en mente genocidios, desapariciones o ejecuciones extrajudiciales, por citar algunas vilezas, lo que se busca es un esclarecimiento de los hechos para su cabal comprensión. Más allá de cualquier castigo, entendemos que debemos esforzarnos por conocer la génesis del problema, así como sus diversos y pesarosos efectos. Esto requiere que luchemos contra toda concepción fanática; si queremos resguardar la memoria de las tergiversaciones, los exclusivismos deben ser relegados. Corresponde igualmente dejar de lado la indiferencia y el escepticismo. Apunto lo último porque, en situaciones de esta índole, debemos creer que la verdad puede ser alcanzada. En otros términos, sí es factible llegar a saber cómo se gestaron enfrentamientos capaces de arruinar nuestra convivencia. No importa que, de forma sistemática, se procure su obstaculización, el entorpecimiento del proceso. El aprendizaje de las sangrientas equivocaciones del pasado demanda que nos inclinemos por esta postura. Sin esa claridad en relación con lo que nos estremeció, es complicado prepararse para eludir su reiteración.

Del saber a la reconciliación

Al propósito gnoseológico ya explicado, es decir, el conocimiento de la verdad, se añade un cometido ético: la reconciliación. Porque no basta con entender satisfactoriamente un escenario que nos ha causado tormento, aun resentimiento. Todo ello sirve para llevar a cabo una tarea relevante, mas no es la única que nos incumbe. Se hace también preciso que restablezcamos los lazos rotos por la intolerancia de antaño. Es obvio que esto último dista mucho de ser sencillo. Cuando las injusticias y los ultrajes han sido severos, uno puede apenas intercambiar la venganza por el castigo. La primera reacción, lo que puede calificarse de natural, es procurar una sanción draconiana. No obstante, conocer lo que ha sucedido debe sernos útil para sobreponernos a furias permanentes.
Es fundamental que haya justicia; con todo, sería un error pensar en la pena, aun siendo ésta capital, como el fin del problema. No defiendo la impunidad de quienes, utilizando sus prerrogativas gubernamentales, recurrieron al abuso para liquidar disidencias. Tampoco me parece aceptable que los enemigos del orden público, pretextando la llegada de días mejores, se beneficien con amnistías e indultos incondicionados. Es una inmoralidad pedir a la víctima un perdón irrestricto y, además, el olvido del daño causado por determinados malhechores. Nuestro propósito central debe ser comprender cuáles son las condiciones elementales de una sociedad en la que ninguna persona sea degradada. Es posible la identificación de cuantiosas enseñanzas si miramos lo hecho hasta el momento. No discuto que cualquiera pueda encontrar lecciones valiosas para esta realidad. Pero yo creo que el mejor provecho del conocimiento de nuestros despropósitos sería ése. Desde luego, siendo falibles por naturaleza, es probable que haya gente reincidente, sujetos con quienes todo aprendizaje parece imposible. Sin embargo, aun corriendo ese riesgo, conviene apostar por defender el conocimiento como base de una mejor convivencia.

Nota pictórica. El camino del enigma es una obra que pertenece a Salvador Dalí (1904-1989).

27/8/17

Revolución e infelicidad filosófica




Que sean precisamente seres libres, destinados a la razón y la moralidad, los que combatan la razón y pongan sus fuerzas al servicio de la sinrazón y el vicio, tampoco ha de perturbarme ni hacerme caer en la indignación y la exasperación.
Fichte


