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El MAS y las peras del olmo





A veces desechamos posibilidades, incluidas algunas de las que sabemos muy poco, porque no queremos que sean ciertas, aunque parezcan o sean maravillosas.
Robert Nozick


En La derrota del pensamiento, provocador libro de 1987, Alain Finkielkraut recuerda que filósofos como Voltaire y Diderot no concebían realizable la libertad mientras existiese ignorancia. El acceso al conocimiento traía consigo ese provecho, uno en virtud del cual los hombres se alejaban de las equivocaciones. Siguiendo esta lógica, bastaba con colocarse frente al saber, en cualquiera de sus manifestaciones, para que se produjera una transformación positiva del individuo. Este acontecimiento puede presentarse directamente, cuando uno mismo se percata de la fortuna que conlleva pensar sin apego a los dogmas o prejuicios. Se tiene también la posibilidad de que alguien promueva ese contacto, permitiendo la ilustración del prójimo. En esta última circunstancia, nos mueve la ilusión de que nuestro semejante cambiará, enderezando su vida, distanciándose del absurdo. Sin embargo, se hallan casos en los que debe abandonarse toda fe.
    Varios años después del arribo al poder de Juan Evo Morales Ayma, existen esperanzas que deben desaparecer en Bolivia. Hay, pues, anhelos que, por distintas causas, son irrealizables entretanto su régimen esté vigente. Parto con las exhortaciones de mayor estrépito, aunque, a menudo, efectuadas sin gran profundidad. Porque creer que, a la postre, su organización se dará cuenta del valor de la democracia es ya un genuino sinsentido. Desde sus tiempos en la oposición, el Movimiento Al Socialismo ha sido un partido incompatible con los principios que fundan este sistema. Sorprenderse de que quienes, sin argumentos válidos, cuestionaban las elecciones en donde triunfaron gobernantes medianamente liberales, con más o menos lucidez, se resistan hoy a reconocer un dictamen mayoritario evidencia demasiada inocencia. Su pregonada obediencia a los mandatos de la gente es una línea que se usa sólo con fines demagógicos.
    Pedir que los oficialistas admitan la comisión de faltas, peor aún delitos, equivale a perder el tiempo. En la última década, conforme a su versión, los problemas fueron siempre provocados por Estados Unidos o las personas que traicionan este país. Cuando se ha dado el milagro de una disculpa, ésta fue consumada con el menor desgano posible, denotando cuán difícil les resulta exponer su falibilidad. Al margen del disgusto, en esas excepcionales ocasiones, la culpa es soportada por funcionarios de baja categoría. Éstas son las personas que el poder sacrifica para eludir ataques a la minoría mandante. Con este objeto, cuando los medios se agotan, queda el recurso de alegar desconocimiento del asunto cuyo tratamiento ha generado críticas.
    Cuenta con el mismo destino, inequívocamente infértil, demandar que participen en un debate, tan abierto cuanto sincero, sobre los problemas en torno a la realidad boliviana. Esto se vuelve inviable porque, para llevarlo a cabo, es imprescindible que uno reconozca sus limitaciones, dejando de lado la soberbia, el exclusivismo, entre otros vicios. Se requieren asimismo ideas, sin que su defensa implique la violencia ejercida por seguidores o milicias. En suma, debe haber un espíritu que, bajo la figura del librepensante, cuando ha intentado asomar entre los gobiernistas, mereció una censura contundente. Por tal motivo, esperar éste o los otros cambios no es sino un ejercicio de candidez ciudadana. Lo razonable pasa por no confiar en su buena voluntad e imponerles esas condiciones. No se trata de mendigar concesiones, las que serán fingidas; la misión es abolir prácticas inciviles.


Nota pictórica. Las aguas misteriosas es una obra que pertenece a Ernest Bieler (1863-1948).

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