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13/1/17

Thoreau, el desobediente solitario




Un solitario será austero, piadoso, será penitente, en fin, se convertirá en santo; pero sólo será digno de llamarse virtuoso cuando haya hecho algún acto de bien por el que se hayan visto beneficiados los demás hombres.
Voltaire


Hay personas que conciben la política como un medio para satisfacer necesidades, antojos y caprichos del peor tipo. Son individuos que, desde los tiempos de Sócrates, han provocado irritaciones entre quienes no se resignan a ser gobernados por malhechores o patanes. Porque, aun cuando parezca increíble, contamos todavía con sujetos que no consienten esas corrupciones, siendo impulsados por otra clase de intereses. Me refiero a hombres que no ambicionan el ejercicio del poder público; al contrario, juzgan necesaria su vigilancia, incluso imprescindible, mientras se pretenda una vida exenta de dominaciones arbitrarias. Es más, son mortales que no garantizan el cumplimiento de cualquier orden lanzada por las autoridades. Para ellos, previamente, es forzoso que se demuestre su concordancia con la libertad, pues, siguiendo a Hannah Arendt, las actividades políticas no tienen otro sentido.
Históricamente, por fortuna, no ha faltado gente que defienda un orden propicio para la libertad. Existen ejemplos de diversa índole para demostrarlo, aunque, en muchos casos, la impostura esté presente. Pasa que hallamos también a embusteros en ese ámbito. Pienso en quien pronuncia o escribe profundos discursos al respecto; no obstante, lo hace sólo con fines proselitistas. Puede buscar asimismo la exhibición, el reconocimiento del prójimo, las adulaciones, pero no así dejar constancia de su indignación. Una situación que, en resumen, es contraria a la protagonizada por el filósofo y escritor Henry David Thoreau, cuyo bicentenario natal será celebrado este 2017. Su vida, acabada el año 1862, fue una prueba clara de que, en soledad, sin afanes egocéntricos, se puede contribuir al adecentamiento del mundo.
Thoreau no se limitó al campo de especulación y las teorías, dominios en los que muchos intelectuales prefieren residir exclusivamente. Debido al incumplimiento de sus obligaciones tributarias, estuvo en la cárcel. Es verdad que fue una sola noche (un familiar pagó la deuda); no obstante, el hecho es aún hoy admirable. Sucede que, como no aprobaba la esclavitud, legal entonces en Estados Unidos, ni la guerra contra México, consideraba inaceptable cualquier aporte a esas causas. Era un fundamento de carácter ético el que sustentaba su postura, siempre coincidente con una gran máxima: “El mejor gobierno es el que no tiene que gobernar en absoluto”. Desde luego, cuando son compatibles con nuestras convicciones morales, las leyes merecen que optemos por su acatamiento; si ocurre lo contrario, queda el recurso que nos enseñó e inspiró a Mahatma Gandhi, Martin Luther King y otros activistas: la desobediencia civil.
El rechazo a la autoridad hizo que, durante más de dos años, nuestro pensador viviera en una cabaña, distanciado del orden social, ligado a la naturaleza. Es cierto que una experiencia como ésta se recuerda, en varios círculos, para legitimar el desprecio a lo urbano, exagerando las bondades del bosque. No se discute la presencia de falencias; el punto es que las ciudades han favorecido igualmente a nuestro bienestar. Me parece más relevante resaltar ese suceso para evidenciar la importancia del individuo que obra de modo autónomo, evitando, en lo posible, los ruegos o las invocaciones al Estado. Walden, nombre del lago cerca de donde Henry David estuvo en aquella ocasión, no equivale a una metrópoli del siglo XXI; sin embargo, está claro que nos podría ir mejor si nuestra existencia no estuviera tan marcada por esas dependencias, públicas o privadas.

Nota pictórica. El retrato de Henry David Thoreau es una obra que pertenece a Felix Vallotton (1865-1925).

