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9/10/11

Manfredo Kempff Mercado, un héroe del pensamiento

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Sencilla y deleitable tarea hablar de los triunfadores, porque exaltando sus proezas es como si buscáramos estímulo para el propio ascenso.

Fernando Diez de Medina

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La vida, pensamiento y obra de algunos individuos sirven para confirmar vocaciones que, por distintas razones, pueden permanecer oprimidas hasta el último estertor. Es una interpelación que se nos hace, un llamamiento del cual la menor evasiva resulta incalificable. No se trata de copiar al que haya logrado concentrar nuestras atenciones, pues, con escasas salvedades, las reproducciones en este ámbito son defectuosas. Los siglos están colmados de mortales que han pretendido emular, sin éxito, a quienes alcanzaron la cima. Son incontables las caricaturas, esos bufones que, privados de originalidad, estudian gestos, poses e ideas del prójimo para simular excepcionalidad. Ellos no contribuyen al homenaje que debe rendirse a los grandes individuos, menos todavía si descollaron por sus reflexiones. Porque éstos merecen un esfuerzo que sea legítimo. Cuando aludo a seres capaces de ocasionar progresos, me refiero al semejante que, por sus hazañas, impulsa el avance cotidiano en cualquier esfera. Sabemos que no somos iguales, tanto a nivel personal cuanto por el tema del ambiente histórico donde nos toca desenvolvernos. Esto no admite ningún rebatimiento. Sin embargo, hay pasiones, sentimientos, convicciones que, a lo largo del tiempo, se mantienen inmutables. Dado que su enfrentamiento es necesario –así lo impone el destino que hemos elegido–, encuentro normal admirar a los que obraron bien. Nos sentimos cercanos a esos sujetos, intentamos conocer sus vidas porque percibimos un lazo de fraternidad que podría unirnos. Éstos son los hombres que se convirtieron en nuestros antecesores. Incluso, más que discípulos, apóstoles o todo tipo de compañeros, somos sus hermanos. Las batallas libradas en este mundo han conseguido que la relación tenga esa firmeza.

Aficionado a la filosofía, reconozco que muchos pensadores cuentan con mi estima. Su valor al buscar la verdad, arriesgando el sosiego brindado por las creencias que acompañan sin consentir cuestionamientos, motiva este afecto. Sus gestas materiales y espirituales, por supuesto, hacen que aspire a recorrer esa misma senda que transitaron cuando, con inquietudes similares, asumieron la misión de existir. Una de estas personas fue Manfredo Kempff Mercado. Desde el punto de vista intelectual, es intrascendente que no llegase a ser longevo, porque este individuo hizo lo suficiente para vencer la condena del olvido. Si se pretendía demostrar su brillantez, poco más de medio siglo bastó para regalarnos luz a granel. Uno de los mayores méritos es que haya sobresalido en distintos campos, puesto que, como filósofo, catedrático, escritor y político, no quiso rendir culto a la mediocridad. No relego el hecho de que hubiese sido abogado; al contrario, por una convicción personal, su nulo ejercicio lo vuelve honorable: rehusar cualquier contacto con el foro es un acierto. Esto hace que me invada el júbilo cuando recuerdo su viaje por los mismos rumbos donde acometo avanzar. Acontece que, aunque esté seguro de nuestra distancia, acaso creciente a diario, se ha consolidado el anhelo de igualar sus notables cotas. Él está presente como invitador a una clase de aventura que pocos quieren consumar. La tradición de los individuos que decidieron pensar sin aceptar ninguna esclavitud, laica o religiosa, fue alimentada gracias a sus reflexiones. Los que consiguen hacerlo tienen el mérito de ser soberanos. Esa emancipación es la que debe perseguirse a ultranza. Excluyendo a los necios, nadie debería quedar indiferente ante una obra que nació con el don de la inmortalidad. Aun cuando sea indirectamente, cualquiera puede recuperar el deseo de abatir la estulticia mientras se relaciona con un individuo que posee tales gracias.

