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9/6/12

Revoluciones atómicas




Quiero ser un rey sin tierra y sin súbditos.
Jean-Paul Sartre

La monotonía es un vicio que no debemos soportar. Conservar una serie de hábitos que, desde su puesta en práctica, no ha servido para mejorar nuestra vida es un absurdo. Sea por flojedad o cobardía, evitar la búsqueda de mayores conquistas no puede ser considerado elogiable. Únicamente las estatuas tienen derecho a permanecer inmóviles, aguardando el momento en que un sujeto decida pulverizarlas. Cada jornada se presenta para ser tomada por quienes sueñan despiertos; durante su vigencia, la quietud es un estado que no corresponde admitir. Mientras sea posible, las primeras luces del día tienen que contemplar a quien desea rebasar todo límite. Ése es el momento de comenzar la gesta que, aun cuando no sea consumada, nos incita a levantarnos. Nadie privará del deseo de comenzar una revolución que pueda realizarnos como individuos.
Aunque se participe todavía en empresas similares –provocadas por tiranías y dictaduras bárbaras del siglo XXI–, las revoluciones que buscan una transformación integral de la sociedad no deben cegarnos. Son innumerables los cementerios que han sido colmados por efecto de esos delirios. En varias ocasiones, un hombre prometió las delicias supremas del universo, mas, cuando tuvo poder, recurrió a los peores tormentos para proteger sus prerrogativas. Es mejor circunscribimos a lo concreto, al ambiente con el cual intimamos. Gracias a Camus, sabemos que, cuando nuestras pretensiones crecen demasiado, podemos desvariar e infligir daños irreparables. Concentrémonos, pues, en las circunstancias más cercanas que nos tocan experimentar, persiguiendo allí lo extraordinario. Porque el sujeto que producirá aquellas mutaciones es un individuo, alguien como cualquier mortal, dotado de virtudes y marcado por defectos.
A veces, con absoluta razón, debemos rechazar la salvación del mundo. El primer deber que se nos ha impuesto es lograr nuestra felicidad. Las angustias acerca del prójimo llegan luego, recién cuando hemos agotado lo radicalmente privado. Siendo esto indiscutible, no cabe pedir que asuma el protagonismo en otra Primavera Árabe; prefiero lidiar con mis demonios y, conseguido este triunfo, aspirar a esas tareas titánicas, solidarias, altruistas. Es que, sólo después de que uno termina con sus miserias, puede apostar por intervenir en otras batallas. Por lo tanto, si se quiere tener a verdaderos gladiadores, seres capaces de causar prodigios, hay que pedirles una conversión en la intimidad. Ellos son los átomos que podrán contribuir al bienestar de todos, evidenciando un renacimiento maravilloso. Nada es posible sin su presencia; la masa es una embustera estupidez.
Los años en el mundo no resultan válidos si muestran la travesía de un ser que no supo aprovecharlos. El reto es aventurarse a cambiar lo que nos parezca insatisfactorio, pero priorizando nuestra situación personal. Intentar la toma del cielo por asalto carece de sentido si antes no encontramos motivos para enfrentar el amanecer. Las grandes obras son factibles cuando orillamos ese asunto. Además, es en la privacidad donde comienzan a surgir las ideas que sostendrán esas utopías que, ejecutadas con mesura, pueden beneficiarnos. Olvidemos la exaltación del trabajo grupal, así como las sentencias que encumbran ideas procreadas por varios hombres. La regla es que una genialidad tenga un solo progenitor. Por supuesto, aquélla no podrá ser concebida en cumplimiento de un mandato externo; irrumpirá libremente, tras superar los reveses que lo intrínseco nos revele.

Nota pictórica. El despertar de las artes pertenece a Frans Floris (1519-1570).