
Habituado al incumplimiento de las normas que garantizan una convivencia civilizada, en la cual los derechos y garantías fundamentales sean respetados, Juan Evo Morales Ayma ha decidido utilizar la judicatura para sancionar al bloque antigubernamental. En este afán, los medios que aseguran una defensa racional, ajustada conforme a los pactos de las naciones apartadas del despotismo y la barbarie, son arrinconados a fin de facilitar el castigo: se contravienen resoluciones judiciales, mandatos reguladores de la competencia del juzgador, prohibiciones relativas al allanamiento, órdenes expedidas por tribunales superiores, aun reglas elementales para elaborar una investigación que aspire a ser ecuánime. Pero se reiteran con tanta frecuencia estas arbitrariedades que ya no puedo notar el estupor sentido, al comienzo del terror oficialista, por quienes solían bramar cuando divisaban algún atropello. La maleficencia del Gobierno se ha mimetizado en el horizonte que, luego de levantarse, contemplan dirigentes y ciudadanos contestatarios.
Tampoco asombra que la capacidad profesional siga siendo desplazada por el benemérito trabajo al servicio del partido. No encoleriza que negados exijan cargos en el Poder Ejecutivo sin tener una formación compatible con la investidura deseada. Los masistas poseen esa temeridad que pulveriza escrúpulos académicos, técnicos, escolares o de cualquier laya si un empleo es ofrecido. Confían en que su halo izquierdista los protegerá toda la gestión; además, aunque fallara esta maravilla, un robusto grupo de asesores realizarían negligentemente las tareas privativas del despacho. Esos colaboradores de la autoridad indocta son los que, mientras aumentan el gasto fiscal, mortifican a los administrados con carencias energéticas, alimentos dispendiosos, criminalidad progresiva e inútiles planes que prueban únicamente cuán deplorable es la actual casta gobernante. Imperitos y gaznápiros, los funcionarios del Movimiento Al Socialismo han demostrado ser eficientes en una sola asignatura: multiplicación del latrocinio.
Descreo de la candidez del opositor al régimen masista cuando anuncia gozosamente que se puede negociar con ellos, debatir aplicando parámetros lógicos, esperar consensos en torno a la mejor síntesis. Lo pasado me permite sostener que la felonía es una cualidad gobiernista, tal vez uno de sus deslustres cardinales junto con la impostura democrática. Si los hechos han probado, en recintos legislativos, liceos militares y hoteles campestres, que la palabra del oficialismo está recargada de falsedad, no darle ningún crédito es muy comprensible. Ahora bien, lo que no juzgo correcto es escuchar imperturbablemente los insultos expelidos por el Gobierno, las descalificaciones orientadas a intimidar al sujeto que acoge todavía la esperanza de restaurar el orden desportillado durante los últimos años. Las vilezas deben continuar generando indignación; conocerlas sin enfadarse o, por lo menos, inquietarse es un motivo válido para concluir que no merecemos vivir en libertad. El triunfo será factible sólo si no desaparece la consternación.
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