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31/5/11

Sartre, la iniciación libertaria

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Ser libre es elegir, elegir es decidir y decidir es hacer. Moral de la libertad y moral de la acción.

Tomás Abraham

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Un hombre con estrabismo, de baja estatura, transgresión del canon que rige desde la Hélade, toma el micrófono y es contemplado por incalculables personas. No se advierten indecisiones en su postura. El número de jóvenes que, casi llegando al paroxismo, escuchan esas apreciaciones es envidiablemente conmovedor. La observación es una señal de gratitud, un gesto que se origina en sus incitaciones a tener autonomía. Se trata de alguien que, siguiendo la tradición prometeica, procuró despertarlos del sueño impuesto por las abstracciones. Logró convertirse en el guía que un mortal requiere para rebelarse. Fue tan exitoso en este menester que, poco después de ser encantados, varios hombres optaron por apostrofarlo. Sin embargo, en aquella época, aunque los años habían menguado su autoridad, podía seguir embelesando al público. Nada se movía sino a su favor; aun la fuerza pública, obedeciendo una orden del Gobierno, tiene el deber de no restringir esa libertad, que supo ejercer con osadía. Él sabe que su reputación excede los confines de Francia. Las obras literarias y sus intervenciones en el campo de la política le han asegurado un lugar entre quienes son conocidos, para desgracia o júbilo, alrededor del mundo. Fueron diversas las disputas que lo tuvieron como protagonista; jamás eludió practicar el valeroso recurso de la confutación. Es correcto que no sobresalió por tener un fuerte sentido de autocrítica. Porque Jean-Paul Sartre atacaba, para lo cual no mezquinaba violencia retórica, mas era inusitado que se retractara. Cuando advenían, las rectificaciones se presentaban en momentos que ya no causaban simpatía. Con todo, su participación era necesaria en cualquier espacio donde se quisiera romper uniformidades. Sospecho que, sin acometer su cuestionamiento, cuantiosos autores no hubiesen tenido un ideario aceptable. No fue raro que nos haya dividido en apologistas y detractores; por ventura, un sujeto de sus características repele las contemporizaciones.

Ante todo, Sartre será quien me invitó a conocer la responsabilidad más libertaria que se haya podido concebir. Agradeceré su provocación hasta que me quiten el don de recordar los momentos agradables. Fue un descubrimiento excepcional, una epifanía que influyó en mi pensamiento de manera decisiva. Reconozco que, después de su arrebatador El existencialismo es un humanismo, confeccionó volúmenes incompatibles con esa convicción. Pero ni siquiera las necedades del marxismo podrían conseguir que se olvidara ese primer legado. Sería imposible hacerlo porque sus premisas fueron fijadas, con paradigmática firmeza, en lo que entendemos por conciencia. Esas creencias pudieron incorporarse como si se tratara de un catecismo, uno abierto a la propia destrucción. Alcanzada la emancipación, no podía descartarse ningún tipo de apostasías, exigiéndosenos un convencimiento que, por el halo ateo, arredraba a algunos semejantes. Era la estupenda situación, quizá después angustiante, en que se nos colocaba. Conforme a esas disquisiciones, no teníamos que ampararnos en postulados externos. El empleo de pretextos era proceder de mala fe, lo cual resultaba indeseable para una persona que apreciara ser libre. Solamente uno podía decidir qué hacer; en consecuencia, se debían aceptar las secuelas ocasionadas por esas determinaciones. Habíamos sido arrojados al mundo sin nuestro asentimiento; empero, teníamos la ventaja de construirnos a nosotros mismos. No había naturaleza que limitara esa obra. Nadie nos podía colaborar, defender, socorrer; correspondía que cada uno se desarrollara solo, aunque vinculado siempre a los demás. Sucede que teníamos la carga de marcar el rumbo del resto. Curiosamente, esta claridad de alegaciones no se percibía tanto cuando uno revisaba la composición que había motivado ese gran trabajo, El ser y la nada. Siendo franco, afirmo que su estudio me hizo sentir, durante varios días, los rigores del autodidactismo. Por supuesto, las complicaciones fueron mayores al tener la ocurrencia de examinar un libro titulado Ser y tiempo.

