
El Movimiento Al Socialismo ha sido pródigo en dar motivos para desacatar sus normas. Acostumbrados al despotismo y el ataque a quien no comparte las imbecilidades del partido gobernante, los oficialistas trabajan en la imposición de reglas perjudiciales, preceptos que buscan sólo derrocar la obra político-institucional moderna. Recurriendo al monopolio de la coacción legal, ellos exigen que los acompañemos en este viaje a la desventura. Si optamos por condenar el trayecto, recordando masacres e indigencias del pasado, traen a nuestra memoria los excesos antijurídicos que se han cometido con su aquiescencia. Es superfluo formular amenazas que intenten amilanarnos; el mal es regularmente actual, cercano, forzoso. Como ha pasado con todas las dictaduras, el Gobierno deja la protección del ejercicio de los derechos elementales para permitir un sometimiento al orden preconizado por el autócrata, pues no consiente limitaciones al poder. La utopía que persiguen demanda el abandono de las conquistas del mundo civilizado.
Frente al proyecto masista, surge el ideal que tiene como piedra de toque la libertad individual. Según esta óptica, el robustecimiento de la Administración pública conlleva inevitablemente una reducción del campo privado, poniendo en riesgo a los sujetos que procuran vivir sin controles arrogantes. La burocracia debe mantener las circunstancias requeridas para el desarrollo soberano del hombre, quien, junto con sus congéneres, fija los límites racionales que precisa todo gobernante. Las sospechas acerca del peligro de su expansión se hallan fundadas, más aún cuando aquélla es materializada en lugares donde la propensión al autoritarismo es masiva. Cualquier propuesta que contradiga esta verdad se asienta sobre bases monstruosas; glorificada, sus perversiones son ineluctables. En suma, siendo liberal, sostengo que la fórmula de individuos autónomos, sociedades abiertas y economías libres constituye nuestra mejor opción si ansiamos terminar con las vilezas del presente.
Advertidos los designios de ambos planteamientos ideológicos, la supremacía del segundo reclama un apoyo sin mesura ni perplejidades. Además, cuando hay elecciones, esta convicción debe manifestarse en la colaboración entusiasta, invariable, tenaz al candidato que atice la esperanza de concretar los antojos desencadenados por el liberalismo. Sus contendores no deben despertar conmiseración, ya que, mientras la situación sea crítica, los desaciertos producirán perjuicios severos, probablemente irreparables. En este sentido, exteriorizo mi respaldo a la candidatura de Juan Carlos Urenda Díaz porque considero que sus razonamientos y actitudes son adecuados para construir el destino anhelado por quienes repudian el edén que ofrecen los gobiernistas. Estoy seguro de que sus correligionarios no descuidarán la libertad, el mayor valor; sin duda, ellos no parecen tener las características del anterior plantel prefectural. Espero que los demás ciudadanos apuesten también por la perseverancia de nuestra lucha. La repetición de yerros electorales puede resultar mortífera.
Apunte fotográfico. La imagen que ilustra mi texto pertenece al periódico El Deber.
Comentarios
q fea sorpresa
pero fue por la mejor opcion