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8/4/16

Consideraciones nietzscheanas





La desconfianza justificada frente a todo moralizar no procede tanto de la desconfianza ante los patrones del bien y del mal, cuanto de la desconfianza ante la capacidad del hombre para el juicio moral, para juzgar acciones bajo el punto de vista de la moral.
Hannah Arendt


Hace 150 años, en una carta dirigida a Carl von Gersdorff, Friedrich Nietzsche sostuvo que no tenía sino tres recreaciones: Schopenhauer, la música compuesta por Schumann y, además, sus paseos, tan prolongados cuanto gratos. Así, con modestia, se nos presentaba un veinteañero que, hasta entonces, no había escrito sus textos capaces de perturbar al prójimo, desafiándolo, exigiéndole autocrítica, mas igualmente generando tergiversaciones e incontables apasionamientos. Su futuro sería un gran ejemplo de cómo alguien puede ser desdeñado en vida (al menos, mientras ésta fue regida por la cordura), pero, después, casi reverenciado, aunque gracias a más de una exageración. En cualquier caso, frente a su obra, relamida por intérpretes de toda calaña, no cabe la indiferencia.
Nuestro filósofo nació el 15 de octubre de 1844. Desde la infancia, fue una persona con dolores de cabeza, malestares estomacales, entre otras afecciones. Destaco esto porque tiene relevancia, tanto como su decadente vista, para entender el estilo que lo caracterizó. Pasa que, desde 1878, con el libro Humano, demasiado humano, Nietzsche recurrió al aforismo para formular sus ideas; escribía poco porque sus padecimientos no le concedían más tiempo de gracia. Los problemas de naturaleza fisiológica fueron tan severos que, en 1879, abandonó su cátedra en la Universidad de Basilea, donde había enseñado durante una década. Sin esa obligación, produjo geniales obras; empero, en enero de 1889, su lucidez se agotó. La muerte lo halló en un manicomio, el año 1900, donde recibió los cuidados de su ejemplar madre, Franziska, y Elisabeth, indeseable hermana que lo usó sin pudor alguno.
El cuñado del consabido pensador, Bernhard Förster, fue un feroz antisemita. Su fanatismo era grave, desquiciado como todos, llegando a fundar una colonia en Paraguay para demostrar la supuesta superioridad racial de la cual era defensor. El proyecto, denominado Nueva Germania, fracasó de manera categórica. Evidenciado el descalabro, su creador se suicidó; no obstante, la viuda mantuvo aprecio por esas ocurrencias indignantes y homicidas. Por esta razón, no tuvo ningún inconveniente en permitir que los militantes del nacionalsocialismo utilizaran a Nietzsche, presentándolo como precursor de sus imbecilidades. Así, escogieron fragmentos, fundamentalmente del incompleto libro La voluntad de poder, evitando difundir las críticas que, desde 1873, tenía en torno a la cultura alemana. Por cierto, sin eufemismos, cuestionaba hasta la forma de comer de sus compatriotas. Por desgracia, la relación de sus reflexiones con las infamias del Tercer Reich contribuyó a su desprestigio.
Conforme a lo anotado por Bertrand Russell, el pensamiento de Nietzsche puede ser explotado principalmente en dos campos, a saber: ética y crítica histórica. Nuestro autor ha sido, ante todo, como lo fue Byron, un partidario del anarquismo aristocrático. No gustaba del igualitarismo ni veneraba el Estado. Le agradaban los espíritus libres, pero pretendía también que fuésemos autónomos, legisladores, incluso en el ámbito moral. No era, pues, como afirman varios soldados del posmodernismo, alguien a quien le resultaran indistintas las categorías de bien y mal. Quería terminar con los valores cristianos, que juzgaba enemigos de la vida, y forjar otra moralidad. Merced a ello, la llegada de hombres superiores, en términos espirituales –jamás raciales–, sería factible. Un fin noble; sin embargo, en tiempos del imperio de las masas, irrealizable.