Conforme a lo expresado por Bertrand Russell, la felicidad puede ser concebida como una carencia de cosas que se desean. Lo normal es que la resignación frente a esta insuficiencia no sea sencilla. La cuestión se torna más compleja cuando quien debe reconocerla, desencadenando luego las consecuentes frustraciones, cree que sus virtudes son supremas, por lo que las limitaciones serían inaceptables. Es posible que, afectados por conocimientos inexactos, supersticiones o cualquier otra causa, los demás sujetos deban rendirse ante tal destino. Para estos hombres sin altura, acostumbrados a lo cotidiano, nada sería más razonable que admitir la imposibilidad de alcanzar alguna cumbre. Empero, la situación es distinta cuando pensamos en un revolucionario. En este último caso, la sola mención de que algo es inalcanzable puede producir indignación. No habría nada que se halle fuera del campo en el cual actúa; bajo su égida, la realidad jamás se convertirá en un obstáculo para ser feliz a cabalidad.
Toda revolución parte del conocimiento de una injusticia y, además, su correspondiente repulsa. Los que la protagonizan se enteran de una situación que contradice sus más profundas convicciones, dejándolos en un dilema: la complicidad o el cambio radical. La segunda opción surge porque no se trataría de un elemento accidental; en realidad, todo el sistema estaría también mancillado, envilecido. Las modificaciones de carácter parcial resultarían inadmisibles. Lo que se busca es un escenario inaudito, una sociedad en la cual ningún agravio vuelva a presentarse. Por supuesto, para lograr este cometido, desde Robespierre hasta Lenin, se ha invocado la razón. Si la inteligencia permitió que numerosas adversidades fuesen abatidas, debería servirnos para conseguir esa transformación. La desgracia es que ellos no tomaron en cuenta nuestras inseparables imperfecciones. No bastaba con haber leído El contrato social, engullido a Karl Marx o predicado cotidianamente las enseñanzas bíblicas: sus semejantes podían proceder de modo diferente. Es más, los futuros beneficiarios de su obra podrían querer un hado en el que nadie los obligase a ser impecables.

El entusiasmo del pensador

Insatisfechos con la vida teórica, varios filósofos se ilusionaron cuando alguna revolución llegó a su puerto. Pusieron entonces su ingenio, así como el malabarismo verbal, a disposición de quienes anunciaban la salvación del mundo. Ya conocían del fracaso de Platón en Siracusa; asimismo, entendían que, por distintos factores, las injusticias nunca desaparecerían del orbe. Mas no concebían la modesta idea de Amartya Sen, para quien debemos limitarnos a enfrentar las injusticias concretas, procurar su mitigación, siendo lo demás utópico. No, su pretensión era superior. Se perseguía la conclusión de cualquier conflicto. Imperaba la creencia de que las ideas servirían para iluminar al prójimo y resolver toda desavenencia. Esto último significa terminar con la política, que es esencialmente conflictiva, tal como lo han precisado Simmel y Weber, entre otros individuos. La diversidad humana nos conduce, aunque no lo queramos, a tener criterios distintos, más aún en los asuntos relacionados con el poder. Aspirar a que esto finalice con la consagración de una gran e inmaculada verdad, bendecida por autores afines al proceso, es un peligroso despropósito.

Revolución y reacción

En una entrevista de 1968, Louis Althusser sostuvo que la filosofía era fundamentalmente política. Esto implica que reconozcamos la existencia de, por lo menos, una disputa en torno al poder. En nuestro enfoque, la pugna se daría entre quienes promueven el cambio y los que prefieren la preservación del pasado. Así, de manera sintética, puede hablarse de revolucionarios y reaccionarios, pese a la injusta carga negativa del segundo grupo. Pensemos en Francia. Pasa que la Revolución de 1789 mereció los elogios de Paine, quien defendió los derechos del hombre con gran entusiasmo. No obstante, en esa misma época, Edmund Burke tomó la palabra para cuestionar el régimen galo, pues ya podía generar preocupaciones sobre su desenvolvimiento. Este pensador británico preveía que, aunque adornado con seductoras palabras, el régimen no invitaba a tener ningún tipo de esperanza. La violencia puesta en práctica por el jacobinismo respaldaría después el análisis que se hizo desde Inglaterra. Por cierto, destaco a los intelectuales que se han opuesto a esa clase de experimentos. Ellos se sitúan del lado más complejo, menos popular: representan la salvaguarda del orden que, según se proclama, debe ser liquidado. Con todo, al final, han prevalecido los criterios que celebraban esas transformaciones radicales.

