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10/8/09

H.C.F. Mansilla, el portento de la crítica impopular

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Yo aspiro a finar con un libro en la mano, tal vez como prueba de una pasión que nunca conoció marasmos ni sufrió declives. Aun cuando las ojerizas se triplicaran, mi adicción a los volúmenes continuaría reproduciendo hábitos que lindan en la hurañía. Esta insania torna comprensible que hablar sobre los autores predilectos sea una invitación al éxtasis. Lejos de ser exagerado, el aserto denota plena franqueza: me conmueve la recordación del escritor que, merced a su talento y esfuerzo, alegra esta vida tentada por el estoicismo desde hace varios años. En este sentido, ahíto de las minucias que alimentan la política nacional, redactaré algunas líneas para dejar constancia de mi propensión a disfrutar los textos confeccionados por Hugo Celso Felipe Mansilla Ferret, cuya obra pervivirá entre aquéllas que construyeron magníficos intelectuales. Cabe anotar que, si hay frases ditirámbicas, éstas irrumpieron a pesar de mi comedimiento.

Incluso por mi descabalado y rudimentario estudio del idioma de Heidegger, no he accedido a todos los títulos que H.C.F. compuso. Aunque la cantidad no asegure brillantez, sé que su número es benemérito, lo cual hace posible imaginar una elogiable cifra de lectores. Sin embargo, la docena de obras que tonifican mi biblioteca puede abonar juicios en torno a su creador. No es vital haber engullido el conjunto de sus escritos para considerarlo venerable; al igual que otros autores, pocos folios bastan si se pretende intuir el prodigio. En mi caso, Laberinto de desilusiones fue la primera delectación que experimenté. Esta novela, engendrada por vivencias universitarias que presenció Alemania, me dejó alborozado, convencido de un hallazgo extraordinario. Hasta hoy, las citas que he memorizado son incontables; con todo, esa narración deparó uno de los mayores dijes: «…existiendo un límite absoluto a cada vida individual, sería una soberana tontería el no aprovechar todas las oportunidades –irrecuperables– de divertirse convenientemente». Este axioma es un llamado a levantarse, siquiera de manera breve, contra la planificación burocrática del tiempo, esa calamidad que acostumbra diferir nuestros excesos.

Como cuantiosos hispanohablantes aficionados a la filosofía, mi relación con esta disciplina ganó entusiasmo gracias al magistral Julián Marías, ya que su historia del pensamiento occidental consolidó una inquietud aparecida tras consumir El miedo a la libertad, notable libro de Fromm. Tiempo después, encontré La difícil convivencia, volumen de Mansilla en el que debaten un liberal moderado, una marxista esclarecida y un posmodernista escéptico. Los argumentos que plantea cada protagonista sirven para escrutar, desde distintas perspectivas, problemas del mundo contemporáneo. En efecto, cuestiones vinculadas a la modernidad, el endiosamiento del progreso, los deterioros medioambientales y las utopías ideológicas son consideradas por ese trío de interlocutores. Huelga decir que las reflexiones elaboradas por el dialoguista me convidaron frecuentemente al ensimismamiento; además, muchas veces, llegué a la hipérbole de vitorear una reconvención. Es pertinente afirmar que, luego de leer allí sus evocaciones, Horkheimer y Adorno consolidaron un espacio en mis anaqueles.

«La sabiduría colectiva, desgraciadamente, no es un sustituto adecuado de la inteligencia de los individuos», expresa Russell mientras razona sobre la libertad académica. Justifico el recuerdo porque, como los prestigios populares son reprochables, Mansilla se ha librado del demérito que constituye ocasionarlos. El diapasón jamás será lo que cause júbilo en la platea, sino las convicciones formadas merced al auxilio del placer y la racionalidad. Acentúo que consigue lo anterior con modélica persistencia; el rechazo a sumarse al grupo en los momentos de homogeneidad retórica (filosófica, literaria o política) permite demostrarlo. Esa peculiaridad ha singularizado su producción, pues las críticas que realiza son embates rigurosos a los dogmas de cualquier especie, aun cuando éstos sean aristocráticos. En definitiva, siendo apologista de la Ilustración, conceptúo a H.C.F. Mansilla como un pensador apto para embestir al oscurantismo, fustigar la credulidad, ordinariez y estulticia que imperan, con asiduo éxito, entre las multitudes.