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26/8/12

La prohibición de callar




La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.
Milan Kundera

Aunque se amenace con rompernos la garganta, tenemos el deber de gritar que hay un régimen inmundo. No ignoro los múltiples procedimientos que han sido inventados para conducirnos, grosera o sutilmente, al silencio más vergonzoso. Porque abstenerse de acusar a corruptos, torturadores, asesinos e ineptos es un hecho que acaba con la dignidad. No existe miedo alguno que pueda ser útil para justificar esa omisión. El ciudadano comprometido con la libertad no debe, desde ninguna perspectiva, contemplar cómo una sociedad se vuelve inhabitable. La democracia se fortalece cada vez que alguien levanta el tono de su voz. Habiéndose reconocido este derecho, inherente a la esencia de los hombres, corresponde que, sin importar las circunstancias, acometamos su ejercicio. Sólo una dictadura puede irritarse frente a ese acto, cuya repetición es un síntoma de salud.
Cuando se tiene decencia, no es posible controlarse y evitar el lanzamiento de insultos al gobernante que, hasta la extenuación, se ha esforzado en amargarnos. No debemos mirar con indiferencia, así sea leve, a las autoridades que, agrediéndonos sin remordimientos, quieren disfrutar de los favores del mando. Estoy seguro de que incontables personas los adoran, procurando solamente imitarlos. Pero conozco también a sujetos que, desde su profunda intimidad, ansían la oportunidad de abofetearlos, apresarlos o, por lo menos, enviarlos al infierno. Pienso en esos últimos humanos, aquéllos que no soportan las arbitrariedades del Gobierno, cuando reivindico la prohibición de callar. Todos tenemos que aceptar el desafío de influir en los asuntos públicos, manifestándonos en cualquier ámbito. Ellos deben oír el estruendo causado por los reclamos de individuos que decidieron resistirlos.
Tolerando apenas la obligación de pagar impuestos, pues las cargas al individuo son molestas, yo exijo que los recursos fiscales sean usados con eficiencia y rigurosidad. No hay indulgencia que pueda ser utilizada en beneficio del corrupto. Esto hace que aliente a quienes denuncian la inmoralidad burocrática. Es verdad que el sistema judicial no funciona como uno quisiera. Son tantas las injusticias cometidas por magistrados que, desde hace tiempo, la excepción es confiar en su imparcialidad. No obstante, lo peor que puede suceder es quejarse en soledad, presumiendo la ineficacia de nuestras sindicaciones. Contra esos malhechores, seres que desean una vida de costoso mal gusto, debemos pronunciarnos. Despreciemos el poder del grupo que medra por efecto de la explotación ciudadana. Nada es eterno, ni siquiera su experimento cargado de rencor, violencia e insensatez.
Por más que los vínculos sociales se reduzcan en exceso, tampoco cabe callar ante las estupideces del prójimo. Bajo el amparo de la cortesía, se permite que muchas tonterías inunden este planeta. Prefiero una franqueza que, renuente a consentir majaderías, sirva como arma de destrucción masiva. Impulsados por buscar la verdad, los debates deben considerarse fundamentales. En este sentido, si concluyo que un semejante es imbécil, conviene decírselo; tal vez él me convenza de tener una opinión errada. De esta manera, tendremos una sinceridad que puede estimular la inteligencia porque, cuando están protagonizadas por criaturas pensantes, las discusiones son provechosas. Advierto que, conforme a mi postura, no se admiten denuncias de difamación, calumnia o injuria. Pasa que, cuando la idiotez es evidente, quien se atreve a delatar al autor merece quedar impune.


Nota pictórica. El tonto de Dios fue pintado por Pavel Svedomsky (1849-1904).