CLICK HERE FOR THOUSANDS OF FREE BLOGGER TEMPLATES »

30/7/17

Cuando las ideas se vuelven conductas





Las ideas son interesantes, pero la gente lo es mucho más.
Sarah Bakewell


La filosofía puede ser entendida como una historia de conceptos. No es la única precisión que se ha formulado al respecto ni, desde ninguna óptica, debe considerarse irrebatible. Podemos creer negativo que, aun cuando hayan pasado veincinco siglos desde su aparición en Grecia, no se tenga todavía una definición categórica; con todo, lejos de ser penosa, esta indeterminación evidencia vitalidad. Es que tenemos la posibilidad de continuar con debates en torno a su naturaleza, función o, si alguien lo prefiere, inutilidad. Esto ha ocurrido en varias épocas, explotándose teorías, doctrinas y sistemas elaborados para intentar una mejor comprensión de lo que nos sucede. Desde la idea de razón, con que comienza esta tradición del pensamiento, según François Châtelet, hasta las nociones asociadas con el poscolonialismo, reflexionar sobre todas esas palabras se ha juzgado fundamental para reconocer a un filósofo. Pese a ello, además de lanzar preguntas y aventurar contestaciones, ese plano teórico debe ser complementado con la vida. Porque, así como concedemos valor a las ideas, conviene tener presente al comportamiento de quien se decantó por plantearlas.
En general, encontrar a personas que se caractericen siempre por la coherencia es difícil, tal vez imposible. Para Jeremy Bentham, se trata de la cualidad más rara que pueda ostentar un ser humano, por lo cual no cabe pensar en innumerables portadores. Lo menos complejo es respetar los principios solamente cuando las circunstancias y nuestros intereses vuelvan posible su observancia. Muchos sujetos pueden discursear en relación con las virtudes que dan sentido a su existencia; empero, una vez fuera del escenario, el contraste se vuelve total. A veces, ha sido mayor el esfuerzo por hacer verosímil una determinada creencia. Pasó, por ejemplo, con Tolstói, quien, público devoto de los campesinos, se vestía como ellos, aunque usando seda en lugar del material convencional. En su lógica, ninguna muestra de admiración servía para sacrificar el buen gusto. Obviamente, no ha sido la única persona que incurrió en este tipo de simulación, fingimiento o hasta impostura, desnudando cuán frágiles resultan aquellas convicciones.
Pero se han dado casos en los que la vida refleja también el ideario de una persona. El mundo antiguo, del cual nunca dejaremos de aprender, nos ofrece significativos ejemplos. Traigo a la memoria uno que no causa ninguna clase de indiferencia: Diógenes de Sínope. Lo evoco porque diversos pasajes de su existencia sirven para demostrar que intentaba ser coherente. Sus críticas, tan contundentes cuanto indiscriminadas, dejaban notar a un individuo que no deseaba el intercambio de favores por lisonjas. Fue quien despreció al propio Alejandro Magno cuando éste, otrora discípulo del esclarecido Aristóteles, quiso conocerlo para procurar alguna reflexión en conjunto. Ni siquiera en situaciones críticas se animó a efectuar concesiones. A propósito, subrayo que, cuando lo hicieron esclavo, el encargado de su venta le pregúnto sobre sus habilidades. Con su habitual desenfado, Diógenes contestó: “Sé mandar a los hombres. Pregona si alguno quiere comprarse un amo”. Huelga decir que su insolencia no le aseguraba un trato favorable; sin embargo, era una clara expresión de autenticidad.
Epicuro, filósofo injustamente vilipendiado, es otra muestra de congruencia. Para este pensador, el placer debía ser reconocido como nuestra piedra de toque. Cualquier otro criterio moral que aspirase a ser tomado en cuenta para sustentar una determinación era inaceptable. No hay que imaginar excesos del beber, comer o amar; por el contrario, al final, esas exageraciones se tornaban contraproducentes. El reto era elegir el disfrute, dejando de lado la inclinación al dolor o sufrimiento. Mas no era lo único que interesaba. Pasa que, además de perseguir el goce, tanto los amigos como la razón justificaban las consideraciones del ser humano. Estos conceptos confluyeron en un experimento libertario que tuvo al antedicho hombre de ideas como promotor: el Jardín. Fue una escuela de filosofía que ofrecía un ambiente en el cual las reflexiones, la fraternidad y los deleites eran fundamentales. No se pretendía el establecimiento de un centro con relaciones verticales, impuestas para garantizar la subordinación del alumno, incluso su sempiterna inferioridad. El fundador del hedonismo no era Platón; por ende, su objetivo contaba con características distintas. A él no le importaba la preparación de los nuevos estadistas, aquellos que serían llamados por el destino para regir su ciudad. Lo que buscaba y aplicaba mediante su comunidad cuasi edénica, aunque sin interferencias divinas, era un mejor modo de vivir.
No solamente hay una integridad signada por el disfrute de la vida. En ciertos casos, una línea de conducta puede ser tan rigurosa que ponga en riesgo la salud. Recuerdo la inflexibilidad que marcó a Simone Weil, notable pensadora del siglo XX. Estudiante de suprema calidad, pudo haberse dedicado sólo a los menesteres del campus. No obstante, ella tenía una serie convicciones que volvían imposible tal destino. Así, para conocer lo que era realmente la condición obrera, trabajó en una fábrica, experimentando los mismos pesares de sus colegas. No le resultaba suficiente la teorización al respecto, los esfuerzos especulativos para su comprensión, las sistemaciones desde un escritorio: era necesario estar en esa situación. Esto le hizo incurrir en radicalidades como, verbigracia, asbtenerse de comer porque otros oprimidos no podían hacerlo. Era su forma de mostrar solidaridad y, ante todo, ser leal a los postulados que creía defendibles. Actuó de tal manera sin medir las consecuencias. Nacida en 1909, falleció el año 1943, joven aún, porque su debilitado cuerpo no soportó los embates de la tuberculosis. Fue un desenlace que, según se cree, pudo haber sido contrarrestado si hubiese mediado un compromiso más relajado, es decir, una de las tantas hipocresías o astucias del presente.

Nota pictórica. Agonía en el huerto es una obra que pertenece a Giovanni Bellini (1433-1516).