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15/1/16

Trascendencia de una breve palabra





Pero hay quien es incapaz de realizar este esfuerzo; hay quien, puesto a bogar en la región de las ideas, es acometido de un intelectual mareo. Ciérrale el paso un tropel de conceptos fundidos los unos con los otros. No halla salida por parte alguna; no ve sino una densa confusión en torno, una niebla muda y opresora.
José Ortega y Gasset


Criticando el estilo de Hegel, caracterizado por las frases oscuras y los razonamientos que parecen haber sido concebidos para mortificarnos, Karl R. Popper censuró a quienes incurren en un "parloteo sin sentido". Así, con claridad, él se decantaba por cuestionar a las personas que, simulando profundidad, construyen frases en donde la lucidez no aparece. Entre otras cosas, esta clase de cavilaciones, casi nada provechosas, suele demandar la construcción de oraciones dilatadas, abundantes, kilométricas. Porque, además del gusto por la confusión, advertimos en esos autores el anhelo de amontonar palabras hasta causar vértigo. Según se observa, existe un patente desprecio por la brevedad, esa virtud que los clásicos estimaron con absoluta justicia. Nunca será superfluo destacar que, en ocasiones, un solo vocablo basta para reflejar nuestras principales convicciones.
Para Camus, la rebeldía no comienza con un ampuloso discurso en pro de los hombres libres. Puede haber gente que, amante del verbo, extenúa su garganta para denunciar injusticias, deplorar a los presuntos explotadores. No niego que todas esas peroratas, cuyos conceptos capitales han sido repetidos en diversas épocas, puedan ser persuasivas. Naturalmente, resulta asimismo posible que sean inútiles para provocar el impacto deseado, empezar un proceso capaz de terminar con la infamia. Por este motivo, se parte de algo más elemental. Desde los tiempos de Espartaco, entonces, siguiendo al autor del libro La peste, iniciaríamos esa lucha contra la opresión merced a un monosílabo: no. Puede haberse mantenido una situación de inmoralidad durante muchos años; sin embargo, aquella palabra origina la nueva realidad o, al menos, algunas alternativas.
Cuando es una manifestación del espíritu crítico, ese par de letras surge tras un análisis profundo y auténtico que realiza quien lo emplea. No pensamos, por lo tanto, en la negativa que llevan a cabo seres caprichosos, sin deseos de luchar contra sus prejuicios, supersticiones e insuficiencias. Es innegable que cualquiera puede pronunciar esa voz, incluso escribirla con letras descomunales, salvo si alguna patología se lo impide. Lo que no todos pueden hacer es sostener esa posición frente a variados detractores. Mas no se debe imaginar sólo al prójimo que rechaza tal postura, pues podemos ser también nuestros propios enemigos. No es infrecuente que alguien se proclame cansado de una situación determinada y, poco después, se retracte, sea expresa o tácitamente. El desafío es ser consecuentes con esa decisión.
Son considerables los momentos trascendentales de la política que fueron marcados por dicho vocablo. Es un invento que los partidarios del poder irrestricto no desean percibir; históricamente, invocándoselo, su estabilidad ha sido dinamitada. Lo que acostumbran ponderar las autoridades, cuando éstas descuellan por sus arbitrariedades, es una contestación tan inmediata cuanto positiva. Para ellos, lo ideal es que sus súbditos -nunca ciudadanos- vivan en una especie de asentimiento perpetuo. Ésa sería su noción de utopía, un escenario donde ningún dictado que lancen sea resistido. Por suerte, jamás desaparecerán aquellos mortales que los contradigan. Gracias a su existencia, este mundo ha contado con sucesos que promovieron sus avances. La desobediencia civil, los movimientos insurreccionales y, por supuesto, las revoluciones son evidencias del beneficio que trae consigo esa gloriosa palabra. Recordemos que su olvido conlleva nuestra sumisión.