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30/5/12

El valor de la disidencia




 La tarea del pensamiento se impone como algo disonante. Si no, es creencia. Si no, no existe como tal.
Tomás Abraham

Todo progreso ha sido el efecto de una discrepancia. En las distintas eras, jamás faltó el mortal que juzgase la realidad anómala, insatisfactoria, imperfecta. No interesaba que sus contemporáneos pensaran diferente. Aunque existiera un acuerdo masivo acerca de las gracias del presente, él tenía motivos para levantar la mano derecha y lanzar críticas. Una de sus certezas era que nada podía ser impecable; por tanto, el mejoramiento debía convertirse en un desafío permanente. A riesgo de sufrir por oponerse a las comodidades mayoritarias, aceptaba la misión con una entrega plena. Su conducta no hacía sino reflejar esa convicción. No debe interpretarse este papel como una expresión de misantropía; al contrario, el rechazo a las anuencias ajenas es un llamado a revisarlas para lograr provechos superiores. Pasa que, cuando es auténtica, la crítica quiere ayudar al prójimo.
Si en cualquier asociación reina el conformismo, sus integrantes deben prepararse para enfrentar graves problemas. No me refiero únicamente al tedio, sino a la apatía por asuntos políticos. Estando todo bien, resulta intrascendente quién asume la tarea de gobernar, pudiendo hacerlo algún amante del caos o las arbitrariedades. Incontables hombres ansían que los consensos sean cada vez más amplios, pasando por encima de objeciones y descontentos. Creo que, si esto se concretara, el panorama sería indeseable. Necesitamos que en reuniones de relevancia para nuestra convivencia haya desarmonía, un comensal se pare e interrumpa el banquete. Porque, aun en medio del festín, puede presentarse aquél que nos regale la dicha de divisar las injusticias. No importa la indigestión que ocasionen sus observaciones; el malestar se justifica si es el producto de una reflexión encaminada a rectificar faltas.
El disidente puede ser concebido como un perseguidor de la verdad. Sabe que su conquista le será siempre esquiva; no ignora los fracasos consumados en esta brega. Porque ése es un hallazgo que, salvo cuando hay fanatismo, nadie puede proclamar. Nos encontramos en medio de una pugna por esclarecer nuestra situación, responder interrogantes que creemos necesarios para existir; no obstante, desde el comienzo, notamos cuán ilusorio es tener una respuesta terminante. Pese a ello, impulsados por un escepticismo que no es paralizante, continuamos tratando de alejarnos del error. La duda se vuelve parte de la cotidianeidad, evitando afiliaciones que podrían conducirnos al más sanguinario despropósito. No preciso evocar el número de violaciones, masacres y guerras que han sido perpetradas por quienes decidieron renunciar voluntariamente a sus vacilaciones. Conjeturo que una voz disonante pudo haber sido útil para impedir algunos de esos crímenes.
  Mi estima por el disidente causa un incontenible desprecio hacia cualquiera que se considere sabio. Pocos fenómenos son tan exasperantes como situarse frente a un sujeto que, con modestia o sin humildad, se siente miembro de esa estirpe. Son individuos que no admiten desavenencias; su credo debe conservarse íntegro, por lo cual los rebaños les agradan. El magisterio que ejercen sirve solamente para incrementar la cifra de enemigos del pensamiento autónomo. Es que, mientras se tenga un maestro que mande, los análisis serán superfluos, imponiéndose la sumisión menos tolerable. En nombre de la libertad, romper los coros que gustan a esos seres es una labor esencial. No podemos permitir que la sociedad se convierta en un conjunto de creyentes descerebrados.


Nota pictórica. El guardabosque es una obra de Vasili Maksimov (1844-1911).