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Bunge, pensador centenario




No existe ideal que no esté encendido por una gran pasión. La razón, o mejor dicho el razonamiento que aduce argumentos en pro y en contra para justificar la elección de cada uno de ellos frente a los demás, y sobre todo frente a sí mismo, llega después.
Norberto Bobbio

Para Borges, Unamuno era un loco porque pretendía la inmortalidad. Según el autor de Ficciones, aspirar a ser eterno resultaba inadmisible. Uno de los problemas con ese tiempo inagotable sería que, en algún momento, llegaría el hartazgo. Así, aun cuando nos dedicáramos a las actividades que, en nuestro criterio, producen deleite, podríamos toparnos con el aburrimiento. Que la existencia tenga límites, por lo tanto, se puede concebir como una condición indispensable para su disfrute. El goce tiene que ver aquí con la novedad, cualquiera de las sorpresas o descubrimientos con los cuales somos enriquecidos. En este sentido, una vida larga, no eterna, puede calificarse de provechosa cuando ha estado marcada por estas inquietudes. En otras palabras, mientras el deseo de aprender se mantenga vigente, los años pueden acumularse sin causar molestias.
Mario Bunge, filósofo y físico, pero también escritor e intenso polemista, entre otras facetas, cumple 100 años. Hijo de un médico y una enfermera, fue criado en un ambiente favorable al aprecio por la cultura. En la casa familiar, no faltaron libros ni tampoco deliberaciones políticas, puesto que su padre llegó a ser diputado de postura socialista. Por cierto, una de las obras que impactó más al ya centenario pensador fue Anti-Dühring, de Friedrich Engels. Acentúo que, además de numerosos volúmenes, sus décadas iniciales fueron acompañadas por la naturaleza. Ocurre que su progenitor compró una pequeña propiedad, El Ombú, porque lo estimaba relevante para la educación del hijo, quien tendría luego una hermana. De esta forma, entre la biblioteca y las plantas, comenzará una extraordinaria vida que se consagró al conocimiento, las reflexiones, el espíritu crítico.
Ya en su primera juventud, Bunge precisó una de las tareas capitales que debía llevar a cabo: filosofar científicamente y hacer ciencia de manera filosófica. Por consiguiente, con acierto, se distanciaba de los que no hallaban ninguna relación entre ambos campos. Un científico no podía prescindir de la filosofía, pues, por ejemplo, le resultaba necesaria para sostener que hay un mundo externo, el cual puede ser estudiado. Por otro lado, si un filósofo despreciara la ciencia, podría inundarnos con palabrería sin apego a lo que se considera real, concreto. Un punto de conexión entre los dos ámbitos es la razón, para cuyo exacto empleo dedicó nuestro autor importantes años. Es verdad que muchos libros con su firma giran en torno a ese tema; no obstante, su mejor creación se denomina La investigación científica, de 1967. En sus páginas, advertimos otra regla que don Mario adoptó pronto: trabajar sobre problemas, dejando de lado a quienes los formularon. Lo fundamental han sido las ideas.
Su impresionante producción podría conducirnos a imaginarlo como alguien con tiempo solamente para menesteres académicos. Empero, al estudiar su vida, encontramos a un hombre de afecto, más aún en la esfera familiar. Verbigracia, su segunda esposa, Marta, matemática y catedrática, cuenta que Bunge no dudaba en priorizar los intereses de sus hijos al escoger el destino laboral. Es decir que, si, para ellos, era mejor vivir en Rumanía o Dinamarca, él buscaba allí trabajo. Este gesto no soprende. Sucede que una posición como ésa es compatible con la principal máxima del agatonismo, su doctrina ética: “Disfruta la vida y ayuda a tener una vida agradable”. Por suerte, a nosotros nos auxilia con sus esclarecidos razonamientos. Nada más obvio que celebrar su primer siglo.

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