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15/3/13

Civilización contra barbarie, la guerra infinita




Nada asegura que la obra que justificará nuestra existencia concluirá un día, pero sí interesa el ladrillo que aportamos en cada momento cotidiano.
Víctor Massuh

Salvo para quien haya perdido el juicio, es indiscutible que nos encontramos en mejores condiciones de aquéllas vigentes cuando los hombres comenzaron su aventura. Rousseau puede agotar la tinta mientras, impulsado por el romanticismo, imagina una convivencia entre sujetos primitivos que no duda en presentar como sublime. No descarto que, en una comunidad prehistórica, donde lo instintivo y la ignorancia reinan, algo tan necesario como el placer hubiese alegrado a cuantiosas personas. Habría, pues, motivos para no considerar totalmente inaceptable esa vida. Sin embargo, dado que sus dichas eran anuladas por la violencia, cuya regulación resultaba incómoda, esos mortales no podrían convencerme hoy de alabarlos. Tanto las experiencias como los conocimientos que pudimos acumular, desde la época más cavernaria, me hacen rechazar el deleite por lo arcaico. Yo resalto que, gracias a la razón y los sentimientos elevados, hayamos avanzado hacia un orden civilizado. El trayecto que se ha recorrido vuelve posible la reprobación de prácticas nocivas, retrógradas, bárbaras.
El peor bárbaro será siempre aquél que se crea enemigo de una cultura favorable a la libertad. Esta especie de seres nunca pierde presencia. Aclaro que la falta de conocimientos no es aborrecible, excepto cuando se ocasiona voluntariamente. Hay incontables hombres que, a pesar de sus escasos saberes, no desprecian ni, menos aún, detestan las conquistas del ingenio. El problema surge por la conducta de quienes niegan todo valor a esa obra. Existe gente que, en resumen, propone un retorno al tiempo en el cual la civilización occidental, junto con sus ciencias y artes, no tendría cabida. Según observan, su predominio sobre el resto de las concepciones políticas, económicas, etcétera, ha sido pernicioso. Asimismo, en lo referente a los sistemas sociales, ellos afirman que nada puede juzgarse superior. Este tipo de relativismo es el que posibilita, en diferentes partes del planeta, los ataques a la razón.
Las reencarnaciones de Atila no conceden ninguna pausa. Toda generación cuenta con alguien que, por mera inclinación a la brutalidad, asume como deber capital arruinar nuestro bienestar. En este sentido, lo común es menospreciar los logros que, con extraordinario esfuerzo, alcanzaron estas sociedades. No tendrían trascendencia las instituciones que, para evitar los abusos del gobernante, fueron concebidas merced a criterios racionales. Nada de esto sería útil; lo imperativo pasaría por expandir los señoríos del salvajismo. Recordemos que la evolución de las asociaciones humanas está motivada por el repudio a cualesquier opresiones. El sometimiento por la fuerza es contrario a uno de los mandatos que nos rige: respetar al individuo y su autodeterminación. Conforme a esta disposición, los que creen en el constreñimiento para satisfacer las necesidades, elementales o secundarias, merecen una desaprobación cívica. El apoyo al carácter agresivo, autoritario e incivil no dejará de ser indeseable.
El aprecio a las tareas artísticas y los ejercicios del intelecto denotan civilidad. Ningún espíritu es superior sin tener esa predilección por actividades que, aunque sean impopulares, permiten constatar el progreso del hombre. Lo bestial es limitarnos a saciar las ansias más prosaicas, los apetitos que cualquier otro animal puede abrigar. Durante los diferentes siglos, nos acompañó la inquietud de comprender nuestra realidad, así como crear lo que facilite el arribo de mayores satisfacciones, adecentando las relaciones entre individuos. Abandonar la ordinariez inicial, por lo tanto, se ha convertido en una cruzada que puede todavía servirnos. Porque apostar por permanecer en la brusquedad, sin importar su género, es elegir una vía que nos perjudica. Verbigracia, los partidarios de la grosería que se resisten a las convenciones del buen gusto no provocan sólo un daño individual, sino también colectivo, pues oscurecen nuestro ambiente. La gloria estará con el que jamás consienta su victoria.

Nota pictórica. El cuadro Carretera con piedras es una obra de Russell Drysdale (1912-1981).