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13/2/15

Los opios de la política





Se trata de deconstruir las fuerzas, de descomponerlas, para aniquilar toda veleidad de rebelión.
Michel Onfray


Si bien Karl Marx es conocido por diversas afirmaciones, existe una que causa un impacto mayor. Me refiero a su planteo de que la religión “es el opio del pueblo”. Lo escribió en 1844; pretendía entonces criticar el trabajo sobre filosofía del Derecho que preparó Hegel, un hombre de prosa censurablemente oscura e ingenio superior. Es verdad que, antes del pensador socialista, otros autores, como Heinrich Heine, habían asociado la religión con el opio, permitiendo su cuestionamiento; sin embargo, a partir del protegido de Friedrich Engels, se hizo posible presentarla como una especie de droga que nos adormece y, además, facilita la conservación de un orden injusto. En lugar de promover actitudes que sirvieran para identificar anomalías e intentar su enmienda, esa creencia institucionalizada contribuiría a consagrar la conformidad.
En 1955, Raymond Aron publicó El opio de los intelectuales, una obra que hace recordar la mencionada frase de Marx. Desde su aparición, el volumen hizo que quien lo compuso fuese vapuleado por los adoradores del colectivismo. Su autor sostuvo que el ataque a la religión por favorecer un sistema ilegítimo, pues, en lugar de corregir los males sociales, ayudaría a soportarlos y olvidarlos, pensando en la otra vida, podía ser empleado contra el marxismo. Porque esta ideología había caído en el mismo despropósito: enseñaba a sus fieles la obediencia, evitando cualquier discusión con las autoridades, quienes no tenían inconveniente en instaurar dictaduras. Por ese lado, era ilusoria la emancipación del individuo. Acentúo que, conforme a dicho filósofo liberal, los mitos políticos, la veneración de la historia y los intelectuales alienados suscitaban experiencias totalitarias.
Tomando en cuenta lo anterior, se podría concebir el opio de carácter político como aquella idea, creencia, teoría o doctrina que nos explica dogmáticamente una realidad en la cual estamos llamados a obedecer y, ante cuyos males, no queda sino la resignación. Así, el ciudadano pierde su condición crítica, dedicándose a pensar en las utopías, terrenales o celestiales, que le ofrecen una felicidad en el futuro. Esto se aplicaría en el caso del fundamentalismo religioso, pero también cabe su consideración cuando hablamos de ideologías laicas. En todas estas situaciones, los ciudadanos son reducidos a entes sin juicio propio, instruidos en el silencio, dignos sólo de mandatos. Sus deliberaciones no tendrían sentido, ya que las vacilaciones e interrogantes son absueltos merced a los dictados oficiales. Esas prescripciones serían las que los libran de la molestia del pensamiento reflexivo.
Al renunciar a la crítica del sistema vigente, abandonamos el anhelo de vivir en una mejor sociedad. Permanecer dormidos, suponiendo que los problemas serán resueltos por otras personas, quienes no dudan en cometer excesos, es un absurdo supremo. Lo peor es que muchas personas se vuelven adictas a ese estado, porque hallan grato vivir sin la carga de ser ciudadanos comprometidos, dispuestos a buscar autónomamente respuestas. Para ellos, no corresponde que nos afanemos en alentar al prójimo, despabilarlo, librarlo de sus dogmas y prejuicios. Frente a este desatino, hay que optar por la desintoxicación. En este sentido, no tenemos que cansarnos de señalar aquellas monstruosidades cometidas cuando las personas decidieron justificar su pasividad con algún catecismo, incluyendo los profanos. Es la terapéutica que puede salvar a varios hombres de las opresiones políticas.