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5/4/13

Fariseísmo de izquierda




                               Integridad es la coherencia entre lo que se cree, 
                               lo que se dice y lo que se hace.
                                                                 Carlos Alberto Montaner


En política, la hipocresía moral reconoce a los izquierdistas como sus abanderados. Es verdad que, en cualquier sitio del planeta, ellos acostumbran distinguirse por las tonterías. Los hombres de ideas se han divertido gracias a esos disparates que, aunque resulte desconcertante, defienden con apasionamiento. Ejercitar la razón es viable cuando proposiciones tan desatinadas son expuestas ante nosotros. En consecuencia, su dogmatismo ha propiciado la oportunidad de forjar teorías que desacrediten las aseveraciones del colectivismo. Resumiendo, hubo momentos en que fue posible, así sea fugazmente, discutir sobre la necedad de todo determinismo, incluyendo aquél planteado por Karl Marx. Empero, hace mucho tiempo, se desistió de mantener una pugna que, en un principio, pretendía tener base científica. Por ello, apartando pocas salvedades, ya no es factible debatir con socialistas que, como Georg Lukács, abominen del irracionalismo. La disputa debe librarse en un campo que sea diferente.
Derrotada su interpretación del mundo, así como el deseo de transformarlo, ellos han optado por utilizar la ética para obtener alguna supremacía. Dado que los juicios morales pueden ser discutidos hasta la saciedad, pues cada hombre racional cuenta con un parecer al respecto, ese ámbito es explotado sin comedimiento. Por supuesto, su concepción del mal fue fraguada con el objetivo de condenar a los que promueven un sistema en donde sus majaderías no son consentidas. De acuerdo con lo que sostienen, nadie más podría ser un bienhechor del prójimo. El tránsito a la vida ejemplar es aquél que ha sido inaugurado por su ideología. Cualquier otra ruta que se tomare no conduciría sino a la perdición. Sólo ese bando habría aceptado la tarea de oponerse a las vilezas y comportamientos ofensivos que, desde su nacimiento, acompañarían al liberalismo. Más que nunca, su proselitismo anhela un aire de religiosidad.
Tristemente, esa indignación frente a las miserias de nuestra época no puede considerarse genuina. Con frecuencia, las reacciones que se presentan son vulgares manifestaciones de impostura. Han sido demasiados los sujetos que, tras expresar angustia por la situación del semejante, a quien ofrecen caridad ilimitada, dispusieron la eliminación de sus colaboradores. Pasa que, si alguien no está conforme con adoptar sus boberías como lo único cierto, merece arder durante toda la eternidad. En su criterio, las críticas provendrían siempre de los individuos que, impulsados por móviles demoniacos, quieren oprimir al débil. Pese a esto, cuando un compañero es el que subyuga, mortifica e impide la felicidad de las personas, los reproches se cambian por justificaciones descabelladas. De este modo, habría motivos para perpetrar esas calamidades, las cuales abonarían el terreno que será bendecido por su reino. Los apologistas del mercado, esa presunta invención del infierno, no tendrían cabida en el jardín que creen.
En un número importante de casos, las contradicciones marcan la existencia del moralista que declara su filiación izquierdista. Sus extensos discursos que atacan a los empresarios, cuyas fortunas suelen ser legítimas, no concuerdan con las prácticas personales. La exaltación de los pobres es instrumental; en realidad, como lo pregonó Nikita Jruschov, lo que desean es vivir con las mayores comodidades. Cuando los bienes llevan su nombre, no hay ninguna esclavitud que denunciar. Aun ceder a los encantos del consumismo menos tolerable se vuelve adecuado. Por otro lado, tampoco parece creíble su lucha contra la ignorancia, una enfermedad que se sugiere combatir sin tibiezas. Afirmo esto porque, debido a sus sistemas de adoctrinamiento, el oscurantismo crece sin cesar entre quienes los han secundado en ese delirio. Su aversión al análisis de otras teorías y el rechazo del cuestionamiento interno contribuyen a perpetuar la infamia. Mientras les sea favorable, el panorama permanecerá inmutable. No faltarán las excusas que intenten la santificación de su proceder.

Nota pictórica. Doble retrato es una obra de Hans von Marées (1837-1887).