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19/12/14

Por una diplomacia que rechace tiranías




Ésta es la máxima esencial que deberá orientar al político moral: si en la consolidación del Estado o en las relaciones entre Estados, hay vicios que no pudieron evitarse, es obligatorio, en especial para los gobernantes, remediarlos tan pronto como sea posible…
Immanuel Kant

La naturaleza no impone a las personas ninguna clase de asociación; cuando esto se consuma, tiene como justificación el más franco e innegable interés. Yo no estoy obligado a relacionarme con alguien que, mediante sus conductas o aun ideas, procura la devastación de condiciones en las cuales me siento a gusto. Anular esa libertad es atentar contra uno de nuestros mayores tesoros; las imposiciones en ese campo son un agravio que no merece la indulgencia. Pese a su importancia, no descarto que, al momento de establecer lazos con los demás, muchos hombres sean dominados por caprichos e impulsos meramente viscerales. Desde su perspectiva, las reflexiones al respecto serían superfluas. El punto negativo es que, procediendo de este modo, nos condenamos a convivir con facinerosos, ilusos y cretinos. En consecuencia, nuestro bienestar demanda que no gestemos ataduras de forma arbitraria. Será siempre útil subrayar que un hombre puede ser estimado de acuerdo con sus elecciones, sean éstas conceptuales o prácticas. Como explicó Sartre, estamos solidarizados con el pasado, sin tener exclusión alguna, por lo que cada una de esas decisiones nos acompañará hasta cuando llegue la hora del fin. Esto vuelve imperioso que no actuemos con ligereza frente a la oportunidad de acercarnos al prójimo. Es una máxima que debe servirnos a todo nivel.
Si bien la diplomacia suele ser un ejercicio refinado del cinismo, una invención relevante para evitar el desprecio violento por lo exótico,  los individuos deben exigir el respeto a ciertos límites. Conceder esa potestad exenta de cualquier trabazón, no sólo legal, sino también cultural, conlleva un peligro mayúsculo. Es que, cuando se permite a un burócrata obrar a discreción, nada loable puede surgir. La regla es que su función se convierta en una satisfacción inescrupulosa de los antojos menos decentes. Aunque nos equivoquemos, se aconseja predecir que aprovechará el menor descuido de sus semejantes para desgraciarlos. Tomadas las precauciones correspondientes, incluyendo la contingencia de un castigo ejemplar, nuestra lidia con esos sujetos se torna más efectiva. Para ello, debemos tener presente lo que funda la convivencia. Me refiero a las convenciones que, por varias generaciones, orientan cuando se intenta un ejercicio de reflexión colectiva. Es lo que hace posible recordar el motivo gracias al cual no promovemos una revolución. El apego por esos puntales teóricos nos inhibe, por tanto, de plantear la transformación radical. Porque toda sociedad organizada, tanto política como jurídicamente, cuenta con valores, principios e ideales que ningún gobernante debería desdeñar, peor todavía contradecir. Ésta sería la columna vertebral de un proyecto que aúna hombres, enlazando voluntades para posibilitar su realización.
Las relaciones de un Estado deben reflejar su defensa del ideario abrigado por quienes lo crearon. Esto implica la existencia de diversos criterios que servirían para justificar un vínculo internacional. En este panorama variopinto, reflejo de intereses que los ciudadanos aprecian al realizar sus distintas actividades, se aconseja no desatender ningún enfoque. No obstante, si se pide priorizar alguno, merced al que resulte determinante la celebración de un acuerdo, debe pensarse en términos ideológicos. Acontece que, conforme a esta óptica, no corremos el riesgo de ser cautivados por placeres tan materiales cuanto fugaces. Quienes apuestan por una diplomacia fundada sólo en convenios de tipo económico, relegando las otras especies, incurren en un disparate descomunal. Siguiendo este rumbo, se llega al extremo de cambiar creencias y perder dignidades solamente por recibir migajas. No se trata de reivindicar un moralismo riguroso; el desafío es acentuar que hay contactos inconciliables con una sociedad. Empleando esta lógica, mientras nos topemos con culturas que, por medio de sus rectores, celebran ruindades e incitan al abuso, debemos elegir el distanciamiento. Como sucede con los individuos, un Estado será objeto de censura por no tener problema en propiciar esas alianzas.  
Son varias las naciones que, a través de sus ciudadanos, hicieron posible que avanzáramos. Aun cuando los heraldos del posmodernismo lo nieguen, advertimos una evolución que abona un optimismo mesurado. Sin embargo, por sus aportes a la consolidación de un orden liberal, Estados Unidos merece una estima especial. No se ignoran las sombras que tiene su historia; hasta en esas tierras propicias para la prosperidad, los oprobios se han presentado con fuerza. El mérito está en no haber abandonado la lucha contra las injusticias, una contienda que nunca tendrá fin. Es lo que mandan sus postulados, pero que, por desgracia, algunos estadistas se resisten a considerar. Esto se demuestra con las tontedades que se cometen en el ámbito de la diplomacia. Pasa que la proeza de ese país es mancillada cada vez que se asocia con regímenes tiránicos, desde China hasta Cuba, contrarios a sus principios elementales. Las personas que forjaron esa idea de nación, fundamental para el progreso del mundo occidental, veneraban la libertad. Aun la felicidad, patrocinada por Thomas Jefferson, uno de sus notables gobernantes, se concibió en conexión con ese valor. En este sentido, ni siquiera pretextando un alivio momentáneo, no es admisible que se lo transgreda. Proceder de manera contraria es un insulto a quienes, en diferentes épocas, salvaguardaron esa tradición. Su propósito era pugnar por una realidad sin despotismos.