Desde sus años estudiantiles, Kempff Mercado combinó la filosofía con el profesorado. Su faceta de docente fue valorada por quienes la conocieron. El hecho de haber enseñado en Bolivia, Brasil, Chile y Venezuela, durante varios años, vuelve posible demostrarlo. El magisterio que ejecutó fue luminoso por su condición de bibliófilo. En el terreno de las palabras, la buena literatura tuvo también cabida. Sus libros son una muestra de la excelencia que obtenía como educador. Pasa que la cortesía propugnada por José Ortega y Gasset, uno de sus autores favoritos, lo reconoce como practicante. Dejó a otros la predilección por esas tinieblas que, desde Hegel hasta Derrida, entre otros filósofos, impiden una comprensión satisfactoria de las ideas. Consumiendo su primer libro, Vida y obra de Mamerto Oyola, o Filosofía del amor, volumen que se lanzó en 1973, el lector puede corroborar lo aseverado respecto al estilo. Nada de laberintos ni pantanos textuales; su prosa es modélica en el reino del razonamiento. Sin problemas, uno constata la preparación, disfrutando del examen que hace de muchos planteos, analizando proposiciones, formulando réplicas. No es casual que haya formado parte de la Academia Boliviana de la Lengua. A propósito, en dicha entidad, él tuvo que ocupar la silla dejada por Alcides Arguedas Díaz. Huelga decir que estuvo a la altura del desafío. Porque nuestro meditador no vivía sólo en el campus, componiendo libros, difundiendo teorías y obsequiando conferencias; supo involucrarse en las pugnas del poder. Ello es altamente meritorio en un país que relaciona el oficio de los políticos con la estupidez. Al igual que pocos congresistas, encarnó la excepción a esa deplorable regla.

Nuestro pensador nació el 8 de enero de 1922 y, sin haber llegado a la treintena, se convirtió en parlamentario. Asimismo, tuvo el deber de representar a Bolivia ante la Unesco, en 1952, lo cual era compatible con sus atributos. Por desgracia, siendo un pensador comprometido con la libertad, el autoritarismo que se instaló en esta nación lo dejó sin opciones; consiguientemente, su exilio era inexorable. Es la consecuencia que sufren quienes molestan a los trogloditas, al conjunto de negados dispuestos a suprimir la civilidad. La barbarie ha temido siempre a sujetos que osan repudiar los servilismos. Lo paradójico es que, merced al extrañamiento, el profesor Kempff se benefició porque incrementó su prestigio internacional. No se trató de un filósofo conocido por unos cuantos amigos y eruditos del más extraño linaje; su obra fue celebrada entre intelectuales que tenían nombradía. Pese a ello, cuando el huracán del salvajismo cesó en la república boliviana, regresó, fue senador y, en una época de nuevas turbulencias, volvió a Santa Cruz. Pudo haberse quedado en el extranjero, ya que las oportunidades de trabajo no eran ilusorias. No obstante, el apego a esta sociedad, donde la familia se sentía complacida, marcó su derrotero. Se dio también el retorno al campus cruceño, lugar que contempló la iniciación de las labores académicas. Allí, rezumando el entusiasmo que nunca lo abandonó mientras fue docente, procuró contribuir al desarrollo de su región desde las aulas. No es casual que su evocación entre los universitarios de la época esté signada por el respeto, esa consideración sentida hacia un gran educador. Por desventura, sus aportes concluyeron el 12 de noviembre de 1974. La muerte no demoró su llegada, segando una vida que se consagró al pensamiento. No fue bendecido con una existencia prolongada; empero, varias décadas después del deceso, la inspiración que genera se mantiene invariable. Es uno de los mejores predecesores que, si quiere dañar a la idiotez, un razonador debe elegir.

1 glosas:

david dijo...

Ello es altamente meritorio en un país que relaciona el oficio de los políticos con la estupidez.
Sabia descripcion de la politica al politiqueria de neustra era, ura era sin Dios ni ley , ni tecnologia ni energia limpia una era que don manfredo o hubiera amado o hubiera aborrecido