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17/4/14

Siglo y medio de Weber, un gladiador intelectual





Los verdaderos filósofos son, en cambio, identificados con el médico. Como éste, utilizan el bisturí –en este caso el pensamiento– para realizar la disección de los valores de su tiempo. No son justificadores de valores preexistentes, sino son legisladores, creadores de valores.
Julio Pinto

Los aportes a la ciencia no son incompatibles con el compromiso intelectual. Suponer que un académico deba eludir las polémicas en el ámbito público, así como los cuestionamientos al gobernante, no es sino una imbecilidad. Se trata de hombres que, en general, tienen una irrefrenable inclinación a concebir explicaciones, pero también se rinden ante la tentación de formular nuevas preguntas. No reconocen ningún terreno que sea infértil para las indagaciones; tampoco, estando la soberanía entre sus virtudes, admiten los frenos al impulso crítico. Libres para investigar, tienen asimismo esa condición cuando llega la hora de lanzar juicios acerca de su realidad. No importa que muchos de sus colegas prefieran el aislamiento del despacho universitario, esa serenidad obsequiada por medios en los cuales la pasión es deplorada entre quienes están a gusto con su entorno. Esto no quiere decir que deban relegar su trabajo teórico para dedicarse solamente a las movilizaciones; la concentración en un solo espacio sería un imperdonable desperdicio. Lo que se rechaza es el empleo de las labores científicas como excusa del desdén por la política. Tenemos la suerte de contar con diversas personas que obraron conforme a esta convicción. Ellos se han resistido a los discursos sin exhortaciones, al esfuerzo carente de momentos que avivan nuestro ser. La civilización nunca dejará de agradecer su osadía.
Max Weber, pensador que nació en abril del año 1864, fue un autor capaz de reunir el rigor del investigador con la efervescencia política. Las páginas que compuso son una demostración irrebatible de ambas facetas. La vida lo reflejó hasta el final, acaecido en 1920. Su existencia estuvo lejos de ser tranquila. Con 50 años encima, participó en la Gran Guerra, proclamando después la urgencia de cambios estructurales. Un trauma familiar interrumpió su ejercicio del profesorado en la universidad por varios años. Por cierto, aun dentro del campus, consecuente con su espíritu autónomo, fue renuente a tener discípulos. Tanto en sus disquisiciones sociológicas, históricas, económicas, como cuando tomaba posiciones políticas, uno encontraba a un hombre que lo hacía solo. Era un individuo que se movía por la pretensión de entender el desarrollo social, pero, simultáneamente, procuraba una transformación esencial. Por consiguiente, hallamos a una persona que realiza sus pesquisas, actuando con rigor; al mismo tiempo, plantea modificaciones de naturaleza cultural. No se siente satisfecho con la descripción de un fenómeno; al igual que Nietzsche, ansía que haya nuevos valores. Porque, tal como lo evidencian sus razonamientos, la ética se convirtió en uno de los temas que le merecieron mayores atenciones. Subrayo que concedió bastante importancia a los dictados morales. Es indudable que el arte de vivir lo tuvo como un notable baluarte.
Defensor del individuo autónomo, aquél que toma sus propias decisiones y no admite ninguna clase de absorción, Weber fustigó la burocratización entonces vigente. Le preocupaba que, en el desencantamiento religioso del mundo, la racionalidad invadiese todas las dimensiones de nuestra existencia. Es oportuno acentuar que sus observaciones no se circunscribieron a los funcionarios civiles, sino también al conjunto de quienes componen las fuerzas armadas. Debido a su desastrosa participación en el conflicto que se inició en 1914, los militares no le resultaban dignos del elogio. Una de las críticas giraba en torno a su condescendencia con los desatinos del emperador Guillermo II. En lugar de oponerse a sus caprichosas disputas con Reino Unido, alentaban esos desvaríos, suponiendo que nada segaría los privilegios otorgados por el régimen. No se deseaba la irrupción de elementos que fuesen discordantes con esa línea. Era indispensable luchar contra ese sistema de carácter totalitario, respaldado por terratenientes y comerciantes que no tenían inconveniente alguno en ofrendar su libertad. Con este objetivo, hallaba necesario instaurar el parlamentarismo, puesto que dicho sistema permitía regir, de mejor manera, los asuntos del Estado, impidiendo abusos burocráticos y gubernamentales. Lo fundamental era limitar ese poder que, forzosamente, debe ejercerse en nombre del conjunto de la sociedad para tener una convivencia pacífica.
Uno de los ataques más provechosos que hizo Weber tiene como blanco a las élites. Lo resalto en la última parte de esta reflexión, pues los males identificados por ese intelectual continúan afectándonos. Censuraba que, satisfecha con los beneficios dispensados por el poder, la burguesía no tenía interés en impulsar una modernización política. No había consciencia de clase; salvo excepciones individuales, las pretensiones de tomar la dirección del Estado eran inexistentes. Sus miserias y cobardía engendraban la necesidad de tener un líder carismático que, respaldado por los ciudadanos, promoviera reformas culturales. No se hallaba otra forma de romper con el conservadurismo de esos sectores. Lo lamentable es que, cuando ha sido aplicada, esa receta trajo consigo catástrofes superlativas. A lo sumo, luego de un combate circunstancial, cambian los cortesanos, manteniéndose intacto el sistema. En cualquier caso, su designio de terminar con esa casta es meritorio. Será siempre positivo que alguien tome la palabra y proponga el fin del servilismo. Yo pienso que, para evitar despotismos, todos debemos participar en ese cometido. El liderazgo o, mejor aún, la conducción tiene que ser un tema de menor interés. Son las ideas, en lugar de los sujetos, aquéllas que posibilitarán la emancipación del ser humano. Se aconseja que dejemos de resucitar redentores.