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21/11/14

El inaguantable paraíso de los degolladores





Una de las contradicciones fundamentales del relativismo cultural consiste en que el respeto a las culturas ajenas, el reconocimiento del otro, lleva inevitablemente a admitir culturas que no reconocen ni respetan al otro.
Juan José Sebreli

La historia está sobrecargada de hombres que celebraron el aniquilamiento del prójimo. En muchas ocasiones, el festejo por esa eliminación ha sido solitario; sin embargo, la modalidad colectiva nunca dejó de castigarnos con su presencia. No aludo a muertes que se producen cuando las personas optan por la guerra, ese invento tan extremo cuanto indispensable para resguardar condiciones mínimas de civilidad. Es que no todos quienes participan en un conflicto bélico ansían la extinción del contrario; una obligación, a menudo cuestionable, ha puesto en ese jaleo a individuos con reservas al respecto. Descarto, pues, a ese tipo de combatientes para ilustrar mi afirmación. Lo que imagino, cuando formulo esa opinión, es un escenario en el cual hay sujetos dispuestos a justificar cualquier ensañamiento para conseguir la imposición de sus dogmas. Según esta óptica, la persuasión no se origina en discusiones abiertas, ya que sus verdades serían incontestables. El recurso de la dialéctica en este campo resulta ilusorio. El medio del triunfo ideológico es la violencia. Las equivocaciones de los demás son puestas en evidencia gracias a su deceso. De esta manera, encontramos gente que siente auténtica complacencia cuando toma un cuchillo y acaba con el semejante. No hay pesar, sino la satisfacción de contribuir a que sus ideales homicidas se hagan realidad.
Si bien los entusiastas de las masacres no han desaparecido, su rechazo acompaña el progreso del mundo. No desconozco que nuestro avance haya tenido dificultades, así como retrocesos; es un despropósito divulgar hechos inexistentes como ése. La marcha que se inició hace miles de años ha sido ardua, pero, afortunadamente, provechosa para quienes aprecian la libertad. Este tránsito ascendente puede ser notado merced a diversas conquistas. La censura del celebrador de crueldades antihumanas refleja un adelanto que no debemos desamparar. La noción de dignidad, reconocida como criterio universal que sirve para desaprobar conductas, vuelve imposible su aceptación. Esta resistencia se hace mayor cuando el amante del encarnizamiento trata de motivar sus acciones con argumentos éticos, ideológicos o religiosos. Tiene que parecernos troglodita el fundar perversidades en ideas de esa índole. No defiendo la indiferencia; por el contrario, estoy convencido de que un hombre sin convicciones profundas destila imbecilidad. El punto es que ni siquiera la salvaguarda más firme debe implicar nuestra deshumanización. Si rebasamos ese límite, forjado por el esfuerzo de generaciones que nos precedieron, nada grato puede ocurrir. Será entonces la fuerza el árbitro que dirima nuestras disputas, condenándonos a una pugna perpetua en donde los razonamientos no tengan cabida. Por consiguiente, no cabe realizar concesiones que menoscaben ese logro.
En 2004, indignada todavía por los ataques a las Torres Gemelas, Oriana Fallaci lanzó un libro que, desde su perspectiva, defendía al mundo occidental. El volumen, titulado La fuerza de la razón, es un alegato contra los fundamentalistas del islam. No se trata de un panfleto, aunque el estilo es incendiario, patentizando esa marca que caracterizó a su autora. Son páginas que muestran cómo un proyecto de vida en común peligra por una tolerancia excesiva. En nombre de este valor, primordial para terminar con las teocracias, se han vetado cuestionamientos sobre genuinas barbaridades que son perpetradas a diario. Tendríamos el deber de abstenernos a criticar las atrocidades cometidas por sus representantes, pues hacerlo revelaría prepotencia. Correspondería la contemplación de cualesquier agresiones, sean verbales o físicas, que afecten a quien no halla indignante ese proceder. Mas perder el derecho a juzgar lo que hacen los otros, aun cuando presuman de comunicarse con sus dioses, se constituye en una estupidez superlativa. Es inaceptable que se impida el reproche de esas abominaciones. Su pretensión de instaurar un orden que consagre la sumisión, sancionando a disidentes, contradictores o herejes debe ser aborrecida. No propugno el inicio de una cruzada en favor del laicismo; lo que subrayo es esa cobardía expuesta por nuestro silencio.
Yo pienso que las creencias de un degollador no merecen respeto. Ninguna concepción sensata de la tolerancia me obliga a tener otra postura. No me importa que, supuestamente, mediante prácticas de tal calaña, asciendan a los círculos más elevados del firmamento. Nadie está prohibido de abrigar ilusiones que sean reprobadas por sus contemporáneos; en ese campo, la libertad se sobrepone al imperio del censor. No obstante, cuando esos delirios están secundados por las brutalidades, impidiendo debates en favor del sometimiento más salvaje, es necesario reaccionar con firmeza. Frente a esos peligrosos absurdos, no se admite la excusa del relativismo. Es una posición estúpida, además de letal, que no debe consentirse. Las polémicas para rebatir sus postulados son urgentes; el veto de la corrección política tiene que levantarse, pues sus restricciones amenazan con amargarnos por largo tiempo. Por lo tanto, despojándonos de diplomacias perjudiciales para el acceso a la verdad, tomemos la palabra y denunciemos las atrocidades que procuran pulverizar una sociedad en donde los hombres pueden ser autónomos. Esas utopías que cortan cabezas para preservar sus premisas, subyugan a mujeres con el propósito de conservar un régimen cavernario, entre otras necedades, no tienen por qué observarse sin una mirada crítica. Abstenernos de hacerlo, incluyendo la omisión ante actos violentos, es un camino seguro al suicidio.