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23/2/07

Escepticismo, crítica y autoanálisis

A Daniela Martins Gutiérrez
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“La gran miseria es que los tontos sean tan seguros y los sensatos tan llenos de dudas”.
Bertrand Russell
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En Grecia, dos escuelas filosóficas comenzaron una lid que pervive aún hogaño. Dogmáticos y escépticos ampararon doctrinas antagónicas: los primeros se declaraban titulares de lo incontrovertible; quienes estaban en el segundo grupo, a su vez, emitían opiniones convincentes, pero abrían siempre la posibilidad de revisiones ulteriores, tanto propias como ajenas. Un escéptico no abandonaba sus estudios; los dogmáticos, suponiendo que habían descubierto las grandes verdades, optaban por pregonarlas[1]. Este lance nos ha llevado a un dilema que enfrenta certitudes definitivas con razonamientos potencialmente mutables. El presente ensayo acomete dilucidar, entre otras cuestiones, quién merece la victoria.
La crítica es un arte. Las personas que quieren ejercerlo no deben dejarse subyugar por prejuicios colectivos ni limitarse al repaso servil de sus propios dictámenes. Si estimar la veracidad, benevolencia o hermosura de algo exige tiento y muchas lecturas, este quehacer no está reservado para cerebros liliputienses. Los criticastros pululan en una sociedad iletrada; sus víctimas, aunque inmunes a las saetas que les lanzan, se burlan de ellos
[2]. Por supuesto que, siendo asiduos los ataques, el pensador emplea también sus recursos personales con el objetivo de anonadar a esos mentecatos. Vargas Vila prueba esto último al manifestar: “…los más agresivos de entre ellos se hacen críticos; el crítico, no sólo es el enemigo del Genio; es su antítesis; todo aquel que no alcanza a ser un escritor, se hace crítico; no pudiendo crear, se conforma con destruir; su mentalidad obtusa y su visualidad enferma, se dan con tenaz voluntad a deformar esos átomos de la Belleza jerarquizada, que el genio siembra sobre la tierra, en su auto-génesis maravillosa, en esa como cristalografía de prodigios en la cual palpitan todos los gérmenes de la conciencia artística y el atomismo radioso de la Universal Belleza…”[3]. Quien critica tiene que estar convencido de ser tan fulgurante como el creador examinado o, incluso, superior.
El dulzor que nos proporcionan los encomiastas puede fácilmente trabucarnos. La vanidad es díscola, perspicaz; su vocación de soberana ha sido reconocida por innumerables vasallos. Así como se reciben odas, para no alejarse del contexto real, es necesario analizar los dicterios expelidos contra nuestra obra. Exponerse ante marrulleros y fustigadores recomiéndase a efectos de probar madurez intelectual. No obstante, nunca olvido que “censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica”
[4].
Aun cuando la tradición fortifique a un grupo social, criticar el orden vigente o los preceptos consuetudinarios todavía observables no merece descalificaciones apriorísticas
[5]. Sólo un imbécil podría ufanarse de haber sido absorbido por las colectividades, renunciado a cualquier autonomía, transferido su libertad a favor del quietismo cerebral. En una novela sublime, H.C.F. Mansilla describe el hastío que sentimos corrientemente con estas palabras: “Tu sabes tan bien como yo que lo que se premia es otra cosa: la habilidad de ser como los otros, de mimetizarse con las masas y de exhibir espíritu gregario”[6]. Tal vez nuestra única posibilidad de auténtica rebeldía sea dable por medio del cuestionamiento perpetuo.
Toda persona es libre de elegir cómo realizarse. El mundo nos brinda numerosas alternativas; nosotros decidimos embrutecernos o aguzar nuestras preguntas e intensificar las ejercitaciones mentales. Los claustros que han edificado sociólogos, psicólogos y economistas pretenden hacernos creer en una supuesta existencia determinista. Yo rechazo esos discursos apofánticos invocando a Michel Wieviorka: “El sujeto implica, en efecto, una capacidad para distanciarse de las normas, incluidas aquellas que anteriormente uno mismo eligió con toda libertad”
[7]. Así, la escogencia de un ideario conlleva una defensa individual, maguer esto no quiere decir adoración plena.
Para un filosofador, hallar verdades axiomáticas debe ser un anhelo cardinal. Radicando éste en su intrinsiqueza, la detergencia de sus juicios garantizará menos fisuras por donde puedan colarse los absurdos y tentaciones laxas que nos hostigan a diario. Sin embargo, mientras alcanzamos ese fastigio –si algún día lo hacemos–, conviene auscultar todas las preguntas o dudas que surjan sobre nuestras formulaciones. Más aún, recibir con una sonrisa cualquier mentís es obligatorio, pues, como dice Mariano Grondona, “el que disiente de mi opinión me ofrece un premio invalorable: la posibilidad de una refutación”
[8].
Entiendo por filosofía una busca persistente de respuestas a los grandes interrogantes humanos. Ella se propone forjar ideas que permitan la crítica y el autoanálisis, verdaderos bastiones del progreso intelectual. Evocando la disquisición inicial, yo soy un escéptico que pretende obtener certezas; ergo, acepto librar cualquier debate, mas no aseguro ninguna genuflexión. Mis postulados son revisables, pero ceden solamente cuando están frente a una meditación suprema. Sin el ánimo de ser un legislador ecuménico, pienso que esta línea es bastante razonable dentro del hemisferio occidental[9]. Los dogmáticos, por tanto, me inspiran una inefable conmiseración.

