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Autoridad, un blanco para crecer





El pianista que ejecuta la obra de un maestro tocará lo mejor posible si hace olvidar al maestro y produce la ilusión de que cuenta algo de su vida o de que está viviendo un gran momento.
Friedrich Nietzsche

En Critón, uno de los diálogos escritos por Platón, Sócrates sostiene que debe atenderse únicamente a los entendidos. Conforme a esta proposición, sólo esos especialistas en un campo determinado, desde la gimnasia hasta el ejercicio del poder público, tendrían las reflexiones y juicios de mayor valía. Gracias a ellos, en resumen, hallaríamos las primeras ideas que deben considerarse cuando corresponde obrar, salvo, por supuesto, si se procura cometer algún despropósito. Su palabra es, pues, la que cabe tomar en cuenta, incluso para contradecirla. Ocurre que, al reconocerle importancia, no se lo hace para proclamar su intangibilidad; la pretensión es trabajar sobre tal base, cuyos fundamentos pueden consentirse o deplorarse. Se muestra, por tanto, respeto, aun genuina gratitud, mas, desde ninguna óptica, tiene que incurrirse en una suerte de veneración embrutecedora.
Ese razonamiento que favorece a quienes descuellan en una materia donde han laborado rigurosamente, así sea con interrupciones, sirvió, por ejemplo, para contar con el Diccionario de autoridades. Esta obra, publicada entre 1726 y 1739, fundamental para el idioma español, reconocía el predicamento de diversos autores. No hubo ley, dictado divino, mandato de la naturaleza ni, menos aún, capricho del cosmos que sirviese para escoger a los que fueron valorados en ese proyecto. Eran literatos que, por su talento y esfuerzo, lograron una merecida trascendencia, debiendo ser escuchados cuando se buscara la mejor manera de regular el arte, entender su preceptiva. Pese a ello, nunca se pensó que, merced a su impronta, los debates quedaban cerrados. La utilidad de tan ilustre grupo se notó al ocasionar discusiones, cambios que aportaron a una evolución en la lengua.
Naturalmente, jamás habrá la carga ineludible de aceptar todo dictado del especialista o maestro. Ninguna de sus reglas debe originar la divinización del ideario que propugna. Esto no significa que despreciemos el esfuerzo realizado por ellos. No importa que, como pasa en varios casos, la vanidad los hubiese alentado al trabajar, impulsado para conseguir cualquier gloria. Lo más importante es que, en lugar de permanecer inactivos, casi en reposo, se decantaron por perseguir su progreso. Empero, se justifica el análisis crítico de sus gestas, sean literarias o de otro ámbito, y hasta su demolición. No existe un solo mortal que, aunque admirado por cientos de generaciones, quede libre del cuestionamiento. Está claro que no imagino las miserias de la intimidad, puesto que, para el enfoque intelectual, ello es irrelevante. Lo que planteo es la posibilidad de tomar el mazo y embestir contra esos ídolos.
El fin no es alentar cualquier tipo de irreverencia. En distintas ocasiones, lo único que se percibe cuando existen críticas a las autoridades es una censurable mezcla de ordinariez con cretinismo. Hay que colocarse a la altura del denostado y pretencioso semejante, para después superarlo. Es que, regularmente, quien critica se pone, así sea durante un instante, por encima del otro sujeto. Las observaciones deben mostrarse de tal modo que no haya dudas en torno a su absurdidad, decrepitud o grosería. No se desconoce que, aunque nuestros ataques sean del todo contundentes, alejados de la indulgencia, encontremos todavía cuantiosos seguidores. Schopenhauer enseñó, junto con otros pensadores, que la lucidez y nuestro crecimiento podrían tener reconocimiento tardío. Puede pasar mucho tiempo hasta que se adviertan los yerros del prójimo.

Nota pictórica. Los guardias es una obra que pertenece a Ion Theodorescu-Sion (1882-1939).

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