Sin temor a ser calificado de sexista, declaro que mis autores favoritos son varones. Sé que hay innumerables mujeres con obras merecedoras de alabanzas. El asunto es que una casualidad políticamente incorrecta me ha hecho estimar elogiables ideas forjadas por hombres. Destaco esto porque confieso haber leído a Simone de Beauvoir sólo para encontrar a Sartre. No niego que tanto La invitada como El segundo sexo reflejan un talento superior; proclamo mi disfrute de otras creaciones. Es que él aparece en sus memorias, produciendo remembranzas de diferente índole. Se ha criticado bastante que las páginas de La ceremonia del adiós contuvieran fragmentos explícitos, patéticos, ligados al naturalismo sobre sus últimos días. Personalmente, yo me deleité con La plenitud de la vida. En este volumen, su autora nos habla de jóvenes que, como ella, Sartre, Nizan o Camus, transitaban de la filosofía a las letras. Asimismo, hallamos allí la génesis del compromiso intelectual que inspiraría a quienes se oponían al horror del autoritarismo. Una de las revelaciones gratas fue que, aun cuando la Segunda Guerra Mundial imponía sus propios ritmos, dando lugar a conspiraciones, había tiempo para el arte. Era una forma de conservar la esperanza, ese tesoro que los tormentos ocultan a menudo. Pienso que nunca hubo mejor circunstancia para constatar la seriedad del existencialismo. Si era cierto que dependía de nosotros nuestra esencia, ni siquiera las abominaciones dictatoriales podrían quitarnos esa potestad. Un sinfín de literatos probó entonces que su destino sería concretado sin importar las tentativas disuasorias del presente. No cabe duda de lo difícil que es dedicarse a esos quehaceres en medio del estruendo bélico, arriesgándose a no poder hacerlo cuando se perpetran instigaciones al derrocamiento del régimen. Ello hace que aprecie a quienes procedieron así, volviendo notoria otra utilidad de los humanos dedicados al cultivo del espíritu y las bellas artes.

Como pasa con todos los terrícolas, el autor de Las moscas tenía defectos. Es normal que Raymond Aron, uno de sus grandes rivales en la política, sea considerado el ganador del duelo entre ambos. El espectro del totalitarismo no pudo desvanecerse, afectando una vida intelectual que debió haberlo repelido sin demora ni benevolencia. En este asunto, su conducta difirió apenas del comportamiento de Martin Heidegger, quien tuvo una marcada relevancia para la doctrina que defendía. Me parece llamativo que estos pensadores hayan sido seducidos por las expresiones del colectivismo, aunque lo de nuestro filósofo fue un auténtico exclusivismo. Esto me desconcertó siempre, puesto que ese mismo sujeto pudo persuadirme a buscar la mayor libertad imaginable, mas también consiguió legar el anhelo de ser un escritor involucrado en los temas públicos. Seguía siendo el razonador que nos convocaba al enfrentamiento de retos políticos; no obstante, su reciedumbre era explotada del peor modo. El meditador de la libertad, aquel hombre que no consentía respaldos históricos, naturales ni grupales, entregó a los individuos al poder, cohonestando su absorción. Tomando en cuenta esto, parece aceptable plantear que su pensamiento tuvo una involución patente, legitimando ataques a esas primeras e instigadoras proposiciones, tal como lo hizo con el terrorismo. Pese a ello, fue la raíz de una pretensión que se quiere traducir aún en alguna proeza. Tengo ahí la fuente de una cruzada que me condujo a teorías antitéticas, pero manteniendo sus principios, los cuales siguen orientando mi actuar. Por mucho que haya errado las postrimeras décadas de su existencia, Sartre es quien provocó esa fascinación, ese salto al abismo del razonamiento. Creo que no pocos mortales sentirán una especie de agradecimiento por su obra. Pasa que, habiendo un sinfín de cretinos y cantamañanas, toparse con alguien distinto es una exquisitez. Son esos sujetos los que nos ayudan a liberarnos de las sujeciones menos tolerables. Millones de seres pueden acreditar su injerencia; si bien continúan pesando, las equivocaciones no han logrado eliminar ese acierto. No en vano sostiene Bernard-Henri Lévy que fue dueño del siglo XX.