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2/7/15

Hochschild, una revelación necesaria





Solo la mentira y, un poco por debajo de ella, la obstinación son a mi juicio las faltas cuyo nacimiento y desarrollo deberíamos combatir en todo momento.
Michel de Montaigne


Impedir el acercamiento a la verdad es un hecho que merece todo repudio. Uno entiende que, gracias a esta clase de aproximaciones, es posible mejorar nuestra realidad. En el caso de la historia, si aspiramos a conocer objetivamente lo que aconteció, es perjudicial patrocinar, peor aún con fanatismo, una sola versión del pasado. En otras palabras, no se juzga ideal que haya una única exposición de los hechos, la cual sea sagrada e intocable. Un razonamiento como éste fue planteado por Tzvetan Todorov, quien, cuando visitó Argentina, notó que se promovía sólo el conocimiento del terrorismo de Estado, quitándose trascendencia a lo sucedido con la violencia revolucionaria. Lejos de ser deseable, aquello era negativo, porque tornaba imposible realizar algo tan elemental como la autocrítica.
Cuantiosos intelectuales en Bolivia se han decantado por glorificar narraciones, relatos, aun patrañas, otorgándoles un aura que desestimaría cualquier crítica. Pretenden hacernos olvidar que, hermanados por una ideología u otro vínculo en común, dos o más autores pueden tergiversar hechos con fines de naturaleza particular. Es correcto que, gracias al rigor exigido por la ciencia, resulta posible terminar con esos embustes. Sin embargo, hay difamaciones tan obstinadas, repetidas por gente de diferentes épocas, que vuelven demasiado ardua su refutación. Pienso en la campaña propagandística del Movimiento Nacionalista Revolucionario, esa facción que, merced al trabajo de Céspedes y Montenegro, principalmente, demonizó a tres empresarios mineros. Ello nunca debía haber sido considerado irrebatible, tal como sucedió con varios historiadores; empero, fue lo que ocurrió. Patiño, Aramayo y Hochschild aparecen todavía recubiertos de infamia.
Felizmente, existen hombres a los que insultos y calumnias del pasado no les parecen razones válidas para confirmar la veracidad de un suceso. El historiador León E. Bieber pertenece a este linaje intelectual, en cuyos dominios no tienen cabida las falsedades que se proclaman con objetivos políticos. Esa meritoria condición ha sido puesta en evidencia, una vez más, con su libro Dr. Mauricio Hochschild. Empresario minero, promotor e impulsor de la inmigración judía a Bolivia. Allí, con solvencia, el autor discurre sobre la vida de un individuo distinto del que fue descrito por quienes creyeron en las filípicas del MNR. Aclaro que no se apuesta por la divinización, pues las prácticas censurables son también señaladas; el fin es aportar al descubrimiento de lo verdadero.
Aunque no hubiese sido su propósito, la nueva obra del Dr. Bieber, apoyada en fuentes absolutamente serias, sirve para reivindicar a Moritz Hochschild. Este doctor en Ingeniería de Minas, nacido en 1881 y muerto el año 1965, no se limitó a ser un empresario que trabajaba con el estaño. Es cierto que tuvo gran éxito en ese ámbito; empero, logró otras gestas. Una de las más notables fue su intermediación ante el presidente Germán Busch para que, entre 1938 y 1940, llegasen miles de judíos a Bolivia. Sin exagerar, puede sostenerse que los salvó de la barbarie nazi. Con la Sociedad de Protección a los Inmigrantes Israelitas, concibió un plan agrícola que posibilitaba ese arribo; por desgracia, el programa fracasó. Formuló otras ideas interesantes, como un proyecto hidroeléctrico en el Titicaca o propuestas contrarias a la dependencia del extractivismo. Tenía, por ende, más de una faceta rescatable. Queda claro que ya podemos elaborar un juicio certero de esa persona.