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Un testimonio de nuestra digna e infame naturaleza

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Tal vez no viví en mí mismo;

tal vez viví la vida de los otros.

Pablo Neruda

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Entre los años 397 y 398, Agustín de Hipona escribió trece libros que giraban en torno a su vida. Bajo el título de Confesiones, esa obra fue la primera autobiografía compuesta por un occidental. Sin duda, la originalidad de tales trabajos no era reflexionar sobre los cielos ni exponer las jerarquías demoníacas, sino dar a conocer una existencia que, como casi todas, tuvo imperfecciones. Ciertamente, a través de sus páginas, habla un individuo excepcional, una persona lindante con lo divino, pero también víctima de la falibilidad que nos caracteriza. Recordemos que su conversión al cristianismo no fue un proceso exento de tribulaciones, por cuanto la evocación del acontecimiento puede tornarse angustiosa. Sintetizando, es un semejante que podría representarnos en planos diferentes de los convencionales. Por ello, acaso lo más desconcertante sea leer a una persona que, pese a compartir nuestras limitaciones, consiguió rozar las perfecciones de Dios.

Mucho tiempo después de san Agustín, concluyendo el siglo XX, otro religioso toma la palabra y, antes del último crepúsculo, decide contar su vida por escrito. Sus párrafos no tienen pretensiones moralizantes, deseos de aleccionar a quienes lo sucedan en el convento donde reside; buscan solamente contactarse con la única entidad que podría comprenderlo, esto es, aceptarle tanto las equivocaciones como los aciertos. Es que, si bien Juan de Dios del Sagrado Corazón de Jesús Álvarez-Torrez de Pou duda sobre la presencia de futuros lectores, nos aclara que se confiesa ante el Creador, quizá en un cuestionamiento final a la tradición de su Iglesia. No precisa de un intermediario que, ejerciendo facultades ajenas, lo exima del peso causado por algunos recuerdos. Si existir es exponerse, conforme a lo planteado por Celan, ésta fue la determinación que, soportando las cargas patológicas de su ancianidad, quiso consumar.

Declaro que, antes de leer las Confesiones inconclusas de Juan de Dios, la nueva novela de Manfredo Kempff Suárez, pensé en una obra con un tema vastamente predominante. No es difícil imaginarse los puntos que, en el ámbito clerical, puedan originar revelaciones como las insinuadas por el título: debilidades, dudas, desazones, etcétera. No obstante, aun cuando es cierto que las angustias ligadas a los rigores del sacerdocio son consideradas en la narración, el panorama tiene más riqueza y variedad. Porque, ante todo, las aseveraciones del relator reflejan su naturaleza humana, aquella compuesta por pasiones, razón y sentimientos. Esto hace que, sin desarmonía, podamos pasar del convento al hogar familiar, espacio donde problemas paternos y desventuras de hermanas no son menores. En este sentido, sus inquietudes son las que pueden subyugar a cualquier otro mortal, así como las dichas proporcionadas por el cuerpo, pues éstas permiten asimismo nuestra unión. Lo mismo puede sostenerse sobre su perplejidad frente a diversas cuestiones, mundanas o sagradas, porque es un estado que ningún individuo está en condiciones de eludir. En definitiva, al margen de aspectos propios del campo sacerdotal, se atiende el universo formado por nuestras alegrías e infortunios.

En la novela, encontramos algunos ejemplos de las miserias y magnificencias del ser humano: así como se toma conocimiento del infame padre Torcuato, cuya lascivia resulta infatigable, nos enteramos de un probo sacerdote apellidado Blanco; si bien hay una lealtad encarnada en Alberto, o esa filantropía superlativa de la hermana María, son percibidos la traición y el amoralismo de un enano llamado Timoteo. Similares contrastes podemos hallar fuera del escenario religioso. Ahora bien, en cuanto a las inmoralidades, no existe una mera descripción de los sucesos; se hilvanan argumentos que, respetando las restricciones novelísticas, procuran explicarlos, mucho más cuando son temas escabrosos. Por cierto, siendo cultor del realismo, los relatos que ha efectuado Kempff Suárez podrían afectar a quienes se ofenden con facilidad. En su descargo, cabe alegar que nunca faltan los hechos que no admiten ninguna dulcificación; además, enfrentarlos es la consecuencia de buscar una comprensión satisfactoria del individuo. Aunque diste mucho de ser impecable, no podemos negar que compartimos una esencia, un común denominador. Tenemos incontables diferencias, pero nadie ha desconocido el dolor, la felicidad, las cobardías, los excesos. Aclaro que algunas grandezas del hombre son igualmente tomadas en cuenta por el autor. Esto hace que, lejos de provocar náuseas, un leedor pueda interesarse en esas líneas. Desde luego, el impulso no sería sólo de orden intelectual, sino también hedónico. Es que, tal como lo propugnaba Borges, quien lee persigue placer, un deleite ofrecido por sus páginas.

Tengo aún más ideas e impresiones sobre la novela. Sin embargo, no corresponde agredir al prójimo con comentarios interminables, restando aconsejar su lectura inmediata. Puedo asegurarles que darán inicio a una experiencia memorable. Por supuesto, teniendo presente que nuestro autor cuenta con una obra de talla internacional, verdadera curiosidad entre los literatos del país, mi opinión es irrelevante. Pese a ello, resalto que leer este libro me haya dejado auténticamente complacido. Esto no es sorprendente porque, en cada una de sus narraciones, Manfredo ha logrado cumplir la principal ambición del escritor que Mario Vargas Llosa identifica: contar una historia bien contada. Lo hizo al componer Luna de locos, su celebrada primera novela, y, con certeza, pudo repetirlo en la nueva creación. Habiendo un mínimo de seriedad, este veredicto debería ser confirmado por los lectores que poseen buen gusto. Ustedes, afortunados mortales, tendrán la dicha de comprobarlo.


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