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22/8/14

Desacralización de los movimientos sociales





…la gran lección de la historia es que no se ha aprendido la lección de la historia.
Aldous Huxley

Ningún Estado se justifica si no sirve para satisfacer las necesidades de los hombres que lo constituyen. Esto implica que, cuando hay democracia, los gobernantes tengan que hacer lo posible por atender sus pedidos. Es verdad que, a veces, las exigencias del ciudadano pueden ser excesivas, impidiendo la ejecución de una solución inmediata. No obstante, las autoridades tienen la obligación de formular y, además, aclarar los motivos que obstaculizan ese avance. Se lo deben al individuo, a esa persona que, aunque no tenga gremio alguno, merece su respeto. No se ignora que, de modo circunstancial, el prójimo pueda unirse a otros, presentando demandas al sector público e intentando luego su atención. Lo que jamás se perdona es olvidar el carácter superfluo del número de reclamadores. Idealmente, las quejas individuales no deben tener una dignidad menor a la del requerimiento que presentan dos o más mortales. En ambos casos, estamos frente a un mismo tipo de interpelación al que ejerce una función burocrática. La desgracia es que nos subyuga otro entendimiento. Demasiada gente cree que, si está sola, no vale un céntimo. Muchos sujetos están convencidos de que, cuando no se amenaza con acciones masivas, revoltosas, caóticas, las respuestas serán negativas. Con certeza, esa creencia es el origen de inmensas catástrofes.
La divinización del grupo tiene como único perdedor al individuo. Si hubiere justicia o, por lo menos, sensatez, cualquier asociación de hombres tendría que considerarse inferior a sus miembros. Cada uno de ellos es quien le otorga vida, permitiendo su existencia, así sea ficticia, en este mundo. Pero encontramos hombres que les atribuyen prodigios, principalmente de índole revolucionaria. Yo pienso que, cuando nace una multitud, llega el momento de aguardar descomunales absurdos. Es que la racionalidad no se asienta en los mortales propensos al amontonamiento. Tampoco, mientras impere la turba, debemos esperar que se acepten los llamados a rechazar las agresiones, pues su naturaleza reclama violencia. De esta manera, reñidos con la lucidez, se levantan para instaurar un orden que les resulte grato. La política más dañina es aquella que se rinde a sus antojos. Por los previsibles estropicios que causa, corresponde oponerse a esa tendencia. No se trata de prohibir el derecho a relacionarse con los demás; la cuestión es que, durante mucho tiempo, hallamos sólo sus peores criaturas. Claro que, en una época que celebra las rabietas plebeyas, esto es alabado por los críticos del sistema favorable a la libertad. Es la lógica de las personas que, sin pudor, se decantan por ensalzar a los movimientos sociales.
No es casual que sus principales teóricos sean portavoces de la izquierda. Esos pensadores han fomentado la pérdida del protagonismo de sindicatos y partidos para endiosar la vía, fácilmente criticable, de los movimientos sociales. Porque esos grupos están impulsados por convicciones que se dirigen contra las diferentes manifestaciones del liberalismo. Dejando de lado sus fundamentos artificiosos, lo categórico es que son una ruta contemporánea para materializar la pesadilla del colectivismo. No se alude a sectores que procuran la realización de una obra determinada, modificaciones al plan gubernamental, aun reformas del régimen jurídico. Sus componentes aspiran a consumar cambios estructurales en relación con la distribución del poder. Las acciones públicas que llevan a cabo cuentan con ese cometido. Fracasados los otros agentes que tenían el fin de gestar la revolución, se presentan estos fenómenos para fastidiar a quienes cuestionan las boberías del socialismo. Pueden permanecer callados cuando rige los destinos de un país alguien adicto a esas barbaridades; empero, tras producirse la sustitución del Gobierno por uno asentado en lo racional, comienzan las confabulaciones, los bullicios, esa caprichosa insurrección que suele distinguirlos. Saben que, enfrentándose a un régimen democrático, sus abusos no provocarán crímenes similares a los perpetrados por sus camaradas en el siglo XX. Aprovechan esas restricciones, edificadas por hombres de bien, para forzar el acceso al desconcierto.
 El amparo de la modernidad exige que nos rehusemos a venerar las multitudes. Luchar contra su enaltecimiento es resistirse a reconocer la victoria de las hordas que, cíclicamente, buscan el retroceso. Entretanto deseemos un orden apoyado en la razón y los sentimientos elevados, se requerirá de nuestro patrocinio más firme. No importa que, desde hace varios decenios, se proclame la muerte del hombre autónomo, ilustrado, occidental. Sus detractores son las mismas personas que, en nombre de ilusiones igualitarias, se esforzaron por borrar toda huella de humanismo, esa corriente nacida para reivindicar nuestro valor como seres singulares. Al distanciarnos de esta línea, peor todavía cuando se intenta su contradicción, el único destino que debe aguardarse es la infamia. Las sociedades que se han basado en ese afán nos dejaron miserias a granel. Las abstracciones ligadas a sus utopías, al igual que los conglomerados llamados a concretarlas, sin interesar su cantidad, avanzan en desmedro de quienes no adoramos la servidumbre. Pueden recurrir a palabras dulcísonas, gritar que persiguen la liberación de oprimidos, incluso cuestionar al Estado por sus conocidas perversiones; sin embargo, los móviles se mantienen inalterables. Es que, detrás de una movilización promovida por sus defensores, se descubrirán siempre ansias de acabar con las libertades. Vale la pena tomar consciencia de aquello.

Nota pictórica. La rebelión es una obra que pertenece a Käthe Kollwitz (1867-1945).