30/12/16

El MAS y las peras del olmo





A veces desechamos posibilidades, incluidas algunas de las que sabemos muy poco, porque no queremos que sean ciertas, aunque parezcan o sean maravillosas.
Robert Nozick


En La derrota del pensamiento, provocador libro de 1987, Alain Finkielkraut recuerda que filósofos como Voltaire y Diderot no concebían realizable la libertad mientras existiese ignorancia. El acceso al conocimiento traía consigo ese provecho, uno en virtud del cual los hombres se alejaban de las equivocaciones. Siguiendo esta lógica, bastaba con colocarse frente al saber, en cualquiera de sus manifestaciones, para que se produjera una transformación positiva del individuo. Este acontecimiento puede presentarse directamente, cuando uno mismo se percata de la fortuna que conlleva pensar sin apego a los dogmas o prejuicios. Se tiene también la posibilidad de que alguien promueva ese contacto, permitiendo la ilustración del prójimo. En esta última circunstancia, nos mueve la ilusión de que nuestro semejante cambiará, enderezando su vida, distanciándose del absurdo. Sin embargo, se hallan casos en los que debe abandonarse toda fe.
    Varios años después del arribo al poder de Juan Evo Morales Ayma, existen esperanzas que deben desaparecer en Bolivia. Hay, pues, anhelos que, por distintas causas, son irrealizables entretanto su régimen esté vigente. Parto con las exhortaciones de mayor estrépito, aunque, a menudo, efectuadas sin gran profundidad. Porque creer que, a la postre, su organización se dará cuenta del valor de la democracia es ya un genuino sinsentido. Desde sus tiempos en la oposición, el Movimiento Al Socialismo ha sido un partido incompatible con los principios que fundan este sistema. Sorprenderse de que quienes, sin argumentos válidos, cuestionaban las elecciones en donde triunfaron gobernantes medianamente liberales, con más o menos lucidez, se resistan hoy a reconocer un dictamen mayoritario evidencia demasiada inocencia. Su pregonada obediencia a los mandatos de la gente es una línea que se usa sólo con fines demagógicos.
    Pedir que los oficialistas admitan la comisión de faltas, peor aún delitos, equivale a perder el tiempo. En la última década, conforme a su versión, los problemas fueron siempre provocados por Estados Unidos o las personas que traicionan este país. Cuando se ha dado el milagro de una disculpa, ésta fue consumada con el menor desgano posible, denotando cuán difícil les resulta exponer su falibilidad. Al margen del disgusto, en esas excepcionales ocasiones, la culpa es soportada por funcionarios de baja categoría. Éstas son las personas que el poder sacrifica para eludir ataques a la minoría mandante. Con este objeto, cuando los medios se agotan, queda el recurso de alegar desconocimiento del asunto cuyo tratamiento ha generado críticas.
    Cuenta con el mismo destino, inequívocamente infértil, demandar que participen en un debate, tan abierto cuanto sincero, sobre los problemas en torno a la realidad boliviana. Esto se vuelve inviable porque, para llevarlo a cabo, es imprescindible que uno reconozca sus limitaciones, dejando de lado la soberbia, el exclusivismo, entre otros vicios. Se requieren asimismo ideas, sin que su defensa implique la violencia ejercida por seguidores o milicias. En suma, debe haber un espíritu que, bajo la figura del librepensante, cuando ha intentado asomar entre los gobiernistas, mereció una censura contundente. Por tal motivo, esperar éste o los otros cambios no es sino un ejercicio de candidez ciudadana. Lo razonable pasa por no confiar en su buena voluntad e imponerles esas condiciones. No se trata de mendigar concesiones, las que serán fingidas; la misión es abolir prácticas inciviles.


Nota pictórica. Las aguas misteriosas es una obra que pertenece a Ernest Bieler (1863-1948).

15/12/16

El gabinete de la indignidad





El éxito de la democracia no consiste únicamente en disponer de la más perfecta estructura institucional imaginable. Depende ineludiblemente de nuestros patrones reales de conducta y del funcionamiento de las interacciones políticas y sociales.
Amartya Sen


