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27/12/14

La vigencia del melgarejismo





¿Creéis que el Melgarejo del sexenio hubiera sido lo que fue si en todas las frentes hubiera leído la reprobación, si en todas las miradas hubiera visto el destello de la indignación, y si en todas las conciencias hubiera adivinado el anatema?
Thajmara


Al revisar la historia de Bolivia, como, en general, pasa con aquélla que pertenece a naciones del Tercer Mundo, uno encuentra gobernantes pintorescos, dicharacheros, cómicos, aunque también sanguinarios, monstruosos y preponderantemente perjudiciales para sus conciudadanos. Con seguridad, en ese campo, la monotonía no es una de las características primordiales. Ningún individuo que osara resumir el pasado sufriría por ese problema conocido como aburrimiento. Pero el precio de tal peculiaridad es elevado, pues, mientras más llamativas sean las autoridades, mayores serán los desbarajustes e insensateces que produzcan. En este orden de razonamiento, resulta preferible el tedio que traen consigo hombres sin atributos espectaculares, esa gente con la cual es posible una convivencia civilizada. Seguir un camino distinto nos coloca en una situación de alto riesgo. Como sucedió en diversas oportunidades, podemos hallarnos bajo el dictado de bufones, cuya imprudencia conduce a la miseria. Vale la pena indicar que, como, en política, no existe circo eterno, esas ocurrencias se convierten en ataques a quienes contradicen al régimen. Llega entonces la hora de presenciar abundantes bestialidades que son perpetradas en nombre del autócrata. Resumiéndolo, salvo escasas excepciones, no se halla líder carismático que, cuando alcanza el poder, promueva la instauración de un sistema en donde sean factibles las discusiones en libertad.
Por las incontables difamaciones que recibió, Mariano Melgarejo Valencia se destaca en la lista de políticos dignos del oprobio. Las razones para su desprestigio son tantas que sus apologistas sólo tienen cabida en un escenario donde la demencia sea corriente. Apunto que, al lanzar esta condena, no pienso en sus declaraciones ingeniosas, porque muchas me parecen poco creíbles; recuerdo los despropósitos administrativos y las agresiones cometidas durante su presidencia. No hay hipérbole al asegurar que fue un cretino de alto vuelo. Con todo, pese a sus defectos bastante conocidos, ese sujeto rigió los destinos de un país desde 1864 hasta 1871. No tuvo una estadía fugaz en Palacio Quemado; al contrario, comparado con los demás, es uno de los que, desde la perspectiva del tiempo, merece un trato privilegiado. Por este hecho, que no es menor, se despiertan preguntas acerca de su permanencia. Es que, si bien, recurriendo a la fuerza, se puede consumar un derrocamiento, ésta no sería suficiente para conservar el poder. Se hace preciso que otro elemento de importancia, la voluntad del ciudadano, tenga asimismo vigencia. Esto significa que, aun cuando el terror ejercido por su Gobierno fue grande, no faltaron las personas dispuestas a respaldarlo. Sin ese sometimiento, esa comodidad con el despotismo, los años de su mando son inexplicables.
En 1916, don Alberto Gutiérrez publicó la obra El melgarejismo antes y despúes de Melgarejo. Varias de sus páginas invitan a reflexionar, con seriedad, sobre la política en esta nación. No obstante, el capítulo siete justifica una meditación especial. En ese apartado, el autor trata de responder por qué alguien como Melgarejo gobernó durante seis años. No se busca una respuesta para enjuiciar a la sociedad de su tiempo; es más, hasta podría prescindirse del mencionado tirano. Lo que se intenta es entender el apoyo brindado a un proyecto autoritario, populista y bárbaro. Resalto que, según ese gran intelectual, una de las causas capitales es el oportunismo. Acontece que, para cuantiosos mortales, la civilidad de un gobernante es irrelevante. No tendría sentido reivindicar el imperio de la ley ni, peor aún, precepto moral alguno. Lo único que consideran es la utilidad del dictador. Sólo cuando éste no sirve a sus intereses, enviándolos al exilio o privándolos del puesto con el cual se enriquecían, son desencadenadas las críticas. Caído el caudillo, sin ninguna demora, se ofrecen al sucesor, prometiendo lealtades que nunca cesarán. Esa índole de actitudes hizo que los cuestionamientos no fuesen uniformes, retardando el exterminio del régimen. Está claro que no son pocos los hombres a quienes les preocupa exclusivamente su fuente de riquezas, por la cual eliminan cualesquier escrúpulos.
El citado opresor del siglo XIX mandó durante un sexenio; sin embargo, su práctica de la política no desaparece hasta hoy. Es imposible señalar una sola época en la que los oportunistas hubiesen sido proscritos del manejo de las cuestiones públicas. Ellos son los que trabajan para elogiar al tirano, justificando sus abusos con absurdos y fantasías del peor tipo. Nada es descartable si hace viable la tutela del gobernante. Salvarlo es prolongar la satisfacción de las necesidades individuales. Pueden actuar a título personal o grupal; lo fundamental es alimentar la sumisión al orden que impera. Para ello, se pregonan mentiras ya voceadas en el tiempo de Melgarejo, tales como los beneficios que, merced a él, reciben las clases populares. Porque la demagogia, junto con los consecuentes derroches, es un medio que asegura todavía el encantamiento de incalculables semejantes. Levantado el altar, cabe la veneración y las luchas que se deben librar en su favor, liquidando opositores, partidos e instituciones. No debemos olvidar que, por regla general, el populismo tiene como principal acompañante al autoritarismo. Ese discurso en pro de las mayorías menos afortunadas motiva simultáneamente los embates contra el que impugne sus medidas, incluso cuando las voces disidentes son multitudinarias. Pasó hace 150 años, evidenciando todos sus males; empero, la realidad nos muestra que su repetición no conoce del hartazgo.