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10/3/17

¿Para qué debería servir la universidad?




La causa es tan evidente como triste: deficiencias de nuestro medio, que ustedes conocen de sobra. ¡Todo falta aquí!
Carlos Vaz Ferreira


En un libro que tituló Temperamentos filosóficos, específicamente cuando reflexiona sobre Platón, Peter Sloterdijk escribe acerca de la educación antigua. Evocando esa época, marcada por una fulgurante Atenas, dicho autor destaca que se perseguía entonces una meta sobremanera relevante: instaurar una escuela de excelencia. Era un objetivo que podía considerarse ambicioso, pues implicaba la realización del individuo en distintos campos. Se creía en la posibilidad de preparar, con solvencia y optimismo, a los hombres que progresarían conforme a criterios intelectuales, pero también aportarían al adelanto social. Porque, desde la célebre Academia, con Aristóteles, Polemón y otros discípulos, se tenía esa pretensión de darnos a los mejores ciudadanos, quienes se convertirían asimismo en gobernantes. Es indiscutible que no se aseguraba la obtención de tal propósito; sin embargo, la fundamentación parecía merecedora del respaldo.
Aunque las circunstancias variaron, ya que el paso del tiempo trajo consigo diversas transformaciones, ese mismo designio ha fundado universidades. En efecto, continuadoras de la línea que se trazó hace milenios, esas instituciones se decantaban por cumplir tareas relacionadas con la vida pública y privada. Así como era importante la profesionalización, adquiriendo saberes, perfeccionando destrezas, era igualmente valioso el ámbito de los trabajos científicos. Eran las labores capitales, actividades que justificaban su vigencia. Mas había otra función que le concernía. Aludo a lo que, en una obra del año 1930, José Ortega y Gasset presentó como su misión. Para este pensador, la universidad tenía que ocuparse de propiciar espacios en los cuales se dialogue, razone, discuta sobre los problemas sociales. Teniendo a entendidos en diferentes áreas del conocimiento, no se hallaba sensato que aquéllos evitaran cualquier impulso al respecto.
Es cierto que, aun cuando sean verdaderas autoridades en su terreno, los catedráticos e investigadores pueden equivocarse, perjudicando la comprensión de temas sociales. En estos casos, el deseo de ser iluminados gracias a sus reflexiones, claras o densas, podía originar efectos peores al del desconocimiento. Con todo, el hecho de intentar sobreponerse a las simples opiniones, esas apreciaciones tan superficiales cuanto deleznables, ya se constituía en un avance. Por supuesto, presumo que los aportes provenientes de sus carreras serán decentes o, al menos, mínimanente inteligibles. Debe recalcarse que su función no es pontificar, lanzando dictámenes petulantes y categóricos; se aguarda la contribución a un auténtico debate. Sólo cuando se procede así, encontramos que la utilidad universitaria resulta del todo acreditada. Es una carga que nunca se podría tildar de abusiva.
No se trata de consagrar a los universitarios, profesores o aun estudiantes, como los únicos que tuvieran esa obligación reflexiva. La preocupación debe servir para caracterizar a todos quienes quieren tener un mejor presente. Sin duda, es una institución útil, creada para la consecución de los mencionados fines. Su naturaleza está, por ende, relacionada con los roles que he comentado. No obstante, hay también vida intelectual lejos del campus. Dar fe de la técnica que se tiene para terminar con un aprieto, por ejemplo, no concede supremacía en estos quehaceres. Lo que necesitamos es de interacciones provechosas, vínculos mediante los cuales nos aproximemos a la verdad y, en consecuencia, favorezcamos nuestra convivencia.