El espíritu contra la razón

Pero esa inclinación revolucionaria no fue siempre una consecuencia del ejercicio de la razón. Uno puede haber explotado su intelecto para elaborar toda una genealogía de los problemas que aquejan a la sociedad donde vive, asumiendo una función tan cuestionadora cuanto incesante; sin embargo, en algún momento, el criterio usado en ese cometido puede cambiar. Es lo que sucedió con Michel Foucault, quien, después de haber criticado el carácter disciplinario del mundo occidental, con sus instituciones excluyentes, opresivas, quedó cautivado por la espiritualidad de una teocracia. El autor de Vigilar y castigar no tuvo problemas en elogiar al ayatollah Jomeini. Su Revolución islámica, de 1979, era positiva porque introducía espiritualidad en la política. No importaban las severas restricciones a la libertad ni, peor todavía, el hecho de remitirnos al Corán para terminar con nuestras dudas en torno a variados problemas, sean privados o públicos. Tampoco le perturbaba la situación de las mujeres u homosexuales que hubiesen querido vivir como él, es decir, sin temor a que su sexualidad fuese penalizada. Todos estos aspectos eran irrelevantes; el filósofo pensaba en que, a la postre, esa sociedad irracional sería perfecta, acabando con sus desdichas intelectuales. En cuanto a las minorías excluidas, los marginados que le habían preocupado antes, su sacrificio podía valer la pena.

Nota pictórica. Mitin revolucionario es una obra que pertenece a Iliá Repin (1844-1930).

24/8/17

El MAS y su improbable reconciliación con la verdad





La fuerza de la verdad está siempre temporalmente sometida al poder de la mentira organizada. Pero el poder mismo, en cuanto es solamente un potencial, es mucho más caduco que lo verdadero, cuya fuerza procede del poder de lo fáctico y de su permanencia.
Hannah Arendt


Para Nietzsche, cuyas reflexiones pueden invitarnos al desencanto, lo que nos molesta del engaño son sus consecuencias desagradables. En este sentido, el problema se presenta cuando los efectos de la falsedad se tornan perjudiciales. Por el contrario, si no se desplegaran sus secuelas en nuestra contra, perturbándonos de cualquier manera, podría resultarnos hasta indiferente toda mentira. Pasaría lo mismo con la verdad, ya que, en general, las personas se decantarían por apreciarla sólo si sus repercusiones son positivas. Si sucede algo totalmente distinto, vale decir, cuando el conocimiento de lo verdadero nos provoca malestar, puede preferirse vivir en medio del embuste, originando un ambiente propicio para su modalidad política. Porque, mientras nos acostumbramos a las mentiras, hay muchos funcionarios que lo celebran.
Aun cuando el Movimiento Al Socialismo pregone hoy que la verdad es una de sus virtudes, criticando las mentiras capitalistas, cabe contemplar esto con escepticismo. No basta con anunciar una investigación de los últimos regímenes militares que ha tenido Bolivia para patentizar un propósito tan loable como el distanciamiento del engaño. Lo cierto es que se persiguen otros fines porque a los oficialistas les incomodaría ser consecuentes con ese objetivo. No quieren, por ejemplo, reconocer que, en varios golpes y dictaduras, hubo participación de personas ligadas a la izquierda. Pueden tener una gran memoria para Banzer, sin duda; empero, si alguien menciona a Juan José Torres, se olvidan de su ruptura del orden constitucional. No se procura saber qué ocurrió, sino confirmar hechos acordes con su versión de la historia.
Si, francamente, el oficialismo deseara una reconciliación con la verdad, tendría que reconocer su aprecio por diversas mentiras. Siguiendo esta línea, sus militantes deberían admitir que el discurso de gobernar según los mandatos del ciudadano es una patraña. Su respeto a las decisiones adoptadas por quienes ejercen derechos políticos es válido sólo cuando se refleja en apoyo al Gobierno. En el supuesto de que las urnas dieran resultados distintos, la situación cambiaría, despreciando posiciones asumidas por los votantes. Por lo tanto, deberían aceptar que entienden la democracia como un instrumento de conservación del poder. Por esta razón, no les interesa ninguna de las limitaciones que, bajo ese sistema político, corresponde salvaguardar. Olviden las restricciones de mandatos, el buen trato a las minorías, la valoración del diálogo: el MAS es una impostura democrática.
El reconocimiento de la verdad no hará libres a considerables seguidores del MAS, sino, si hay justicia, presos. Es improbable que el régimen reconozca sus cuantiosas violaciones a los derechos humanos y busque un castigo ejemplar. Ellos proclaman lo contrario, incluso se presentan como los mayores defensores de la dignidad del prójimo. Lo evidente es que, desde La Calancha hasta Chaparina, para no evocar más abusos, los hechos revelan su mitomanía. Por otro lado, pueden traer a la memoria los exilios provocados por García Meza, desde luego, pero no registrarán el elevado número de bolivianos que, debido a su persecución judicial, se hallan afuera. Porque, cuando la historia se analiza sin visiones dogmáticas, podemos toparnos con acontecimientos que, por su contundencia, nos hagan dudar de nuestras mayores certezas. Por supuesto, ello se da cuando buscamos la verdad y no, como pasa entre los gobiernistas, el encubrimiento de las mentiras.

