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31/12/10

Desagravio al quijotismo

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Pero nosotros conocemos algo distinto, que ninguna experiencia nos ofrece, a saber: que existe la verdad aunque todo lo pensado hasta ahora sea un error; que la honradez debe mantenerse por mucho que hasta el día de hoy nadie haya sido honrado.

Walter Benjamin

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Es irrebatible que la existencia puede llegar a ser una fuente continua de infortunios. En muchos casos, los golpes dados por el mundo hacen que la idea del suicidio se torne llamativa, encantadora, irresistible. Yo no ignoro los fundamentos que han sido trabajados para rehusar esta tentación, la más extrema de las conocidas; resalto sólo cuán tremendas pueden ser esas obligaciones del cotidiano vivir. Descarto que sea útil el consuelo de males mayores al nuestro, pues tanto las alegrías como los dolores son vivencias inigualables. Compartir las sensaciones ajenas es una cualidad que, salvo excepciones prodigiosas, los hombres no tienen. Es viable figurarse ese estado, experimentar procesos similares; no obstante, jamás se tratará del mismo suceso. Enfrentamos así las desventuras, apoyados en una soledad radical, conscientes de que tenemos un duelo íntimo e ineludible. Pero su aceptación está lejos de ser corriente. Como se sabe, los émulos de Job no acostumbran saturar las sociedades contemporáneas, por lo que la longanimidad se ha vuelto un bien inencontrable. Soportar las adversidades, hallándole luego beneficios, es una labor que cuenta con pocos practicantes ejemplares. Naturalmente, son dignos de reconocimiento quienes, por muy malhadada que sea su jornada, poseen el ánimo suficiente para prolongar esta travesía. Las personas que logran esos triunfos, aun donde sus congéneres habían resuelto dar paso al deceso, fortifican mi apuesta por la tozudez. Porque esa obstinación, como pasa con sus distintas especies, nos libra del sinsentido de dimitir ante cualquier óbice que ponga el hado. Pienso que la perseverancia en tiempos de catástrofes deja ver un espíritu magnífico.

Además de las desgracias que pueden acompañarlo con gran ahínco, al presente lo escoltan también las frustraciones. La regla es que los descalabros precedan a una victoria rotunda; en general, las decepciones son el producto de acometer un nuevo proyecto, más aún cuando éste linda con lo fantástico. El pesimismo es la consecuencia de comprobar esta norma y no creer posible su quebrantamiento, condenándonos a una eternidad sin transgresiones. Hiere observar las contradicciones entre los anhelos personales, siempre ardientes, y el helor de la realidad. Revelar la sencillez con que los hombres pueden fracasar en todo campo es descubrir el Mediterráneo. Hasta los sujetos que anuncian infinitas glorias debido a su tesón saben, como quienes no poseen esa virtud, lo incierto del asunto. Es evidente que ayuda la genialidad; empero, ni siquiera su posesión asegura palmas. Conviene no perder de vista nuestras limitaciones, aquellas conexiones con el exterior que son importantes en cualquier empresa. Dependemos, pues, del marco que nos circunda, pero contamos asimismo con nuestras propias fuerzas para consumar lo imposible. Es una convergencia que no admite fragmentación, por cuanto estamos obligados a tomarla en cuenta. Por supuesto, aunque la influencia externa sea monstruosa, el recurso primordial continúa residiendo en la voluntad de cada uno. Alimentados por las ilusiones que procrean desafíos, los cuales son indispensables para no convertirnos en cortesanos del tedio, nos mueve el deseo de trasponer umbrales, saltar montañas, estremecer al firmamento. Es obvio que, si el entusiasmo tiene proporciones excepcionales, la decepción tendrá las mismas características. Quizá por el alto riesgo de recibir este último impacto, a menudo definitivo, sean escasos los individuos que no teman procurar su hazaña. Porque el enfrentamiento de tales retos demanda valentía, un denuedo que las desdichas no consiguen socavar. No debe haber contexto alguno que mine la firmeza de esta actitud. Ya lo dijo Max Horkheimer: «La lealtad a la filosofía significa no permitir que el miedo disminuya nuestra capacidad de pensar».