[1] José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía (versión abreviada por Ezequiel de Olaso y Eduardo García Belsunce). Buenos Aires: Sudamericana 1993, página 393.
[2] Carlos Fuentes desfoga su ojeriza contra los que osan evaluar las virtudes de obras ajenas cuando escribe: “Con razón, suspiró Atlan-Ferrara, en ninguna parte del mundo había monumentos en memoria de ningún crítico literario o musical…” (Instinto de Inez, México D.F.: Alfaguara 2001, pág. 31).
[3] José María Vargas Vila, Prosas-Laudes. Barcelona: Sopena 1931, página 23.
[4] Jorge Luis Borges, «Pierre Menard, autor del Quijote», Ficciones. Buenos Aires: Planeta DeAgostini 2000, pág. 39.
[5] El filósofo Gilles Lipovetsky asegura que nuestra indómita originalidad, característica del hombre occidental, nos hace cuestionar las convenciones homogeneizadoras, recibidas como mandato de la costumbre. En este sentido, según el mismo autor, “la moda no es tanto signo de ambiciones de clase como salida del mundo de la tradición; es uno de los espejos donde se ve lo que constituye nuestro destino histórico más singular: la negación del poder inmemorial del pasado tradicional, la fiebre moderna de las novedades, la celebración del presente social” (El imperio de lo efímero. Barcelona: Anagrama 1990, página 11).
[6] H.C.F. Mansilla, Laberinto de desilusiones. La Paz-Cochabamba: Los amigos del libro 1983, pág. 324.
[7] Michel Wieviorka, La diferencia. La Paz: Plural 2003, página 154.
[8] Mariano Grondona, El posliberalismo. Buenos Aires: Planeta 1992, pág. 21.
[9] Raciocinando acerca de nuestra civilización, ese gran meditador llamado Cornelius Castoriadis expresa una idea que robora mi planteamiento: “No digo que todo esto borre los crímenes cometidos por los occidentales, solamente digo esto: que la especificidad de la civilización occidental es esta capacidad de cuestionarse y de autocriticarse. Hay en la historia occidental, como en todas las otras, atrocidades y horrores, pero sólo Occidente creó esta capacidad de cuestionamiento interno, de puesta en cuestión de sus propias instituciones y de sus propias ideas, en nombre de una discusión razonable entre seres humanos que sigue estando indefinidamente abierta y que no está sujeta a ningún dogma último” (El avance de la insignificancia. Buenos Aires: EUDEBA 1997, página 118).

