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15/10/14

Un filósofo contra el Nobel



  

Refinada soberbia es abstenerse
de obrar por no exponernos a la crítica.
Miguel de Unamuno y Jugo



Según Cioran, alcanzar la gloria es un anhelo que tienen todos los hombres. En su criterio, si fuésemos absolutamente sinceros, evitando cualquier temor a ser criticados por los demás, proclamaríamos que las alabanzas nos resultan cómodas, aun determinantes para conocer la felicidad. No debemos pensar en una fugaz felicitación del prójimo, aquel comentario que se lanza con el objeto de reconocer algún acierto. Esta clase de acciones tiene relevancia; sin embargo, cuando es inmoderado, el amor propio no se detiene allí. Persuadido de su valor, un individuo no tendría sosiego hasta que se hiciera justicia, otorgándosele un lugar entre quienes, por sus proezas, ganaron la inmortalidad. Desde luego, un afán tan grande como ése no se explica sino cuando hay dudas sobre las virtudes que uno tiene. Pasa que, cuando se está seguro de sus talentos, los veredictos del mundo son irrelevantes. La opinión de cada sujeto sería suficiente para decretar la mediocridad o excelencia de sus propias acciones. Pero, como declara el autor de La caída en el tiempo, las personas acostumbran obedecer una línea distinta. Sin importar el campo en donde nos desenvolviéramos, encontraríamos placentero que alguien promoviera nuestro ensalzamiento. El narcisismo es una plaga que nos acecha en diferentes grados; basta levantar la mirada para percibir su presencia.
Aun cuando el planeta esté recargado de premios literarios, la regla es que los escritores consideren al Nobel como su máximo sueño. No digo que, al componer sus obras, ellos se imaginen al lado de aristócratas y académicos suecos, pronunciando un discurso memorable, quizá leyendo una diatriba contra críticos e intelectuales reacios a su admiración. Abrigo la esperanza de que no haya mucha gente así. Lo que se afirma es la predilección por ese destino ideal. Puede fastidiar que un escribidor como Harold Pinter lo reciba o la omisión referente a Jorge Luis Borges; no obstante, su prestigio nunca decae por completo. Tomando en cuenta esta realidad, debe sorprendernos que, hace medio siglo, un autor haya optado por seguir otro camino. Efectivamente, en lugar de permitir su encumbramiento, garantizando una posteridad que sea grata, alguien reivindicó el derecho a vivir sin dejarse cautivar por esas aclamaciones. No se trató de un capricho, una postura que fuese adoptada para saciar antojos momentáneos; cuando lo hizo, el filósofo, narrador, dramaturgo y ensayista Jean-Paul Sartre contaba con una fundamentación al respecto. Como sucedió durante toda su vida, el meditador del existencialismo había concebido ideas que lo respaldaran. Las repercusiones que, a escala mundial, tenían sus decisiones reforzaban la prohibición de actuar sin seriedad. Con certeza, el suceso que protagonizó vale su recuerdo.
Mediante carta fechada el 14 de octubre del año 1964, Sartre se contactó con los académicos de Suecia para indicarles que, si decidían galardonarlo, no recibiría el Nobel. Había rumores ligados al inminente triunfo del que ya era entonces un escritor cuya voz se escuchaba en varios países. Cuantiosos lectores, repartidos en diversas partes del planeta, acreditaban que sus textos no merecían la indiferencia. En especial, sus novelas habían servido para identificar sentimientos que caracterizaban a quienes lo acompañaban en esos tiempos. Las ideas acerca de la libertad irrestricta del hombre –perturbadas luego por sus lazos con el colectivismo– se difundían, con generosidad, gracias a los textos narrativos. Asimismo, era conocido por ser un representante del compromiso intelectual, acaso el más ilustre que haya habido hasta hoy. En su opinión, era preciso que un hombre de letras no se limitase al universo artístico. Se tenía la obligación de pronunciarse sobre los problemas sociales, sin interesar el lugar en que aparecieran. Su preocupación por los destinos del semejante no toleraba un invento tan censurable como el de las fronteras. Por ello, se aguardaba su exaltación en tierras nórdicas. El acontecimiento parecía ineludible, por lo que, procurando evitar la indelicadeza de rechazar ese premio, se dirigió a las autoridades correspondientes. Sus alegatos fueron inútiles; los miembros del Comité fallaron sin aprobar esa posición, confiriéndole la distinción una semana después de recibir su misiva.
La postura del filósofo existencialista tuvo dos tipos de razones, las cuales fueron explicadas en distintas ocasiones. Al saber del fallo, Sartre adujo que no aspiraba a ser convertido en una institución. Como expresa Céline en el fragmento que abre La náusea, era «exactamente un individuo»; por lo tanto, esa posibilidad le disgustaba. En un mundo que se movía conforme a los dictados de la bipolaridad, no deseaba perder su importancia como persona singular. Además, creía que no debía haber intermediarios entre los hombres y la cultura. Si se afectara esa relación, trastocando sus fundamentos o fines con el objetivo de alienarnos, el daño para nuestra libertad sería severo. No tendría que haber entidades, al margen de sus respaldos teóricos, establecidas para lanzar sentencias en ese terreno. Aceptar el Nobel, por ende, conllevaba estar de acuerdo con ese sistema. No quería ser un obstáculo, mas tampoco el símbolo de una sumisión. Subrayo esto último porque, un mes después del fallo académico, nuestro pensador aclaró que su controvertida negativa tenía también una base política. Ese reconocimiento agasajaba a los escritores de Occidente o rebeldes del Este; no integrando ningún bando, recibirlo era un despropósito. Ambos argumentos fueron las causas que le impidieron consentir su enaltecimiento. En definitiva, sus principios se sobrepusieron a los intereses que intoxican más de una sociedad.