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9/9/16

Preferir o elegir la libertad





El sistema de represiones vigente en cada sociedad reposa sobre ese conjunto de inhibiciones que ni siquiera requieren el asentimiento de nuestra conciencia.
Octavio Paz


En todo tiempo y espacio, los individuos cuentan con alternativas para tomar decisiones que satisfagan sus necesidades. A diario, sin cesar, aunque no seamos conscientes de aquello, es posible transitar distintos caminos, emplear varias vías que permitan nuestro bienestar. Lo mismo sucede a nivel colectivo. Porque, mediante sus integrantes, las sociedades tienen la opción de considerar diversos planes, proyectos, principios e ideales. Está claro que, a partir de su inclinación mayoritaria, la realidad, tanto presente como futura, puede ofrecernos un panorama óptimo, decente, aceptable o pésimo. Esto último se daría, por ejemplo, cuando, en lugar de resguardar la libertad, los ciudadanos procurasen su eliminación. La historia enseña que esto es factible; sin embargo, el fenómeno no deja de ser sorprendente.
Es difícil imaginar un hombre que se incline orgullosamente por la esclavitud. Hablo de personas que, sin tener problemas psiquiátricos, ansíen su cautiverio. Perder la posibilidad de actuar con autonomía, sin cargas que impongan el sometimiento a las disposiciones del prójimo, no es un estado ideal. Es verdad que la situación del amo difiere de aquélla protagonizada por quienes acarrean los grilletes o soportan el látigo. En esa relación de poder, como se conoce, una parte podría decantarse por preservar un sistema donde los privilegios que sustentan su mando permanezcan invariables. Con todo, incluso ese ánimo de dominio no parece constituirse en un atributo que, sin importar las circunstancias, nos caracterice. El agotamiento de nuestros días muestra un trayecto que tiene una meta distinta, en la cual los servilismos deberían ser accidentales, involuntarios, trágicos.
Ahora bien, esa libertad puede ser objeto de preferencia o elección. Según Risieri Frondizi, preferir no implica un conocimiento acerca del valor de algo que buscamos. Se trata de un acto que no demanda ningún razonamiento serio, menos todavía profundo; al contrario, puede obedecer a reacciones instintivas. El elector tiene un tipo de actitud que resulta diferente. Antes de adoptar alguna determinación, esa persona discurre sobre su carácter superior, puesto que las otras propuestas quedarán relegadas. Su juicio final será, por tanto, el producto de una deliberación que sea convincente. Así, en su criterio, el simple gusto no es fundamental para orientarlo al respecto ni, peor aún, a los semejantes.
  Si atendemos esa distinción de Frondizi, está claro que preferir la libertad es insuficiente. Cuando el motivo de su escogimiento es tan rudimentario, privado del menor fundamento, no pesaría mucho perderla. Su amparo exige que haya una reflexión capaz de sustentar esa resolución en cualquier campo. Pero tampoco basta con que nos limitemos a elegir ese valor, pues, sin un sistema adecuado para su salvaguarda, nuestra toma de posición puede ser intrascendente. Correspondería, en consecuencia, que complementásemos esa elección con un compromiso: la defensa del liberalismo. Es la derivación razonable de respaldar una línea que sea indiscutiblemente contraria a toda servidumbre. No se halla otra doctrina que nos depare lo necesario para consolidar ese impulso de soberanía, esa propensión favorable a nuestra felicidad. Aclaro que esto no debe ser entendido como una invitación al fanatismo. Los seguidores de esta indeseable calaña no guardan relación con nuestra postura. La condición de hombres libres conlleva también ese deber, propio del sujeto a quien no gobiernan las vísceras.

Nota pictórica. El juego de la morra es una obra que pertenece a Johann Liss (1597 o 1590–1631 o 1627).