Los idealistas son personas que, con frecuencia, no gozan de credibilidad entre sus coetáneos. Los proyectos que gestan tienen al escepticismo como respuesta mayoritaria: confiar en ellos es cometer un disparate, ofender el sentido común, arrimarse al bando perdidoso. Esto se comprende porque, mientras crecemos, el recelo hacia esa clase de sujetos es impuesto por las convenciones hegemónicas. Según esta óptica, la principal recomendación es abandonar pretensiones que impliquen transmutar nuestra realidad; el mantenimiento del sistema aparece como una disposición invulnerable. Rigiendo esta verdad, la intención de divergir con los móviles del grupo que nos coopera es una determinación reprobable. En un ambiente que ya no recibe gustosamente las utopías colectivas, aquéllas patrocinadas por un individuo son repelidas con rigurosidad. Especular sobre la sanidad mental del soñador es lo usual. Las acusaciones cardinales no cuestionan demasiado el móvil que nos impulsa, sino la ingenuidad de pensar en marcar una diferencia, conseguir siquiera un cambio leve. Parece que proceder todavía conforme a nuestras máximas, absteniéndose de contradecirlas, es algo insólito. Se pontifica que la única opción sería hacerse a las armas. Nada bueno se presagia para quien intenta moralizar su época sin otros medios que la palabra y una conducta íntegra. Mas, lejos de disuadirnos, esto debe animarnos a ratificar la postura tomada en nombre del quijotismo. Actuar a contrapelo, persistiendo en la disidencia, es un hecho que nunca pierde nobleza. Porque no se necesita de ninguna orientación masiva para notar lo laudable del fin perseguido; bastará nuestra convicción. Habiendo tomado conocimiento de las vilezas que nos rodean, no es correcto contribuir a su permanencia.

No es probable que me convenzan de la inexistencia del bien. Acepto que, pudiendo percibirse abundantes expresiones de maldad, ensañamiento y fiereza, no es sencillo conservar esta posición. De múltiples formas, la instigación a renunciar al heroísmo nos hostiga tenazmente, por lo cual son varios los que efectúan esa dimisión, emporcando su vida como si esto no fuera un demérito. Esclarezco que no critico la falta de mortales con vocación para ser santos; observo el decrecimiento del estupor provocado por las conductas malignas. En todo tiempo y lugar, una infamia no tiene que provocar sino desprecio. Aplicando un primer mandato de tipo ético, debemos optar por el rechazo a las ruindades. Si queremos ser coherentes con esta idea, es imperativo censurar el surgimiento de la tolerancia sentida frente a las injusticias, sin importar su levedad, ya que ningún matiz puede adecentarlas. Seguir una lógica distinta, pretextando aun el relativismo de los pareceres del hombre, equivale a consentir esas atrocidades. Tenemos que preservar la ilusión de vivir en donde perversos, criminales, necios o seres inciviles no consideren respetable su condición. Conservar los parámetros que posibilitan recriminarlos es una necesidad elemental. Admitir esos comportamientos desnuda un grado de irracionalidad que no puede ser saludable. Resulta indiferente que los censores disminuyan sin cesar. No interesa si el círculo de semejantes desaparece, dejándonos solos en la cruzada, privados del menor auxilio; proseguir con su concreción será igualmente complaciente. Ésta es una causa que no precisa de aprobaciones externas para demostrar su valía. Creo que protestar contra lo abyecto, repeliendo cualquier transacción, evidencia parte de nuestra utilidad en este demencial orbe. Tal vez, como le ocurrió a Hamlet, hayamos nacido para enderezarlo.

Nota pictórica. Don Quijote, El combate es un cuadro que Salvador Dalí finalizó en 1956.

1 glosas:

Anónimo dijo...

Buenazo el artículo. Como diría Lucho, hay que gastar la vida.