No hay peor bajeza que aquella en la cual nos colocamos de manera voluntaria. Ninguno está libre de ser subyugado, reducido gracias a la violencia ejercida por quienes escogen los medios bárbaros para conquistar y mantener el poder. Es indiscutible que, por diversas causas, la servidumbre puede llegar a nuestra vida e impedir su satisfactorio desenvolvimiento. Empero, existe igualmente la posibilidad de que, sin coerciones, un individuo se decante por anular su propio valor, poniéndose en una situación criticable. No es un disparate menor. Porque, en síntesis, al optar por esa determinación, hablamos de renunciar a la libertad, es decir, según Bakunin, no tener dignidad. Lo llamativo es que, lejos de sufrir por esta deshumanización, haya personas empecinadas en lograrlo. Es más, su consagración pasaría por acceder a ese ominoso estadio.
Las prerrogativas que brinda el mando gubernamental son irresistibles para numerosos sujetos. Olviden la búsqueda de fines que permitan el desarrollo, sobreponerse a los problemas sociales; sus motivaciones son distintas. Es una verdad que nos acompaña desde tiempos antiguos, contando con representantes a granel, aunque no siempre del mismo tipo. Sucede que, mientras algunos aspiran a tomar las cumbres de mayor altura, otros se inclinan por la medianía. Anoto que esto último no les parece del todo despreciable. Para ellos, lo fundamental es tener un espacio que, por su cercanía con quien toma las decisiones finales, les ofrezca privilegios como el de la impunidad. No interesa que, debido a la falta de castigo al que, por ejemplo, transgrede las normas, los ciudadanos pierdan confianza en instituciones y autoridades. Su mayor preocupación gira en torno a la conservación del lugar que se les asigna dentro del régimen. Nada se descarta para precautelar ese puesto del casillero administrativo.
Tras observar sus actuaciones, sospecho que varios ministros de Estado no conocen del honor ni, menos aún, la vergüenza. Es también posible que sepan todo lo referente al respecto, mas prefieran vivir en el más radical cinismo. Sus intervenciones de naturaleza pública no dejan que tengamos otras alternativas para formular la conclusión del caso. En diferentes oportunidades, sin gran preparación de por medio, se han aventurado a propalar fantasías que persiguen la exculpación del gobernante. Con este fin, fabrican versiones del pasado, incluso presente, que, en lugar de provocar un rechazo multitudinario, desencadenan su exaltación. Por consiguiente, como Critón, el famoso discípulo de Sócrates que le propuso fugarse, ellos están al servicio de quien irrespeta las leyes, planeando evasiones o elaborando informes absolutorios.
Pero ni siquiera las defensas vehementes, así como vergonzosas, garantizan la inamovilidad. Es que, aun cuando su vanidad alimente otras creencias, jamás estarán en condiciones de ser considerados imprescindibles. Son apenas medios que tiene un régimen o, peor todavía, el autócrata para justificar abusos, eludiendo responsabilidades en torno a sus funciones. En cualquier momento, hasta por caprichos de carácter infantil, la pérdida del cargo puede materializarse bruscamente. No habrá entonces ninguna conferencia de prensa, discurso, libro, entre otras ocurrencias, que sirva para salvarlos del despeñadero. Quizá, cuando la sensatez se recupere, una circunstancia como ésta les sea útil con el objeto de notar cuán insignificantes son en un orden que sólo encuentra dignidad entre sus secuaces más abyectos. 

1/12/16

La creencia en los grandes hombres




El espíritu de rebeldía es lo contrario del dogma de obediencia que induce a considerar recomendable la sujeción de una voluntad humana a otras humanas voluntades. Respetar ese dogma significa renunciar a la personalidad; la obediencia no es a un ser sobrenatural, sino a otro hombre, al Superior.
José Ingenieros

Las ideas y creencias que marcan la vida de un hombre, influyendo en sus diferentes actuaciones, pueden forjarse gracias al esfuerzo propio. Ciertamente, una persona está en condiciones de valerse del entendimiento que lo tiene como responsable, resistiéndose a cualquier imitación o sometimiento. Sin embargo, esto no implica que desconozcamos la presencia de factores externos. Sucede que, no habiéndose originado la especie con nosotros, hay antecedentes, un pasado capaz de afectarnos. Así, en mayor o menor grado, la cultura puede dejar su impronta en nuestra existencia, rigiéndonos incluso cuando pensamos en el bien. Es más, tal como lo ha indicado Norbert Bilbeny, las bases de la ética suelen relacionarse con aspectos que tienen una gestación social. En cualquier caso, lo deseable pasa por no perder la capacidad de someter a crítica todo fundamento, pues, siendo obra humana, puede contener falencias.
La necesidad de sobrevivir, tan básica cuanto ineludible, hace que debamos tomar decisiones en distintos campos. Puede haber individuos que se entusiasmen con esa carga; empero, existen igualmente sujetos a los cuales la tarea les parece poco grata. Peor aún, en varias épocas, no sorprende que nos topemos con gente dispuesta a evitar pesares de esa naturaleza. Por este motivo, prefieren seguir, a rajatabla, prácticas, costumbres, tradiciones y todo aquello que una sociedad enseñe como válido. Desde luego, un gregarismo como éste debe considerarse criticable, pues lo pasado no sirve para legitimar nuestras determinaciones. Con todo, la sumisión a una cultura específica, un orden social en particular, no es el único acontecimiento que nos perjudicaría. Ocurre que podemos asimismo incurrir en un absurdo mayor: el enaltecimiento de semejantes a quienes creemos indispensables para resolver nuestros problemas y, en suma, garantizarnos la felicidad.
Desde la Edad Antigua, por ejemplo, con Julio César, hasta los días del presente, donde hay varios de sus especímenes, advertimos que la creencia en esos seres prodigiosos no acaba. Es verdad que se han realizado notables esfuerzos, meritorias labores, a lo largo del tiempo, para reconocer equivocaciones y subrayar nuestros límites. No seríamos, por ende, dioses, aunque tampoco criaturas dignas de una condena eterna. Mas, por causas de diversa clase, se alienta la convicción de que, cumpliendo sus dictados, lo futuro no sería sino venturoso. Debe aclararse que, al abandonar la condición autónoma, no se procura un objetivo perverso; al contrario, salvo casos excepcionales, el fin es intercambiar la libertad por tranquilidad y bienestar. Está la confianza en que el milagro se consumará sin sobresaltos.
A diferencia de lo que pasaba con los dioses griegos, signados por virtudes y vicios, excesos debido a los cuales podían formularse cuestionamientos, un salvador en política es inmaculado. No interesa que, mientras disfruta del poder, sobresalga en la perpetración de atrocidades. Para sus seguidores, debe ser colocado en un estadio donde no caben juicios que se aplican al común de los mortales. Se puede, por tanto, elaborar una lista interminable de ofensas, vejámenes y hasta crímenes con su sello; no obstante, sus feligreses rechazarán esas sindicaciones. Es el efecto de la ceguera sentimental, un fenómeno que vuelve imposible el reconocimiento del retroceso. Es también más cómodo absolver de culpa a quien resultó ser un ídolo con pies de barro que, no sin molestia, reconocer cuán cretinos fuimos en creerle.

