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29/8/13

Debilidades y enemigos de la democracia




Desde la Antigüedad clásica se sabe que, bajo ciertas circunstancias, los regímenes democráticos pueden degenerar y convertirse en sistemas autoritarios. En cambio una genuina democracia está basada en factores argumentativos y deliberativos, y estos últimos no son el fuerte del actual modelo civilizatorio.
H. C. F. Mansilla

Tal como lo precisa Ferran Requejo Coll, el prestigio de la democracia es un fenómeno que puede considerarse reciente. Desde que, en el siglo V a. C., Herodoto usó esa palabra para referirse a la organización política de Atenas, reinante tras las reformas consumadas por Clístenes, sus críticos han sido numerosos. En efecto, durante las diversas épocas, encontramos personas que censuraron esa construcción. Platón, Thomas Carlyle y Jorge Luis Borges son apenas tres de los cuantiosos individuos que no la estimaban digna del afecto. En muchas oportunidades, la historia nos ha mostrado que ese tipo de regímenes puede ser destruido por elementos externos, pero también corrompido como consecuencia de cuestiones propias de su naturaleza. Esto justifica, en suma, hablar de los enemigos e insuficiencias que, a distintos niveles, tienden al aniquilamiento del sistema glorificado por Pericles. Quizá estos razonamientos sirvan para evitar el surgimiento de problemas superiores entre los hombres.
Según las enseñanzas del filósofo Raymond Aron, la democracia es un régimen que tiene una esencia inestable. Lo anoto porque éste es un atributo que puede ser perjudicial para su vigencia, constituyéndose en una de sus debilidades. Sucede que, cuando se trata de un orden democrático, a diferencia de lo acontecido en una dictadura, la paralización es imposible. Habrá siempre sujetos que tengan demandas insatisfechas, quejas sin finitud, por lo cual perseguirán el poder –o sólo cambiar al gobernante– para terminar con sus necesidades. Tomando en cuenta que, por principio, todos están facultados para acceder a la competición democrática, esto puede generar disputas intensas, perturbándose el funcionamiento de las instituciones. Son deseables, pues, las protestas del ciudadano; sin embargo, cuando rebasan los límites fijados por la racionalidad, resultan dañinas para todos. Ello se vuelve más patente cuando los reclamos son contrarios a las mismas bases que conforman la estructura y los derechos elementales. Salvo que estemos frente a un déspota, no corresponde alentar una oposición radicalmente desestabilizadora. Con seguridad, fuera de este caso, es saludable que rechacemos las invitaciones al caos.
Por otro lado, debido a que, para sobrevivir, la democracia depende del rango cultural de los ciudadanos, cabe advertir aquí una fragilidad. Pasa que, si la mayoría se decantare por alguna fórmula totalitaria, ese régimen sería inviable. Esto fija la obligación de preparar a los individuos en lo concerniente a sus prerrogativas, deberes y normas fundamentales de convivencia que interesan cuando nos relacionamos con el poder. Mientras sean solamente minorías las que defiendan la subsistencia del sistema, esperar su consolidación es ilusorio. No estoy pensando en un desafío menor, puesto que la tradición del autoritarismo ha subyugado a varias generaciones. Más de un mortal prefiere la sumisión al ejercicio del cuestionamiento, cuya frecuencia garantiza el respeto a sus libertades. Además, en estas sociedades, la regla es que los gobernantes alberguen el deseo de procrear siervos. Por consiguiente, debe producirse una transformación que sea profunda y afecte todas las jerarquías. Nadie está exento del deber de contribuir a esta cruzada. Distanciarnos de la barbarie se convierte en un reto impuesto a todos, sin ninguna discriminación, por el presente. La llegada de mejores días está condicionada por el éxito que consigamos en ese campo.
Hay asimismo fuerzas externas que atentan en contra de la democracia. Ante todo, debe resaltarse la existencia de doctrinas que fueron fraguadas para terminar con aquella invención griega. Todas las expresiones del socialismo no son útiles sino para lograr ese vituperable objetivo. Dondequiera que un apóstol del marxismo ha tomado la cumbre, aun cuando ésta hubiese sido alcanzada por medios pacíficos, el panorama se tornó sombrío para quienes, como nosotros, patrocinaban esa organización. Revisar el siglo XX es confirmar esta nocividad; por ende, se vuelve forzoso que los respaldos electorales tengan otro rumbo. Si no se impide su encumbramiento, lo previsible es que las prácticas autoritarias surjan sin demora. Ocurre que sus supuestos sueños igualitarios tienden a tratar de ser concretados con violencia. No habrá entonces dignidades individuales que merezcan el aprecio del oficialismo. Regularmente, su fin ha sido gestar una dictadura que asuele la libertad en sus distintas manifestaciones. Es menester que descubramos sus imposturas antes de optar por pregonar esa vileza hecha ideología.

Nota pictórica. La muerte de Gul Baba es una obra que pertenece a Ferencz Franz Eisenhut (1857-1903).