Nota pictórica. Pablo Ruiz Picasso finalizó el cuadro intitulado Bebedora de ajenjo en 1901.

5 glosas:

la mujer habitada dijo...

Finalizando el último párrafo he quedado con las ganas de decir en voz alta: somos dos.

Es bastante seductora tu habilidad con la transición de temáticas e ideas paralelas. He sentido, en tu texto, parte de un diálogo.
Espero un día lo sea.

Como despedida, un agradecimiento.
(La gratitud no la explayaré para evitar una malinterpretación desde los pesados espacios comunes de las obligaciones paridas por los modales y la cordialidad.)

flavia dijo...

aunque inmunes a las saetas que les lanzan, se burlan de ellos (los criticones... los hacés mierda)
no pudiendo crear, se conforma con destruir; su mentalidad obtusa y su visualidad enferma, se dan con tenaz voluntad a deformar esos átomos de la Belleza jerarquizada (seguís dándoles palo por hablar de las octavas maravillas que creás)

es necesario analizar los dicterios expelidos contra nuestra obra (aceptás tomarlos en cuenta)

el que disiente de mi opinión me ofrece un premio invalorable: la posibilidad de una refutación (agtadecés la crítica)

Al final, ¿cuál es tu posición? decir que critica el que no puede escribir, pero sin embargo hay que tomarlo en cuenta y se lo agradece... te gusta o no que te critiquen?
Creo que lo que te gusta es decir... oh sí, me critican como a los grandes pensadores... lo cierto es que en tus ensayos sólo encuentro resúmenes de los argumentos de otros autores... lo cual te agradezco, porque a muchos de ellos no los conocía, pero sinceramente no sé cual es tu aporte, además de resumirlos...
Es lo que pienso, tengo derecho a opinar, no?

Enrique dijo...

Extraordinariamente, y a pedido de una mujer encantadora, he decidido responder el último comentario. Por su calidad inequívoca, seré breve.
Flavia (¿nuevo seudónimo?), a fin de tener un diálogo que posibilite algún progreso intelectual, sugeriría leer nuevamente mi ensayo: si no sabés cuál es la posición que tengo en el tema tratado, tu intelectiva (capacidad de entender) no funcionó correctamente al hacerlo la primera vez. Me agradaría debatir con vos; empero, una convicción filosófica -premisa nietzscheana- oblígame a hacerlo sólo con mentes lúcidas. ¡Ojalá entendás la segunda lectura!... No debe de ser complicado, ya que varios meditadores locales y foráneos lo hicieron.

Amorexia dijo...

Como siempre Enrique me dejas mas preguntas de las que debería hacerme una noche fresca como esta.
Meditaré y no te opinaré nada... como nota pictórica me reservo el derecho de admisión sore mis pensamientos esta noche.
Sigamos encontrandonos en las letras.

(comentar tu post es uno de eseos compromisos artificiales) Esta excelente!

Anónimo dijo...

Biiiiiiiien biiiiiiien biiiien!!!!. Enrique, mi admiradisimo Enrique, celebro que le concedieras el gusto a tu amiga!!!!. Por que me evito las "agruras" del otro dia. Has visto a los entrenadores de futbol haciendo senas, muecas, corajes desde lejos?, y uno solo ve un "actor mudo" en la tv?. aaah pues si esto tuviera una camara, asi me habrias visto, jejeje.

La critica es un arte. pero sera siempre necesaria?.

"No se hasta que punto un escritor puede ser revolucionario. Por lo pronto, esta trabajando con el idioma, que es una tradicion." efectivamente Borges.

En fin. siempre es un deleite venir aqui. Un abrazozozote.