Nota pictórica. El último hombre es una obra que pertenece a John Martin (1789-1854).

18/11/16

Por una filosofía desbordante




La filosofía puede producir y produce una obra extraordinariamente interesante e importante sobre una variedad de temas que no tienen nada que ver con las privaciones, iniquidades y servidumbres de las vidas humanas. Así es porque así debe ser, y hay mucho que celebrar en la expansión y consolidación del horizonte de nuestro entendimiento en todos los campos de la curiosidad humana.
Amartya Sen
  
Todo comienzo deja una huella que no cabe olvidar. Esos orígenes permiten conocer una esencia gracias a la que, cuando hay dudas o confusiones al respecto, nos orientamos adecuamente. En filosofía, Sócrates nos presenta un tipo de vida que, signada por la reflexión, justifica todavía nuestro aprecio, incluso gratitud, pues contibuyó a la expansión del espíritu crítico, lo cual jamás será despreciable. Su magisterio tuvo, pues, esa grandeza. La tarea no era desarrollada en lugares de acceso restringido, resultándole inaceptables las limitaciones. El objetivo era contribuir a que cualquiera tuviese una existencia en donde los cuestionamientos no cesaran. Tal vez, obrando de este modo, la sociedad que integraba sería favorecida. Tomar consciencia de la propia ignorancia y, además, no dar nada por sentado, entre otros aspectos, ayudan a resolver diversos problemas, tanto individuales como colectivos.
Del pensamiento público y abierto se pasó a las restricciones de orden institucional. Con Platón, comenzó la tradición de alimentar intelectualmente a determinados sujetos. Es verdad que, en su momento, Pitágoras tuvo un círculo de seguidores; empero, esto se hallaba más cercano a la religión que al terreno filosófico. No deploro aquel invento; admitir a los que tienen esos intereses, así como trabajar en su profundización, es una idea defendible. La objeción irrumpe cuando se cree que, allende las fronteras académicas, no tiene sentido hablar de filosofía. Según esta óptica, se podría cometer un absurdo, negando el predicamento de autores como Hume, Rousseau o Nietzsche, ya que ninguno tuvo el título pertinente. No es la única exclusión que se hace: además de relegar al que no cumpliría con ese requisito, se propugna una despreocupación por lo externo.
Frente a esa delimitación, irrumpe la reivindicación de una filosofía desbordante, un pensamiento que invada diferentes ámbitos, en los cuales sus beneficios resultan necesarios. Las modalidades son distintas; mientras se busque la misma finalidad meditativa, fijar exclusiones sería arbitrario. Se puede secundar a Michel Onfray, estableciendo una universidad popular, pero también organizar una experiencia como la del Seminario de los jueves, dirigido por Tomás Abraham. Entretanto no se conviertan en tertulias sin esfuerzo intelectual, son igualmente válidas las charlas que aparecieron merced al ánimo de Marc Sautet. En todos estos casos, incluyendo el ejercicio del periodismo filosófico, notamos una extralimitación que favorecería a la sociedad entera.
Aclaro que el desborde no se justifica sólo en términos colectivos. Desde Epicuro hasta Alain de Botton, hallamos pensadores que conciben la filosofía como un “sacerdocio”. Aludo al quehacer de curar almas, posibilitando nuestra paz o dicha. Es evidente que, frente a los grandes interrogantes en torno al futuro del género humano, parece un tema menor. Ocuparse de las angustias del hombre, sus miserias concretas, hasta la realización como persona, quedaría lejos del ámbito que atañe a los filósofos solemnes. No obstante, procurar ese mejoramiento individual es asimismo una labor que concierne a esta invención griega. No interesa que se proclame la superioridad de otros conocimientos. Por cierto, la ciencia puede prepararnos para varias desventuras, explicarnos detalladamente sus causas y consecuencias; sin embargo, ante las situaciones límite que, como la muerte o el fracaso, Jaspers nos enseñó a tratar, filosofar se vuelve imprescindible para existir.

