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11/4/14

El provecho del sadismo sin sexo




Apoyadas por el sentido común (es decir, la opinión de todos los demás), nuestras creencias nos parecen tan bien fundamentadas, de hecho evidentes, que por lo general nos abstenemos de indagar su validez.
Zygmunt Bauman

Las condenas morales de una época deben estar siempre abiertas al debate. Siendo la falibilidad una característica del ser humano, no corresponde que descartemos el error al momento de censurar un comportamiento. Entiendo que hay casos en los que, por su manifiesta maldad, las dudas parecen sobrar; sin embargo, la situación no se presenta indefectiblemente con esa contundencia. Convencidos de que buscar la verdad es una tarea inagotable, cabe actuar con firmeza, pero nunca rehusarse a las discusiones, reconsideraciones o autocríticas. Siguiendo esta línea, todos los juicios que, en diferentes ámbitos, fueron realizados por personas pueden ser objeto de cuestionamientos. Así, como las normas que rigen la conducta suelen variar con el tiempo, las recriminaciones del pasado podrían perder sustento, permitiendo una reivindicación de quien fuera sancionado en su nombre. Con certeza, si revisamos la historia, encontraremos numerosos semejantes cubiertos por la infamia, pese a que, para instituir el desprestigio, casi nadie reflexionó sobre su pensamiento. La regla es que los grupos conservadores, indispensables para penalizar inmoralidades, se limiten a dictar sentencias que sobresalen por las simplezas. Lo bueno es que, una vez acabado el poder que ejercen esos correctores del prójimo, resulta posible absolver a sus víctimas.
Dos siglos después de su fallecimiento, Sade cuenta con una mala reputación que es infernal. Probablemente, desde una óptica moral, ningún autor provoque la reacción inmediata y adversa que ocasiona. Se ha escrito tanto sobre sus excesos de índole sexual que, en resumen, al pronunciar su nombre, no debe aguardarse sino la indignación. Es el logro de los hipócritas que acostumbran imperar en ese campo. En su criterio, era forzoso que un libertino, alguien decidido a perseguir el goce sin sentir escrúpulos, fuese inmortalizado como una persona despreciable. El problema es que esas actitudes impiden el análisis de su obra. De esta manera, nos han legado prejuicios, vaguedades y rótulos que son insuficientes para valorar un pensamiento. Porque, conviene aclararlo, ese escritor maldito no se limitó a componer páginas pornográficas; forjó asimismo ideas que merecen las atenciones de quienes, libres de dogmatismos, se interesan en el razonamiento. Tras llevar a cabo esa singular aventura, tengo la convicción de que sus observaciones filosóficas, así como las apreciaciones en torno al mundo político, son dignas del estudio. Esto no significa que haya tenido la razón en sus diversas opiniones; como pasa con cualquier otro mortal, no ha estado exento de formular conceptos errados. Lo importante es que se ose su lectura, pues, mientras nos gobiernen los preconceptos, perderemos la oportunidad de crecer gracias al análisis de las meditaciones ajenas.
Nuestro condenado filósofo pensaba que únicamente la naturaleza debía regirnos. Los acuerdos de las personas, plasmados en leyes o códigos morales, no tenían sentido frente a esa realidad. Era inaceptable que, bajo la égida de las regulaciones sociales, se castigaran los impulsos del hombre, porque lo instintivo debía ser promovido sin restricción alguna. Hasta la punición de los delitos sería infundada, ya que obedecerían a esa lógica. La raíz de tales nociones se halla en La Mettrie, pensador que fue valioso para defender ese desenvolvimiento natural del sujeto. Aunque sus apreciaciones sirven para no glorificar las convenciones de cualquier era, presentarse como mero esclavo del instinto es cuestionable. No encuentro favorable que un sometimiento irrestricto sea celebrado. Si somos libres de rebelarnos ante las normativas que procura imponer la sociedad, no lo hacemos para perder luego, con cierta complacencia, esa condición. La existencia de un orden o caos natural, en el cual Dios estaría ausente, no tiene que implicar nuestra eliminación. Con todo, esos planteos del marqués de Sade, al igual que su ateísmo originado en D´Holbach o el apego a Helvetius y su negación del individuo virtuoso, son útiles para intentar un acercamiento a la verdad. Resalto que su materialismo puede aún librar contiendas intelectuales.
Por otro lado, en política, Donatien Alphonse François de Sade criticó las instituciones que consideraba reaccionarias. Atacó al clero por sus privilegios, mas también a la nobleza, sector al cual pertenecía. Influido por Voltaire, contribuyó al aniquilamiento del despotismo. Salvo una curiosa carta en la que propone al rey Luis XVI retomar el poder gracias a un mandato de los súbditos, su predilección por el republicanismo fue clara. Estaba seguro de que era lo más compatible con la naturaleza; por ende, un régimen distinto debía ser rechazado. Subrayo que, para zanjar los asuntos públicos, confiaba en la democracia; no obstante, su apuesta era por una modalidad preponderantemente directa. Como los representantes políticos no le causaban simpatía, opinó que se debían ocupar sólo de proponer proyectos legales, incumbiendo su aprobación a los ciudadanos reunidos en asambleas. A propósito, él creía que la sociedad civil cumpliría un papel ejemplar. Además, para evitar el retorno del reino de la violencia, propugnó que no se financiara una guardia citadina. Estimó entonces que, alegando la protección de los avances republicanos, podría fundarse un sistema signado por el militarismo. Teniendo presente lo anterior, queda claro que sus reflexiones relacionadas con ese terreno tampoco justifican el menosprecio. Quizá, en lo venidero, el sadismo sea concebido como una invitación a las discusiones teóricas.

Nota pictórica. El grabado que muestra a Napoleón Bonaparte cuando arroja el libro Justine o los infortunios de la virtud, controvertida novela de Sade, es una obra que se atribuye a Cousturier.