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15/11/14

Tributo a una biblioteca envidiable





Mi vida ha sido de un estilo no solo periclitado sino ya casi incomprensible, porque sus acontecimientos mayores no fueron revoluciones o amoríos sino el hallazgo de ciertos libros y el descubrimiento de unos cuantos autores.
Fernando Savater

En sus memorias, tituladas Mis años de aprendizaje, Hans-Georg Gadamer escribe sobre personas a quienes trató cuando era universitario y con las que reconoce cierta influencia. Además de resumir idearios, él aprovecha la ocasión para recordar algunas particularidades que tuvieron Martin Heidegger, Gerhard Krüger, Karl Löwith, entre otros mortales. Con cada uno, hallamos razones para no despreciar sus obras, pues, aun cuando admitieran críticas, contribuirían a nuestro crecimiento. No obstante, subrayo la evocación de un profesor que enseñaba en Heidelberg. Me refiero a un intelectual que, semanalmente, visitaba la librería Koester para conocer novedades. Tenía en el lugar hasta un asiento que lo aguardaba; tras situarse allí, las horas pasaban mientras agotaba una verdadera montaña de libros. Yo he pensado en este notabilísimo lector, mi estimado Karl Jaspers, cuando tuve la fortuna de revisar, durante varios días, la biblioteca del filósofo Manfredo Kempff Mercado. Es tan grande y genuina la dicha causada por su conocimiento que no puedo sino hablar al respecto. Anuncio que usaré esta oportunidad para reflexionar, así sea con brevedad, acerca de sus autores predilectos.
Tal como lo ha expresado Marcelino Pérez Fernández, José Ortega y Gasset fue un filósofo que influyó en las ideas de don Manfredo. El apego a este razonador se nota en los libros que componen su biblioteca. Muchos de los títulos que escribió el autor de La rebelión de las masas fueron analizados por nuestro pensador. El raciovitalismo, esa propuesta filosófica que, según José Ferrater Mora, Ortega hizo en la tercera y última etapa de su pensamiento, ha dejado huella en el de Kempff Mercado. Esto mismo sucedió con diferentes filósofos en Hispanoamérica. La presencia en Argentina del amigo de Julián Marías, cuyos textos se hallan presentes en el acervo que comento, sirvió para consolidar lazos de afecto y meditación. Destaco que otros españoles, como Manuel García Morente y Juan David García Bacca, merecieron asimismo su consideración. Por supuesto, como pasa en estos casos excepcionales, no es la única persona que recibió un trato privilegiado.
La predilección por Max Scheler se advierte con facilidad. Manfredo Kempff Mercado ponderaba diversos juicios que vertió ese meritorio teórico de los valores; empero, encontraba motivos para cuestionarlo. Al margen de ello, el lector conservó diversos títulos, resguardándolos de los sinsabores y comprensibles pérdidas del exilio. Si bien hay distintos libros, uno se siente más que complacido al encontrar los dos tomos de Ética, editados gracias a la Revista de Occidente, esa magnífica empresa intelectual. A propósito, como se esperaba en un pensador que no era nihilista, menos aún indiferente frente a los males del mundo, esa rama de la filosofía cuenta con diversos volúmenes en la biblioteca. Moore, Baruch Spinoza y López Aranguren son tres de los autores que tienen allí su espacio; con seguridad, leerlos generó numerosas e importantes meditaciones. Es razonable que un hombre tan íntegro como él no hubiese prescindido de las reflexiones morales ni, peor todavía, evitado actuar conforme a tales deliberaciones. Estimo que sus cuantiosos escritos de Jean-Paul Sartre son también idóneos para revelar esa inclinación.
Quien habló también de la ética y ganó su atención fue Risieri Frondizi. En este caso, el lector tuvo la dicha de ser amigo del autor, alguien a quien apreciaba con franqueza. Preocupado por las ideas en Iberoamérica, al igual que comprometido con la realidad política, ese maestro produjo textos que nos incitan a filosofar, pero desde una perspectiva regional. Resalto que, como ha opinado Kempff Mercado, ello no implicaba el aliento de patrioterías, exotiqueces y otras tonterías que han sido elaboradas para atacar a la civilización occidental. Obviamente, habiendo alcanzado en vida renombre internacional, no tuvo sólo ese lazo de relevancia. Esto se refleja en las dedicatorias que le regalaron Guillermo Francovich, Augusto Pescador y Francisco Romero, por citar algunos ejemplos. En cuanto a Romero, creador de diversas obras que fueron consumidas por nuestro filósofo, cabe señalar la estrechez del vínculo. La correspondencia entre ambos es una prueba categórica de que, cuando existen coincidencias intelectuales, aunque no sean plenas, las amistades ganan esplendor. Un motivo adicional para conocer ese legado que, por decisión de los familiares, ya se ofrece a quienes gustan del pensamiento en Santa Cruz.