Nota pictórica. Aún la vida es una obra que pertenece a Perlrott Csaba Vilmos (1880-1955).

3/11/16

Por una política con ética: Edmundo Salazar




Decimos que a las personas razonables no las motiva el bien general como tal, sino el deseo mismo de que hay un mundo social en que ellas, como ciudadanos libres e iguales, puedan cooperar con los demás en términos que todos puedan aceptar. Insisten en que la reciprocidad debe regir en ese mundo, de manera que todo el mundo se beneficie.
John Rawls

Hay variantes del optimismo que son peligrosas. Suponer que, al final, una situación adversa tendrá un desenlace plenamente satisfactorio puede conducir a la inacción y vetarnos toda mejora. Debemos recordar que la esperanza en un futuro menos arduo, desde el punto de vista individual o colectivo, no implica nuestro abandono del esfuerzo. No se trata, pues, de relegar sueños ni despreciar cualquier utopía; el punto es tener presente cuán necesarias resultan las acciones llevadas a cabo con ese objetivo. Así, evitando las exageraciones, Francis Hutcheson, filósofo del siglo XVIII, contribuye a nuestro aliento cuando sostiene que los hombres son movidos por el sentido moral hacia el bien. Con certeza, hallamos excepciones, hasta casos en que ni siquiera se note una conciencia de carácter ético. No obstante, es un razonamiento que permite entender varias épocas, diversas sociedades e invaluables personas.
Desde Platón hasta Höffe, los debates en el ámbito político no pueden prescindir de la justicia. No me refiero al mundillo de jueces, fiscales y demás criaturas que pelean en torno a leyes vigentes. En esta ocasión, lo justo se relaciona con aquello que es éticamente aceptable, correcto, válido. Porque, aunque la conducta de algunos contemporáneos, sean opositores u oficialistas, demuestre lo contrario, se puede tener también ese propósito en los asuntos ligados al poder. Es más, en el afán de terminar con las injusticias, siempre ofensivas para quienes no han perdido el aprecio por la dignidad, pueden aún correrse riesgos vitales. En efecto, sin poses ni anhelo de figuración, tan comunes en nuestro tiempo, se asume una peligrosa busca de días más gratos.
La vida de un hombre puede servir para evidenciar ese compromiso ético y político por una realidad que no nos parezca indignante. Ciertamente, cuando se toma conocimiento de lo que hizo Edmundo Salazar Terceros, ninguna otra conclusión es dable. Su existencia estuvo signada por el deseo de contribuir a que sus semejantes, familiares o desconocidos, no viviesen bajo un orden injusto. No era una meta que procuraba lograr de modo aislado; como él, varios individuos participaban en política sin las habituales ansias lucrativas. Fue lo que sucedió con sus hermanos, quienes, desde la primera juventud, no miraron con indiferencia las miserias, los abusos e infamias que soportaban otros hombres. Es verdad que defendía el maoísmo, cuyo ideario admite distintas críticas; sin embargo, lo ideológico no nublaba ni subordinaba su finalidad moral.
En su condición de parlamentario, Edmundo Salazar afrontó un desafío considerable: la investigación del caso Huanchaca. Habían matado a Noel Kempff Mercado; las vilezas del narcotráfico acabaron con ésa y otras vidas. Los sujetos involucrados en este crimen, así como el negocio que pretendía ocultarse, pertenecían a elevados círculos de poder, tanto gubernamental como económico. Presumiendo una corruptibilidad bastante corriente, intentaron comprarlo, ofreciendo sumas que callarían hoy a muchos asambleístas. No lo consiguieron; había en ese diputado algo que, por desgracia, constituye una rareza: genuina e insobornable búsqueda de justicia. Sus convicciones molestaron demasiado, incluso a quienes lo acompañaban en la izquierda. Pese a ello, su compromiso terminó sólo cuando, mediante sicarios, la cobardía de sus enemigos lo asesinó. Fue hace casi tres décadas, el 10 de noviembre de 1986. No pasó los 34 años; empero, probó que no todo en política es aborrecible.