Nota pictórica. El encuentro es una obra que pertenece a Remedios Varo (1908-1963).

20/8/17

En busca del diálogo democrático





Todo esto equivale a decir, me parece, que la democracia –si llamamos así a una organización de la sociedad fundada en el diálogo, en la continuidad establecida mediante el diálogo entre intereses, opiniones, vivencias inmediatas diversas– no es sólo un método sino un valor, el único que podemos asumir como base.
Gianni Vattimo


En 1948, dirigiéndose a escritores de varias partes del planeta, un joven Albert Camus afirmó que no hay vida sin diálogo. La frase puede parecer exagerada, una de las tantas poses que han distinguido a charlatanes e ilusionistas del crecimiento espiritual. La situación era diferente con el autor de Calígula. La comunicación no había sido para él un asunto irrelevante. Hombre de letras y conceptos, no tuvo en la madre, tan sorda cuanto analfabeta, a una interlocutora que pudiera recibir sus mensajes del mejor modo deseable. Infortunios de tal índole convertían la conversación en un bien que no podía sino ser valorado positivamente. Aun cuando quien nos escucha no acostumbrase visitar nuestros dominios culturales, puede ofrecernos un acompañamiento capaz de contribuir al anhelo de llevar una existencia dichosa. No nos limitemos a pensar en algún familiar, amigo, colega o correligionario: nadie que pueda ofrecernos una segura coincidencia. Porque la ventaja es que, salvo en casos de inhumanidad, se lo puede establecer con cualquiera.

Insuficiencia de la soledad
                             
No niego que la soledad tenga beneficios de amplio espectro, bondades sin las cuales un hombre podría resultar incompleto. Muchos pensamientos son forjados así, en un apartamiento voluntario, intentando concebir soluciones sin más recursos que los nuestros. Sin embargo, el contacto con los demás nos invita a contemplar una dimensión que sirve para no distanciarnos del conjunto de problemas ligados a nuestra ineludible convivencia. Ocurre que, aunque la arrogancia o el romanticismo de los ermitaños pretenda restarle validez, romper todo vínculo social es un despropósito. No se trata sólo de precisar a los demás para satisfacer necesidades básicas, lo que ya torna inconducente cualquier robinsonismo. Naturalmente, estas realizaciones son importantes, justificando su consideración en los días que nos atañen. Pero hallamos también un requerimiento de orden humano que nos hace precisar del semejante. El famoso mandato de conocerse a sí mismo, cuestionado por Hegel debido al aislamiento del mundo que impondría, nunca sería cumplido sin ver, tratar, conversar con los demás.