21/10/16

Dos legados para nuestro entendimiento




Bien sé que con frecuencia me acontece tratar de cosas que están mejor dichas y con mayor fundamento y verdad en los maestros que escribieron de los asuntos de que hablo.
Michel de Montaigne

En uno de sus diálogos, Umberto Eco y Jean-Claude Carrière sentenciaron que nadie acabaría con los libros. Es un producto insuperable, una invención que, como la cuchara o el inodoro, no admite mejora. Ha acompañado nuestro avance, potenciando una memoria que, sin ese auxilio, habría sido liquidada en poco tiempo. No importa que, a voz en cuello, muchos mercaderes ofrezcan aparatos destinados a difundir textos en formato digital, anunciando el fin de aquel objeto visto, palpado, aun olfateado por incontables sujetos. Reivindicarlo no es un acto de fingimiento intelectual. Lo que se ampara es su valor para el individuo y, más aún, la sociedad. Nadie discute que una convivencia civilizada, tan aceptable cuanto decente, se forja gracias a diversos factores; no obstante, esas creaciones nos obsequiaron algo esencial.
En el nacimiento de Occidente, conforme a Dietrich Schwanitz, encontramos libros. En ese pasado, nos topamos con la Biblia. Si analizamos lo que ha ocurrido con nuestra ética, notaremos enseguida que, fundamentalmente, a favor o en contra, hemos considerado esa obra. Tenemos también dos de las mayores contribuciones del universo griego, la Ilíada y la Odisea. Gracias a sus páginas, algunos conceptos de valía, como la gloria o el destino, han dejado su impronta en nuestra concepción del mundo. Con todo, en la esencia del proyecto de vida en común que nos distingue, el cual, desde Roma, se halla abierto al mundo entero, no podríamos relegar las obras escritas por dos gigantes: William Shakespeare y Miguel de Cervantes, cuyos fallecimientos se produjeron en 1616, hace ya 400 años, pero su olvido es imposible.
Con el autor de Hamlet, quien no vio publicado ningún libro que llevara su firma, hemos sido impactados por las miserias del ser humano, esas debilidades sin las cuales no podríamos entendernos. Porque la traición, los celos, las incertidumbres, así como el inescrupuloso deseo de poder, son parte de una realidad inescapable para cualquier persona. Procreando agentes o víctimas, son fenómenos que no dejan de irrumpir en las diferentes épocas. Si con Giovanni Pico della Mirandola se nos colocaba en la cúspide, Shakespeare ha contribuido a que reconozcamos asimismo nuestras bajezas. Ha hecho posible que tengamos una idea más descarnada de la condición humana. Es cierto que no todas sus obras tienen un final desolador; sin embargo, el contacto con esas catacumbas nos devuelve a la realidad. Basta conocer de sus líneas para recuperar la consciencia del infranqueable límite con el que debemos lidiar.
Cervantes fue soldado, esclavo, recaudador de impuestos y presidiario: un sujeto al cual no le faltaron desventuras. Mas esos infortunios le resultaron provechosos para crear un personaje tan desgraciado como él, según Giovanni Papini. Porque no parece factible que otro autor, alguien sin sus caídas ni frustraciones, hubiese podido inventarse a ese genial desquiciado y, además, al famoso escudero. Su contribución a nuestro entendimiento de lo humano es posible sólo merced al par que protagoniza esas aventuras. Así, como consecuencia de sus lazos, hallaríamos igualmente necesario al idealismo y el realismo, hermanados por la busca del orden correcto, restableciéndose aquello que se cree bueno. Tanto utopistas como pragmáticos, cuando no hay predominio de la infamia, persiguen lo mismo que don Quijote ha pretendido: acabar con los entuertos, militando contra lo que nos indigne. Aquí radica su aporte al siempre imprescindible inconformismo.