En pos de la verdad

En esa frondosa e inagotable busca de la verdad, nos encontramos con distintos aventureros. Efectivamente, más de uno ha optado por sobreponerse a inquietudes o enigmas que, en su caso, no admiten descanso. Por diversos motivos, ellos han sentido el impulso de incrementar sus conocimientos, pero asimismo mejorarlos. Esto último equivale a revisar todo, hasta las razones de nuestras mayores creencias. Por correr el riesgo de quedarse sin ninguna certidumbre, Ortega y Gasset no ha dudado en hablar del heroísmo cuando se procede con este ahínco. Mas es absurdo insistir en el carácter aislado de nuestra gesta. Existe un acervo, forjado por los que nos antecedieron en estas interrogaciones, del cual no tiene sentido marginarse. Es una necedad pretender que cada uno deba repetir los errores del pasado; lo aconsejable pasa por aprender de las experiencias ajenas. Esto lo conseguimos a través de la comunicación y sin generar conflictos en nuestro medio. Pasa que, mientras el acto de conocer tiene carácter personal, según Mario Bunge, todo conocimiento es social. Pocas cosas son tan sensatas como valernos de esa conexión.

Intercambio reflexivo y poder

No basta con propiciar algún intercambio de palabras con otra persona. Necesitamos, pues, de una comunicación reflexiva con los demás, excepto si pretendemos ocasionar confusiones y, por otra parte, tornar inviable cualquier solución a problemas comunes. Esto último tiene que ver con la política, terreno en donde, según palabras de Camus, el diálogo ha sido remplazado por la polémica y el insulto. Así, tanto en el siglo XX como actualmente, el uso de la palabra frente al prójimo tiene otras características. Ello resulta significativo cuando hablamos de la democracia, un régimen político en que los diálogos, las deliberaciones son imprescindibles. Sé que, sin grandes reparos, puede invocarse dicho concepto, reivindicándoselo en público y con vehemencia. Empero, la historia no es mezquina en ejemplos de cómo se  lo utiliza con fines contrarios a los que les son propios. El prestigio es tal que se falsifica su consumación. Al final, el objetivo es simular que hay esfuerzos para resolver disputas.
Al margen del fingimiento, conviene apuntar lo que perjudica y, además, favorece el diálogo en la esfera de los asuntos públicos. En este sentido, reflexionando sobre cuestiones de naturaleza negativa, destaco la violencia. Es que la fuerza puede impedir el inicio, continuación o conclusión de conversaciones, parlamentos, debates que, basados en ideas, no deberían desencadenar ningún temor. Otro aspecto que no debe ser desdeñado es la mentira. Idealmente, todo diálogo tiene que ser establecido en procura de acercarse a la verdad, aproximarnos, con buena voluntad, a un punto gracias al cual nuestra realidad se torne comprensible. Es imposible hablar con alguien que no tenga ese propósito.
Por último, no es vano identificar algunas condiciones que pueden ser útiles para disfrutar de sus provechos en política. La primera carga tiene que ver con la preparación de quienes intervienen en el diálogo. Es imprescindible que ambas partes usen su cerebro, ejercitándolo mediante discusiones y alimentándolo con información. Es un requisito que se debe tener en cuenta. Si tiene usted, por ejemplo, a dos parlamentarios con escasa capacidad analítica e ínfimos conocimientos, es improbable que su intercambio sea fructífero. No planteo que la comunicación sea impracticable; desconfío de su eficacia. Por otra parte, debemos descartar la pretensión de lograr siempre plenos acuerdos sobre aquello que dialogamos. Es mejor aspirar a grados de coincidencias y no suponer que cualquier distanciamiento equivale al fracaso. Mientras haya buena fe en ambas partes, las soluciones parciales no deben considerarse nulas. Éstas nos dejan igualmente una enseñanza que posibilitará nuestro avance.

Nota pictórica. Diálogo y alborozo es una obra que pertenece a Luis Seoane (1910-1979).